Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

L a última vez que vi al tío Jim, él estaba en una plataforma de ejecución, con el pecho agujereado por las balas y su sangre derramada por el suelo de madera. Oí su voz en la cabeza: «Adiós, pajarito». Sentí que su energía me abandonaba cuando exhaló su último aliento. Cuando murió. Joder, ¡murió!

Ahora está de pie ante mí. Sin ninguna herida de bala.

Sin sangre. Con la espalda recta. No parece herido ni cambiado más allá del pelo rubio oscuro, que lo lleva más corto y le clarea en las sienes, como si hubiera envejecido una década en vez de seis meses desde el momento en el que le dispararon.

Las lágrimas me nublan la visión, avergonzándome.

Pestañeo rápido para intentar alejarlas, pero es demasiado tarde.

Dos riachuelos me recorren las mejillas y, de repente, comienzo a andar hacia él a trompicones, como si fuera uno de los terneros tambaleantes de nuestro rancho que estuviera aprendiendo a andar.

Estoy a un metro de distancia cuando nuestros ojos se encuentran y un escalofrío me recorre el cuerpo, paralizándome en el sitio.

—No eres Jim —lo acuso.

Aunque sus ojos marrones son idénticos a los del tío Jim, incluso las motas doradas en torno a sus pupilas, este no es el hombre que me quiso y protegió durante quince años.

—No —contesta con brusquedad y, maldita sea, su voz tampoco se parece. ¿Cómo es posible?—. Soy el hermano de Julian, Kallister.

La respiración se me bloquea en la garganta y los pulmones me gritan para que les proporcione el oxígeno del que los estoy privando. Me obligo a respirar hondo, intentando ralentizar el latido de mi corazón.

Sabía que el tío Jim tenía un hermano, pero muy pocas veces hablaba de él, casi nunca, y jamás se le ocurrió mencionar que eran gemelos.

Gemelos idénticos. Si estuvieran uno al lado del otro con los ojos cerrados, no sabría diferenciarlos.

Sin embargo, esos ojos… Este hombre tiene una mirada severa y calculadora.

Jim era un hombre complicado, sí, pero, cuando me miraba, se le suavizaba la expresión.

—Eres igual que él. —Me tiembla la voz, así que carraspeo antes de volver a hablar—. Perdón, ¿cómo has dicho que te llamabas?

—Kallister. —Extiende la mano.

La contemplo durante un segundo. Bajo las uñas no tiene barro. Tampoco rasguños o cortes por arreglar las vallas o guiar al ganado. El tío Jim tenía manos de ganadero. Estas son pulcras y elegantes, como si no hubiera hecho demasiado trabajo manual en su vida.

Al recordar mis modales, me inclino para cogerlo por la muñeca a modo de saludo.

—¿Formas parte de este consejo?

Miro a mi alrededor. Adrienne y la otra mujer nos están observando sin tratar de ocultarlo. Gray, mientras tanto, se ha acercado al hombre más joven y se están riendo de algo.

—Sí, soy uno de los miembros de la Autoridad. —Me estudia con tanto interés como yo a él—. Los cinco somos responsables de cada decisión operativa que se toma en la Daga.

Sé que es de mala educación, pero no puedo dejar de mirarlo.

Sus similitudes con el tío Jim son inquietantes y tengo mil preguntas que quiero hacerle.

Entonces, lo siento, esa ligera presión en la nuca.

Sospecho que es Kallister. No reconozco su firma energética, pero no es la de Jim, lo que me informa que, aunque los gemelos compartan un ADN idéntico, no se extiende a la energía que les corre por las venas como Modificados.

Sé que tienes preguntas , dice Kallister tras establecer conmigo una conexión mental. Hablaremos después de la reunión, ¿vale?

Asiento débilmente. Me da unos golpecitos en el brazo, se gira y aparta una silla para que me siente. Mientras todos ocupan su sitio, Adrienne se inclina hacia delante con las manos unidas y una ceja arqueada.

—Estoy impresionada —confiesa—. Nadie que haya intentado cruzar las Tierras Oscuras a pie ha sobrevivido.

—No ha sido fácil —contesto, sin darle más detalles. Estas personas siguen siendo extraños. No puedo contarles que el tío Jim y yo vivimos en ese bosque de pesadilla durante tres años. A menos que ya lo sepan…

La idea hace que me detenga. Asumía que el tío Jim les habría ocultado mi verdadero pasado, pero Kallister es su gemelo. Tal vez mantuvieron un contacto constante durante todos estos años, y no tan esporádico como me hizo creer Jim.

De repente, advierto que he entrado en esta habitación a ciegas y, por primera vez desde que llegué a la Daga, siento un terror genuino. Solo una punzada, como el goteo de un grifo con una fuga que me quemara la piel con cada gota.

—¿Cómo lo has conseguido? —pregunta la mujer de pelo corto con tono severo.

La ignoro.

—¿Esto es un interrogatorio? —digo con cautela.

Kallister se echa a reír.

—Para nada. Es más… un foro abierto.

Adrienne señala a la mujer a su lado.

—Wren, esta es Fiona. —Luego, hace un gesto hacia el hombre junto a Gray—. Y este, Teriq. Y ya conoces a Gray y a Kallister. Gracias a nosotros, estás aquí, en la Daga. Sometimos tu entrada a votación y debes saber que fue unánime.

