Palabra de Alaska (Palabras 1) 33 Sin hacer ruido
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33 Sin hacer ruido

SIN HACER RUIDO

No tengo ni idea de qué hora es, pero por los resquicios de la persiana, que no está cerrada del todo, entra una buena luz.

No me quiero levantar porque estoy demasiado a gusto.

Me giro para encontrar la cabellera de Yoli sobre la almohada y su rostro dulce sumido en un sueño profundo. Está tan bonita que duele.

La contemplo, recreándome en sus facciones, hasta que intuyo que está a punto de despertarse, como si hubiera sentido mi mirada sobre ella.

—Buenos días. —Yoli abre los ojos perezosamente y me saluda con la voz enronquecida, entre la resaca emocional y la falta de sueño.

—Hola. —La beso con ligereza, rezando para que todo lo que ha pasado esta noche no sea fruto de mi imaginación. Aunque solo basta nuestra desnudez bajo las sábanas para sentirlo muy real.

No puedo evitarlo, pego mi cuerpo al suyo y absorbo el aroma de su piel. Soplo sobre la suave curvatura de su cuello y la beso, despertando su risa, que me cosquillea en el bajo vientre.

—Me tienes en una nube —verbalizo en voz muy baja, apenas un susurro. Porque es cierto, me siento como si estuviera flotando, ligera como el aire.

—¿Qué hora es? —pregunta con la voz adormilada.

—Casi las once y media. —Compruebo la hora en el radiodespertador que hay sobre la mesita de noche—. Tampoco es que hayamos dormido mucho…

Intento descifrar en el lenguaje no verbal de Yoli si hay algún atisbo de arrepentimiento por lo que ha pasado entre nosotras. Me alegra comprobar que ella no parece incómoda por su desnudez cuando se despereza y sus senos se descubren por encima del embozo de la sábana.

—No. No me he arrepentido. —Me lee el pensamiento y me tranquiliza de la mejor manera posible. Acuna mis mejillas con las manos y me regala el mejor beso de buenos días, que yo absorbo con absoluto placer. Me dejo llevar, embriagada al percibir la mezcla de aromas de nuestros cuerpos.

Todo está bien. Y por fin me tranquilizo.

—¿Tienes hambre? —Yoli me distrae. No sé si se refiere a desayunar de verdad o a otra cosa. De hecho, muy alejada de la realidad no está, porque no me he saciado de ella y no creo que me empache, ni siquiera a largo plazo.

—Sí, de ti. —No quiero que le quede ninguna duda.

—Hummm… —susurra cerca de mi oído. Para mi sorpresa, baja la mano para comprobar si lo que digo es cierto y está claro que mi sexo no miente. Ahogo un gemido cuando la siento acariciarme y descubrirme muy preparada.

—No seas mala —jadeo—. Si empiezas, vas a tener que acabar.

Es una invitación clara que no desaprovecha. Que Yoli tenga la iniciativa me sorprende y me gusta. Es tan sensual y franca que deseo esto para nosotras todos los días.

—¿Quieres que pare? —amenaza con una risa.

—¡Ni se te ocurra! —protesto con energía.

—Respuesta correcta —bromea. Y yo me derrito un poco más.

Una vez terminado el juego entre las sábanas, satisfechas tras otro orgasmo increíble, decidimos ponernos en marcha.

No sabía qué esperar de la intimidad con Yoli, pero su entrega y confianza me han emocionado.

Su deseo por conocer qué me gusta en el sexo y experimentar sin barreras ha sido increíble; hacía mucho tiempo que no sentía que fuera de verdad importante para alguien.

Y Yoli me ha hecho sentir especial. Primero, se ha mostrado prudente, esperando mis reacciones.

A medida que yo despertaba a sus caricias y a sus besos íntimos, a ratos inseguros, su entusiasmo ha ido creciendo.

Es tan generosa que me pregunto qué habré hecho para merecerla.

Yoli me hace feliz y lo que más deseo es que ella se sienta igual que yo; haré hasta lo imposible para conseguirlo.

Antes de darnos una ducha rápida, Yoli le manda un mensaje de WhatsApp a Andrea, con la necesidad de saber si ha pasado buena noche, después de tantas emociones.

