Palabra de Alaska (Palabras 1) 34 Y la vida sigue
83%

34 Y la vida sigue

Y LA VIDA SIGUE

A nadie le gustan los funerales. Y menos si despides a una persona querida que ha sido como una madre.

¿Cómo vamos a superar este dolor? Aún no podemos creer que Andrea nos haya abandonado.

El hecho de que haya sido una muerte dulce, sin sobresaltos ni sufrimiento, me temo que no nos consuela lo suficiente.

Yoli tiene los ojos hinchados de llorar. Lo único que tengo claro es que esto tenemos que sufrirlo juntas y acompañarla con toda la serenidad de la que soy capaz, porque estoy haciendo de tripas corazón e intentando mantener el tipo.

Parece haber pasado una eternidad desde nuestra aventura nocturna, y ahora estamos en mi casa, rodeadas de nuestras familias, que también han querido despedirla como se merece.

Los hijos de Yoli están afligidos; no en vano, de niños, habían jugado entre telas e hilos en el taller de Andrea, igual que en su día lo hicimos su madre y yo; también ha sido otra abuela para ellos.

Ha resultado que Andrea conocía a muchísima gente. Por eso la iglesia se ha llenado. Incluso ha habido quien se ha tenido que quedar de pie y, por unos momentos, nos hemos desbordado, abrumadas por la gente que nos daba el pésame como si fuéramos sus hijas.

Y no puedo sentirme más orgullosa.

Hemos sido nosotras quienes hemos tomado todas las decisiones relacionadas con el sepelio al no encontrar ningún familiar con el que pudiéramos contactar.

Para nuestra sorpresa, Andrea, según su DNI, tenía ochenta y cuatro años; bastantes más de los que aparentaba. Sonreímos de tristeza al descubrirlo. Me da por pensar que era como esas cosas que el tiempo respeta por fuera, pero desgasta por dentro.

Sabíamos de la existencia de una hermana mayor fallecida cinco años antes y que vivía en Narbona, en el sur de Francia.

Se veían con frecuencia. De hecho, a Susana, que así se llamaba, la habíamos llegado a conocer.

Sí que tiene sobrinos, dos chicos ya hombretones, pero que viven en el extranjero y de los que, desde hace mucho, no tenía noticias.

De momento, no hemos sabido dónde buscarlos.

Sabemos que hizo testamento, así que, si son sus herederos, ya se encargará quien sea de dar con su paradero.

La sensación de culpa no nos ha abandonado ni un segundo. Tenemos el convencimiento de que no debimos haberla dejado sola. Los bonitos recuerdos que teníamos la una en brazos de la otra se han visto eclipsados por un halo oscuro que nos está costando superar.

Desde que ha pasado todo esto, casi día y medio, no nos hemos prodigado ningún gesto de afecto en público, más allá de los abrazos de consuelo, procurando sobrellevar el dolor cada una a su manera.

—¿Qué va a pasar con su piso y todas sus cosas? —pregunta mi hermano de forma distraída.

—Ni idea —le respondo—. Supongo que irá a parar a sus sobrinos. —Aunque en mi fuero interno deseo que se haya acordado de Yoli, que siempre ha estado a su lado. Sería de justicia.

—¿Y de la familia de su marido, sabéis algo? —insiste.

—Que nosotras sepamos, no tenían ninguna relación.

Lo cierto es que, por ese lado, no hemos sabido ni por dónde tirar. Lo único que tenemos es un libro de familia con la anotación de su fallecimiento poco después de casarse.

Pensar ahora en testamentos me parece odioso, así que me escabullo a la cocina a tomar un vaso de agua que me refresque la garganta y que, a ser posible, me despeje el extraño ahogo que se me ha anclado en el pecho, que me aprisiona el corazón desde que descubrimos el cuerpo sin vida de Andrea.

Necesito estos minutos para mí sola y dejar caer la máscara de mujer que lo tiene todo controlado. Me apoyo sobre el fregadero y respiro hondo.

Hasta que siento su presencia detrás de mí. Su perfume floral me llega antes que su voz.

—Tú también estás agotada, ¿verdad?

Yoli me gira suavemente y, por primera vez desde que empezó esta pesadilla, la veo serena. Ella se ha agotado de llorar, pero yo aún llevo el dolor muy adentro y apenas lo he dejado aflorar.

—Es que todo esto… —respiro— es abrumador.

En realidad, es como un déjà vu; hace apenas un mes que enterramos a mi madre. Quiero pensar que están juntas, donde sea que se van las almas bonitas, disfrutando de su compañía.

