Paloma caída (Élite plateada 2)
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Prólogo
PRÓLOGO
T odo en esta celda es justo como lo pedí.
Los tubos fluorescentes cubren el techo, zumbando y parpadeando cada dos o tres minutos.
La tubería oxidada de la esquina tiene de forma deliberada una fuga para llenar el silencio con un goteo constante.
El aire es lo bastante frío como para que te penetre en los huesos.
Las viejas manchas de sangre en el suelo de cemento sirven de recordatorio: «Nadie antes que tú ha vivido una experiencia agradable en esta celda y no serás la excepción; ya puedes empezar a hablar».
Como capitán de la sección Plata, sé lo fácil que es que alguien se desmorone.
Que la herramienta más eficaz en un interrogatorio es la repetición.
Haz algo muchas veces y la otra persona se volverá loca.
Pronto ese goteo se transformará en un grito ensordecedor en tu cabeza.
Las luces parpadeantes harán que quieras arrancarte los ojos. El frío te impedirá ordenar las ideas.
Quizá tardes horas, días o tal vez semanas, pero, al final, a medida que el tiempo avance, arrastrándose con una lentitud insoportable, esos molestos elementos implacables y metódicos comenzarán a minar tu cordura y empezarás a cuestionarte la realidad.
Por un lado, me alegra saber que la cámara de tortura que diseñé para encerrar a los prisioneros del Comando es tal y como la pedí, hasta el mínimo detalle.
Por otro lado…, ahora el prisionero soy yo, y es una puta locura.
Tengo las manos unidas por grilletes. Esos cabrones me han esposado.
La exasperación me constriñe la garganta mientras pruebo la resistencia de las cadenas de hierro de las que cuelgo y descubro que da igual lo mucho que me sacuda y tire de las muñecas unidas: no voy a ir a ninguna parte.
Las cadenas tintinean con cada movimiento que hago, tensándome los brazos. Joder, los hombros me están matando.
No tengo ni idea de cuánto tiempo tienen pensado mis hermanos dejarme aquí.
El mayor, Travis, es pragmático; da igual lo cabreado que esté conmigo, sabe que le seré más útil sobre el terreno que en una celda.
Pero Roe, con sus dieciocho años, tiene la mecha tan corta que apenas se ve, además de problemas con la autoridad y aires de grandeza.
Dale una pizca de poder a ese crío y se vendrá arriba.
No me puedo ni imaginar el subidón que debe de estar sintiendo ahora mismo. Durante años, lo mantenía a raya su necesidad patológica de ganarse la aprobación de nuestro padre. Roe estaba desesperado por conseguirla, por aceptar las migajas de atención que el general lanzara en su camino.
Pero nuestro padre ya no está. Sus enemigos le han destrozado la mente, convirtiendo al formidable Merrick Redden en un vegetal de carne y hueso.
Y ahora que el nuevo general del Continente es Travis, Roe tiene por fin la oportunidad de escapar de la sombra de nuestro padre y demostrar que no es un pedazo de mierda malcriado con unos celos terribles a sus hermanos mayores.
Estoy tirando de las cadenas de nuevo cuando se oye un pitido penetrante procedente de la puerta de acero. Se abre y entra mi hermano pequeño. Roe curva los labios en una sonrisa de satisfacción cuando asimila la escena: estoy colgado del techo como el cadáver de un animal en el matadero.
—Buenos días, hermano —dice, arrastrando las palabras—. ¿Qué tal has dormido?
Se acerca a mí, recorriendo con largas y rápidas zancadas la distancia que nos separa. Al igual que Travis y yo, supera la altura media, pero no es tan fornido como nosotros. Aun así, todavía es joven; esa figura tan desgarbada tal vez ensanche.
Como no respondo, Roe entorna sus oscuros y penetrantes ojos en señal de desaprobación. Su parecido con nuestro padre siempre me ha puesto los nervios de punta. Cada vez que veo sus facciones afiladas, deseo por instinto alejarme de él.
—¿De verdad? ¿Me estás castigando con tu silencio? —se burla—. Ay, ¿alguien está de mal humor porque la ha cagado?
Arqueo una ceja.
—¿Qué esperas conseguir viniendo aquí, hermano? —pregunto con retintín—. ¿Buscas una disculpa? ¿Que suplique por mi vida? Porque ambos sabemos que no va a pasar.
Roe aprieta los puños. Odia que le hable así. Con lentitud, de forma pausada, como si me estuviera riendo de un crío. Quizá sería menos cabrón con él si no fuera un niñato inmaduro que se ha pasado la mitad de su vida odiándome y la otra mitad queriendo ser como yo.
—No, el todopoderoso Cross Redden nunca suplicaría —replica Roe—. El hijo favorito, el puto don Perfecto, nunca comete errores, ¿verdad? ¿Por qué iba a responsabilizarse de sus actos?
Sus quejas infantiles me provocan una carcajada que solo consigue enfurecerlo aún más.
Quiere que ataque, que me defienda. Le molesta que logre mantener la compostura en cualquier situación.
Siempre ha sido así. La mayor debilidad de Roe es que él no lo consigue.
