Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Teriq saca una tableta y pasa el dedo por la pantalla. Al verlo con el ceño fruncido por la concentración, me invade una sensación de familiaridad. Siento que lo he visto en alguna parte, pero no sé dónde exactamente.

—Mantenemos un registro de casi todos los Modos del Continente —dice, comprobando la pantalla—. Ash informó de tus habilidades: la telepatía y la lectura de mentes.

Fiona habla de nuevo y su tono se vuelve más gélido con cada segundo que pasa.

—Nunca hemos conocido a nadie con una marca de sangre que tenga menos de tres habilidades. ¿Son las únicas que posees?

—Tengo más de dos —admito, tras dudar un instante.

La intriga baila por sus rostros.

—Como he dicho antes, necesitaremos una revelación total —dice Adrienne—.

Será confidencial. Solo la Autoridad tiene acceso a los archivos personales.

Tus habilidades seguirán siendo privadas a menos que las compartas con otras personas por elección propia.

Pero podemos encargarnos de este tema mañana.

Asiento, aliviada porque no vayan a obligarme a hacer nada ahora mismo.

—¿Cuáles son las demás condiciones?

—Una vez hayas revelado todas tus habilidades, tendrás que comprometerte a hacer un programa obligatorio de formación.

—Ya soy una experta en todo. —Más o menos. Si voy a confesarles que sé incitar, no tardarán en descubrir lo poco experta que soy en eso.

—Entonces no necesitarás muchas sesiones —responde Adrienne—, pero tendrás que asistir al menos a una.

—Me parece bien.

—También requerimos la participación en al menos un entrenamiento práctico y, si no quieres ser un agente de campo, te daremos una tarea administrativa en la base.

Por último, la condición más importante: nunca podrás proyectarle a nadie la ubi­cación de la Daga —concluye Adrienne, con una mirada que dice: «No estoy de cachondeo»—.

Proyectar nuestra ubicación conlleva una sentencia de muerte automática.

—Sin presiones, ¿no? —bromeo.

Pero nadie esboza una sonrisa. Ni siquiera Gray.

—Todos los Modos de esta base cuentan con nosotros —dice Kallister con un tono más tranquilo—. Nos tomamos en serio su seguridad.

—¿Cuántas personas viven aquí?

—Bastantes —contesta sin dar más detalles.

—¿Y sus familias? —insisto—. ¿Sus hijos?

—Deja las preguntas para después de la revelación.

—Vale —respondo al entender que no lo voy a convencer—. Sigamos. Quiero hablar sobre Xavier.

Kallister suelta una carcajada.

—Os dije que era una mandona —interviene Gray. Me dedica una sonrisa—. En esta reunión informativa mandamos nosotros, Darlington.

—No hasta que hablemos de Xavier —digo, terca—. ¿Qué planeáis hacer con él?

—¿Con el teniente? —Adrienne frunce el ceño, como si mi pregunta fuera absurda—. Lo ejecutaremos o lo usaremos como rehén.

El horror me constriñe la garganta.

—No, no podéis hacer eso. Por favor, respondo por él.

Arquea una ceja.

—Es el enemigo.

—No lo es. Desertó cuando me sacó a hurtadillas de la base del Comando —insisto—. Y me ha ayudado a cruzar las Tierras Oscuras.

En realidad, ha sido al revés. Xavier gritaba como una niña cada vez que oía incluso el mínimo crujido en la oscuridad. En todo caso, ha sido una piedra en el zapato. Pero no tienen por qué saberlo.

—Estaría muerta si no fuera por él. —Paseo la mirada por la mesa—. Por favor. No merece morir. Está dispuesto a unirse a nuestra causa. Creedme, nos resultará mucho más útil como aliado. Tiene una gran formación, es casi tan bueno como yo disparando… —Gray suelta una risita—. Y me es leal.

—¿Sí? ¿Por qué? —me desafía Adrienne—. ¿Por qué ha arriesgado su vida por ti?

No me esperaba esa pregunta, por lo que debo pensar rápido para encontrar una respuesta adecuada.

—Hubo una misión de la Élite Plateada en el distrito C… —Me giro hacia Gray para que me apoye—. ¿Te acuerdas del hospital con los Modos fragmentados?

—Sí, una puta barbaridad. Pero a Ford no pareció importarle demasiado.

—Sí que le importó. Cuando hablamos más adelante sobre ello, Xavier dijo que había estado investigando y que no le había gustado lo que había descubierto.

Sospechamos que la Compañía está experimentando con Modos cuyas mentes están fragmentadas.

También estaban todos esos viales de sangre en la sala del hospital…

—Niego con la cabeza, enfadada—. Da igual, la cuestión es que a Xavier no le gustó.

Eso, unido a la muerte de su novia —añado, y le lanzo una mirada mordaz a Gray y esta vez tiene la decencia de parecer arrepentido—, lo llevó a darse cuenta de que no le quedaba nada en el Comando.

Rezo para que pueda ver a Xavier antes de que lo interroguen porque, si no corrobora esta locura, sabrán que les he mentido. Pero es lo único que tengo ahora mismo.

