Palabra de Alaska (Palabras 1) 40 Ella te quiere
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40 Ella te quiere

ELLA TE QUIERE

Recobro el sentido dentro de la ambulancia que me está trasladando al hospital. Mi cuerpo se está enfriando y me duelen todos los músculos, un dolor que va en aumento. Aún tengo el estómago encogido por el pánico y el agotamiento.

No consigo quitarme de la cabeza la última mirada de Pedro antes de ser atendido por los sanitarios de otra ambulancia.

El mosso me ha tranquilizado informándome de que, después de las primeras curas, lo llevarían al hospital penitenciario.

Por mi parte, necesito creer que ese energúmeno no volverá a acercarse a mí ni a nadie más. Sobre todo, pienso en Yoli.

El enfermero me avanza que las heridas físicas son superficiales; tengo una de las rodillas inflamadas por la caída, pero que no parece grave. Para quedarnos tranquilos me harán unas radiografías. Otra cosa es mi estado de ansiedad. Voy a necesitar ayuda para superar… esto.

En el hospital, les pido que avisen a mi hermano, quien no tarda en llegar. En cuanto lo dejan entrar al box, me abraza con desesperación, asustado.

—¡Por Dios, Eva! ¿Cómo ha podido pasar esto? —se lamenta Luis sin soltarme la mano, que me aprieta con fuerza.

—Ese hombre me odia —le respondo con un hilo de voz—. Es el ex de Yoli.

—¿El ex?

Entonces le cuento el periplo en el que nos vimos envueltas meses atrás y que no le había querido explicar, para no preocuparlo.

—¡Joder, Eva! —Está enfadado, y con razón—. ¿Cómo me has podido ocultar algo tan importante?

—Ya, por favor —suplico—. No quería preocuparos. Mamá acababa de morir y bastantes disgustos teníamos ya; además, que os marchabais de vacaciones y no quería fastidiaros el descanso. No volverá a pasar, de verdad. Lo prometo.

Al final, me ve tan atribulada y arrepentida que cambia el tono de regañina por uno más dulce.

—Lo siento, mi flaquita.

No consigo mantener más la compostura; hacía mucho que no me llamaba así y me desbordo. Lloro en sus brazos como una niña pequeña, descargando toda la tensión de esta noche. Me dejo acunar por él y vuelvo a dar gracias, a quien sea, por tener una familia como la mía.

Una vez que dejo de dar hipidos y de llorar, Luis se sienta en la silla que hay en el box para los acompañantes sin soltarme la mano, en silencio. Incluso, a ratos, dormito acusando el cansancio.

La espera se hace larga. Resulta que ha habido un accidente múltiple y en el hospital están desbordados. Y lo mío, al menos la parte física, no es grave y puede esperar. Así que nos armamos de paciencia.

No tengo claro cuánto tiempo ha pasado, pero sé que bastante, cuando una voz que reconozco perfectamente me saca de mi letargo.

—Hola… —El tímido saludo de Yoli es apenas audible. Abro los ojos y la veo, con la preocupación reflejada en su rostro y sus preciosos ojos castaños humedecidos. Ha estado llorando y también está nerviosa.

—Yoli… —Se me atascan las palabras en la garganta, ahogada en la emoción de tenerla aquí, delante de mis ojos.

No me da tiempo ni a reaccionar. Me abraza. Lo hace con cuidado, como si yo fuera de porcelana. Siento su cuerpo cálido envolviendo el mío. Y me aferro a ella, por saber que está bien, junto a mí. Solo aspirar de nuevo el aroma de su cuerpo me tranquiliza y es la mejor medicina que puedo recibir.

—Un mosso me lo ha explicado todo —responde rota en lágrimas.

Se recompone, pero sin soltarme la mano. Luis detiene la mirada en esa unión y lo conozco demasiado como para darme cuenta de que ya está llegando a sus propias conclusiones.

—Me han dejado entrar, pero solo por un momento —aclara Yoli—. Me han dicho que solo puede haber un acompañante. Yo… lo siento tanto… —farfulla, arrancando de nuevo a llorar.

—No es tu culpa, vida —procuro tranquilizarla. Intento sonreír, pero creo que solamente consigo articular una mueca extraña—. Te aseguro que el otro ha quedado peor.

Con esa tontería, logro relajar el ambiente, cargado de emociones.

—¿Cómo puedes bromear? —Me sonríe entre lágrimas. No está fea ni llorando.

—Me voy para fuera, quédate tú —dice Luis, que mira a Yolanda y después a mí—. Me parece que la necesitas más a ella; luego hablamos.

Lo sé, otra explicación más que le debo a mi hermano. Me da un beso en la frente y después abandona el box, dejándonos a solas.

En cuanto la espalda de Luis desaparece, Yoli, por fin, me besa en los labios, emocionada. El suspiro que se me escapa condensa todo lo que siento en este instante.

—Enhorabuena —la felicito por el nacimiento de su nieto cuando separamos las bocas—. Pedazo de abuela guapa.

—Aduladora —sonríe.

—Aduladora, no. Solo digo lo evidente.

Consigo que aparezca un ligero rubor con el que está todavía más bella. A pesar de mi lisonja, se hace el silencio, conscientes de dónde estamos y el motivo.

