Palabra de Alaska (Palabras 1) 36 Tres benditas Marías
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36 Tres benditas Marías

TRES BENDITAS MARÍAS

No podía ser otra que Mari Jose a quien se le ocurriera que celebrásemos mi cumpleaños en unas termas lúdicas muy conocidas.

La idea es relajarnos en el circuito de un balneario, disfrutar de las piscinas termales y acabar explicándonos nuestras penas y miserias durante la cena.

Y reírnos, por supuesto; eso es lo mejor.

Entonces la naturaleza obra su magia y pasa una estrella fugaz.

Dicen que hay que pedir un deseo, ¿cierto? Pues yo pido el mío: ver a Yoli. Un deseo poco ambicioso y factible. ¿No?

Ahogo un suspiro.

Han pasado cuatro meses desde que se fue y mi vida ha seguido, por supuesto.

Sé que ella está bien porque vamos hablando, no todos los días como me gustaría, pero sí con frecuencia.

Está muy ilusionada con sus estudios, que comenzaron en septiembre, y emocionada con la llegada de su nieto.

Y, para mí, todo eso es bueno, aunque oír solo su voz me parece insuficiente; necesito verla.

—Venga, Eva Mari, ¿has pedido tu deseo? —María José me saca de mi letargo y he debido de ponerme tan colorada, la propia iluminación de la piscina me delata, que mi amiga, que no es tonta, mete el dedo en la llaga—: Es igual, no me lo digas; seguro que tu deseo tiene que ver con ella. Te has puesto como un tomate.

—No digas tonterías, es el vapor del agua, que está demasiado caliente y mi piel es demasiado blanca —me excuso.

—Ya, ya… —sigue con su runrún—. A ver, hermosa, dime que al menos te ha felicitado.

Y me doy cuenta de que no, que justo hoy no nos hemos intercambiado ningún mensaje. Pero todavía queda día y no pierdo la esperanza de que me felicite, o lo que sea.

Supongo que mi silencio al respecto es lo bastante elocuente.

—Vaya, ¡no me digas! —Suena sarcástica—. Para qué se va a molestar en telefonearte.

No sé cómo ha ocurrido, pero es mi amiga la que parece más molesta que yo con lo que ha pasado con Yoli. María José piensa que su espantada no era necesaria.

—No seas borde, Mari Jose. —Como siempre, es Ana María la que pone paz—. Si no están juntas. Ninguna tiene obligación la una para con la otra.

—Joder, pero si la ha dejado con un roto en el pecho del tamaño de esa luna —señala al cielo—, por mucho que disimule.

Menudo tacto tiene mi amiga. Desde luego, habla como si yo no la estuviera escuchando. Y, la verdad, no estoy para que me hagan una radiografía del corazón; sé perfectamente cómo lo tengo.

—Mira que eres burra —la vuelve a regañar Ana María—. ¿Estamos por la labor de animarla o de hundirla?

—Venga, sí, arregladlo. —Por primera vez en mucho tiempo, mi paciencia se agota y no estoy para tonterías—. ¡Me salgo! Ya estoy hasta el toto de estar aquí dentro, que tengo la piel como una pasa arrugada. Me voy a las duchas; os espero en la puerta del restaurante.

Con decisión, me dirijo al túnel que conecta la piscina exterior con la interior, con unas enormes ganas de huir de mis amigas.

Sé que todo lo que me están diciendo no es con intención de dañarme.

Pero es que las tres somos muy protectoras, cada una a su manera, y, a veces, no medimos el alcance de nuestras palabras.

Aunque yo les he explicado las razones de Yoli y que son comprensibles, ellas solo atienden a que, después de haberme dado esperanzas, se ha largado y me ha dejado allí, sola con mi pena, como la canción de Diana Navarro.

—Eva, espera —oigo a mis espaldas.

Es María José la que viene tras de mí, caminando contra la resistencia del agua. Por supuesto, la sigue Ana María.

—Lo siento —se disculpa bajando la cabeza, y sé que es sincera—. Solo es que nos preocupamos por ti.

Ana María llega a nuestra altura y se encarga de acercarnos a las tres y darnos un abrazo.

Tampoco sé qué me pasa; estoy hipersensible.

Me apoyo en el hueco del cuello de mi amiga y me da por llorar.

Creo que también tiene que ver con los primeros síntomas de la menopausia, que me está revolucionando las hormonas y están más locas que las bolas de un bingo.

Tampoco debería haber hecho esta reflexión, porque me acuerdo de Andrea y de todo lo que pasó aquella noche, la del bingo. De lo bueno y de lo malo. Lo único que consigo es ponerme a llorar con más fuerza y desconsuelo.

—También nos podemos emborrachar —propone María José.

—Sí, claro, y de paso que nos multen los mossos, ya os vale. —De nuevo, Ana María—. Peeero, siempre nos podemos quedar a dormir en el hotel que tenemos aquí al lado. —Nos guiña un ojo y lo acompaña con una sonrisa maligna.

