Palabra de Alaska (Palabras 1) 35 Las alas son para volar
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35 Las alas son para volar

LAS ALAS SON PARA VOLAR

El piso de Andrea nos recibe a oscuras y vacío de vida. El silencio nos encoge el alma. De tristeza. Pero es algo a lo que debemos enfrentarnos y hemos decidido que sea más pronto que tarde.

—¿Te parece que ventilemos un poco? —pregunta Yoli, mientras se va a la cristalera del comedor, sube la persiana para que entre la luz y abre la corredera. Por suerte, a última hora de la tarde, ya no toca el sol de lleno y el calor es soportable.

—Sí, mejor.

Es una sensación extraña. En la cocina, dentro del fregadero, aún está el vaso vacío con el que Andrea sació por última vez la sed.

Abrimos la nevera y, en el interior, hay productos perecederos; la tendremos que vaciar.

Al igual que habrá que inspeccionar los armarios despenseros.

En la galería, el cesto de la ropa sucia está vacío.

Y no nos extraña porque, para eso, Andrea era muy particular.

—Nada, ni unas bragas sucias… —confirmo cerrando de nuevo el cesto.

—Era un poco maniática con la ropa; la interior la lavaba a mano con Norit. —Yoli señala el detergente en la estantería y nos arranca una pequeña sonrisa.

»Bueno, habrá que empezar por la cocina —sugiere, y yo asiento; por algún sitio hay que hacerlo.

Durante un buen rato, sin decirnos nada, vaciamos la nevera y la despensa. Tampoco es que tuviera mucho. Andrea compraba al día lo que necesitaba. Así que, aparte de algún paquete de pasta o arroz empezado, algunas latas de conserva, botes de especias y poco más, no hay mucho que retirar.

Ahora viene lo más difícil, su habitación. Al igual que hemos hecho con el comedor, abrimos la ventana de par en par.

La cama está tal cual, después de que se la llevaran. Así que, sin pensarlo demasiado, soy yo quien retira las sábanas y las llevo junto a todo lo que vamos a tirar, tras meterlas en una bolsa de basura. Para qué darle más vueltas, preferimos no tener que verlas nunca más.

Al regresar a la habitación, me encuentro a Yoli sentada frente al tocador; uno antiguo, me atrevo a asegurar que de la época en la que se casó.

Todo está en perfecto orden: perfumes, un joyero, un cuenco donde depositaba las joyas antes de irse a dormir…

; ahí están todavía los pendientes que lució durante nuestra aventura nocturna.

Sobre un galán de noche reposa el precioso vestido que se había puesto.

El mismo día que se la llevaron, escogimos otro diferente de su armario, uno de color rosa, parecido a la flor del cerezo, que era de sus preferidos, de seda, y con el que la han incinerado esta mañana.

Cuando nos entreguen las cenizas, decidiremos qué hacer con ellas.

—Ochenta y cuatro años —dice Yoli—. Nos engañó a base de bien.

Lo dice con una sonrisa dulce mientras entre las manos sostiene un marco de fotos del día de su boda, con su Paco, como decía ella. Un hombre alto, guapo, con un traje del que no podemos asegurar el color al ser la instantánea en blanco y negro.

A su lado, una novia radiante: una jovencísima Andrea, con cara de niña; se había casado con veintiún años. O eso nos había dicho, así que calculo que aquella boda tuvo que celebrarse en el año 1960. Ya era modista por entonces y ella misma se había confeccionado el vestido de novia.

—Era un vestido espectacular —aprecia Yoli—. Igual si rebuscamos en los armarios, lo tiene guardado; no me extrañaría.

—Puede ser. Si es así, ya lo encontraremos. —Me recreo en el vestido blanco, entallado hasta la cintura, con cuello de barco, falda evasé y de manga larga en organdí. Muy sobrio y elegante. El toque final, un velo corto sujeto a una peineta.

—Siempre ha sido una auténtica belleza. —Yoli me lee el pensamiento, mientras devuelve la fotografía a su sitio.

—Hasta el último día —confirmo con los ojos emocionados.

—Si te parece, esta habitación la dejamos para el final —sugiere.

—Me parece bien. —Yo tampoco me veo capaz de hurgar en la intimidad de su armario. Ya decidiremos más adelante qué hacer con su ropa.

Antes de irnos, nos damos cuenta de que uno de los cajones del tocador no está cerrado del todo, y una curiosidad inocente hace que Yoli lo abra para descubrir qué guarda en su interior.

—Mira —dice sorprendida.

Con cuidado, saca dos fotografías que estaban sueltas en el cajón, sobre una caja antigua. Nos aventuramos a suponer que dentro guarda más fotografías.

Sin embargo, la cara de Yoli se ha quedado absorta en la contemplación de la imagen que sostiene entre las manos.

Me acerco a ella y, por encima del hombro, veo la primera: un grupo de mujeres y dos hombres, en lo que parece un taller de costura.

