Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Sal —me ladra uno de los hombres con el ceño fruncido, y yo le devuelvo el gesto mientras me quito el cinturón.

El otro hombre arrastra a Xavier por la puerta lateral. Salto tras ellos y mis botas aterrizan sobre el cemento con un golpe seco.

Examino el entorno, esperando encontrar una flota entera de aviones, quizá el bombardero B-8 que Grayson le robó al Comando, pero, salvo algunos descapotables, varias motocicletas y este helicóptero, el hangar está vacío.

Recorro con la mirada la corta pasarela hasta la gigantesca pared de metal en un extremo.

Atisbo los escáneres situados a cada lado y las luces rojas parpadeantes de las cámaras del techo.

Seguro que el hangar principal está detrás de esa pared y que este solo se usa para los despegues y aterrizajes.

—¿Dónde estamos? —musita Xavier, dedicándole una mirada sombría a Grayson.

—Son instalaciones abandonadas de la Última Guerra. —Gray­son cierra con fuerza la puerta del helicóptero y mete la mano en el bolsillo. Saca un aparato elegante y comprueba la pantalla.

Es más pequeño que los intercomunicadores de la Compañía y de color plateado, en lugar de negro.

Adrienne llevaba uno parecido la primera vez que me reuní con ella para una cita secreta en la base del Comando.

El hecho de que, probablemente, la Revolución cuente con su propia tecnología alimenta mi curiosidad.

—¿Cómo lo encontrasteis?

Grayson está a punto de responder, pero cuando la copiloto le dedica un ceño fruncido se gira hacia los dos hombres y dice:

—Llevadlo a la prisión.

El pánico borbotea en mi interior cuando se acercan a Xavier.

—Esperad —protesto—. Parad. Os lo he dicho, me ayudó a escapar.

—Y yo te he dicho que no me importa —contesta Grayson. Pone los ojos en blanco cuando Xavier adopta una postura ofensiva, preparado para resistirse—. No te esfuerces, Ford. Tendrás oportunidad de defenderte, pero por el momento solo te complicarás la vida.

Poso los ojos en los de Xavier e intercambiamos palabras en silencio. Quizá no sea telépata como yo, pero mi mirada es capaz de transmitir el mensaje a la perfección, alto y claro.

«Nos encontraremos más tarde y tramaremos un plan».

Xavier baja la cabeza con un rápido asentimiento. Quizá sea un pesado, pero no es estúpido. Por algo es teniente en el Comando y lo seleccionaron para la Élite, la unidad más codiciada de la sección Plata.

Con una expresión hosca, deja que se lo lleven hasta una puerta cercana.

No tiene pomo, solo una superficie lisa de metal y un escáner en la pared para el que se necesita una huella.

La puerta se desliza para abrirse y los hombres empujan a Xavier a través de ella.

Al oír el suave siseo de la plancha metálica al cerrarse, me doy cuenta de que es una cámara de descompresión.

Una vez se han marchado, la copiloto me mira sin molestarse en ocultarme su desconfianza.

—¿Te ocupas de esto? —le pregunta a Grayson.

Él asiente, y ella desaparece por la cámara de descompresión sin decir ni una palabra más. Por fin solos, los dos nos contemplamos.

No sé qué hacer con este nuevo Kaine, este Grayson Blake. Estudio su atuendo: una camisa de algodón gris que lleva remangada y unos pantalones negros que le cubren por completo las largas piernas. La última vez que lo vi vestía el uniforme azul marino del Comando que yo llevo puesto ahora.

—Ford no se merece estar en una celda —digo, sombría—. Me ayudó a escapar de Santuario. No habría logrado cruzar las Tierras Oscuras sin su apoyo.

—Como ya te he dicho, la Autoridad decidirá qué hacer con él. —Al notar mi frustración, Grayson suaviza el tono—. No vamos a darle a un teniente de la sección Plata vía libre para que se pasee por nuestra base. Seguirá detenido hasta nuevo aviso.

—¿Quieres decir hasta que decidáis si vais a matarlo o no?

—Más o menos.

Niego con la cabeza.

—No eras tan cruel en la base del Comando.

—Sí —responde—, lo era. —Entonces, le brillan los ojos—. Pero también era encantador, cariñoso, divertido…

Recito mi propia lista:

—Engreído, detestable…

Me guiña un ojo.

—Soy un hombre con múltiples talentos, Darlington. Ya deberías haberte dado cuenta.

—Lo único de lo que me he dado cuenta es de que lloré en tu funeral. Te guardé el luto.

El brillo pícaro desaparece de su expresión.

—Lo sé y lo siento, de verdad. Pero tenía que cumplir una misión. Tú deberías entenderlo mejor que nadie. También tenías una misión después de que te reclutáramos.

—«Reclutáramos» —repito. Aún estoy intentando procesarlo—. No me puedo creer que fueras un Modo en todo momento.

Aunque lo fulmino con una mirada recriminatoria, no puedo evitar abrir una vía y acceder a la frecuencia para establecer la telepatía.

Cuando te conectas con alguien, debes pedir permiso.

Es una suave presión, una manera cortés de acceder a su mente, en lugar de optar por la frecuencia con la que se lee la mente, que te permite abrirte paso a la fuerza por su interior.

