Paloma caída (Élite plateada 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

« T e llamas Stella Hess. Stella Hess».

Mi mente no deja de darles vueltas a esas palabras, más rápido que la hélice del helicóptero que gira sobre nuestras cabezas. «Stella Hess».

El nombre no me resulta familiar. Me parece inadecuado, como una prenda que no reconozco pero que los demás insisten en que me pertenece.

La talla es la correcta, me queda bien, pero sigo sintiendo que llevo la ropa de otra persona.

No recuerdo ser Stella, pero no es inconcebible que lo fuera.

Debía de llamarme de alguna manera antes de que Jim Darlington me sacara de Santuario ante la insistencia de mi madre, quien le confió mi protección a su mejor amigo en cuanto empecé a manifestar los poderes psíquicos exclusivos de las personas Modificadas.

Mi madre, cuyo nombre también he averiguado: Marina Serrano.

Una mujer que creía que era valiente, que se infiltró en el Comando con la única intención de arrasar con toda la institución desde dentro.

Con la ayuda de mi padre, dedicó su vida a salvar a los Modos en el Continente.

Juntos estaban dispuestos a correr todos los riesgos necesarios para alcanzar ese objetivo.

Y yo soy el producto de su amor inspirador, la heredera de su lealtad constante a la causa.

Ah, un segundo. Todo eso son gilipolleces.

Porque ¿todo lo que creía que sabía de mis padres? Es mentira. Una invención. Lo peor es que he descubierto la verdad a través de la carta de un hombre muerto, una carta que quizá nunca habría encontrado si no me hubiera visto obligada a huir de la ciudad por segunda vez en mi vida.

Todas las palabras que el tío Jim garabateó en la hoja se me han grabado en el cerebro como si fueran el hierro con el que marcábamos al ganado en el distrito Z.

«En la Revolución, los conocen como los “Traidores de la sección Estaño”. Son responsables de la muerte de incontables Modificados. Tu madre traicionó a su gente y tu padre la ayudó a hacerlo».

«¿Una carta?», quiero gritarle al tío Jim. «¿Tenías que dejarme esta información en una puta carta?».

Supongo que tenía alguna buena razón para escribirla, creería que alguna vez me serviría de algo, pero solo ha conseguido dejarme con más preguntas que respuestas. Si mi madre estaba ayudando a la Compañía, ¿por qué la ejecutaron?

Mis padres ayudaron a coordinar un ataque, el trágico bombardeo que acabó con una comunidad entera de Modificados… ¿Por qué? ¿Por qué harían algo así?

¿Y qué diablos voy a hacer para ocultarles todo esto a las personas cuya confianza debo ganarme?

Escapé de la ciudad pensando que iba a un lugar seguro, a un paraíso donde por fin pudiera dejar de ocultar quién soy.

Sin embargo, he vuelto a la casilla de salida, joder, y tengo que volver a esconderme.

Con este secreto inmenso cerniéndose sobre mi cabeza, me siento como si entrara en la boca del lobo. O, mejor dicho, como si volara hasta ella en un helicóptero pilotado por otro hombre muerto, ni más ni menos. Alguien que pensaba que había perdido hace meses en una devastadora explosión.

Sentado a mi lado, Xavier Ford apoya las muñecas conectadas por las esposas sobre el regazo y aprieta los dientes como si tratara de convertirlos en polvo.

Está enfadado. No le culpo. Se ha pasado tres días cruzando las Tierras Oscuras, el lugar donde habitan las pesadillas, para acabar arrestado a manos de los miembros de la Revolución, a quienes al parecer lidera mi viejo amigo Kaine Sutler, que ha resucitado de entre los muertos.

También conocido como Grayson Blake. Un cabrón astuto.

Ya bastante malo es que no muriera en una feroz explosión (¡le organizamos un funeral!), pero ¿descubrir que es el piloto más habilidoso de la Revolución y una absoluta leyenda entre los Modos? Increíble. Me ha engañado pero bien.

—Voy a romperle el cuello a ese capullo en cuanto aterricemos —me gruñe Xavier al oído—. Tyler murió por su culpa.

Ese recordatorio me entristece. Tyler Struck era una de mis instructoras en el programa, el curso de formación que deben pasar todos los soldados del Comando para unirse al ejército del Continente.

No la conocía bien, pero Xavier y ella estaban juntos.

No sé si tenían algo serio, pero sí lo suficiente como para que su muerte lo afectara.

Kaine, bueno, Grayson la guio hasta una trampa, sabiendo que el edificio iba a explotar, sabiendo que Tyler y nuestro compañero Noah Jones no iban a salir vivos de allí. Todo eso solo para que la Revolución pudiera robar un avión.

Grayson me ha preguntado antes de subirme al helicóptero si estaba preparada para la guerra.

Hasta hace unos días, creía que sí. Estoy aquí porque quiero apoyar la causa.

Nuestra causa. Cuando empecé a trabajar para la red con el fin de sabotear al Comando, me pasé meses en esa base escuchando cómo hablan de los Modos, viendo la manera en la que nos desprecian y temen.

