Capítulo 1 #3
El recuerdo me provoca una oleada de náuseas. Me tiemblan un poco las manos, de modo que las crispo sobre los costados mientras sigo a Grayson por el pasillo.
Incluso días después de aquello, no logro liberarme del horror de lo que hice.
Le robé la voluntad a alguien. Es una idea nauseabunda que me hace sentir como uno de esos dioses vengativos sobre los que leí en la escuela, los que creaban mortales para luego jugar con ellos, engañarlos, seducirlos y atormentarlos a su antojo.
Pero enseguida me recuerdo a mí misma que la mayoría de esos mortales eran inocentes.
Jayde Valence, la mujer a la que maté, se alejaba de serlo.
Era la mano derecha del general y lo ayudaba a matar y esclavizar a su gente.
El mundo es un lugar mejor sin ella. Pero ¿no lo es también sin el general?
Quizá destruir a un enemigo de su magnitud justifica lo que hizo Adrienne.
Y lo que hice yo. Al menos eso es lo que no paro de repetirme.
Por fin llegamos a los alojamientos de la base. Grayson se detiene ante una puerta al final del pasillo y presiona el pulgar contra el escáner. El seguro se abre y entramos en lo que parece un pequeño apartamento.
El suyo, intuyo, porque su aroma a cítricos y pino flota en el aire.
Tiene una chaqueta de aviador colgada de un alto taburete en la encimera de la cocina.
El salón cuenta con un sofá, dos sillones y una mesa, sobre la que hay una taza de café a medio terminar y un montón de tabletas.
Una puerta ancha en la pared de enfrente lleva a lo que supongo que serán el dormitorio y el baño.
—¿Vives aquí?
Asiente.
—¿Qué hago en tu apartamento, Kaine?
—Grayson —me corrige—. Pero puedes llamarme Gray. Es lo que hace la mayoría de la gente.
—¿Qué hago en tu apartamento, capullo?
Curva los labios.
—Aún no te han asignado ninguna habitación. —Se acerca a un sillón—. Tengo algo de ropa limpia que me ha dado Luisa.
—¿Luisa?
—La has conocido en el helicóptero. Mi copiloto.
Tenéis más o menos la misma constitución.
—Coge un puñado de prendas del sillón y me las tiende antes de señalarme con la cabeza la puerta a mis espaldas—.
El baño está por ahí. Estás cubierta de barro y hueles a hoguera.
¿Por qué no te das una ducha? Creo que, para cuando hayas acabado, la Autoridad estará lista para recibirte.
Asiento, agradecida. Me siento sucia y necesito con desesperación una ducha tras pasarme varios días en las Tierras Oscuras. Además, no me vendría mal un momento a solas.
El cubículo de la ducha es pequeño, diseñado para acoger a una sola persona.
Abro el grifo y me pregunto de dónde procederá el agua, cómo llenará estas tuberías.
¿Un depósito subterráneo, tal vez? ¿Cómo filtran el aire al estar a esta profundidad dentro de la montaña?
¿Cómo controlan la temperatura? Esta base me provoca tanta curiosidad…
Me paso una pastilla de jabón por todo el cuerpo y me deshago del polvo del camino, observando cómo se arremolina a mis pies antes de colarse por el desagüe.
Me lavo el pelo, que me ha crecido más de lo habitual y me cae más abajo del pecho.
El champú huele a cítricos y me froto el cuero cabelludo tres veces porque todas esas hormigas amarillas de las Tierras Oscuras han encontrado la manera de colarse en mi pelo y mi ropa.
Cuando siento que ya no tengo ningún insecto arrastrándose por mi piel, abro el grifo y cierro los ojos. Mientras el agua me empapa la cara, por fin me permito hacer lo que llevo todo el día evitando.
Contacto con mi mejor amigo. Con Lobo. Con Cross.
