Capítulo 4
–¿ P reparada para empezar? —pregunta Adrienne a la mañana siguiente. Estoy sentada en un extremo de la mesa en la sala de guerra con cinco pares de ojos fijos en mí.
Trago saliva y me seco las manos húmedas en los pantalones.
Me da la impresión de estar de nuevo en la escuela.
Y yo odiaba la escuela. Era la peor estudiante, la que nunca podía quedarse quieta.
Desde que empezaba la primera clase hasta el momento en el que se acababa la jornada, mantenía los ojos fijos en la ventana, desesperada por salir de allí para ir a montar a caballo o a disparar el fusil.
—¿Debería enfrentarme a esto como si fuera un examen? —pregunto, inquieta.
—Aquí no hay aprobado ni suspenso. Solo estamos analizando tus habilidades —me tranquiliza Kallister.
Recuerdo entonces el primer día en la sección Plata, cuando nos sorprendieron con una prueba aleatoria de observación.
Aquella mañana no estaba segura de si debía destacar, fundirme con el grupo o, directamente, fallar por completo.
Ahora estoy sopesando las mismas opciones, considerando cuánto debería revelar.
Pero de repente comprendo que no puedo permitirme esconderles nada a estas personas.
Antes de que Cross y Xavier me sacaran de la ciudad, una sentencia de muerte pendía sobre mi cabeza.
Si no soy sincera con la Revolución sobre mis habilidades, me devolverán a los distritos, donde me arriesgo a que me detenga una patrulla del Comando, a que salte una alarma en una cámara de reconocimiento facial o a que capte la atención de un dron de vigilancia.
Vaya adonde vaya, me estaré arriesgando a que me pillen y a que me envíen a Plaza Sur para enfrentarme a un pelotón de fusilamiento, como le pasó al tío Jim.
Necesito convencer a la Revolución para que me deje quedarme.
Me pasé muchos años suplicándole a Jim que me permitiera llevar a cabo misiones con la red: recogida de suministros, entregas…
, cualquier cosa con la que pudiera demostrar que sería una buena agente.
Ahora por fin tengo una oportunidad real de ayudarles a desmantelar la Compañía, y me niego a desaprovecharla.
Adrienne une las manos sobre la mesa.
—Muy bien, empecemos con la telepatía.
Frente a mí, Kallister y Teriq tienen una tableta en la mano, preparados para registrar lo que consideren oportuno.
—Abre una vía y vincúlate con Fiona. —Adrienne hace un gesto hacia la mujer de pelo corto que no me ha sonreído ni una vez desde que llegué a la Daga.
La miro, tratando de ignorar mi nerviosismo.
Cuando empecé a formarme siendo una niña, el tío Jim me explicó que es la energía lo que mueve a los Modos, y que nuestros cerebros, dado que son incapaces de verla, crean imágenes para representarla.
Me dijo que me imaginara la mente como un enorme espacio en penumbra.
Para vaciarla, debía reducirla a nada más que oscuridad.
Luego, tenía que visualizar una cuerda plateada que se extendiera ante mí.
Esta llevaba a una luz plateada en la distancia.
«Agáchate y coge la cuerda», me pedía. «Esa es la vía, ¿vale? Desde la cuerda hasta la luz. Tienes que seguir ese camino».
Abrir una vía me salía natural, incluso después de descubrir lo que pasaba al entrar en la cabeza de alguien.
La presión puede ser sofocante, asfixiante, porque todas las mentes poseen una barrera natural o están reforzadas con un escudo fortalecido a través de la práctica.
Existe un instinto primitivo en todo ser humano de proteger la mente de la infiltración mental.
Jim me explicó que las mentes de los Modificados tienen dos frecuencias que se unen a través de ondas.
Una de ellas desprende energía positiva y la otra, negativa.
La lectura de mentes se basa en la segunda.
Me dijo que me imaginara esa frecuencia como una puerta.
Al otro lado, unas olas negras intentarían repelerme, empujarme.