Por suerte, todos los Modos tienen un sistema interno de alerta diseñado para combatir esta intrusión indeseada.

Si alguien traspasa tu escudo, recibes una descarga eléctrica en la nuca que te avisa del peligro.

Además, los Modos poseen sus propias firmas energéticas únicas. Reconoces esa energía cuando te vinculas telepáticamente y, si alguien muere, la energía desaparece.

Grayson no tiene firma telepática. El descubrimiento me desconcierta. Percibo su escudo, uno muy fuerte, lo que significa que leerle la mente es una posibilidad. ¿Pero energía telepática? Ninguna.

—¿Por qué no me puedo conectar contigo? —Lo contemplo y la desconfianza me atenaza el estómago—. ¿Qué tipo de Modo eres?

—De los que no tienen telepatía.

La sospecha da paso a la sorpresa.

—¡Qué gilipollez!

—Es cierto. —Se encoge de hombros—. No somos muy comunes.

—Pero ¿eres Modificado?

—Sí.

—Entonces, ¿qué puedes hacer?

Esa pregunta le hace reír.

—Lo siento, vaquera. Eres de las que necesita saberlo todo al momento, pero hasta que no te presentes ante la Autoridad no te voy a dar ninguna respuesta más.

—Vale. ¿Dónde está esa Autoridad? ¿Y Adrienne?

—Te convocarán pronto para una sesión informativa.

Le vibra el intercomunicador que tiene en la mano y vuelve a mirar la pantalla antes de suspirar.

—¿Son ellos?

—No.

Se mete el aparato en el bolsillo, se aleja y me hace un gesto para que lo siga.

Me esfuerzo por adaptarme a sus largas zancadas, tratando de absorber cada detalle que percibo.

A la mente me viene la compleja estructura de la base del Comando.

La Daga es una red extensa de túneles y pasillos bañados por luz artificial.

Hay cámaras por todas partes y casi en todas las puertas se requiere una huella dactilar u ocular para poder pasar.

—¿Es un fuerte o una prisión? —pregunto, asombrada por los protocolos de seguridad.

—Un poco de ambos —responde Grayson sin ralentizar el paso.

—No me puedo creer que estemos dentro de una montaña.

—Una puta pasada, ¿eh?

Un par de puertas automáticas se abren cuando nos acercamos y nos encaminamos por un largo pasillo hacia un ascensor.

—¿Cuántas plantas tiene este sitio?

—Tres. Esta es la de Operaciones, que cuenta con el centro de control, las instalaciones de entrenamiento, la armería y las intercomunicaciones.

La segunda es la de «II». —Ante mi expresión confusa, aclara—: Investigación e Inteligencia.

Es donde encontrarás la enfermería, los laboratorios…

, esas cosas. Y la superior es la de Personal.

Cogemos el ascensor hasta el tercer piso y, una vez arriba, Grayson señala varias instalaciones a lo largo de nuestra rápida caminata.

Áreas comunes, comedor, cocina… Pasamos junto a un puñado de personas en nuestro trayecto laberíntico.

Todos llevan ropas de civiles y, aunque varían en el tono de la piel y el pelo, la curiosidad que sienten al verme es la misma.

—Saben que soy un Modo, ¿no? —musito cuando uno de esos civiles me dedica una mirada de soslayo.

Grayson asiente.

—Solo los Modos pueden entrar en la Daga. Otra de las razones por las que Ford no es bienvenido. De verdad, me hubiera gustado que se lo comentaras a Adrienne antes de arrastrarlo por las Tierras Oscuras.

—Bueno, creo que es demasiado tarde. Ya está aquí. —Le dedico una mirada—. ¿Por qué lo llamáis la Daga?

—Porque esta montaña está llena de una piedra llamada daguita. Cuando los fundadores de la Revolución se toparon con este sitio tras el golpe de Estado del general Redden, adoptaron un enfoque bastante literal al elegir el nombre. —En sus ojos brilla la diversión.

Su mención al golpe de Estado es un recordatorio deprimente de que la Revolución lleva operativa veinticinco años.

Veinticinco años luchando contra un régimen que quiere matar a los Modos o convertirnos en ciudadanos de segunda clase.

El Aniversario de Plata del general Redden fue hace solo unos días, la celebración que marcaba el cuarto de siglo de su reinado, y yo estaba justo ahí, en la pista de baile, cuando ese reinado sufrió una devastadora derrota después de que Adrienne le corrompiera el cerebro a ese hombre.

Permanecí ahí, de pie, totalmente incrédula, mientras reducía al general a un estado vegetativo ante mis propios ojos.

Tras ese recordatorio, obligo a Grayson a detenerse, agarrándolo por el brazo.

—¿Sabías lo que iba a hacerle Adrienne al general Redden en el Aniversario?

—Sí —responde enseguida, sin remordimientos.

—¿Y se lo permitiste sin más? ¡Le ha frito el cerebro!

—No puedo decir que me entristezca. Ese hombre ha matado a decenas de miles de Modos. Era el enemigo y nos enfrentábamos a él en una batalla.

Sé que tiene razón, pero… ¿no debería haber reglas en este conflicto? ¿Honor en la guerra?

«¿Honor?», se burla mi voz interior. «Incitaste a una mujer a pegarse un tiro en la cabeza».