—Lo sé, pero ya hemos pasado el primer mal trago. —Somos conscientes de que aún nos queda alguno más—. Esta tarde podremos descansar. Esto…

Oírla titubear me pone en alerta.

—Dime… —Siento que lo que va a decir no me va a gustar.

—Me tengo que ir a casa con mis hijos. Juanito y su mujer se quedan hoy a dormir y quiero estar por ellos. Pili esta noche se irá a la suya. ¿No te importa, verdad?

—No, claro. —Sí que me importa, pero lo entiendo.

No me han pasado desapercibidos los gestos de afecto y de cariño del hijo de Yoli a su madre, a quien he conocido hoy mismo. La verdad es que parece un buen muchacho.

Juan tiene la misma mirada que ella y me atrevo a decir que igual dulzura de carácter, aunque también tiene mala leche cuando lo hacen enfadar.

Al enterarse del maltrato de Pedro a su madre, y de lo que nos hizo, de haber podido, habría ido en su busca para hostiarlo a gusto, según sus propias palabras.

Su hija, en cambio, y por lo que me ha contado Yoli, se parece más a su padre.

No me acuerdo muy bien de cómo era ese capullo integral de joven, solo que me recordaba a un John Travolta descafeinado.

Pilar es una chica guapa, pero de carácter más seco.

De eso ya me había dado cuenta el día que la conocí.

La nuera de Yoli luce una incipiente barriga que evidencia su embarazo.

Está de poco más de tres meses y la criatura quiere saludar al mundo para enero, según sus cuentas.

Tiene la mirada brillante de las mujeres que desean la maternidad y que anhelan adoptar el papel de madre.

He visto a Yoli cubrir la barriga de la joven y sonreír feliz.

Me sobreviene un momento de celos, porque pienso que ese bebé la va a alejar de mí; suena a solemne tontería, pero no lo puedo evitar.

Me regaño, furiosa conmigo misma, porque pensar eso es muy egoísta y no tengo derecho a hacerlo.

Quiero alegrarme por ella, y no me sale del todo, cosa que me hace sentir fatal.

Vuelvo al presente y a Yoli, que me mira expectante. ¿Qué le voy a decir? ¿Que no quiero dormir sola? ¿Que la voy a echar de menos?

Es que suena hasta infantil. Así que enmascaro mi decepción. Con suavidad, la tomo de la cintura y me atrevo a darle un beso en los labios, liviano, sin pensar que alguien nos puede ver.

A ella no parece preocuparle porque me corresponde. Es un beso cariñoso con el que espero sobrevivir hasta que podamos volver a la normalidad.

—Lo necesitaba —susurro cuando separamos las bocas.

—Yo también.

Entonces sí, me encierra en un abrazo y su cuerpo suave y blando me acoge. Por fin, las lágrimas que llevo retenidas brotan con una fuerza liberadora, mientras Yoli me acuna. La oigo sorber por la nariz, intentando controlarse.

—Mañana por la tarde podríamos empezar a empaquetar las cosas de Andrea y después vemos qué hacer con ellas, ¿qué te parece? —le propongo en cuanto me recompongo del bajón.

—Vale, sí. Ya se habrán ido todos, y cuanto antes lo hagamos, mejor —confirma. Y, de inmediato, me relajo ante la perspectiva de saber que, al día siguiente, Yoli volverá a ser solo para mí.

Una hora más tarde, la gente se está yendo de mi casa.

Mi hermano quería que me fuera con ellos, para no quedarme sola.

Pero no me apetece estar con nadie; salvo con Yoli, que ya se ha ido con sus hijos.

Así que les he dicho que se vayan tranquilos, que estaré bien.

Eso sí, he prometido que el fin de semana iría al concierto de violín de Alina y, después, a comer con ellos, una clara señal de que la familia está para eso: para los buenos y malos momentos.

Desde mi vuelta, he recuperado la buena relación con ellos, gracias al esfuerzo de todos.

De hecho, soy yo la que me he acercado y he puesto todo de mi parte para recuperar lo que una vez tuvimos.

La respuesta ha sido maravillosa; me han acogido con el mismo cariño de siempre.

Ahora también sé que ellos tampoco se sentían a gusto con Elsa, ni les gustaban sus aires de superioridad, aunque la toleraban.

Lo cierto es que, a estas alturas, ya ni me acuerdo de la que fue mi compañera de vida durante un tiempo. No me duele ni siquiera un poquito.

«¿Que si esa indiferencia está mal?», me pregunto. Y me respondo, sin dudas, que en absoluto, que Elsa ya es pasado. Por supuesto, le deseo lo mejor. Sin más.

Ya solo miro al futuro… Y en él, a Yoli.