Nunca. Por eso no quería que formara parte de la sección Plata.
Solo aprobé su entrada en el programa de formación porque nuestro padre no me dio otra opción.
—Bueno, ¿sabes qué, don Perfecto? —continúa cuando me quedo en silencio—. Sí que cometiste un error. —Ahora sonríe, satisfecho y engreído—. Metiste la polla en una infecta, y sus amigos Aberrantes y ella han volado tu querida base del Comando.
Mantengo la expresión impasible, pero por dentro hiervo de rabia. Si no estuviera encadenado ahora mismo, le arrancaría la garganta con mis propias manos por despreciar así a Wren. Mi chica no es defectuosa. Nunca lo ha sido y nunca lo será.
—Y soy yo quien pilló a esa zorra —se vanagloria—. Por eso tú estás aquí y es a mí a quien han ascendido.
—Me alegro —digo, cortés—. ¿A qué puesto te hemos ascendido, hermanito?
Cruza los brazos sobre su pecho delgado, orgulloso de sí mismo.
—A primer teniente.
No reacciono y sé que eso lo destroza por dentro. Roe se acerca, aunque mantiene una distancia de seguridad. El niño no es tonto. Sabe que, si se aproxima lo suficiente, puedo rodearlo con las piernas y partirle ese cuello enclenque por la mitad. No necesito las manos para hacerle daño.
—Ahora todos ven lo que eres. El capitán Cross, invencible e infalible, degradado por culpa de una mujer. Y no una cualquiera, sino una maldita Sangre Plateada.
No lo niego. Antes de que me detuvieran, decidí que admitiría algunas cosas. Negar todos los crímenes solo conseguiría que mi hermano mayor se enfadara más. Travis necesita sentir que ha ganado, aunque sea en parte.
—Darlington me engañó —le reconozco—. Le puede pasar a cualquiera.
—A mí no —alardea Roe, desterrando todas las posibilidades de haber madurado desde ayer.
—Vaya, deberían darte un ascenso. —Un relámpago le cruza los ojos y no puedo evitar reírme de nuevo—. ¿Qué quieres de mí, Roe? ¿Que te nombre el mejor soldado del mundo? ¿Que te declare una especie de superdetector de Sangre Plateada?
«Porque tus habilidades de detección son una mierda», quiero espetarle, reprimiendo otra carcajada.
Poseo el poder de la telepatía desde que tenía ocho años.
Es útil que mis venas no me delaten como les ocurre a otros Modos, que no pueden usar sus dones sin que parezca que las venas se les inundan de plata líquida.
Pero Roe nunca ha sospechado que soy uno de ellos. Nadie lo ha hecho.
—Eres la hostia, Cross. —Roe niega con la cabeza, incrédulo, porque alguien con una fuerza de voluntad tan débil como la suya es incapaz de imaginarse que una persona en mi posición no suplique piedad—.
Incluso ahora crees que tienes el control.
Piensas que llevas la voz cantante, pero no es así.
Ahora Travis es el general. La Compañía está bajo su control —continúa, enfatizando el «su»— y no va a ceder ante ti como solía hacerlo papá.
Con él podías ser todo lo indulgente que quisieras con los Aberrantes.
Por eso bajaste la guardia y dejaste que el enemigo se uniera a nuestras filas.
—Luego, farfulla en voz baja, enfadado—: Le diste un puesto en la Élite Plateada.
Ah, así que ese es el palo por el culo que le está molestando. Una sonrisa me curva las comisuras de la boca.
—¿Por qué me miras así? —musita.
—Lamento desilusionarte, pero, aunque Darlington no hubiera estado en el programa, el puesto en la Élite no habría sido tuyo. Nunca formaste parte de mi lista.
Se estremece como si le hubiera abofeteado y el cuerpo entero le tiembla de rabia. Ese es el problema de Roe. Su incompetencia autopercibida siempre le nubla el juicio, haciendo que ataque y cometa errores en su intento continuo por demostrar lo que vale.
Muevo los hombros para estirarlos, ignorando la punzada resultante de dolor. Llevo casi un día entero colgado de estas cadenas.
—Eso está fuera de tu alcance, Roe —digo con brusquedad—. Por mi parte, Travis puede ascenderte a coronel, pero eso no cambia el hecho de que no tengas ni la formación ni la experiencia suficientes para llevar a cabo operaciones en los distritos.
—No se necesita mucha experiencia para reunir a todos los Aberrantes y darles una patada en el culo para que entren en los campos de trabajos forzados —responde, despectivo.
Hace una ligera pausa antes de continuar—.
Aunque ahí es donde nuestro hermano y yo chocamos.
Me importan una mierda si son esclavos o leales.
La única solución es ponerlos en fila ante el pelotón de fusilamiento.
—Roe me dedica una sonrisa maliciosa—. Empezando por tu novia.
Me encojo de hombros y una nueva punzada de dolor me recorre los hombros.
—No es mi novia.
«Solo es la razón de mi existencia». Casi nada.
—No, ¿eh? —Ensancha aún más su sonrisa—. Entonces, ¿por qué la ayudaste a escapar?