—Nos hicimos amigos —admito—. Cuando me sentenciaron a muerte tras el Aniversario, Xavier se negó a permitir que ocurriera. No iba a dejar que sus superiores me asesinaran solo por ser Modificada. Tiene sus principios.

—Aún no he conocido a un Primario con principios —se queja Teriq, desdeñoso.

—Hay muchos —contraataco—. Colaboramos con ellos, no me jodas.

—Ahí tiene razón —interviene Gray, pero Teriq no se lo traga y niega con la cabeza, molesto.

—Me importa una mierda. No voy a dejar que un Primario campe a sus anchas por nuestra base, recopilando información que pueda proporcionarles a sus compañeros si logra escapar.

—Entonces, mantenedlo en una celda hasta que demuestre su lealtad —les suplico—. No lo matéis.

Se produce un breve instante de silencio.

—Reflexionaremos sobre tu petición —dice Kallister.

—¿Hay algo más de lo que te gustaría hablar? —pregunta Adrienne, cortés, y Gray se muerde el labio, como si intentara reprimir una carcajada.

—No, eso es todo. —Espero haber hecho lo suficiente para salvar a Xavier.

—Bien —contesta, poniendo los ojos en blanco—. Entonces, pasemos al siguiente punto.

El resto de la reunión se centra en el Aniversario de Plata y sus efectos colaterales, incluido cómo se destapó mi tapadera.

Me arde la sangre al contarles que Lyddie de Velde, mi mejor amiga en el programa, me vendió, pero nadie pestañea al oírlo, como si la traición fuera algo habitual en su día a día.

No revelo lo que le hice a Jayde Valence. Si la Autoridad no está dispuesta a compartir sus secretos conmigo, les daré el mismo trato, capullos.

Tras la reunión, Kallister me lleva a un lado como me prometió y dice:

—Quédate. Tenemos que hablar. —Mira a Fiona, quien está guardando la tableta y el intercomunicador—. Fi, ¿podrías pedirle a alguien que le trajera la cena a Wren a la sala de guerra?

Asiente, pero no paso por alto la línea tensa que forma con los labios.

Su desconfianza es palpable. Gray, cerca de la puerta, parece dudar también y pasa la mirada entre Kallister y yo, pero al final baja la cabeza a modo de despedida y se marcha de la estancia.

Cuando todos se han ido, Kallister arrastra su silla para sentarse a mi lado.

—Estabas allí la mañana en que murió mi hermano —dice sin utilizar eufemismos.

Un abrasador fogonazo de agonía me traspasa el pecho.

—Sí, así es.

El dolor en su rostro imita el mío.

—¿Sufrió?

—No, fue rápido.

Kallister se pasa los dedos por el pelo. Es evidente que está inquieto.

—Quería producir una distracción. Podríamos haberlo rescatado.

Centro los ojos, llenos de sorpresa, en los suyos.

—Mi contacto en Santuario me dijo que las altas esferas se habían negado a arriesgarse por él. ¿No fue decisión de la Autoridad no rescatarlo?

—Ese fue el resultado de la votación, sí. —Oigo la amargura en su voz—. Me ganaron cuatro a uno.

—¿Grayson también votó en contra? —pregunto, indignada.

—Todos. Entiendo por qué. Un rescate a plena luz del día habría sido demasiado peligroso y no podíamos arriesgarnos a que a Gray le pasara algo.

Es el único piloto con habilidad suficiente para volar por el espacio aéreo de la Compañía sin que lo detecten y acercarse lo suficiente para lanzar un ataque contra su base.

La parte lógica de mi cerebro es consciente de eso, pero…

—Se interrumpe y deja escapar un largo suspiro—. ¿Cuánto te contó Jim sobre mí?

—No mucho. Sabía que tenía un hermano, pero no que fuerais gemelos. Dijo que no hablabais desde que se unió al Comando.

—No mucho, no. —Kallister posa una mano en la mesa y recorre el borde de acero con los dedos—.

Pensé que estaba cometiendo una locura cuando se alistó.

Julian se unió a ellos justo después de la escuela superior.

Estaba decidido a trabajar de incógnito para la Revolución y ayudarlos a sabotear a la Compañía.

Yo no estaba interesado en esas gilipolleces encubiertas.

Se me da mejor estar en el centro de control, tomando decisiones tácticas.

Pero Julian quería estar en el meollo de la acción.

Le dije que era demasiado arriesgado, pero mi hermano nunca se acobardó ante el peligro.

—¿Por qué no volvisteis a conectar cuando desertó del Comando y se instaló en el distrito Z como Jim Darlington?

—Lo hicimos. De vez en cuando. Pero nuestras vidas eran muy diferentes.

Yo estaba aquí, en la Daga, y él pocas veces salía del rancho porque lo buscaban por desertor y ya no podía llevar a cabo ninguna operación.

Bueno, y porque ya sabes lo cabezota que era.

Chocábamos cada vez que hablábamos. Para él, su manera de ver las situaciones era siempre la correcta.

Suelto una carcajada.

—Así era, sí.