Recuerdo lo orgullosa que me sentí la primera vez que me abrí paso con éxito entre esas olas y oí los pensamientos de Jim.
La telepatía es como un pasillo acogedor al otro lado de la puerta. La frecuencia positiva te permite reconocer la firma energética única de una persona y vincularte con ella. Una vez se establece esa conexión, puede usarse para hablar y proyectar imágenes en la mente del otro individuo.
Eso es lo que hago al colarme en la mente de Fiona, siguiendo el conocido camino hasta sentir su energía telepática.
Abre un segundo los ojos y su voz me inunda la cabeza cuando nos vinculamos.
Lleva una camiseta sin mangas que le deja los brazos al descubierto, revelando el fogonazo plateado en sus venas.
Bien hecho , me alaba, reticente, como si le costara concedérmelo.
Fiona le dedica un asentimiento a Teriq, quien garabatea algo en la tableta. Adrienne arquea una ceja.
—¿Siempre has sido capaz de abrir vías a esa velocidad o lo has perfeccionado con los años?
—No lo sé. Jim es quien me enseñó a usar la telepatía. No recuerdo si me costó mucho o poco al principio.
—¿Con qué edad te empezó a formar?
—Con ocho años. —Tenía cinco, pero me ceñiré a la historia que he contado toda la vida.
—¿Fuiste capaz de vincularte con él en el primer intento?
—Sí.
—¿Y cuándo te apareció la marca de sangre?
—Con siete.
Entonces me piden que me vincule también con Teriq. Por supuesto, no me piden que lo haga con Gray. Me sigue sorprendiendo porque nunca había conocido a un Modo que no fuera telépata, lo que me lleva a preguntarme cuáles serán sus habilidades.
—No se te tiñen de plata las venas —observa Fiona con un profundo ceño fruncido.
Un segundo después, se cuela en mi mente: ¿Por qué se te mantienen inactivas las venas cuando usas tus dones?
No lo sé.
—¿Nunca te ha ocurrido? —pregunta ahora en voz alta—. ¿Ni siquiera una vez?
—Nunca —respondo.
—Fascinante —musita Kallister—. ¿Con eso son… tres? —Se gira hacia Teriq para confirmarlo, y el joven asiente.
—¿Tres, qué? —pregunto.
—Hasta que llegaste, solo conocíamos a otros dos Modos cuyas venas no reaccionaban a sus habilidades —me explica—. Ahora sois tres.
«Cuatro», quiero corregirle, pero nunca traicionaría a Cross.
—¿Habéis averiguado por qué? —pregunto con curiosidad—. ¿Por qué las venas de algunas personas permanecen… eh… inactivas, quiero decir?
Niega con la cabeza.
—Otro misterio. Ningún estudio nos ha llevado a dar con una respuesta concreta.
—¿Qué tal se te da la lectura de mentes? —pregunta Fiona, con tono clínico. Me recuerda a cuando la doctora del pueblo en el que crecí repasaba una lista de síntomas siempre que acudía a ella con fiebre.
—Si la mente no está sellada, me resulta fácil.
—¿Y los filtros? —dice Kallister—. ¿También?
—Sí.
El malestar me atenaza el estómago al recordar que algunos Modos no logran filtrar lo que oyen, de ahí que la lectura de mentes se vuelva imposible.
Pero al menos esas personas pueden protegerse del ruido mientras que los Modos fragmentados son incapaces de mantener un escudo o cortar un vínculo como se debe.
Cuando han estado en la mente de otra persona, sufren una avalancha.
Los pensamientos externos no paran de adentrarse en sus cabezas, ahogando todo sentido y orden, hasta que sus cerebros se convierten en una cacofonía de voces.
Un auténtico caos, suficiente para volver loco a cualquiera, para perder por completo la cordura, como le pasó a aquella mujer que vi en el distrito C que se mecía en la cama del hospital gimiendo, cubriéndose las orejas con las manos mientras repetía la misma palabra una y otra vez: «Cállate. Cállate. Cállate. Cállate».
