Palabra de Alaska (Palabras 1) 37 El regalo
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37 El regalo

EL REGALO

Mi Yoli

¿Resaca?

Aún me estoy meando de risa con tu audio.

Yo

No chilles.

Que me duele la cabeza.

Lo escribo bromeando, aunque esté avergonzadísima por haberle enviado un audio en esas condiciones, como si sus palabras fueran una voz que traspasara la pantalla del teléfono.

Ya estoy en casa y me acabo de tomar una aspirina; no estoy acostumbrada a beber tanto. Así estoy, hecha un pingajo.

Yo

Siento el numerito de ayer…

Añado el emoticono del mono tapándose la cara.

Mi Yoli

Pues yo no, me pareció muy loco y divertido.

Esto… te imaginé con tus amigas.

Escribiendo…

Escribiendo…

Y tuve celos. Yo…

Yo

Yoli…

Mi Yoli

Ya.

No tengo ningún derecho, pero es que me sentí así.

Te echo de menos.

Y parece arrepentirse porque empieza a escribir y a borrar. Hasta que aparece un escueto: «Lo siento».

Yo

¿Estás libre mañana?

Mi Yoli

Sí.

Yo

Puedo ir.

Comemos juntas y charlamos.

¿Quieres?

Mi Yoli

Escribiendo…

Escribiendo…

Vale, sí.

Le propongo un restaurante que conozco por la zona, por eso de buscar un terreno neutral. Sin embargo, Yoli me sorprende invitándome a su casa. Y acepto, claro. No voy a engañar a nadie: me da igual dónde la vea, pero que me invite a entrar en su espacio me parece un paso importante.

Así que aquí estoy, plantada en su puerta, hecha un manojo de nervios con una caja de xuixos de Girona, que estoy segura de que en Barcelona no saben igual. Dudo que la masa frita exterior sea tan crujiente ni que la crema pastelera que rellena su interior, tan deliciosa.

Me recibe con una sonrisa de oreja a oreja y está preciosa, con un vaquero ancho y un jersey de lana negro, con cuello de pico.

Ligeramente maquillada. Se me pasa por la cabeza que se ha puesto guapa para mí y ahogo un suspiro.

En vez de tirarme a sus labios discretamente coloreados, le doy sendos besos en la mejilla.

Mi grito interno de frustración lo han tenido que oír hasta en la Conchinchina.

—Bienvenida, gracias por venir.

—A ti, por invitarme. —Joder, cuánto formalismo. «Paciencia, Eva Mari», me digo. Las dos tenemos que dar con el equilibrio en este encuentro.

Me gusta su apartamento. Es muy pequeño, pero acogedor. Se compone de un salón abierto a la cocina, una habitación de buen tamaño y el baño. Todo pulcrísimo y ordenado.

Comemos sobre la barra de la cocina: unos entrantes y el asado que ha hecho en el horno, cuyo delicioso aroma se expande por toda la casa. La conversación es banal, como si así quisiéramos ahuyentar lo que sea que pesa sobre nuestras cabezas.

Hasta que llegamos a los cafés.

Se levanta y me trae un paquete cuidadosamente envuelto.

—Para ti. Es un regalo, una tontería. —Me lo tiende con las mejillas sonrojadas.

—No tenías que regalarme nada, de verdad. —Aunque reconozco que me gusta el detalle.

—Pero yo sí quería.

—Vaya… —Me quedo sin palabras.

Envuelta en papel de seda, descubro una caja sencilla, sin adornos.

La abro con cuidado y dentro hay una elegante blusa en tono marfil, de un tejido suave, con una caída natural. Lo que llama más la atención son los pequeños botones de color azul turquesa que contrastan con la sobriedad de la prenda.

—La he diseñado y cosido yo —confirma lo que más o menos intuía.

—¿Y estos botones? —No me atrevo a hacer ninguna afirmación, pero, en la garganta, se me atasca la saliva.

