38 La llamada
LA LLAMADA
Este año las Navidades han sido muy tristes, aunque nos hemos esforzado por celebrarlas juntos, con mi hermano y su familia, a pesar de las ausencias.
Yoli las ha pasado en Barcelona; allí se ha reunido con toda su familia, muy arropada. Nuestra relación ahora, de alguna manera, fluye. Desde noviembre, solo hemos vuelto a estar juntas para el puente de la Purísima, que lo pasé en Barcelona con ella. Inolvidable.
Después, entre sus exámenes y los de mis alumnos, no hemos tenido más oportunidades. De todas maneras, ahora sí que hablamos casi todos los días y esperamos a que, por fin, nazca el pequeño Juanito.
—¿Qué te parece si nos vamos de rebajas?
—le propongo a Alina después de la sobremesa en casa de mi hermano.
Es el primer domingo del año que abren los comercios y sé lo que le gusta a mi sobrina comprarse ropa.
También, que su madre pierde la paciencia con ella y que conmigo hace lo que quiere.
Para eso estamos las tías, ¿no? Para consentir.
Viven en las afueras de la ciudad, en una urbanización a la que se mudaron buscando paz y tranquilidad. Desde luego que lo han conseguido. Su casa es espaciosa, rodeada de un buen terreno, con un jardín muy bien cuidado y una piscina que alivia el calor del verano.
—¡Guay! ¿Puedo? —se dirige a su madre esperanzada. ¡Como si a mi cuñada no le pareciera igual de bien! Le quito el marrón. Así que delegarlo no le supone ningún disgusto.
Alina está preciosa. Además, es una buena chica, dulce y responsable; no puedo estar más orgullosa de ella.
También le ofrezco a mi sobrino si quiere acompañarnos, pero él deniega con cara de asco, como si ir de compras con su hermana fuera una tortura china.
—Pues, venga, prepárate, que nos vamos —espoleo a la niña mientras me acabo el segundo café. Al momento, se levanta para ir a su habitación y cambiarse de ropa.
—¿Estás segura? —se ríe mi cuñada—. Está en plena edad del pavo, te va a volver loca.
—Claro que sí, estoy acostumbrada a los adolescentes, sé llevarlos. No te preocupes, lo vamos a pasar muy bien.
—Pues ya me contarás —resuelve Lena, que empieza a retirar lo que queda encima de la mesa.
—Te cuento, te cuento.
No tardamos en irnos, pero, antes de dirigirnos al centro comercial, quiero pasar por mi casa y dejar un táper de comida que me ha dado mi cuñada. Dice que para que sobreviva al menos parte de la semana; sabe que la cocina no es una de mis mejores habilidades.
A punto de cerrar la puerta de mi casa, me suena el teléfono. Es Yoli. Por supuesto, no tardo nada en cogerlo todavía con las llaves en la mano.
—Hola, preciosa —respondo.
—¡Eva! —oigo a Yoli emocionada al otro lado de la línea—. ¡Que ya! Que ha nacido mi nieto. Ay, Eva, qué bonito es.
Se pone a llorar de emoción y casi consigue que yo también lo haga, contagiándome su alegría.
—¡Enhorabuena, cariño! ¿La mamá está bien? —me intereso.
—Sí, sí. Están los dos genial. No ha sido un parto difícil. Y el bebé tiene buenos pulmones. Oye, te tengo que dejar, que mi nuera me necesita. Solo quería que fueras la primera en saberlo. ¿Hablamos luego?
—Claro, vida. ¿Sabes? —No quiero colgar sin decírselo—. Eres la abuela más guapa del mundo, qué suerte tiene ese bebé.
Si Yoli me pudiera ver, descubriría en mi cara una sonrisa bobalicona, de enamorada de manual. Quien sí la ve es Alina, que pone cara de curiosidad. Es lista; no me extrañaría que empezara a llegar a sus propias conclusiones. Solo las Marías saben en qué punto estoy con Yoli.
—Yo también me tengo que ir. Pero esto hay que celebrarlo. —Sentirla feliz me emociona. Y si ya tenía ganas de verla, ahora todavía las tengo más—. Luego charlamos con tranquilidad y me lo cuentas todo. Besos, preciosa.
Tras otro beso que me envía ella, terminamos la conversación. Creo que se me ha escapado un suspiro; tengo muchas ganas de verla y abrazarla.
—Ya ha nacido el nieto de Yoli —le explico a mi sobrina—, ¿me ayudarás a elegirle un regalo?
—Claro, tía. —Me mira descifrando lo que pasa por mi cabeza. Si supiera…—. Sé de un sitio donde hay cosas muy bonitas, ya verás.
Con esa complicidad con Alina, que es otra de las cosas de las que más orgullosa me siento de haber recuperado, nos disponemos a disfrutar de nuestra tarde de chicas.
Sin embargo, no empezamos de la mejor manera.
He tenido que dejar el coche en la parte de atrás de mi bloque, ya que no quedaba ni un hueco libre. Cuando volvemos a buscarlo, me pillo un cabreo del quince: resulta que alguien ha dejado el suyo de cualquier manera en la esquina, mal aparcado, sin apenas espacio para pasar.
—A su puto rollo… —mascullo por lo bajo.
—¡Tía! —me regaña Alina.
—Como si no oyeras palabrotas todos los días. —Me río con su amago de regañina.
Así que, tras unas cuantas maniobras y sudando la gota gorda, consigo salir de mi aparcamiento y, de paso, cagarme en el conductor incívico del Seat Ibiza blanco que no reconozco de ningún vecino.