Nos lo dicen las máquinas de coser, iguales a la Singer que Andrea todavía conserva en su cuarto de costura, aunque usara otra más moderna en su día a día.

—Este debe de ser el modisto famoso —señalo al hombre de más edad— y este, ¿Rafael? —Era guapo, sí, señor.

—No tenía mal gusto nuestra Andrea. A mí también me habría gustado —confiesa.

—¡Yoli! —la reprendo en broma.

—¿Qué? Tengo ojos en la cara, hija.

—Bueno, pues ahora espero que solo los tengas para mí —bromeo yo también. Sin embargo, la mirada de Yoli cambia a algo que no sé definir y que intento borrar de mi cabeza diciéndome que es una tontería; que solo es tristeza por estar aquí, en el santuario de Andrea.

Yoli carraspea, ¿incómoda?, y toma la otra fotografía. Me quedo con el detalle del temblor de sus manos.

Y aquí sí vemos a nuestra Andrea probando la chaqueta del esmoquin a Rafael, con los colores vivos de las fotografías de esos años; calculamos que deben de ser los ochenta.

Andrea está concentrada en ajustar la prenda, con alfileres en la boca.

Lo extraordinario de esa fotografía es la mirada de Rafael.

Me sobreviene el convencimiento de que el fotógrafo quiso eternizar esa expresión. De admiración y amor puro.

—¡Dios! —digo, porque lo que veo ahí traspasa el papel.

—Sí, Dios… —reitera, Yoli—. Tuvo que ser muy difícil dejarlo ir.

De nuevo, la mirada de Yoli. Perdida en la foto, observo en ella una pose que no soy capaz de interpretar. Ha fruncido el ceño, concentrada en la imagen. Un agujero en el estómago me dice que me está ocultando algo; voy a llamarlo intuición. Y lo que sea no es una tontería.

Deja las fotos en el cajón y, ahora sí, lo cierra correctamente.

Sigo a Yoli hasta la habitación de costura, que está tal y como la dejamos.

—¿Qué vas a hacer? Creo que podrías montar el taller en tu casa también. Tendrás que pensarlo.

Las manos de Yoli acarician la tabla de planchar que está abierta, siempre preparada para cumplir su función, y evita mirarme de frente.

Estoy inquieta, me he puesto nerviosa. Así que no espero más y espeto lo que, desde hace un rato, me carcome por dentro.

—¿Me vas a decir qué te pasa? Estás rarísima. —Dudo sobre dónde poner las manos. Si en la cintura, si dejarlas caídas, paralelas a mi cuerpo, o si retorcérmelas por culpa de los nervios.

Quien sí se las retuerce es Yoli.

Me mira, pero no contesta al momento. Sin embargo, con cuidado me toma de la mano y me conduce al pequeño sofá que hay en la habitación, donde se sentaban las clientas de Andrea. El corazón me retumba a la espera de lo que me vaya a decir.

—Te quiero mucho… —Se acerca con cuidado y me besa en la mejilla.

Esa manera de empezar…, presiento que debo prepararme para algo que no me va a gustar.

Aun así, le acuno la cara y voy a sus labios, porque necesito hacerlo.

Y ella se entrega. Lo noto en la manera de jugar con mi lengua, en las caricias suaves en mi mejilla, en los suspiros que brotan ahogados de su garganta y por la lagrimilla que se desliza, silenciosa, surcando su cara hasta saborearla en mis labios.

Sabe a hiel.

—¿Pero? —Siempre hay un pero.

—Me voy a ir…

—¿Irte? ¿A dónde? —la interrumpo sin ceremonia.

—De aquí, del barrio. Yo… necesito pensar cómo quiero que sea mi futuro. Sé que no lo vas a entender.

—Prueba a explicármelo, y vemos si lo entiendo o no. —El pecho se me abre en dos mitades, consciente de mi voz ahogada, atascada en la garganta.

Yoli inspira hondo y se pone de pie. Debe de ver la súplica en mi mirada y vuelve a sentarse. Esta vez me toma de las manos y juguetea con mis dedos. Me estoy impacientando porque necesito recibir esa explicación.

—¿Sabes?

No me atrevo a decir nada, ni a interrumpirla. Supongo que ve en la expectación de mi cara que la estoy atendiendo con los cinco sentidos.

—Fue la última conversación que tuvimos con Andrea. Le estoy dando vueltas desde que… nos dejó. Y si tenía alguna duda, al ver las fotografías se me ha ido.

—¿Qué es lo que me quieres decir?

—Ella —continúa— eligió cómo quería vivir su vida, priorizándose. Yo nunca he elegido; la vida no me ha dado la oportunidad.

»Primero me casé, siendo casi una niña, porque me quedé embarazada. Luego crie a mis hijos sola cuando el malnacido de su padre nos dejó. Me olvidé de mí.

Vuelvo a asentir con la cabeza, invitándola a continuar, temiendo adivinar por dónde va la conversación.