—No siempre lo es —comenta Gray con una sonrisa burlona.

Paseo la mirada entre los cinco mientras trato de entender la dinámica de poder. No parece que haya un líder en el grupo, aunque hasta el momento los que más han hablado han sido Adrienne y Kallister.

—Hiciste un trabajo excelente en el Aniversario —prosigue Adrienne, enfatizando su aprobación con un asentimiento—. Cuando colocaste los explosivos.

—No quiero hablar de eso. Lo que me interesa es lo que le hiciste al general Redden.

Ni siquiera pestañea.

—Cada cosa a su tiempo. Ahora mismo, centrémonos en ti. Si vas a quedarte…

—¿«Si»? —la interrumpo—. No sabía que mi invitación tenía condiciones.

—Siempre hay condiciones. Y estas se aplican a todos los Modos que viven en la base. Si decides que no estás dispuesta a cumplirlas, te devolveremos a los distritos en cuanto reanudemos el transporte habitual.

—Entonces, ¿debo seguir aceptando órdenes a ciegas?

Cuando me metieron en la prisión militar del Comando, esa fue la razón que ella me dio para justificar que la red no me rescatara.

—De momento, sí —me confirma.

—No lo pillo. ¿Por qué los atacáis y os retiráis de inmediato?

—No es una retirada —intervino Kallister—. Dimos el primer golpe. Era nuestra declaración de guerra, por así decirlo. Pero quedan muchas batallas por luchar.

Entrelazo los dedos, sintiendo náuseas de nuevo.

—¿Cuáles son las condiciones que debo aceptar?

—Para empezar, la revelación —contesta Adrienne—. La haremos mañana a primera hora.

Frunzo el ceño.

—¿Revelación de qué?

—De tus habilidades.

El tipo al que han llamado Teriq me dedica una mirada severa.

—Ellis dijo que tenías una marca de sangre. ¿Es cierto?

Titubeo. Ellis es un sanador del Comando que, según descubrí hace poco, también trabajaba de incógnito para la Revolución.

Me curó la cicatriz de la cadera izquierda y el muslo superior, la que llevaba años ocultando una marca roja que informa a todo el mundo de que soy más poderosa de lo que he dejado entrever.

—Eh… Sí —admito al final—. Así es.

Adrienne niega con la cabeza.

—¿Te importaría explicarnos por qué le pediste a Ellis que te curara las cicatrices? Una marca de sangre no es algo que se quiera anunciar a bombo y platillo.

La reprimenda escuece, aunque soy muy consciente de que aquella fue una decisión estúpida.

A decir verdad, ni lo pensé. Es tan sencillo como eso.

Me curé las cicatrices para mostrarle a Cross lo abierta y vulnerable que estaba dispuesta a ser con él, para que confiara en mí.

Pero con ese impulso también deshice las capas de tejido protector bajo el que el tío Jim había enterrado mi marca de sangre cuando me quemó la piel.

Por otro lado, supongo que ya no importa. De momento, no creo que vaya a participar en ninguna misión encubierta en el Comando. Ahora estoy en la Daga, rodeada de personas como yo. Personas que no me dispararán en el acto por tener una marca de sangre.

—Estaba cansada de ocultarla —miento, aparentando una confianza que ahora mismo no siento—. Me ponía enferma fingir que era uno de los suyos, una Primaria en la sección Plata. Ese no era mi sitio y supongo que necesitaba recordarlo.

—¿Estás diciendo que ibas a desertar del Comando? —pregunta Teriq, escéptico.

Asiento.

—¿Y a la mierda nuestro reclutamiento? —Gray parece divertido.

—Oye, perdí a mi único aliado después de que murieras —contraataco—. Y, dado que Jayde Valence me estaba vigilando como un halcón, era cuestión de tiempo que me pillaran.

—Cuando te reclutamos, se te olvidó mencionar lo poderosa que eras —dice Adrienne con sequedad.

Me encojo de hombros.

—Le prometí a Jim que nunca lo revelaría.

—Puto Julian —musita—. Ese hombre no ha hecho más que darme dolores de cabeza desde el día en que lo conocí.

—Era una niña cuando me apareció la marca. Mi tío no quería que nadie me usara como peón.

—¿Por eso te llevó con él? —pregunta Gray—. ¿Vio la marca y quiso protegerte?

—No lo sé. Quizá.

Fiona me dedica un pequeño ceño fruncido.

—Según nuestros informes, Julian te encontró en una cuneta cuando tenías ocho años.

El alivio me recorre el cuerpo al saber que el tío Jim no llegó a revelarles mi pasado a estas personas.

No saben que me llevó con él cuando yo tenía cinco años, no ocho, lo que significa que no tienen ni idea del tiempo que pasamos en las Tierras Oscuras.

Y, sobre todo, no se imaginan quiénes son mis padres. Los traidores.

Joder, ¿cómo voy a superar esta tormenta en la que me encuentro? Siento que estoy nadando a contracorriente en el océano. Si me despisto un segundo, me ahogaré en todos los secretos que estoy intentando mantener a flote.

—Sí, tenía ocho años —digo, repitiendo la mentira—. No sé de dónde vengo, pero Jim sospechaba que a mi familia la había matado el Comando y que yo había logrado huir. Y fue él quien me quemó la marca de sangre.