Palabra de Alaska (Palabras 1) 39 Zorra
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39 Zorra

ZORRA

Mi mejilla derecha golpea sobre la chapa del coche, caliente aún por el motor encendido, mientras la mano de Pedro me aplasta la cabeza y me inmoviliza los brazos en la espalda. Siento la fuerza contenida en la manaza del hombre que me tiene aprisionada y no puedo hacer nada para liberarme.

—Por fin te tengo en mis manos. ¡Zorra! —me grita en la oreja. Siento las salpicaduras asquerosas de su saliva sobre la cara.

—¡Déjame! —farfullo como puedo, mientras mi cuerpo convulsiona—. Por favor…

La risa que oigo a mis espaldas me hiela la sangre.

Ese hombre está completamente trastornado y lo veo capaz de cualquier cosa.

Lo siento apretarse y frotarse contra mis glúteos.

El hijo de puta está empalmado. Siento su dureza por debajo del pantalón y el cabrón se restriega a gusto.

Intento que no me venza el pánico, pero el corazón me bombea tan fuerte que lo siento en la cabeza y no me deja pensar.

Tengo que salir de esta, sea como sea. Este canalla no puede salirse con la suya y rezo porque la policía no tarde en venir; menos mal que le he dicho al mosso en qué urbanización vive mi hermano.

—Las zorras como tú —sigue mascullando— necesitan la polla de un hombre como yo, y se os irá la tontería.

Sus manos van a mi pantalón y, sin desabrocharlo, me lo baja del tirón. Lo hace tan fuerte que saltan los botones y las costuras me rozan las caderas. No tengo ninguna duda de sus intenciones.

—Tú no quieres hacer esto —se me ocurre decir entre lágrimas—. Yo no te gusto…

—¿Qué te crees, que no lo sé? ¿Que te has follado a mi Yoli? —Cada palabra destila odio.

—Yo no…

—¡Calla! ¡Tú tienes la culpa de todo! Ella me quiso dejar por ti, lo sé. La bruja de vuestra vecina también le ha metido pájaros en la cabeza. Ella era mía, ¡mía!

—Yoli no está conmigo —repito entre sollozos—. Ella no está conmigo.

Me ha bajado las bragas y el aire frío de la noche me azota las nalgas. Sus dedos intentan colarse entre mis piernas mientras yo las cierro con todas mis fuerzas.

—¡Abre las piernas, coño! Si no quieres que te raje el puto cuello. —Noto el filo de algo afilado apretándome la yugular—. Te va a gustar; a todas os gusta una buena polla. Hasta a una zorra bollera como tú.

Su voz se ha enronquecido y se me eriza la piel de miedo.

—Me dais asco. Toda esa palabrería de tolerancia, diversidad, gais… —Su voz se pierde en la noche—. Solo sois unos depravados. Los machos como yo tenemos que marcar nuestro territorio y no permitir que engendros como tú nos quiten a nuestras mujeres.

Es un jodido loco.

Me mantiene contra el coche, con una sola mano y el peso de su cuerpo.

Intuyo lo que ha estado haciendo con la otra.

Por si tenía alguna duda sobre sus intenciones, lo noto; quiere forzarme.

A su intento de penetración, aprieto más los muslos sin estar muy segura de si va a ser resistencia suficiente.

Ni me lo pienso; aprovecho el ínfimo instante en el que afloja la presión, concentrado en llevar a cabo su atrocidad, para girarme y levantar la rodilla. A pesar del pantalón a medio muslo, le propino un rodillazo en los huevos. La respuesta es inmediata: aúlla como un animal.

He debido de darle con la suficiente fuerza como para doblarlo. En ese momento de confusión, me recoloco la ropa y salgo corriendo.

—¡No te escaparás!

Corro sin mirar atrás, carretera abajo.

El aire frío me quema el pecho; en lo único que pienso es en evitar que me alcance. Recorridos unos metros, las piernas ya no me responden y tropiezo con mis propios pies, vencida por el cansancio. Me doy de bruces contra el borde de la calzada, junto al bosque de pinos.