—Si te llega a pasar algo, no me lo habría podido perdonar jamás en la vida; estoy segura de que Pedro iba a por mí, pero te encontró antes a ti.

Mi maniobra de distracción no ha sido suficiente. Las lágrimas vuelven a deslizarse por sus mejillas y yo tampoco puedo evitar que me ocurra lo mismo. «Vaya percal», pienso.

—Estoy bien, es lo importante. No te martirices, Pedro es un perturbado.

Se me ocurren otras palabras más fuertes, pero no quiero tensar más el encuentro, enturbiándolo con la presencia de ese hombre.

—¿Cómo estás tú? —le pregunto, preocupada.

—¿Cómo quieres que esté? Hecha una mierda. Desde que la policía me llamó diciendo que Pedro se había escapado, ha sido un sinvivir. Te llamé, pero no cogías el teléfono.

—Lo siento, no tenía cobertura y después tampoco lo miré —me justifico—. Ya pasó, por favor, no le des más vueltas. La justicia se encargará de que pague por todo el daño que nos ha hecho. —Quiero confiar en que va a ser así—. Ahora, va, enséñame fotos de ese bebé tan rico que aún no conozco.

Interesarme por su nieto es una buena idea. Me acerca su teléfono móvil y me va enseñando la gran cantidad de fotografías que ya tiene del pequeño. Hasta que nos interrumpe un celador para llevarme a rayos.

A mi vuelta, la encuentro sentada en la silla del box, trasteando con el móvil.

—Me han dicho que en nada me echan, por fin —es lo primero que digo—. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa!

—Yo me voy contigo, no pienso dejarte sola —me avisa.

Justo es eso lo que necesito oír, que se queda a mi lado. De nuevo me embarga la sensación de que no puedo controlar mi cuerpo y vuelvo a llorar; estoy boba perdida. ¡Por Dios! ¡Que se acabe ya esta locura de noche!

Apenas media hora después, el médico de guardia me confirma que no hay nada roto; mi rodilla derecha, pese a los rasguños y la inflamación, está bien.

Me dice que solo necesito descanso y me receta un antiinflamatorio y unos ansiolíticos, pero con el acuerdo de que visite de inmediato al médico de cabecera, quien me derivará a los profesionales que necesite y ajustará la medicación.

Es Yoli quien coge las recetas, haciéndose cargo.

Por lo visto, me he agenciado una enfermera de lujo.

Al salir, Luis está hablando con los mossos. Nos acercamos a ellos.

—Señora, ¿se encuentra mejor? —se interesa el agente, el mismo que me cogió en brazos cuando me desmayé.

—Sí, gracias. Ya puedo irme a casa —le aclaro—. Supongo que debo ir a declarar a comisaría.

—Así es, pero puede hacerlo mañana por la mañana cuando descanse.

—¿Y…? —Quiero preguntar por Pedro, pero no me sale. El agente me entiende y acaba por responderme.

—No se preocupe, nos aseguraremos de que no pueda hacerle daño a nadie más.

Eso también fue lo que me dijeron la primera vez, o algo parecido; intuyo que quitarme los miedos de encima no va a ser cosa de un día para otro.

—Mañana iré a declarar —le aseguro y me despido de ellos, agradeciéndoles el interés. Según Luis, después de llegar él e informarlo de lo ocurrido, se fueron para seguir cumpliendo con sus servicios. Al rato, volvieron para preguntar por mi estado.

—Luis, si no te importa, la llevo yo a casa; en la tuya estarán esperándote. Me quedaré con ella —le consulta Yoli a mi hermano.

Este asiente.

—Vale, pero si necesitáis cualquier cosa, me llamáis, no quiero ser el último en enterarme de «nada». —Es una advertencia cariñosa que entendemos perfectamente.

—Hablamos mañana, con tranquilidad —le prometo.

Estoy agotada y necesito descanso.

—Le pediré a mi jefe que me dé el día libre y os acompañaré a la Policía. Esta vez no me quedo fuera.

No hay opción de réplica.

Mientras Yoli se va a buscar el coche para acercarlo a la puerta, Luis espera en la entrada del hospital conmigo.

—Ya sé que no es el mejor momento para preguntar, pero… ¿Yoli y tú? —Por fin lo suelta.

Pienso un instante qué le voy a responder, pero quiero ser sincera.

—Ahí estamos, buscando el equilibrio. No te puedo contar más; nuestra relación…, cómo decirlo…, aún no está asentada y ni siquiera sabemos qué nombre ponerle. Por eso, tampoco os he dicho nada.

Bajo la vista, porque es un tema delicado; no puedo explicarme mejor.

—Hacéis una bonita pareja. —Me acaricia el cabello y me da un beso en la sien—. Cuando lo tengáis claro, me decís. Si te fías de mí, lo que he visto es que ella te quiere. Y tú… pues se nota que estás hasta las trancas.

—¡Ay, Luis! —De nuevo me abrazo a él.

—Ya está, Eva Mari. —Me acuna.

—Sí —respondo blandita, secándome el rostro con las manos—. Ya está.

En ese momento llega Yoli y me despido de Luis.

No me quedan fuerzas para más emociones esta noche. Pero que Yoli esté a mi lado es, sencillamente, una sensación de la hostia. Indescriptible.