Ni siquiera puedo imaginarme lo que se debe sentir si tu mente nunca está en silencio.
—Si la mente tiene un escudo, ¿cuánto tiempo tardas en cruzarlo? —pregunta Kallister.
Lo pienso durante un tiempo.
—Depende. No siempre es fácil.
—¿Alguna vez te has encontrado con un escudo que no pudieras traspasar?
—No.
La sorpresa le crea una arruga en la frente.
—¿Ni siquiera el de mi hermano? ¿Lograste penetrar en el escudo de Julian?
Asiento.
—¿Con qué edad?
—Nueve años.
Adrienne suelta una suave carcajada. Cuando frunzo el ceño, dice:
—Es impresionante. Nunca comprobé el escudo de Julian, pero si se parecía al de Kallister…
—Pero lo conseguí tras infinitas horas de entrenamiento —protesto.
No me gusta todo este espectáculo en torno a mis habilidades. Todavía no hemos llegado siquiera a la incitación. Nunca pensé que les impresionaría tanto mi lectura de mentes y mis trucos para abrir vías con facilidad.
Kallister toma nota en su tableta.
—Me gustaría que practicaras conmigo, que intentaras superar mi escudo.
—¿Ahora?
—No, pero será parte de tu formación obligatoria.
—Pasemos a la siguiente habilidad —interviene Fiona—. Dijiste que tenías más de dos, ¿no?
—Tengo cuatro —contesto, cohibida.
Adrienne entorna los ojos.
—¿Qué más puedes hacer?
—Proyectar.
Teriq pasa el dedo por la tableta y envía una imagen digital a la pantalla holográfica del centro de la mesa. Es un mapa del Continente. Me pide que se lo proyecte a Adrienne.
—¿Es lo único que puedes proyectar? —interviene esta última cuando termino.
La pregunta me confunde.
—¿Qué quieres decir? ¿Debería intentar proyectar algo más?
—No, me refiero a si puedes proyectar solo aquello que tienes delante.
—¿En oposición a qué?
—A algo que hayas visto.
La arruga en mi mente se vuelve más profunda.
—¿Es posible?
Nunca he conocido a nadie que pudiera proyectar algo que hubiera visto en el pasado.
Me enseñaron que la proyección estaba conectada con el nervio óptico, es decir, solo se puede trasmitir lo que se está viendo en ese momento.
En lugar de profundizar en el tema, Adrienne pasa a la siguiente cuestión.
—¿Y tu cuarta habilidad?
Poso los ojos en Gray, quien inclina la cabeza con un suave asentimiento. «No les des razones para que te echen».
Casi puedo oír su voz en mi cabeza, suplicándome que sea sincera, aunque le prometí al tío Jim hace mucho tiempo que nunca revelaría ese poder. Dejo escapar el aliento.
—Puedo incitar.
Una corriente de asombro cruza la sala de guerra.
—¿Eres una incitadora? —pregunta Adrienne, antes de dedicarle una mirada fulminante a Kallister—. El cabrón de tu hermano nunca nos lo contó, Kal.
—Julian —responde él con calma— consideraba a Wren como su hija. Supongo que intentaba protegerla.
—¿De qué? —lo reto—. ¿De vosotros?
Kallister se encoge de hombros.
—Debió suponer que querríamos reclutarte.
«Usarme, mejor dicho».
—Fuiste la incitadora que estaba entre el público en la ejecución de Julian —reflexiona Adrienne—. Según los informes, los ocho miembros del pelotón de fusilamiento respondieron a la orden de un incitador.
De reojo, veo cómo Fiona me crea un agujero en la cara con su mirada de desconfianza. Teriq y Gray parecen impresionados mientras que Kallister niega con la cabeza, asombrado.
—¿Cómo lo hiciste? —pregunta—. ¿Desde hace cuánto puedes incitar a gran escala?
