32 Piel contra piel
PIEL CONTRA PIEL
El sonido de la puerta al cerrarse con llave nos avisa de que la aventura ha llegado a su fin.
Nos quedamos en el rellano, frente a frente, mirándonos con una mezcla de vergüenza y deseo, todavía con las emociones de la noche aleteando en el pecho; con las palabras de Andrea resonando en nuestra cabeza, una invitación clara de los pasos a seguir.
Solo sé que no quiero que se vaya.
Cierro los ojos un instante, respiro hondo y busco la valentía para pedir lo que más deseo. No quiero que la magia de esta noche desaparezca como las olas en la orilla, muriéndose a nuestros pies.
Y lo pido.
—¿Quieres entrar? —me atrevo a preguntar, señalando con la cabeza hacia la puerta de mi casa.
No estoy segura de que Yoli esté preparada para dar este paso, pero ya no me voy a echar para atrás.
—No quiero estar sola, esta noche no… —Me mira con sus maravillosos ojos castaños, que brillan con una luz desconocida. Me atraviesan sin rehuirme y, solo por eso, mis piernas se vuelven de gelatina y el estómago me da un vuelco, no sé si de nervios o de anticipación.
—Yoli… —Pienso muy bien cómo se lo quiero decir—. No es solo compañía lo que quiero darte, ¿lo entiendes?
La sonrisa se le ensancha y descubro en su mirada un brillo pícaro; no parece que tenga intención de huir escaleras abajo. Me cuesta tragar saliva, el corazón me late a un ritmo endiablado y los segundos se eternizan.
—Dámelo todo. Lo quiero todo.
Lo dice tan segura que esas palabras se convierten en mi perdición.
—Pues ven aquí, que no te vas a escapar —respondo sin ningún rodeo.
Decidida, le aparto el pelo para cogerla de la nuca y atraerla hacia mí; me muero por devorar esos labios. Porque la boquita de Yoli es pura tentación. Y sin ceremonia ninguna, me estampo contra ella. La beso con ansia, dejando estallar el deseo que llevo conteniendo toda la noche.
Y ella responde.
¡Y madre mía cómo responde! Abre la boca y, con el mismo desespero que el mío, enlazamos las lenguas en un baile demencial. Estoy en el maldito paraíso o en el infierno en el que me gustaría arder, sin término medio.
—Eva… —balbucea cuando nos separamos para tomar aire.
Noto en ella el temblor contenido de su cuerpo, una mezcla de emoción y nervios.
—Yoli, ¿estás segura? —Hay una súplica en la manera que tengo de pronunciar su nombre, porque estoy a punto de tocar el cielo y me mataría si ahora se arrepintiera.
—Sí. —Refuerza su respuesta arrastrándome de nuevo hacia ella y besándome de nuevo, consciente de sus pechos rozando los míos, de sus manos en mi cintura y de su respiración alterada.
—Joder, Yoli… —me sale del alma cuando necesito recuperar el aire de mis pulmones—. Será mejor que entremos en casa si no queremos despertar a todo el vecindario.
Entonces nos reímos como dos chiquillas que están cometiendo una travesura. Y puede que sea así, pero en todo caso sería una travesura maravillosa.
Consigo dar con el juego de llaves e intento abrir la puerta, aunque no está siendo nada fácil porque Yoli no hace otra cosa que distraerme. A mi espalda, me tiene asida por las caderas mientras me besa en el cuello. No tiene ni idea de lo caliente que estoy.
No reconozco a la mujer sensual y descarada que está poniendo en jaque mi cordura. Jamás en la vida he sentido este deseo tan visceral por alguien y la razón me dice que no ha sido así por algo.
Y el corazón empieza a bombearme con tanta fuerza que siento que va a explotar en el pecho. A lo grande.
Entramos en mi casa y cierro la puerta con una ligera patada. Me giro y la estampo contra la puerta para sentir cada milímetro de su cuerpo; de locos. Soy yo quien busca su boca con urgencia depredadora, y me pierdo.
—Te quiero desnuda —ordeno cuando mi cerebro empieza a funcionar de nuevo.
No le doy tiempo a que asimile mi petición porque le saco la camiseta por encima de la cabeza con su ayuda. Hasta que descubro sus gloriosas tetas, subiendo y bajando al ritmo de una respiración fatigosa por encima del sujetador.
Me detengo para contemplarla.
—¡Dios, Yoli! —Se me seca la boca, de deseo, de amor—. Tan bella…
Esto último lo musito para mí misma, porque aún no me creo que ella quiera darme lo que tanto he soñado. Enfrente, tengo una mujer de piel suave, nerviosa y sonrojada; una mezcla de vergüenza y excitación que la hace todavía más apetecible.
Permanece quieta, mostrándose tal como es, y su mirada se clava en la mía.
—¿Te gusta lo que ves? —Le tiembla la voz y no parece segura de su cuerpo.
—Me encanta. —No tardo ni un segundo en contestarle y tranquilizarla—. No tienes ni idea de cuánto te deseo. Me muero por adorarte.
El suyo es un cuerpo real, que cuenta mil historias y que, en este mismo instante, se ofrece con confianza. Y yo solo quiero ser merecedora de ella.
La he debido de sosegar porque se pasa la lengua por los labios, rojos e hinchados, y, con la vista fija en la mía, despacio, dirige sus manos a los corchetes del sujetador hasta que la prenda se cae al suelo y, ahora sí, contemplo las dos redondeces hermosas y llenas.
Los pezones se han contraído y apuntan al cielo, toda una provocación.
La respuesta de mi cuerpo es inmediata. El sexo me palpita y puedo sentir mi humedad mojar las bragas. Aprieto los muslos, un gesto inútil para contener una excitación que empieza a desbordarse.