Ana María, cuando deja de lado la sensatez, es la caña. Sin ni siquiera consultárnoslo, sale del agua, se va hasta la toalla donde tiene su móvil dentro de una funda de plástico, teclea con rapidez y lo vuelve a guardar.

—¡Problema resuelto! Ya nos podemos emborrachar.

Acto seguido, telefonea a su marido para decirle que no la espere, que esta noche tiene planes de chicas.

María José ni se inmuta. Todo lo que se salga de nuestra rutina y nos divierta siempre le parece bien.

Si es que no las puedo querer más, por Dios.

Después de la cena, y ya en el bar del hotel, empezamos con la ronda de chupitos. No sé por qué a María José le ha dado por los de orujo de hierbas gallego. Madre mía, qué fuerte es. Pero, nada, van cayendo, uno detrás de otro, hasta que se nos traba la lengua.

Me temo que estamos dando un espectáculo. Lo digo por las risas, que resuenan en el salón, rebotando en las paredes. Menos mal que el sitio no está muy concurrido. El caso es que empezamos brindando por el capullo del exmarido de María José.

Mi amiga acaba de firmar su tercer divorcio. Sabemos que esta vez no ha sido fácil, pero ella lo está superando y, durante este tiempo, también hemos cuidado de ella. Por lo tanto, la distensión no solo me viene bien a mí. Por un motivo u otro, a las tres nos está resultando de perlas.

Ana María brinda porque dice que se ha librado del jefe gilipollas, que le había estado haciendo la vida imposible, por eso de estar en el sindicato «dando por culo». Esas últimas palabras son textuales de mi amiga antes de beberse el chupito de un trago.

A diferencia de mis Marías, yo no brindo porque me haya librado de nadie. Brindo por mí, porque, a pesar de lo mucho que echo de menos a Yoli, mi presente es estable. He recuperado a mi familia y también soy la protagonista de mi propia novela.

En el fondo, a mi pesar, estar sola también ha sido una buena cosa. He reconstruido los pilares de mi vida, que se habían torcido y era necesario enderezarlos.

En cierto modo, estoy en una etapa de tranquilidad y no quiero quejarme de nada, solo vivirla.

Mi trabajo, a pesar de los adolescentes, me sigue llenando.

Al volver a vivir en el barrio de mi infancia, me doy cuenta de que no importa lo humildes que puedan ser tus orígenes, que los lugares que han sido tu hogar siempre los vas a llevar en el corazón.

Lo más difícil es salir de mi casa y ver la puerta cerrada de la de Andrea.

Por cierto, en su testamento le dejó a Yoli el piso y…

una buena suma de dinero en el banco; no nos engañó cuando nos aseguró que se había ganado bien la vida.

Que ella fuera la beneficiaria de su testamento para mí no fue ninguna sorpresa.

Claro que yo me alegré mucho.

Ambas se habían sostenido durante muchos años y me pareció lo más justo. Tampoco tengo ni idea de cuáles son las intenciones de Yoli. Ni yo le he preguntado ni ella me ha contado nada.

También, antes de que Yoli se trasladara a Barcelona, hicimos lo último que consideramos necesario en relación a la muerte de Andrea: buscar a André para comunicarle la noticia. Para eso, tuvimos que volver al bingo.

Lo esperamos en la entrada y nos acompañó a tomarnos un café en el restaurante que está al lado. Al enterarse, se le ensombreció el rostro.

—Andrea era una gran mujer, es una noticia muy triste. —Desde luego, el pobre hombre se quedó devastado—. Je ne l’oublierai jamais.

Lo último lo dijo apenado, en francés, como si solo hablara para sí mismo.

—Y nosotros tampoco la olvidaremos —respondí—. Nunca.

—¿Cómo la conoció? —se aventuró a preguntar Yoli.

—Pues fue aquí, una noche que vine con unos amigos. Me pareció una mujer bella y llena de luz. Volví varias veces, pero ya solo.

—Insistió, ¿no?

—Bastante —esbozó una sonrisa—, pero no conseguí ablandarla. Aunque al final se acostumbró a saberme rondándola y ya esperaba mi llegada cada semana; fue un coqueteo divertido. Hasta esa noche en que los astros me sonrieron.

—Esa noche…

Y nos volvió a sobrevenir la tristeza.

Tras agradecernos que nos hubiéramos preocupado en buscarlo, se despidió de nosotras con el convencimiento de que nuestros caminos no se volverían a encontrar. Lo vimos marchar con la espalda encorvada y fuera de nuestras miradas, estoy segura de que dejó ir el peso de su corazón.

No sé si tiene que ver con la estrella fugaz a la que le he pedido, con fervor, que la necesitaba ver y que la echaba tanto de menos que me dolía el alma, pero mi teléfono suena y su nombre parpadea en la pantalla. Por fin.