—Los encontré en una caja en el armario de costura de Andrea. —Desvía un momento la mirada; intuyo que lo hace para que no vea la intensidad de lo que se esconde detrás de ella.

—Joder, Yoli. —Y me pongo a llorar como una Magdalena cuando soy consciente de que esos botones son casi iguales, si no los mismos, a los del vestido azul turquesa de mi madre.

—Lo he hecho en clase y así… —duda—, así te tenía presente de alguna manera. No me llores, por favor —suplica.

Con los dedos me retiro la humedad y la observo a través de la mirada emborronada.

—Con esto no ayudas demasiado a que me olvide de ti.

No era eso lo que quería decir, pero es lo que me ha salido, así de sopetón. Y Yoli cierra los ojos como si le hubiera plantado una bofetada.

—Es que yo no quiero que me olvides.

Patapum.

Inspiro hondo, porque por dentro estoy atacada de puros nervios.

—¿Qué es lo que quieres, Yoli? —Necesito saber a qué atenerme.

—Es que no he podido dejar de pensar en ti ni un solo día, y mira que lo he intentado —confiesa.

No sabe qué hacer con las manos, así que juega con un anillo, haciéndolo girar sobre su dedo.

—Ni yo, vida, ni yo. —No me lo quiero callar—. Fuiste tú la que quiso alejarse, ¿te arrepientes?

Se hace un silencio largo antes de responder:

—No, no me arrepiento; tenía que hacerlo. Estoy donde quiero estar, encontrándome y estudiando lo que me gusta. Cerca de mi hijo y de mi futuro nieto. Pero no estás tú. Sé que no estoy preparada todavía para seguir donde lo dejamos. Solo quiero que lo sepas y…

—Te esperaré. —No la dejo acabar—. Lo que haga falta.

Internamente, esa decisión ya estaba tomada, solo que ahora la reitero.

—¿Estás segura?

Sonrío. No lo he estado tanto en mi vida.

—Claro. Podemos empezar de cero, ir viéndonos, pasar tiempo juntas. Charlar. Y…

—¿Y?

Se refleja en sus ojos un brillo que ya le he visto antes, una chispa de deseo que solo necesita avivarse y que hace clic dentro de mi cabeza.

Sé lo que quiero hacer, solo que me tomo mi tiempo para atreverme.

Me bajo del taburete y acorto la distancia. Ella sentada y yo de pie, le sobrepaso en altura casi una cabeza.

—Podemos empezar por esto… —Lo digo con la voz tomada por la emoción y las lágrimas que he derramado.

Acaricio su mejilla, inclino la cabeza y la beso con delicadeza.

Un beso que empieza siendo dulce, tierno, pero que a medida que lo profundizo siento despertar todas mis terminaciones nerviosas. Y el deseo. Un deseo que se intensifica cuando la abrazo y su cuerpo tembloroso se acopla al mío.

Cuando me separo lo justo para mirarla, sus ojos están tan encendidos como los míos. Pero no me atrevo a seguir. No quiero cagarla, ni volver a la casilla de salida solo porque no he sabido tener las manos quietas.

Sin embargo, es Yoli quien toma la iniciativa.

¡No me lo puedo creer!

Y las piernas se me vuelven gelatina como a una colegiala.

—Ven —dice, u ordena. No estoy segura.

Se ha bajado del taburete y, de la mano, me conduce a su habitación. Huele a ella, a su perfume, a su piel, y la cabeza me empieza a dar vueltas, mareada de deseo.

Despacio, nos desnudamos la una a la otra, alternando prendas. Hasta que solo tenemos nuestras pieles ardiendo al alcance de la mano.

—Yoli, ¿estás segura?

—No, pero te necesito. —Se ríe como si fuera inevitable.

Y lo es.

Acompaña ese «no» con un beso intenso, posesivo, que no esperaba en ella.

Nos tumbamos en la cama. Yoli sobre mí. Su cuerpo acoplado al mío, como en mis sueños.

