Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

L a prisión militar del Comando ocupaba un ala entera de su base, compuesta por docenas de celdas.

Según me ha dicho Kallister, en la Daga solo hay tres porque la Revolución aplica la política de tolerancia cero.

Los delitos menores como el hurto, la subordinación o las disputas continuas conllevan el exilio a los distritos.

Pero ningún Modo quiere arriesgarse a que lo dejen allí afuera, así que estos crímenes no son muy habituales.

Sin embargo, los más graves son aquellos para los que no hay vuelta atrás. Asesinato. Violación. Traición. Como cometas uno de esos, estarás renunciando a algo más que tu lugar en la red. Estarás renunciado a tu vida.

—¿Hacéis algún juicio al menos? —pregunto con el ceño fruncido—. ¿Dais alguna oportunidad de explicar las circunstancias atenuantes?

—Claro, pero si se decide que eres culpable, mueres.

Me estremezco.

—¿No es un poco extremo?

—No podemos gastar nuestros recursos en asesinos y violadores. —Me dedica una mirada de soslayo—. Además, sé sincera: ¿te gustaría seguir viviendo en una montaña aislada con la persona que te violó? ¿O con alguien que haya matado a un ser querido?

Analizo la idea y niego despacio con la cabeza.

—No, es verdad.

Me guía por un pasillo que parece adentrarse cada vez más en la montaña.

Pasamos junto a una cabina pequeña, con mucha iluminación, donde una guardia de pelo oscuro permanece sentada tras el escritorio.

Su presencia es el único rastro de vida en este lugar que está, por lo demás, en silencio.

Kallister la saluda con un gesto de la cabeza y escanea la huella en la puerta de metal junto al mostrador.

—Las celdas están por aquí —me informa.

Al otro lado del umbral, la luz se vuelve más tenue.

Los apliques de hierro titilan débilmente desde las paredes, creando sombras irregulares sobre las superficies ásperas.

Tres celdas flanquean el corto pasillo, cada una con el suelo de tierra compacta y barrotes de hierro encastrados en la roca y las paredes de cemento.

Dos están vacías, pero la tercera revela la figura solitaria de un hombre que, en lugar de en la cama o el banco junto a la pared, ha decidido sentarse en el suelo.

Tiene las largas piernas estiradas ante él y la cabeza inclinada entre los hombros.

Levanta la cabeza al oír nuestras pisadas, pero permanece sentado.

No paso por alto el alivio que inunda la mirada de Xavier al toparse con la mía. Temía que me hubieran hecho algo. Me produce cierta ternura que se preocupe por eso. Es como si, en vez de considerarme simplemente la novia de su mejor amigo, ahora también me considerara amiga suya.

Cuando posa los ojos de color marrón oscuro en Kallister, su comportamiento cambia. Se tensa.

—¿Quién cojones eres tú?

Kallister se muestra impasible por esa acogida tan desagradable.

—Kallister Ash. Dirijo la base.

—Enhorabuena, capullo. ¿Cuánto tiempo planeáis mantenerme aquí encerrado?

—Bueno, estaba a punto de dejarte salir, pero como acabas de llamarme «capullo», supongo que… indefinidamente.

Reprimo una sonrisa.

—¿Podemos quedarnos un momento a solas?

Kallister da un paso atrás.

—Vale. Avisa a Neema cuando quieras marcharte.

—¿Puedo entrar en la celda? No quiero hablar con él a través de los barrotes. Te prometo que no va a hacerme daño.

—O puede que sí —escupe Xavier.

—Cállate —lo amonesto.

Kallister se lo piensa unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Muy bien, pero no me hago responsable si te estrangula.

—A decir verdad, a veces soy un poco plasta. Si me mata, asume que me lo merecía.

La risita de Xavier reverbera en la celda. Dado que Kallister es miembro de la Autoridad, me imagino que con su huella puede acceder a cualquier lugar de la base y recibo la confirmación cuando acerca el pulgar al escáner y los barrotes se abren.

Entro en la celda. La puerta se cierra y se bloquea a mis espaldas.

Cuando Kallister ha desaparecido, Xavier se pone en pie y se pasa las dos manos por el corto pelo moreno.

Antes de que pueda hablar, hace un gesto hacia una esquina de la celda para indicarme que hay una cámara.

Le devuelvo el gesto. Tenía claro que nos estaban grabando, lo que nos impide tener una conversación de verdad.

—Ojalá tuvieras telepatía —comento.

—Ahora mismo, nos vendría genial —concuerda.

—¿Te encuentras bien?

Se encoge de hombros, indiferente.

—Siempre lo estoy…

Se interrumpe cuando, sin previo aviso, le doy un abrazo, pillándolo con la guardia baja. Solo lo hago para poder acercar los labios a su oído y musitar:

—No puede sacarte de aquí.

Xavier sabe lo que quiero decir. Me dedica un rápido apretón antes de dar un paso atrás, resignado. Asiente, como si dijera: «Me lo imaginaba».

Mi cerebro funciona a toda velocidad, tratando de encontrar la manera de hablar con él a las claras.

Debe de haber un inhibidor en algún lugar de la base, algo con lo que bloquear las cámaras y el resto de los aparatos de grabación.

Hasta que pueda ponerle las manos encima a uno, no puedo arriesgarme.

—¿Te han hecho daño? —pregunto, estudiándolo.