Pedro llega hasta mí, resollando. Cojea, supongo que es la secuela que le ha quedado del tiro de la policía, y por eso le ha costado pillarme.

Me levanta del suelo, a pulso, y me estampa contra el tronco de un árbol.

Apenas hay iluminación, solo una débil luz de la luna menguante, suficiente como para distinguir una silueta oscura.

Tengo la seguridad de que, si le doy la más mínima oportunidad, me va a matar.

Creo que la desesperación o el instinto de supervivencia agudizan el ingenio.

Me va la vida en ello. ¿Qué me ha dicho el mosso?

¿Que le han roto una costilla o fisura o lo que sea?

Mi reacción es instantánea. Levanto el puño y, con todas mis fuerzas, le asesto un golpe en todo el esternón.

Con tanto ímpetu que se retuerce de dolor; tal vez sí que tenía algo. Y si no lo tenía, ahora sí.

Al caer, he distinguido una rama gruesa, tal vez derribada por alguna de las últimas ventoleras.

Me agacho y la agarro con decisión como si fuera un bate de béisbol.

Entonces respiro hondo, tomo impulso y lo golpeo en la cabeza, en el lado izquierdo.

El impacto le abre la sien y la sangre empieza a chorrearle por la cara.

Se tambalea. Siento la adrenalina recorrerme el cuerpo, bombeando la sangre que circula por mis venas.

—¡No vas a poder conmigo! Y sí, Yoli y yo nos hemos acostado —me he envalentonado—, y te aseguro que no he necesitado una polla para satisfacerla.

¡Imbécil! —Después de escupirle esas palabras, salgo corriendo, aguantándome los pantalones para que no se me caigan, haciendo acopio de una agilidad que no sé de dónde sale e ignorando el dolor de piernas por la caída y el cansancio de la carrera anterior.

Es difícil de entender; son la histeria y la rabia, que hacen conmigo lo que quieren, pero necesitaba soltarle esa burrada.

Huyendo, me incorporo de nuevo a la carretera y, con las últimas fuerzas que me quedan, camino fatigosamente.

Hasta que distingo, a lo lejos, unas luces brillantes venir hacia mí.

Me planto en medio de la calzada para llamar la atención y agito el brazo libre.

Justo a mi altura, frenan. Son dos coches de Policía.

Entonces tomo conciencia del sonido de las sirenas perforándome los oídos.

Los dos mossos bajan del primer coche y vienen hacia mí.

Rápidos, me sostienen para que no caiga al suelo.

Pero no es eso lo que quiero, necesito que vayan a por él. Aunque lo intento, no me sale la voz, ahogada en el miedo y las lágrimas. Del segundo coche salen dos policías más, que se acercan a nosotros.

—Por allí. —Consigo señalar hacia el lugar donde Pedro estará todavía recomponiéndose de mi ataque.

No se entretienen más y enfilan corriendo hacia la dirección que les he indicado.

El mosso que aún me sostiene es un chico joven de veintipocos años, y lo veo tan preocupado que me produce mucha ternura.

—Gracias —digo tan flojo que no tengo claro si me habrá oído. Me he quedado sin fuerzas y aún estoy asimilando todo lo que ha ocurrido esta noche.

Mientras tanto, el otro policía me cubre con una manta térmica para evitar que me enfríe.

—La ambulancia ya está de camino —me tranquiliza el agente—. No tardará mucho en llegar y le tratarán esas heridas.

No quiero ni imaginarme el aspecto que tengo, seguro que es terrible. Me cuesta mantener los ojos abiertos y siento que mis cuatro miembros pesan un quintal, arrastrados por un lastre enorme.

Cuando veo aparecer a Pedro, esposado y escoltado por los dos policías, entiendo que la pesadilla ha finalizado.

En este momento es cuando mi cuerpo dice basta y me invade una sensación de mareo que tampoco le pasa desapercibida al pobre mosso.

—¿Señora? —consigo oír antes de que la oscuridad se cierna sobre mí y todo quede en el más absoluto silencio.