Cierro los ojos porque quiero amplificar todos mis sentidos: sentir su lengua, que ha abandonado mi boca para besar mis pechos, la misma lengua deslizándose por mi estómago y, por último, bajando para hurgar en mi intimidad, que se ofrece sin pudor, y enloquecerme con su juego.

Y vaya si lo hace. Juega de maravilla.

Hasta que siento que me falta poco para llegar a la cima de un clímax impresionante y no quiero ser la única que disfrute de la explosión de placer.

—Espera… —jadeo. Problemas tengo para pensar. Pero ya sé lo que quiero y cómo lo quiero.

Me incorporo, y nos quedamos de frente, con las respiraciones agitadas.

Y me vuelvo a unir a ella en un abrazo sensual.

Otra vez sus pechos llenos y blandos se acoplan contra los míos; un contacto que me electrifica todo el cuerpo, mientras mis dedos juguetean dentro de ella, arrancándole gemidos que me reverberan en el oído.

¡Dios! Qué sexi es; me tiene loca, loquísima.

Hasta que enlazamos las piernas, encajando nuestros montes de Venus, de frente, buscando el contacto perfecto en un vaivén sensual.

Con cada roce, el placer se amplifica. Necesitada de sentirla deshacerse debajo de mí, mis movimientos acompasados se vuelven desquiciantes, a un ritmo vertiginoso en una fricción resbaladiza.

Con las manos apoyadas en la cama, nos ayudamos a marcar el ritmo; su manera de gemir, de respirar, me llena los oídos y me excita a lo bestia. Hasta que llegamos a ese punto sin retorno en el que nuestro placer estalla a lo grande.

Ver a Yoli estremecerse de gusto me parece la mejor de las recompensas. Dejamos que nuestras respiraciones vuelvan a la normalidad.

—Ha sido increíble, Eva.

Ahora sí, me incorporo y la abrazo; aún siento sus latidos debilitándose mientras mi cara reposa en su cuello, donde su aroma personal se ha intensificado con la sesión de sexo.

Nos tumbamos en la cama, Yoli sobre mi pecho; estoy segura de que puede sentir el bombeo de mi corazón ahora feliz, mientras su media melena me hace cosquillas.

—Ni que hubieras practicado —la pincho, por lo resuelta que se ha comportado, y que me ha gustado mucho, aunque en el fondo me siento insegura por si ha estado con alguien durante este tiempo.

El aliento de una caricia suave aletea sobre mi pecho y le doy tiempo a que me responda.

—He hecho trampas…

—¿Trampas?

—Sí, he estado mirando vídeos…, vídeos de esos, ya sabes.

—¿Porno? —Hasta levanto una ceja por la sorpresa.

—No, educativos —me corrige.

Y me pongo a reír a carcajadas. Educativos, dice. Iba a apuntarle que el porno educa poco, no sé si hay alguna excepción, pero, a la vista del resultado, mejor me callo.

El resto de la tarde remoloneamos con pereza. Cuando llega la hora de volver, en el último AVE, siento que necesito una promesa, la que sea.

—¿Qué vamos a hacer, Yoli?

Ella me besa con delicadeza antes de responder:

—No presionarnos y dejar que esto avance. Yo no puedo volver a Girona y tú estás haciendo tu vida allí. No pongamos nombre a esto y vamos viendo.

—Vale —consiento. Tampoco es que haya muchas más opciones. No era esta la relación que quería para nosotras, pero entiendo que es un buen comienzo. Y creo sinceramente que el riesgo vale la pena.

Mientras llega el taxi que me va a llevar a la estación, nos despedimos. Es una sensación agridulce; no queremos separarnos. Pero es una tristeza diferente, porque ahora ya sabemos que es el principio de algo bonito que vamos a recorrer sin precipitarnos.

En cuanto subo al taxi, siento el corazón más ligero. El pesar por la ausencia de Yoli se ha atenuado, justo en el momento en el que estoy más en paz conmigo misma. Sé que la espera va a valer la pena.