Me lo imagino atareado en la ciudad, limpiando el desastre que he provocado, recogiendo los pedazos del ataque de los Modos que destruyó un hangar del Comando y se llevó una buena parte de su flota.
Sin duda su hermano no debe de estar muy contento con él.
Aunque nuestra relación nunca salió a la luz, Travis, el hermano mayor de Cross, sospechaba que estábamos juntos.
Que lo hayan elegido como nuevo general solo complica la situación.
Ahora lo controla todo. Tiene poder para castigar a Cross por cualquier presunto crimen, si es lo que quiere.
Una oleada de emoción me inunda cuando oigo su conocida voz en la cabeza.
¿Estás bien, palomita?
«Palomita».
Lo que empezó siendo una burla ha acabado convirtiéndose en un apodo cariñoso, y ahora me derrito cada vez que lo escucho.
Lo prefiero antes que «princesa» o «cariño», aunque tampoco me importaría que esas palabras se escaparan de esa boca tan sexi.
Joder, Cross hace que todo suene sexi. Podría recitar las páginas de un manual y seguiría poniéndome cachonda.
Me imagino su rostro perfecto, esos ojos azules de color cobalto, el hoyuelo burlón, la sonrisa traviesa…
Pienso en su cuerpo alto y ancho, en sus manos grandes y hábiles.
Un estremecimiento abrasador lleno de tensión me recorre la columna vertebral, pero no tiene nada que ver con el agua caliente que me golpea la piel.
Estoy bien. Hemos llegado a la base de la Revolución , le digo.
Me alegro .
Algo en su voz hace que me detenga.
¿Tú estás bien? Pareces disgustado.
Tarda un segundo en contestar.
No he podido dormir mucho desde que te fuiste .
¿Dónde estás? ¿En la sede?
Otra pausa.
Sí .
¿Qué pasa? , lo presiono.
Esto es un follón , dice al final. Toda la situación .
Aquí igual. Han detenido a Xavier .
Ya me imaginaba que pasaría algo así.
Esperaba que se los hubiera ganado al ayudarme, pero no confían en él. Voy a hacer todo lo posible para liberarlo de la celda, pero quizá necesitemos encontrar una manera de sacarlo de aquí.
En cuanto la sugerencia sale de mis labios, entiendo que es imposible. Sacarlo de la Daga supondría revelar la ubicación de la misma y no puedo hacer algo así, ni siquiera por Cross. Estaría poniendo en peligro a todas estas personas.
No creo que sea factible , dice. Me están vigilando con ojos de halcón .
¿Travis sospecha que me ayudaste a huir?
Le he dicho que me engañaste y sedujiste a Xavier para que te ayudara, pero no sé si se lo ha creído. De todas maneras, no le gustó que te dejara formar parte de la Élite Plateada. Cree que comprometí la información del servicio de inteligencia del Comando .
Sitúo la cara bajo el chorro de la ducha para fingir que lo que me recorre las mejillas es agua, en vez de lágrimas. Odio pensar que Cross está solo en la ciudad sin nadie que lo respalde.
No estoy segura de si debo contárselo todo, pero me siento mal al guardar el secreto que acabo de descubrir.
Kaine está vivo , confieso.
¿Estás de puta coña?
No. Estaba trabajando para la Revolución durante todo el tiempo que formó parte de la sección Plata. Los ayudó la noche en la que robaron el B-8.
Lo dejo ahí porque, aunque confío en Cross, también siento una extraña lealtad hacia Grayson. Gray. Como coño se llame.
A menos que Cross se una a nosotros y trabaje para la red, no necesita saber que Kaine es Grayson Blake, el piloto sobre el que la Élite Plateada lleva tiempo intentando recopilar información.
¿Ese capullo nos estuvo engañando durante todo el tiempo?
Oye, yo también estaba allí de incógnito , le recuerdo. Si no te enfadas conmigo, no puedes enfadarte con él.
¡Los cojones! Claro que puedo .
