Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Al final, nos distanciamos. Casi no hablábamos.

Y, cuando lo hacíamos, discutíamos. —La tristeza le impregna la expresión—.

Ahora me arrepiento. Ojalá me hubiera esforzado más por mantener el contacto.

Cuando descubrí que lo habían capturado y que el Tribunal lo había sentenciado, pedí una votación de inmediato, pero los demás rechazaron ayudarle y mi hermano ya no está.

—Kallister me estudia durante un momento—.

¿Estuviste en la ejecución? ¿La presenciaste?

Trago el nudo de dolor en la garganta.

—Sí.

—Nuestro servicio de inteligencia dice que había un incitador en el público. Alguien estuvo a punto de conseguir que el escuadrón entero se disparara. No sabrás nada sobre el tema, ¿verdad?

El nudo en la garganta se vuelve más grande a medida que se me constriñe el pecho por la culpa. No pude salvarlo. Lo intenté. Lo intenté con todas mis fuerzas, joder. Pero lo único que conseguí fue quedarme ahí y ver cómo moría.

Me muerdo el labio inferior para evitar que me tiemble.

—¿Por qué no me lo preguntas mañana durante la revelación? —digo al final. Porque ahora no es el momento de revivir ese trauma concreto. O de confesar ese secreto en particular.

Mi petición recibe como respuesta una suave carcajada.

—Me parece justo.

—¿Y tú? —No puedo evitar indagar—. Jim era un poderoso lector de mentes. ¿Compartíais habilidad?

—No puedo leer la mente, no. A decir verdad, lo prefiero. Debe de ser un don muy ruidoso. —Entonces, me sorprende con su revelación—. Soy un premonitorio.

—Ah, ¡vaya! —Le dedico una sonrisa burlona—. ¿Eso significa que sabías que iba a venir a la Daga?

—No, créeme, niña —dice, recorriéndome con la mirada—, no lo vi venir.

Nos interrumpe la llegada de una chica que entra en la sala de guerra con una bandeja de metal. Tiene los ojos azules y el pelo rubio recogido en dos trenzas. No debe de tener más de quince años.

—La cena —dice.

Kallister se acerca a ella para cogerle la bandeja.

—Gracias, Poppy.

Sigo a la chica con la mirada cuando se marcha.

—¿Cuántos años tiene? —pregunto cuando la puerta doble se cierra a sus espaldas—. No debe de ser lo bastante mayor para ser agente de campo.

—Acaba de cumplir dieciséis años. Es hija de Fiona.

Y está aquí para ayudar a su madre. Por lo general, no dejamos que los civiles vivan en la base —explica—.

Hay una comunidad entera en el valle, a los pies de la montaña.

Allí están las familias de nuestros agentes, así como otros Modos o incluso Primarios que hemos sacado de la ciudad.

Suena prometedor. Si hay Primarios, quizá Xavier pueda quedarse. Si deciden no pegarle un tiro en la cabeza, claro.

—¿Cómo conseguís que los aviones del Comando no detecten a estos civiles? —pregunto por curiosidad.

—Saturamos su radar si se acercan demasiado, pero la Compañía rara vez viene tan al sur.

No solo por las Tierras Oscuras y la falta de visibilidad, sino porque la montaña está demasiado cerca del espacio aéreo de Tierra Fe.

Los Terrarios son despiadados cuando a alguien se le ocurre romper el pacto relacionado con el espacio aéreo.

Kallister me coloca la cena delante. Me deleito al ver un apetecible y completo estofado que huele de maravilla, un bollo esponjoso de pan y un pequeño bol con queso rallado.

—¿Es queso de verdad? —exclamo.

—Así es. Aquí encontrarás pocos alimentos sintéticos. Tenemos una granja enorme en el valle y la mayoría de los ingredientes los traemos de contrabando de la ciudad o nos los importan de Tierra Fe, lo que también significa que tenemos café de verdad. Y whisky. —Me guiña un ojo.

—La primera vez que bebí whisky de verdad estaba en una misión encubierta en Santuario —confieso—. Una puta pasada.

Kallister se echa a reír, un sonido extraño al proceder de una boca tan parecida a la de Jim.

Mi tío no era muy propenso a las carcajadas, pero cuando lo hacía parecía que tuviera esquirlas de cristal recorriéndole la tráquea.

Era un áspero ladrido humorístico. La risa de Kallister proviene de las profundidades de su garganta.

Es un sonido suave, casi reconfortante. Me gusta.

—No hay nada mejor que lo natural. —Señala la bandeja con la mano—. Venga, come.

Es raro cenar delante de alguien que te está observando, pero no puedo evitar engullir el estofado. No me había dado cuenta del hambre que tenía. Xavier y yo no comimos mucho en las Tierras Oscuras. Es difícil bajar la guardia y disfrutar de los alimentos mientras te rodea la oscuridad más pura.

Me trago un pedazo de pan antes de implorarle a Kallister con la mirada.

—¿Podré visitar a Xavier? Sé que lo más probable es que no queráis que deambule por la base hasta que decidáis de manera oficial si puedo quedarme, pero, si fuera posible, me encantaría verlo.

—Estás muy unida al teniente —observa, con un brillo de curiosidad en los ojos—. ¿Tenéis una relación romántica?

Me echo a reír.

—Para nada. Pero lo considero mi amigo. Arriesgó su vida por mí y siento que le debo una.

—No le debes nada a nadie —dice Kallister sin rastro de empatía y, por un instante, habla igual que Jim. Mi tío me recomendó que nunca me jugara el cuello por otra persona, ni siquiera por él. «No le debes lealtad a nadie, excepto a ti misma, pajarito».

Pero yo no estoy de acuerdo. Creo que Xavier se merece mi lealtad, no solo porque me ayudó a escapar, sino porque es el mejor amigo de Cross. Y, bueno, Cross sin duda se ha ganado mi lealtad.

—Sé que es así —contesto—. Pero ¿qué puedo decir? Le he cogido cariño a ese cabrón.

—Muy bien. Termínate la cena y te llevaré a su celda.