—Eh… Que conste que no sé nada sobre cómo se usa la incitación.
—Espero que adviertan lo sincera que estoy siendo ahora mismo—.
Jim intentó formarme, pero no tenía experiencia.
Ninguno sabía cómo usar esa habilidad y pocas veces funcionó cuando la practicamos. Suele suceder de manera espontánea.
—¿De manera espontánea incitaste a ocho mentes? —Teriq parece dudarlo.
—No sé cómo lo hice. A decir verdad, creo que fue una respuesta emocional. Me carcomían el pánico, la desesperación y el terror, y estaba gritándoles en mi mente, pidiéndoles que bajaran las armas, y, de repente, me estaban… obedeciendo.
Teriq sigue sin estar convencido.
—¿Has experimentado otros momentos de incitación espontánea?
—Cuando era adolescente incité a Jim por accidente mientras conducía.
Estaba muy enfadada con él porque me había avergonzado delante de mis amigos.
Estaba hecha una furia y lo veía todo negro.
Le grité que diera la vuelta al coche y lo hizo.
—Una punzada de vergüenza me atraviesa el estómago—. Estuvimos a punto de morir.
—¿Ves negro cuando ocurre? —pregunta Adrienne.
—¿Eh?
—No me refiero en sentido figurado. ¿Ves el color negro?
Frunzo el ceño.
—No.
—¿Y otros colores? —insiste.
Kallister le dedica una mirada.
—Podemos dejarlo para la formación. Pasemos al siguiente punto.
—Espera —intervengo—, ¿se supone que debo ver colores al incitar?
De repente, recuerdo esas motas doradas que flotaban por mi mente la mañana de la ejecución del tío Jim.
También las veía de pequeña cuando practicábamos la incitación.
Decía que era «purpurina dorada». Jim siempre desestimó mis preguntas.
Sospecho que creía que me estaba imaginando el polvo dorado.
—Las habilidades de manipulación aprovechan una fuente de energía distinta… —empieza a explicarme Adrienne, pero Fiona la interrumpe.
—Nos estamos yendo por las ramas —dice la mujer mayor, molesta—. No estamos aquí para formarla. Es su revelación.
—¿Alguna vez has incitado adrede? —me pregunta Teriq—. No de forma espontánea, quiero decir.
—En el Aniversario de Plata, la semana pasada.
La expresión de todos se torna seria.
—Jayde Valence me pilló intentando colocar los explosivos.
Era una premonitoria y tuvo una visión sobre mí.
Nos enfrentamos en mitad de la misión. Que me delatara lo arruinaría todo y acabaría con mi tapadera, así que sabía que debía detenerla.
—Trago saliva—. Necesité mucha energía.
Ni siquiera sé cómo lo hice. De nuevo, me inundaba una emoción muy intensa, pero…
eh… la incité a que se disparara en la cabeza.
El silencio inunda la sala de guerra.
—No me gusta esta habilidad —musito cuando nadie dice nada—. De verdad. Y no tengo intención de usar ese poder, mucho menos abusar de él. Por eso, si me vais a echar, debéis saber que…
—No te vamos a echar —me interrumpe Adrienne.
Percibo una pizca de esperanza.
—¿Puedo quedarme?
Adrienne alza la barbilla ante Kallister y después se gira hacia los demás.
—A menos que alguien tenga alguna objeción, no creo que necesitemos siquiera una votación.
—Ninguna objeción por mi parte —dice Kallister, y los otros dos hombres musitan su beneplácito.
Solo Fiona se resiste y las dudas le nublan la expresión.
—¿Fi? —la anima Kallister.
Por fin, asiente, con el rostro tenso y la mandíbula apretada.
Puedo quedarme. Un apretado nudo de alivio se me crea en la garganta, pero desaparece cuando Adrienne vuelve a hablar.
—La Daga es tu nuevo hogar, Darlington. No podemos tener a una incitadora deambulando por los distritos.
Y no parece una invitación, sino una amenaza.