Soy imbécil, porque, después de esperar tanto esta llamada, ahora no me atrevo a contestarle. ¡Estoy borracha, coño!, y dejo que la melodía del teléfono suene, quedándome paralizada.

—Si quieres lo cojo yo y le digo cuatro cositas —se ofrece María José arrastrando las palabras.

—¡Nooo! —Consigo frenarla, porque iba directa al aparato—. ¡Ni se te ocurra!

Por fin el teléfono deja de sonar. Me lo quedo mirando como si fuera un objeto extraño no identificado. Segundos después, me entra un mensaje de WhatsApp. No necesito ni comprobarlo, sé que es de ella.

Con la mirada confusa, desbloqueo el teléfono para leer el mensaje ante la atenta mirada de mis amigas.

Mi Yoli

¡Muchas felicidades, Eva!

Añade los emoticonos pastel de cumpleaños, regalo y copas de cava brindando.

Supongo que estás liada.

Disfruta del día y mañana te vuelvo a llamar.

Solo quería felicitarte.

Se despide con los emoticonos de dos besos.

Después de leerlo me da el bajón. Podría devolverle la llamada, pero, con la cogorza que llevo, no me parece una buena idea.

—¿Te ha felicitado? —No entiendo cómo Ana María está la mitad de borracha que nosotras, si ha bebido lo mismo. Uno de los misterios que María José y yo no hemos conseguido desentrañar jamás.

—Sí, solo eso. —Se me escapa un hipido entre las lágrimas—. Me gustaría verla, aunque solo sea para charlar un rato en persona y que me explique cara a cara lo bonito que le va.

—Pues díselo, proponle quedar este fin de semana. Veros y charlar no quiere decir que vayáis a follar. —Qué maja, y bruta, es mi Mari Jose. Como siempre, ella lo ve todo fácil.

—Mañana la llamo… —musito, procurando recomponerme.

—¡Qué cojones mañana! —María José me coge el teléfono de la mano, me lo desbloquea con mi propia huella dactilar, ¡qué tía!, y me lo planta en las narices.

»Venga, ¡ahora! —Ni idea de cómo lo ha hecho, pero ha buscado mi conversación con Yoli y tiene el dedo a punto de pulsar sobre el micrófono.

El caso es que me entra una risa histérica. Y de borracha. Eso también. A mi lado, Ana María me da una palmadita suave en el hombro. Su presencia sólida me empuja a hacer el ridículo de mi vida. Y le doy a la tecla.

—Yoliiiiiiii —empiezo—, graciassssss… Estoy con mis Marías, pero también quiero celebrarlo contigo —vuelve a darme la risa tonta de borracha— el domingo, si quieres. Porfi… —suplico entre risas; así no sé si me va a tomar en serio—. Te quiero muuuucho. ¡Besisssss!

—¡Holiiii, Yoli…! ¡Adiós! —se unen las dos locas que tengo a mi lado, ¡la madre que las parió!

—Prepara otro chupito, Ana Mari —oigo de fondo al final de todo, para rematar mejor el mensaje, porque eso también se ha grabado.

Por supuesto, lo último María José lo dice descojonándose.

Cortamos la comunicación y se la enviamos. Cuando soy consciente de lo que acabamos de hacer, se me pasa la tontería de golpe. Vuelvo al mensaje, con la intención de borrarlo, pero no me da tiempo.

—De eso nada, monada. —Ahora es Ana María quien me secuestra el móvil—. Mañana la llamas y le repites tu invitación. Se lo pones fácil y te presentas tú en Barcelona. Le dices que la culpa la tuvieron tus amigas, que son unas cabronas, que encima estábamos borrachas. Y santas pascuas.

—Estáis como una puta cabra. —Las miro a las dos como si no las conociera, y vaya si las conozco. Me resigno a… nada.

—¿No sabes eso que dicen…? ¿Si la montaña no va a Mahoma…?

—Pues Mahoma va a la montaña. ¡Espabila, Eva Mari, hombre!

—¡Qué vergüenza cuando oiga mi mensaje! —Yo ahí, pensando en mi ridículo.

—¡Qué vergüenza ni qué niña muerta! Si le habrás alegrado la noche y todo, se va a desternillar de risa, seguro. —Ahí, Ana María en su salsa.

Cierto, ya no tiene remedio. En este momento, a mí lo único que me nace es ponerme a reír como una loca. Una loca borracha.

—¿Os he dicho que os quiero?

—¡Nooo! —me responden las dos a la vez.

—¡Pues os quiero una jartá!

Es así. Sin matices, porque el amor de verdad no los necesita.

Acabamos la noche juntas en una pedazo cama de matrimonio; tres benditas Marías borrachas durmiendo a pierna suelta.

Mi último pensamiento es para Yoli, y sé que mis amigas tienen razón: debo recordarle que sigo existiendo y que yo no la olvido. Quiero creer que ella tampoco.