Nos vestimos y a continuación nos preparamos un desayuno estupendo, muy necesario para recuperar fuerzas, a base de tostadas con mantequilla y mermelada, acompañadas de un buen y espeso café. Aunque, por las horas que son, casi que podríamos haber hecho directamente un vermut.

—¿Tenemos algún plan para hoy? —pregunta Yoli con la taza de café en las manos.

—Podríamos comprar comida preparada y llevarla donde Andrea. Así rememoramos los mejores momentos de anoche —propongo.

Como no podía ser de otra manera, nos ponemos a reír.

—Aún me meo de la risa cuando le respondió al guardia civil, toda seria y envarada, que, por supuesto, no lo estaba jodiendo. —Incluso la imita.

El simple recuerdo nos arranca las carcajadas, otra vez.

Fue un momento único. Sin embargo, lo que más nos ha calado ha sido su historia con Rafael.

Siento una mezcla de tristeza y admiración.

Tristeza porque debió de ser muy difícil decir adiós a un amor como aquel.

Y admiración porque no todas las personas tienen claro cómo quieren vivir su vida, asumiendo todas las consecuencias.

Hoy día se habla de las mujeres empoderadas, que buscan el éxito a toda costa y el reconocimiento de la sociedad.

Sin embargo, las hay que, sin tantos aspavientos, han luchado por encontrar su lugar y han seguido el camino que ellas mismas se han marcado.

Y nadie lo ha publicado en el Boletín Oficial del Estado.

Andrea, sin duda, nos ha regalado una lección de vida.

Extrañadas porque nuestra vecina no nos haya respondido, Yoli decide marcar su número y esperar a que le conteste, sin éxito.

La misma operación inútil hago yo desde mi teléfono. Nos miramos las dos con preocupación, temiendo que le haya podido pasar algo.

Salimos al rellano y tocamos al timbre, con insistencia. Tampoco obtenemos ninguna respuesta.

—Tengo las llaves en mi casa. —Yoli se ha puesto blanca y está asustada. Yo también—. Voy a buscarlas.

Me sobrecojo. El corazón me late con fuerza y una intuición intenta abrirse paso en mi cabeza. O quizá solo es la preocupación. Seguramente está durmiendo tan profundo por el agotamiento que no nos está oyendo.

Yoli baja corriendo las escaleras hasta desaparecer.

Unos diez minutos después está de vuelta, resollando.

Yo no he dejado de tocar al timbre y me temo que he despertado la curiosidad de algún vecino, concretamente del de arriba, quien se asoma por la barandilla preguntando si pasa algo.

Le digo que no, con la esperanza de que se meta de nuevo en su piso, pero no es así.

Yoli, con manos temblorosas, abre la puerta y nos recibe el silencio de la casa. Un rápido vistazo nos muestra que todo está igual que cuando nos fuimos. No notamos ningún movimiento.

—¿Andrea? —pregunto en voz alta, aunque no espere respuesta.

Lo último que nos queda por hacer es adentrarnos en su habitación y lo hacemos con prudencia.

Vemos el bulto sobre la cama.

Yoli, con cuidado, se acerca a la ventana y sube la persiana lo suficiente para que entre luz.

Reconocemos la silueta de Andrea bajo la sábana liviana. Parece dormida, con los ojos cerrados y la boca fruncida.

Se me cae el alma al suelo cuando soy consciente de la rigidez de sus brazos y su falta de expresión.

—¡Dios!

A pesar de tener la seguridad de que ya no está en este mundo, necesito confirmarlo por mí misma: la zarandeo con cuidado por el hombro, mientras Yoli se lleva la mano a la boca, descompuesta.

Insisto una vez más, pero es inútil. Está fría, no hay ningún signo de calor en su piel.

Su tez, del color de la cera, y sus labios lívidos nos revelan la pura realidad.

Yoli se echa a mis brazos y rompe a llorar sobre mi cuello mientras la tristeza me desgarra por dentro. Y sollozo con ella.

Andrea nos ha dejado sin hacer ruido y sin molestar a nadie.