Sigue llevando los pantalones negros y la camiseta de manga larga que vestía en las Tierras Oscuras y la barba le cubre ahora la mandíbula. Se la rasca, ausente, mientras se dirige a la cama individual y se deja caer en el borde del duro colchón.

—Estoy bien. Me han lanzado aquí y se han ido. Joder, incluso me han traído la cena. Estoy bastante seguro de que era carne auténtica —murmura, asombrado—. Una puta delicia.

—Sí, ¿verdad? —Le dedico una sonrisa—. Creo que, cuando te saquen de la celda, te va a gustar este sitio.

—Lo dudo. Son unos cabrones. —Mira al techo y alza la voz—. Sí, me has oído —le dice a la cámara.

Me siento a su lado y le doy un suave codazo.

—Para, no cabrees a nadie más.

—¿Qué más da? Nunca me van a dejar salir de aquí. Al menos, no con vida.

—No lo sabes.

—Vamos, Wren —farfulla—. No digas tonterías. Sabía lo que ocurriría por ayudarte a escapar. Nunca esperé que la Revolución tuviera piedad conmigo.

—Entonces, ¿cuál era tu plan? —pregunto, consternada—. ¿Dejar que te mataran sin más?

Xavier se encoge de hombros.

—Pensé que al final encontraría una salida, o que podría de­saparecer en los distritos. —Estudia las paredes de piedra de la celda, maldiciendo entre dientes—. Pero no me esperaba que la sede estuviera dentro de una puta montaña, lo que complica notablemente mis planes de huida.

—¿Tú crees? —bromeo, pero mi buen humor desaparece enseguida—.

Acabo de salir de una reunión informativa con la Autoridad.

Les he hablado de ti. Espero que lo tengan en cuenta.

Les he contado la misión en el distrito C, donde encontramos a esos Modos fragmentados, lo mucho que te afectó lo que les estaba haciendo la Compañía.

Dado que me está rozando el brazo, noto cómo se tensa. Bien. Lo ha pillado.

—Quizá no crean que estás dispuesto a ayudarnos, pero sé que hablabas en serio cuando me dijiste que debemos castigar a la Compañía por experimentar con ciudadanos inocentes.

De reojo, capto un retazo imperceptible de sonrisa.

—Pero lo más importante es que arriesgaste tu vida por mí, una Modo. Nunca lo olvidaré. Pase lo que pase, haré lo que esté en mi mano para devolverte el favor, ¿entendido?

Un segundo después, Xavier asiente y yo le aprieto la mano.

—Me volveré a reunir con ellos mañana a primera hora. ¿Me esperarás aquí hasta entonces?

Resopla.

—¿Qué más puedo hacer?

—Intentaré conseguirte una tableta o algo así.

—Darlington, no me van a dar acceso a su tecnología. Pero bueno… —Se gira para dedicarle una sonrisa maliciosa al techo—. Planeo cascármela todo el rato que pase aquí —le dice a la cámara—. De nada.

No tiene remedio. Con una carcajada, le doy otro codazo.

—Sé que no me crees, pero te prometo que haré todo lo posible para sacarte de aquí.

Me quedo a su lado un poco más, pero la conversación es banal. No mencionamos a Cross ni revelamos nada que no queramos que sepa la Revolución. No hasta que me acerco a la puerta de la celda, preparada para avisar a la guardia. Entonces, Xavier se me aproxima y me susurra al oído con aspereza:

—Wren…, ¿confías en esta gente?

Inclino la cabeza para sostenerle la adusta mirada.

—Te contestaré a eso más tarde.

Gray es quien viene a buscarme a la prisión para llevarme de nuevo a su apartamento. Supongo que no me asignarán ninguno hasta que no pase por el proceso de revelación.

—¿Hoy me toca dormir en tu sofá?

Lo ha convertido en una cama improvisada, con sábanas, una almohada y una delgada manta gris.

—No, yo duermo en el sofá. —Suspira—. Tú, Darlington, serás una de las pocas mujeres que tendrán el honor de disfrutar de mi cama.

—No me parece mal compartirla, si quieres.

—No, no creo que a mi novia le hiciera gracia.

Levanto una ceja, divertida.

—¿Tienes novia?

—¿Por qué te asombras?

—Eh… Porque hace unos meses te estabas acostando con toda la base del Comando.

—Es que entonces no era mi novia —contesta, encogiéndose de hombros—. Aunque, dicho esto, tienes una imaginación muy vívida. No toqué a una sola persona en esa base. Bueno, excepto a ti —se corrige.

Frunzo el ceño cuando pienso en la época que pasamos juntos en la sección Plata. Sin duda, dejó caer que estaba follándose a todo lo que se movía y no negó ni una vez la reputación de mujeriego que tenía en la base.

—¿Tu novia lo sabe? —Apoyo la cadera en la encimera que separa la cocina del comedor—. Lo nuestro.

—No.

—¿Debería asumir que quieres que lo mantenga en secreto?

—Lo más probable es que sea buena idea. —Se dirige a la cocina—.

No porque me sienta culpable, ya te he dicho que en esa época no estábamos juntos…

—Mira hacia atrás con un toque de sarcasmo en la expresión—.

Pero Karra tiene bastante genio, así que…

si quieres contárselo, será por tu cuenta y riesgo.