Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—No me corresponde a mí decir ni mu —respondo.

—No tengo más ropa —comenta, cambiando de tema, a la vez que abre el armario—. Te he dejado una de mis camisetas en la cama. Espero que puedas dormir con eso.

—Gracias. ¿Qué hora es?

—Casi las nueve.

—¿En serio? Joder, tengo la sensación de que ya es de madrugada.

—A ver, han pasado muchas cosas hoy. Has sobrevivido a una excursión por las Tierras Oscuras. Te has encontrado con tu persona favorita. Me refiero a mí, claro. Has conocido al hermano gemelo de tu tío fallecido. Demasiados acontecimientos.

—Bastantes —concuerdo.

—¿Quieres tomar algo? Hay un hombre en el valle que hace un vino muy potente. —Levanta una botella oscura.

—¿Vino? —repito, sorprendida. El vino es un lujo poco extendido por los distritos. He oído que a los científicos de la Compañía les cuesta producir la versión sintética sin que tenga un sabor amargo—. Me encantaría.

—Ve a cambiarte mientras lo sirvo.

Me cuelo en su habitación, donde encuentro una camiseta blanca, doblada con pulcritud, en el borde de la cama.

Me quito la ropa y la dejo en una silla cercana.

Su camiseta me llega hasta las rodillas, cubriendo por suerte la marca de sangre que ya no está oculta tras las cicatrices.

Me he pasado muchos años sintiéndome mal por las quemaduras y ahora las echo de menos.

Cuando vuelvo, Gray pasea los ojos verdes por mis piernas desnudas y lo primero que pienso es que dudo que a Cross le gustara esto. No, se convertiría en un cavernícola gruñón. Querría arrancarle los ojos de las cuencas por atreverse a mirarme.

No estoy segura de en qué lugar me deja, pero me encanta ese lado dominante y posesivo. Antes de él, nadie había gruñido por mí.

Gray aún no ha apartado los ojos e intuyo la pregunta que encierran.

—¿Qué? —digo, removiéndome incómoda.

—¿Puedo verla? La marca de sangre.

Titubeo un segundo antes de levantarme el dobladillo de la camiseta para revelar el muslo izquierdo. Da un paso hacia mí, estudiando el círculo rojo y perfecto que descansa bajo mi cadera.

Suelta un suave silbido.

—Es grande.

—No tanto —protesto.

—¿Has visto la de Ellis?

—Sí. —El sanador la tiene en el centro de la mano y debe medir unos tres centímetros de diámetro.

—Es uno de los sanadores más poderosos del Continente y tu marca es el doble de grande que la suya. Joder, tanto como la de Jayde Valence. —Gray hace una pausa—. He oído que se mató después de que Travis Redden comenzara a reunir a los Modos leales.

Me tiende una copa de vino tinto mientras lo dice y me pilla tan desprevenida que a punto está de resbalárseme de los dedos. No pasa por alto mi reacción, así que entorna los ojos con desconfianza.

—¿Sabes algo del tema, vaquera?

Crispo los dedos sobre la copa y me dirijo al sofá. Estoy muy cansada tras tantos días caminando, así que me siento, levanto las rodillas y me las cubro con la camiseta, al mismo tiempo que decido hasta dónde revelar.

Al entender que voy a tener que contárselo todo mañana, suspiro y opto por la verdad.

—No fue elección suya.

—Según nos dijeron, se disparó en la cabeza. ¿Cómo no va a ser elección suya?

Me muerdo el labio.

—Darlington.

—La incité para que lo hiciera —suelto.

Sisea entre dientes.

—¿Eres una incitadora?

—Por desgracia.

—Joder —musita—. Esperaba que leyeras mentes. O que fueras una poderosa empática. Es evidente que eres un alma caritativa. Pero ¿una incitadora? ¿Lo sabe la Compañía?

—Nadie lo sabe. —Excepto Cross. Eso no se lo cuento, lo añado al montón creciente de secretos y mentiras que estoy recopilando.

Gray niega con la cabeza antes de beberse la mitad del vino. Yo le doy el primer sorbo y su exquisito sabor me acaricia la lengua. Es increíble. Embriagador. Con la cantidad adecuada de dulzura.

Nos quedamos un segundo en silencio, observándonos.

—Te he echado mucho de menos —admito.

Una sonrisa torcida le curva la comisura de la boca.

—Yo también a ti. Eres la única persona que he conocido que es más imprudente que yo.

—No creo que eso sea bueno —contesto con una carcajada.

—Lo es. Te vuelve impredecible.

—Repito: ¿eso es bueno?

—La vida es demasiado aburrida cuando es predecible. Tú le aportas el toque necesario de emoción.

Deja caer su cuerpo alto y ancho en el sillón y se le flexionan los músculos del brazo bajo la camiseta cuando se pasa la copa de vino a la otra mano.