Como era de esperar, el centro comercial está abarrotado, por lo que nos agobiamos y nos centramos en hacer nuestras compras.
Alina sabe lo que quiere, no sé por qué su madre se queja tanto, y lleva bolsas en cada mano, contenta con sus trapitos.
Yo me vuelvo con un oso de peluche gigante del que mi sobrina se ha enamorado nada más verlo y que se ha convertido en el regalo perfecto para el pequeño Juanito.
Para bastante antes de la cena ya estamos de vuelta. Aunque nos lo hemos pasado genial, reconozco que estoy agotada. Solo tengo ganas de llegar a mi casa, hablar con Yoli y, tras una buena ducha, acostarme.
—Gracias, tía. —Mi sobrina coge del asiento de atrás las bolsas con sus compras. Por mi parte, muy feliz de consentirla. Le prometo que lo volveremos a hacer. Su sonrisa espontánea y sincera me derrite y es la mejor recompensa. Por último, me da un beso de despedida.
No me bajo del coche, solo me aseguro de que la niña entra en casa con su juego de llaves. Cuando cierra la puerta, doy la vuelta para encarar la salida de la urbanización.
Ya he arrancado el coche cuando el teléfono empieza a sonar, pero no le hago caso. No tengo manos libres y no respondo a las llamadas cuando conduzco. Hasta que para y, a los pocos segundos, vuelve a sonar.
Esa segunda llamada me empieza a inquietar. Me falta casi nada para incorporarme a la carretera principal y delante hay un coche blanco parado en el lateral, con el capó levantado.
¡Qué putada! Lo adelanto y dudo si detenerme; supongo que quien sea habrá llamado a su servicio de grúa.
No me da tiempo a pensar más porque una nueva e insistente llamada me pone más nerviosa todavía.
Por lo que me desvío hacia la derecha y me quedo donde no pueda molestar, a cierta distancia del vehículo averiado.
Me giro para hacerme con el bolso y, una vez doy con el asa, lo elevo y me lo pongo encima de las rodillas.
Por fin encuentro el teléfono. Solo aparece «número privado» y me inquieta. La última vez que me salió era de Roser, la mossa que nos atendió meses atrás, cuando lo de Pedro. Me pongo en alerta, porque si es la Policía y te llama un domingo, mal asunto.
—Dígame. —No puedo evitar que la voz me salga estrangulada por la angustia que siento por dentro, porque no estoy muy segura de las noticias que voy a recibir del otro lado de la línea. El estómago me da un vuelco por la inquietud.
—¿Hola, Eva María? Telefoneo desde los Mossos d’Esquadra de Girona. Soy Carlos, es importante.
Me pongo más nerviosa todavía.
—¿Qué ocurre? —Voy al grano.
—Verá… —empieza—, vamos a enviar una patrulla a su domicilio y le ruego que no salga.
—Ahora estoy yendo —me apresuro a aclarar—. Vengo de casa de mi hermano —les detallo el nombre de la urbanización—; en media hora estaré allí. ¿Qué ocurre? Por favor…
—El señor Pedro Salmerón se ha escapado…
Mi grito ahogado lo interrumpe y empiezo a temblar de arriba abajo.
—Yoli —consigo pronunciar, su nombre es lo primero que me pasa por la cabeza—. Yolanda, su expareja, ¿han hablado con ella?
—Sí, está avisada y ya la estamos protegiendo.
Escúcheme —me insta el policía—, vaya a su casa de inmediato, no se entretenga con nada y, al menos hasta que no lo localicemos, no salga.
Ya se ha puesto en marcha la búsqueda. A usted hace rato que la estamos telefoneando, pero nos salía apagado o fuera de cobertura.
Entonces caigo en la cuenta de que en el centro comercial no hay cobertura y que, al irnos, tampoco he comprobado si había llamadas. En realidad, ni lo había sacado del bolso hasta ahora; me había olvidado por completo.
—Pero ¿cómo ha podido escaparse? —No entiendo nada.
—Lo han llevado a Urgencias. Se ha peleado con otro preso y se ha quejado de un dolor en las costillas.
Siguiendo el protocolo, lo han trasladado al hospital de referencia para comprobar si había alguna fractura o fisura.
En la consulta, ha sacado una cuchilla, del tipo de afeitar.
No sabemos cómo ha burlado los protocolos de seguridad, pero lo investigaremos.
Con la doctora que lo atendía como escudo, amenazando con desangrarla por el cuello, ha conseguido huir del hospital después de robar un coche, un Seat Ibiza…
—¿Un Ibiza de color blanco? —Mi cerebro conecta puntos. La voz me sale tan temblorosa que dudo que el mosso me haya entendido.
—Sí —confirma—. ¿Cómo…? Eva, ¡tenga cuidado! Es un hombre muy peligroso.
Nada más acabar la frase, el grito que se me escapa no solo ha debido de oírlo el agente de policía, sino que me atrevo a decir que la comisaría entera.
Mi sospecha se confirma.
Delante, plantado con las piernas abiertas y una mirada de loco, está Pedro. La luz de los faros de mi coche incidiendo sobre esa figura macabra le da un aspecto sobrenatural.
Y yo estoy sola, en una urbanización alejada de la ciudad y enfrente tengo a un puto cabronazo que no sé qué intenciones exactas tiene conmigo.
El teléfono se me escapa de entre las manos y rebota en el suelo del coche.
Lo último que acierto a oír es un «Eva, ¿me oye?». Pero ya no sale ningún sonido más de mi garganta, muerta de miedo.
Solo veo que se abre la puerta de mi coche y unas manos rudas me sacan a la fuerza y me apoyan sobre el capó.