Su gruñido de indignación me provoca una sonrisa. Es una locura lo mucho que lo echo de menos y solo llevamos separados unos días. Mis labios anhelan los suyos y me cosquillean las manos por la necesidad de pasarlas por sus músculos esculpidos, sus tatuajes, la fuerte línea de la mandíbula.
Entonces, ¿Kaine es un Modificado ?, pregunta Cross, y casi puedo ver cómo su astuto cerebro militar repasa todas las implicaciones.
Sí, pero no sé qué habilidades tiene .
La piel se me está tornando roja por el calor, por lo que apago el grifo, abro la puerta de cristal y doy un paso hacia la alfombrilla negra de goma.
Junto al lavabo encuentro una toalla con la que me envuelvo antes de limpiar el vapor del espejo.
Gray también me ha dejado un cepillo para el pelo, otro para los dientes y más artículos de aseo personal. Mi querido amigo es un caballero.
El silencio se dilata entre nosotros. Contemplo mi reflejo en el espejo y encuentro un par de ojos color miel que me devuelven la mirada, agotados.
¿Por qué no viniste conmigo? , pregunto sin poder contenerme.
Ya sabes por qué. Debo proteger a mi madre. Y alguien tiene que mantener a raya a mis hermanos. Travis acaba de declarar una guerra .
Sí, y ahora luchamos en bandos opuestos cuando deberíamos estar en el mismo lado , digo, frustrada.
No podría haberme ido contigo aunque hubiera querido , contesta, igual de frustrado. La Revolución me mataría en el acto. Soy el hijo del general Redden. Nunca confiarán en mí.
¿Y si les ofrecieras información a cambio de asilo político? Dijiste que Travis estaba reuniendo a todos los Modos que conocía en los distritos. ¿Los va a matar?
Creo que por el momento está mandando a la mayoría a campos de trabajos forzados. Y ninguna información será suficiente para que me gane su confianza.
Pero ¿y si supieran que eres un Modificado?
¿Les has hablado de mí?
Su pregunta me produce un sobresalto, me deja conmocionada.
Claro que no. Nunca haría algo así. Pero creo que si lo supieran…
Solo conseguiría enfadarlos aún más , concluye. No solo sería el enemigo, me considerarían un traidor. No sería mejor que Jayde Valence o cualquiera de los otros Modos leales al sistema.
Pero tú no eres leal , protesto. ¿Qué, se supone que tú solo debías derrocar un régimen que impregna todos los aspectos de la sociedad? Estás haciendo lo que puedes para cambiar las cosas desde dentro. Salvas todas las vidas posibles.
Wren , farfulla, ¿de verdad crees que la Revolución lo vería así? Porque ambos sabemos que dirían que no estoy haciendo suficiente. Y luego… me matarían , insiste.
No quiero darle la razón, pero me temo que la tiene.
Una cosa más… Antes de seguir, trato de desenmarañar el nudo inexplicable de vergüenza que siento de repente.
Cuando Xavier y yo estábamos en las Tierras Oscuras, encontré una carta de mi tío en nuestra vieja cabaña.
Según él, mis padres traicionaron a la Revolución.
Parece ser que por su culpa mataron a cientos de Modos .
Joder. ¿Se lo has contado a alguien más?
No.
Bien, no lo hagas . El tono de Cross es brusco, rotundo. No puedes decir ni una palabra. Si se enteraran, tu vida podría correr peligro.
Lo sé .
Me aparto el pelo húmedo de la frente y cojo una toalla más pequeña con la que secármelo. Cross se queda callado de nuevo. Pasan unos segundos antes de que su voz ronca se propague por mi mente.
Margarita.
¿Sí?
Te quiero .
El corazón se me constriñe.
Y yo a ti.
Hablamos luego .
Desaparece antes de que pueda contestar, interrumpiendo el vínculo, y mi mente ya echa de menos su presencia.