—Ojalá me hubieras contado que eras un Modo cuando estábamos en la Élite Plateada —me quejo—. ¿Sabías quién era yo en todo momento?

—Claro. Formo parte de la Autoridad. Lo sé todo.

—¿Vas a restregarme lo de la Autoridad todo el rato, capullo engreído? «Ay, soy de la Autoridad» —lo imito—. No entiendo cómo te permiten ser uno de sus miembros. Solo tienes un par de años más que yo.

—No hay límite de edad para entrar en el consejo. Aquí solo importan la competencia y las habilidades de liderazgo. —Hace una pausa—. ¿Adrienne sabe que te estabas follando a Redden?

Lo fulmino con la mirada.

—¿Qué? ¿Vas a intentar negarlo? Porque lo vi escabullirse de tu habitación en más de una ocasión. —Con una carcajada, levanta la copa y le da un buen sorbo.

Observo cómo se le desplaza la nuez por la garganta al tragar, preguntándome hasta dónde debería admitir. Entonces, recuerdo algo que me contó Cross cuando nos despedimos.

—Nos vendiste —le digo con tono acusatorio.

Gray se encoge de hombros, nada arrepentido.

—¿Y?

—¿Por qué querías meterme en problemas? Éramos amigos.

—Justo por eso. Éramos amigos. Estaba intentando protegerte el cuello. ¿En qué demonios pensabas al acostarte con él? Es el hijo del general.

—No era nada serio.

La mentira me arde en la lengua, como si fuera una traición a Cross. Más que eso, a Lobo, a mi mejor amigo desde la infancia. Sigo sorprendida por ese giro del destino en el que Lobo y Cross son la misma persona. Sin embargo, ese es otro secreto que me llevaré a la tumba.

—A ver, ya suponía que no era algo serio —dice Gray—. El capitán es un cabronazo sin corazón. Ese tío no tiene emociones. Aun así, seguro que echa unos polvos de la hostia.

Madre mía, no tiene ni idea. Me encojo de hombros como respuesta y él deja escapar una carcajada.

—Eso significa que sí. No has respondido a mi pregunta. ¿Alguien más sabe lo tuyo con Redden?

—Solo Xavier. —La amargura me recorre el cuerpo—. ¿Por qué? ¿También necesito revelar ese dato mañana?

—No, tu vida personal no les interesa. Pero no estaba seguro de si Ade lo sabría o no. —Gray le da un sorbo al vino y me observa por encima del borde de la copa—. ¿Estuvo implicado en tu huida?

—No —miento.

Arquea las cejas, desafiante.

—¿No le ordenó a Ford que te sacara de la base?

—No, Cross nunca renunciaría a su mejor teniente. Xavier actuó por cuenta propia.

Gray asiente. No sé si me cree, pero tampoco voy a quedarme aquí sentada, intentando convencerlo. Estoy demasiado cansada.

—Aún no me puedo creer que Lyddie te vendiera —musita—. A ver, sabía que era leal al régimen hasta la médula, pero te quería.

—Al parecer, no. Después de que me viera la marca de sangre, intenté contarle una historia sobre que la Compañía ya lo sabía, que estaba en una operación encubierta, que era tan leal como ella.

Por un segundo, pensé que me había creído.

Me prometió que no diría nada. Luego, se dio media vuelta y me denunció por encubrimiento.

—Menuda hija de puta.

La tristeza me inunda, aovillándose en ese hueco en el pecho que llenaba la que creía que era una amiga de verdad.

—La han programado para odiar a personas como nosotros. Lo pillo. Es lo que ocurre cuando te pasas la vida tragándote la propaganda de la Compañía. Se sintió traicionada.

—Y te traicionó a ti.

—Supongo que fue algo mutuo. —Agotada, me pongo en pie—. Necesito irme a la cama. Nos vemos por la mañana.

Dejo la copa en la encimera y me dirijo al dormitorio, sintiendo cómo una pesada sensación se apodera de mí.

—Wren.

Su voz me detiene antes de que pueda cerrar la puerta. Me giro para mirarlo.

—¿Sí?

—Mañana no mientas, durante la revelación —me recomienda—. Sé sincera.

—Lo seré —le aseguro, aunque planeo mentir sobre muchas cosas.

Parada en el umbral, dudo un segundo; no logro descifrar su expresión, saber si es una advertencia o si está preocupado. Sin embargo, percibo cierta dulzura, algo familiar que me recuerda a la estrecha amistad que compartíamos en la base del Comando.

—Grayson…, ¿confías en esta gente?

—Sí, claro. Y tú también puedes hacerlo.

—Kallister me contó que votó a favor de rescatar a Jim en la ejecución. ¿Es cierto?

—Sí. Aquí gana lo que elija la mayoría.

Doy otro paso, pero me detiene de nuevo.

—Darlington, no quiero votar para que te devuelvan a los distritos. Hazme un favor y no les des razones para proponer algo así.