Merecemos un lugar en la sociedad, como iguales, y estoy dispuesta a luchar por eso. Estoy más que preparada para colaborar con la Revolución y procurarnos una vida mejor. Pero… no sé si podría guiar a dos personas a su muerte como hizo Grayson.

Se está volviendo evidente que no es el mismo chico que conocí en el programa, siempre con una respuesta rápida, un comentario coqueto o una sonrisa traviesa.

Ahora es un agente letal de la red con una facilidad asombrosa para llevarse por delante dos vidas.

Quizá no con sus propias manos, pero sí con sus acciones.

No obstante, cuando se gira en el asiento del piloto, con una sonrisa de superioridad en los labios, y nuestras miradas se encuentran, atisbo un brillo familiar en sus ojos verdes.

Tardaré un tiempo en acostumbrarme a que es Grayson Blake, pero debo creer que mi amigo Kaine sigue ahí, en alguna parte.

—Hazme un favor, ¿quieres? —dice Grayson, arrastrando las palabras—. No vomites en mi pajarito.

—¿Por qué iba a…? —pregunto con el ceño fruncido, pero entonces el helicóptero se inclina sin previo aviso y el estómago me da un vuelco.

Las náuseas me suben por la garganta y debo tragar saliva a toda prisa para contenerlas. ¿Por qué estamos volando así? El helicóptero está casi ladeado. Entonces, Grayson vuelve a girar los mandos y el estómago se me revuelve de nuevo.

Desde el aire, las Tierras Oscuras son una gruesa cúpula de niebla negra que se retuerce y ondula como si fuera una masa de nubes que se mueve por el cielo.

Cuando vivíamos allí, al tío Jim solía preocuparle que un avión pudiera vernos en nuestro pequeño claro, pero ahora me doy cuenta de que no tenía nada que temer: es imposible ver a través de esa ominosa oscuridad.

El escenario al otro lado de las ventanas cambia de forma abrupta cuando el helicóptero irrumpe en un valle de montaña.

Fogonazos verdes y marrones me inundan la visión.

Prados exuberantes. Un río estrecho y zigzagueante.

Nos estamos moviendo tan rápido que apenas puedo centrarme en algo antes de que desaparezca de mi vista.

No sé cómo Grayson es capaz de hacer maniobras tan precisas; es como si el helicóptero fuera una extensión de su cuerpo. No negaré que estoy impresionada.

Por fin, el helicóptero se endereza y el estómago se me asienta, al mismo tiempo que adoptamos una velocidad normal.

Frente a Xavier y a mí, dos hombres con expresión impasible permanecen atados a sus asientos.

Son los que han esposado a Xavier y lo han arrastrado hacia el helicóptero en el momento en el que la Revolución ha venido a buscarnos al salir de las Tierras Oscuras.

No han dicho ni una palabra desde que empezó el vuelo.

Tampoco lo ha hecho la copiloto de Grayson, una joven con el pelo castaño recogido en una larga coleta y expresión reservada.

Ya he abierto una vía mental para probar sus escudos, para comprobar si puedo leer sus pensamientos, pero sus mentes son cámaras acorazadas.

Tardaría bastante en buscar alguna debilidad y el tiempo es un lujo que no poseo ahora mismo.

De todas maneras, no necesito habilidades psíquicas para saber lo que están pensando.

¿Estos dos hombres? Se están preparando para matar a Xavier en cuanto este pestañee de una manera que no les guste.

¿La copiloto? No si fía ni un poquito de mí.

Paseo los ojos por la ventana y me sobresalto al encontrarme observando la ladera de la montaña. ¡Vaya! No tenía ni idea de que estuviéramos tan cerca.

El helicóptero vuelve a inclinarse. Picos irregulares, acantilados escarpados y un denso bosque pasan ante mis ojos. Entonces, de repente, me encuentro contemplando un muro imponente de piedra. Estamos volando directamente hacia la montaña.

El corazón me sube a la garganta. Me preparo para el impacto, pero me asombra descubrir que la montaña se abre ante nosotros.

Advierto entonces que es una fachada de roca falsa.

Una entrada secreta camuflada entre las piedras.

Dos enormes puertas se deslizan hacia cada lado para revelar una oscura abertura tras ellas.

Tras dejar la luz del día a nuestras espaldas, entramos en lo que parece un hangar cavernoso y, a medida que las puertas se cierran, la luz natural da paso a la artificial.

El helicóptero aterriza con un golpe suave en el asfalto negro y la hélice sisea aún durante unos segundos a un ritmo constante antes de frenar hasta quedar en silencio.

—¿Estamos dentro de una puta montaña? —pregunta Xavier.

Grayson se echa a reír desde el asiento del piloto mientras se desabrocha el arnés.

—Bienvenidos a la base de la Daga Azul —nos informa—. También conocida simplemente como «la Daga».

Un millón de preguntas me bullen en la mente. ¿Por qué se llama la base de la Daga Azul? ¿Cuántas personas viven aquí? ¿Cómo han conseguido que no los detecten durante tanto tiempo? Preguntaría, pero tengo la sensación de que nadie me va a contestar mientras Xavier siga a mi lado.