Me seco el pelo con la toalla y me lo recojo en una coleta.
Luego, me pongo la ropa que me ha dado Gray.
Las mallas negras son elásticas, por lo que se me ajustan a la perfección, pero la camiseta es demasiado pequeña porque tengo más pecho que Luisa.
Cuando salgo al salón, Gray está hablando por el intercomunicador. Parece molesto y, al percatarse de mi presencia, se apresura a cortar la llamada.
—Ya hablaremos después —musita antes de meterse el aparato en el bolsillo.
—Gracias por la ropa —digo.
Me recorre con los ojos, que le brillan al reparar en mis pies desnudos.
—Cálzate. La Autoridad te está esperando.
—¡Bien! Qué honor. —Encuentro un par de calcetines y unas botas limpias en el sillón—. ¿Esta Autoridad —digo mientras me ato los cordones de la bota izquierda— es como el consejo directivo o algo así? ¿Cuántas personas lo componen?
—Cinco.
—Incluida Adrienne.
—Sí.
—¿Y tú?
—También.
Arqueo una ceja.
—Vaya puesto de poder tienes aquí, Grayson.
—No te equivocas, Wren.
Nos dedicamos una sonrisa y, por un momento, siento que hemos vuelto a la base del Comando. Está bien, quizá lo echaba de menos. A él, a sus carcajadas, a sus comentarios provocativos y a sus bromas arrogantes. Supongo que no me molesta del todo que siga vivo.
—¿Quiénes son los otros tres? —pregunto, incorporándome.
—Ahora los conocerás.
Nos dirigimos al ascensor y subimos a la planta de Operaciones. Gray señala una puerta doble al final del pasillo y me dice que esa es la zona de entrenamiento.
—Te va a encantar el campo de tiro —dice—. Sé lo mucho que te gustan las armas.
—No creo que puedas seguir burlándote de mi amor por las armas cuando acabo de descubrir lo mucho que te ponen los aviones.
Llegamos a una enorme puerta doble de metal con otro escáner de seguridad.
—Esta es la sala de guerra. —Gray está a punto de acercar el pulgar cuando se detiene—. Oye…, prepárate.
Hago una mueca.
—¿Para qué?
—Eh… —Cierra la boca. La vuelve a abrir. Entonces, deja escapar un suspiro—. A la mierda. Ahora lo verás —dice, y escanea su huella.
Al otro lado de la puerta, iluminada con fluorescentes desnudos, hay una amplia habitación en cuyo centro descansa una larga mesa.
El techo presenta un laberinto de tuberías y conductos de ventilación, y el suelo está cubierto de oscuras baldosas pulidas que hacen que nuestros pasos reverberen.
Las paredes están cubiertas de pantallas holográficas y de monitores de la época pasada, de los que necesitan un enchufe.
Supongo que se trata de un sistema de emergencia.
Hay otra pantalla holográfica en el centro de la mesa.
Dos mujeres están sentadas frente a ella, observando las partículas verdes y blancas que proyectan una imagen que no logro distinguir.
Entonces, capto un retazo de pelo rojo y dirijo la vista a una cara conocida.
Ojos grandes, boca sensual, barbilla estrecha.
Adrienne tiene la clase de facciones que, juntas, no crean una cara bonita, pero sí atractiva.
A su lado hay una mujer mayor con la piel pálida y el pelo rubio corto salpicado de vetas plateadas.
En la cabecera de la mesa, dos hombres están de pie, de espaldas a nosotros.
Uno de ellos es un joven de unos veintitantos años, con la tez leonada y el pelo rapado, que nos dedica una mirada cuando entramos.
El segundo hombre se gira al oír nuestros pasos y la conmoción me recorre el cuerpo. Durante un segundo, no logro respirar. Los pulmones se me constriñen. La garganta se me cierra. Me quedo paralizada en el acto, totalmente sorprendida por lo que estoy viendo. Es el tío Jim.