—Cuando volví a salir al mundo, encadené relaciones por miedo a estar sola, sin estar enamorada. Encima, escogiendo mal. Solo era la ilusión de creer que yo era una mujer como cualquier otra, con sus necesidades cubiertas. No podía estar más equivocada.

Se enjuga las lágrimas silenciosas, afectada por sus propias palabras. Por mucho que me duela, comprendo el mensaje que me quiere transmitir.

—No puedo, ni quiero —puntualiza—, enredarme de nuevo en una relación por seguridad. Ni siquiera contigo. Necesito aprender a estar sola, a sostenerme. Y después…, ya veré.

—Pero, Yoli —la voz me sale aguda, por los nervios—, yo no soy como ellos, yo no voy a decirte lo que puedes o no hacer.

—Ya lo sé, Eva. Solo es que no dejo de repetirme que, por una vez, tengo que hacer mi camino, sin muletas. Como Andrea, ella también tomó decisiones y siento que nos dio una lección de valor incalculable.

—Puedo entenderlo… —Aunque no lo haga. No quiero que siga, porque quizá, cuando recapacite, se dé cuenta de que yo no soy la persona con la que realmente quiere estar, que lo nuestro ha sido un espejismo; una relación enturbiada por muchas cosas, aunque en este tiempo hayamos conseguido reconstruirla y avanzar.

Pero la verdad que esconden sus palabras es la que es. Que me deja.

—Necesito que lo hagas. Por favor. Eva, yo… —Se rompe y empieza a llorar, sin contenerse. Me acerco, la apoyo en el hueco de mi hombro y dejo que llore. Yo intento controlarme y me cuesta un mundo; no quiero ponérselo más difícil.

—Cariño. —El apelativo me sale del alma—. Ya, ya… En el fondo tienes razón, aunque duela. Debes abrirte camino y sentar las bases de tu vida. De cómo quieres que sea. Pero… ¿no puedes hacerlo conmigo?

—No, no puedo. Quiero que sea sin ayuda de nadie. Me lo debo y se lo debo. —Está hablando de Andrea. Y pienso que, en realidad, estaría muy orgullosa de Yoli, aunque tengo la seguridad de que también quería vernos felices juntas. Pero el caso es que a mí, ahora mismo, me está matando.

—Ya veo… Lo tienes decidido. —Sonrío con muchísimo esfuerzo—. Te quiero demasiado como para ponerte límites o cortarte las alas. Tienes que volar, mi amor, y cumplir tus sueños.

No me queda otra que rendirme.

—¿Podrás perdonarme? —Su mirada es tan sincera e intensa que no tengo argumentos para rebatirle nada.

—No hay nada que perdonar. ¿A dónde vas a ir? —pregunto con un hilo de voz.

—A Barcelona, cerca de mi hijo. Quiero matricularme en un Ciclo Superior de Patronaje y Moda. Hay un instituto cerca que imparte esas clases; Juanito me lo ha dicho muchas veces. Es una escuela prestigiosa y quiero intentarlo. También deseo estar cerca de ellos para cuando nazca mi nieto.

Sigue sin soltarme las manos, con su mirada sincera clavada en la mía.

Veo en sus ojos determinación y, a pesar de mi dolor, estoy orgullosa de ella.

La sonrisa triste que brota de su boca es lo único que necesito para darme cuenta de que la tengo que apoyar y dejar que recorra su camino hasta llegar a la meta.

—No puedo prometerte nada.

—Ni yo quiero que lo hagas —le digo; baja la mirada apesadumbrada y yo no sé cómo aguanto la compostura—, pero estaré para lo que necesites. ¿Recuerdas que te lo prometí?

Le recoloco uno de los mechones por detrás de la oreja. Cuando otra de sus lágrimas le resbala por la mejilla, poso los labios en ella, cierro los ojos y le doy un beso casto que me duele en lo más hondo de las entrañas.

—No he jugado contigo, Eva. Lo que ha pasado entre nosotras —le sube un tierno rubor a la cara— lo deseaba. Y sigo deseándolo…

—Parece que no es nuestro momento. —Me flagelo, sin poderlo evitar.

—Quizá cuando…

—No sigas, no es justo. Prefiero que sea el futuro quien decida por nosotras.

—Tienes razón. —Me aguanta la mirada intentando mostrarse fuerte, aunque sé que está tan mal como yo—. Quiero que sigamos en contacto, ¿te parece bien?

Sé que mi sonrisa sale forzada, pero si lo único que sobrevive a esto es una amistad, que así sea.

—Yo estaré aquí —le prometo—. Anda, ven.

La atraigo hacia mí y la abrazo. Yoli se abandona entre mis brazos y llora, mojándome el cuello, mientras yo la beso en la coronilla y me empapo del perfume de su pelo, al que ya echo de menos.

Sellamos la despedida con un beso entre sollozos de pena y, ¿por qué no?, también de esperanza.