Prólogo #2
Mantengo una expresión neutra. Que Wren pudiera escapar es la razón de que esté aquí, pero sé que Travis no está del todo convencido de que yo haya traicionado a la Compañía, algo de lo que Roe no tardó en acusarme. De hecho, se deleitó con la idea.
—No tuve nada que ver con ese tema —digo—. Xavier actuó en solitario.
—Ambos sabemos que Ford no se hace ni una paja sin pedirte permiso primero. No desertaría por esa zorra. No a menos que tú se lo pidieras.
Le sostengo la mirada, ocultando mi irritación.
—¿Cuánto tiempo pretende Travis tenerme aquí?
Roe no se ha mostrado más satisfecho en la vida.
—Durante todo el tiempo que estimemos necesario.
«Estimemos». Intento no reírme, sobre todo porque empiezo a sentirme mal por el pobre crío y no quiero seguir burlándome de él. Pero venga ya, Travis no es idiota. No va a dejar que Roe tome ninguna decisión. Al menos, no las relevantes.
—Creo que una semana, tal vez dos, deberían ser suficientes para que te aclares las ideas —dice Roe, aún sonriente, mientras se dirige a la puerta—. Para que recuerdes a quiénes debes ser leal.
Sale y cierra con llave, condenándome otra vez a sufrir la luz esporádica y el goteo continuo de la tubería. No sé cuánto tiempo pasa, pero se me está empezando a entumecer toda la parte superior de la espalda cuando noto una presión familiar en la nuca.
Wren.
El alivio me recorre el cuerpo. De inmediato, acepto el vínculo telepático.
¿Todo bien? , le pregunto.
Sí. Ya hemos llegado .
Su voz me inunda los oídos, desprendiendo una descarga de emoción que me empujaría a caer de rodillas si no estuviera colgado del techo. Han logrado cruzar las Tierras Oscuras. La verdad es que no lo he dudado en ningún momento: Xavier sabía qué ocurriría si permitía que Wren sufriera daño alguno.
Durante un segundo, me planteo contarle que estoy encerrado en una prisión militar, con los brazos por encima de la cabeza, pero ya está lidiando con suficientes follones ahora mismo.
Conociendo a Wren, abandonaría su plan de unirse a la Revolución e irrumpiría en Santuario como un maldito huracán solo para rescatarme.
Y yo no necesito que me rescate. Mis hermanos no van a matarme. Aún les soy de utilidad. Además, me tienen aprecio. A su modo. Travis, sin duda. Roe… Supongo que depende de lo celoso que esté ese día en concreto.
No puedo hablar , continúa, solo quería decirte que… Se produce una pausa. Decirte que te quiero .
Con esas dos palabras el corazón se me hace tres veces más grande. Wren no tiene ni idea de lo que significan para mí, de la emoción profunda y pura que me atenaza la garganta al saber que me quiere.
Una puta maravilla, ¿verdad? Me he pasado años huyendo de cualquiera que se acercara siquiera a darle voz a esa emoción.
Cada vez que notaba que una mujer estaba desarrollando sentimientos profundos por mí, desaparecía.
Chao. No lo permitía porque sabía que no había ni una remota posibilidad de que yo pudiera devolverle ese amor.
No cuando mi corazón ya pertenecía a otra persona.
Esta es una de las razones por las que no me negué a acostarme con Wren antes de saber quién era en realidad, al menos después de superar el hecho de que fuera mi subordinada.
Estaba tan cerrada en sí misma y tan poco disponible emocionalmente (para mí y para cualquiera) que no temí ni por un segundo que fuera a enamorarse.
Sin embargo, era yo quien estaba desconcertado; aquella mujer se había colado bajo cada poro de mi piel y me molestaba enormemente que no me dejara entrar en su mundo.
Aquello solo hacía que me sintiera más decidido a romper su coraza.
En retrospectiva, sospecho que una parte de mi ser debió sentir, en el subconsciente, que se trataba de Margarita, la chica con la que llevaba vinculado telepáticamente toda la vida.
Yo también te quiero, palomita , digo, y estoy a punto de echarme a reír porque eso es un puto eufemismo.
Esas palabras tan sencillas y humildes no se acercan siquiera a describir la profundidad de lo que siento.
Mis sentimientos por ella son una fuerza de la naturaleza.
A su lado, me cuesta respirar y se me hace imposible controlarme.
Esa mujer es mi puta dueña.
Siempre he sido un maestro del control. Mi padre y yo éramos parecidos en ese sentido.
Pero, en cuanto conocí a Wren, desató el caos en mi interior.
Joder, nadie en este mundo me ha hecho sentir tan indefenso y tan vivo al mismo tiempo.
Me robó el corazón cuando éramos unos críos, y será suyo hasta el día en que me muera.
Ya hablaremos cuando puedas , añado, y, aunque no hay nada que desee más que oír su voz en mi cabeza durante todo el tiempo posible, no la detengo cuando interrumpe la conexión telepática.
Si siguiéramos hablando, seguro que intuiría que algo va mal. Margarita siempre sabía cuándo no insistir con algún tema, pero estoy descubriendo que Wren… no tanto. Wren Darlington es demasiado cabezota y astuta.
Aún estoy intentando reconciliar las dos partes que forman la complicada mujer a la que quiero.
Por un lado, está Margarita, mi mejor amiga y confidente desde la infancia, a cuya mente me conecté hace muchos años, la chica que me mostró sus vulnerabilidades y descubrió todas las mías.
Y por otro está Wren, que es fuego y pasión, la mujer que, en cuanto nos vimos, me atrajo de una manera que no tiene ni un ápice de sentido.
Cuando una oleada de agotamiento me recorre el cuerpo, cierro los ojos y apoyo la cara en el bíceps, que me tiembla por el esfuerzo de permanecer por encima de mi cabeza durante horas.
Espero que Wren esté bien. Confío plenamente en que Xavier la mantendrá a salvo, sé que recibiría un balazo por mí o cualquiera que me importe, y que yo haría lo mismo por él sin dudarlo.
Pero cada fibra de mi cuerpo me grita que proteja a Wren, y la idea de delegar esa tarea en otra persona, aunque sea mi mejor amigo, hace que quiera golpear una pared con el puño.
Me costó mucho no irme con ellos después de que consiguiéramos sacar a Wren de la ciudad, pero aquí me esperan asuntos urgentes. Mi madre. Mis hermanos y sus ansias de poder. Y el hecho de que todavía no sabemos el alcance del daño que le han provocado a mi padre en el cerebro.
Xavier mantendrá a Wren con vida mientras pongo orden en mi mundo. Pero como le toquen un pelo de la cabeza, reduciré a cenizas el Continente entero.