—Si te arrepientes, que sea ahora. —La voz me sale ronca y suena a súplica.
No dice nada. Solo toma la cinturilla de su pantalón y se lo baja, junto a las bragas. Se queda desnuda con la respiración agitada.
—Vale, eso es un sí. —Inspiro hondo porque ahora ya sé que no hay vuelta atrás.
Deprisa, con menos sensualidad que ella, me deshago de mi ropa y la dejo arremolinada bajo mis pies. Ahora soy yo quien debe enfrentarse a su mirada.
Soy consciente de mi cuerpo: unos pechos pequeños, ahora tensos, con los pezones endurecidos por el deseo; las caderas estrechas, poco dadas a curvas insinuantes; y unas piernas largas, demasiado delgadas para mi gusto.
Aun así, no me escondo, mientras Yoli me mira con curiosidad.
—Y a ti, ¿te gusta lo que ves? —Reproduzco su misma pregunta.
—Todo, Eva. Me gusta todo de ti. —No ha dudado ni un segundo y contengo la emoción en la garganta. Y siento alivio, eso también—. Solo que no sé si sabré darte lo que quieres.
La voz le tiembla. Vaya par de tías estamos hechas, tan llenas de inseguridades. Con delicadeza, la tomo por la barbilla y la obligo a mirarme.
—Ya me lo estás dando —le aseguro—. Ven…
Cogidas de la mano, la llevo hasta el dormitorio.
—Siéntate —le pido.
Ella me obedece y lo hace en el filo de la cama, expectante.
—Tranquila, iré despacio —le prometo. La noto nerviosa y la comprendo. Sé que, a partir de ahora, debo ser delicada. Sobre todo, quiero que disfrute, porque un sexto sentido me dice que, en el sexo, ella nunca ha sido la prioridad de sus parejas.
Y ella para mí lo es.
Me subo a horcajadas y abre un poco las piernas para acogerme mejor. Su piel caliente bajo la mía, sus senos blandos contra los míos, nuestros vientres tan juntos que ni un alfiler cabría entre nosotras. Sublime.
Nos besamos. Nuestras bocas se pierden en un juego de lenguas. Primero saboreándonos despacio, hasta que la excitación nos invita a avanzar en el juego.
Mis manos acunan sus pechos, los masajeo con suavidad jugando con sus pezones mientras ella se retuerce. Están durísimos y sensibles.
—Te voy a tocar… aquí —la aviso cuando abandono el seno derecho y mi mano se cuela entre nuestros sexos, después de separarme lo suficiente para facilitar el acceso. Yoli, al sentir el contacto de mis dedos, abre más las piernas, invitándome a seguir.
Recorro su montículo suave, cubierto en el centro con un vello corto y sedoso. Me adentro despacio y me recibe una humedad tibia y resbaladiza.
—¡Madre mía, Yoli! Cómo estás…
—Es culpa tuya —se atreve a acusarme.
Ella inicia un vaivén instintivo. Y le meto un segundo dedo, provocándole un jadeo que no disimula lo mucho que le gusta mi atrevimiento. Mientras, con el pulgar, encuentro ese punto exacto, hinchado y sensible, que la hace temblar.
Joder. Está tan mojada que me licúo por dentro. Mi sexo palpita buscando un alivio que de momento no le voy a conceder.
Cierra los ojos, traspuesta por las sensaciones. Sus pechos se elevan, agitados por la respiración, y gime. Me gusta cómo lo hace: suave y tremendamente sensual.
—Apoya las manos en la cama, que me muero por comerte las tetas —la aviso para que se prepare.
—¡Dios, Eva! —Abre los ojos de golpe; igual soy demasiado directa. Pero no me hace esperar: deja de abrazarme para apoyarse en sus antebrazos, ofreciéndose como yo deseo. Al echarse para atrás, me deja vía libre.
Abandono su interior y me llevo el dedo corazón, uno de los que ha estado dentro de ella, a la boca para comprobar su sabor.
—Delicioso —mascullo mientras la miro, sin desviar los ojos ni un solo milímetro. Necesito que sepa todo lo que despierta en mí, hasta lo más primario.
Echa la cabeza hacia atrás y me ofrece el cuello, ladeándolo. Y yo lo tomo. Deslizo la nariz por su piel, empapándome de su aroma natural, aderezado por notas salinas, recuerdo de nuestra aventura nocturna.
—¿A qué esperas? —me reta, sorprendiéndome.
Y ya no aguanto más.
Me apropio de los dos pechos, que llenan mis manos; los elevo y los junto, para acariciarlos con los labios y besarlos. Me voy hasta el pezón derecho y jugueteo con él. Lo rodeo con la lengua mientras los sigo masajeando y mi pulgar atiende al otro pezón.
Su respiración ha cambiado; ahora es más errática y entrecortada.
Sentirla así me excita todavía más. Arquea la espalda y exhala el aire, concentrada en su placer.
Entonces mi boca abandona el segundo pecho.
Aún sigo torturando sus pezones entre mis dedos mientras la sigo besando: el esternón, la barriga, hasta que llego al pubis.
Esta vez no la aviso. Me bajo de su regazo y vuelvo a acoplarme entre sus piernas abiertas, arrodillada en el suelo.
Mi lengua, instintiva, busca el punto dulce y excitado, y lo descubro tan hinchado que hasta puedo succionarlo. Y, sin miramientos, vuelvo a introducir los dedos sin esfuerzo.
—Eva, por Dios, voy…
—Lo sé, vida. —Dejo de torturarla para animarla a que se deje ir de una vez—: Hazlo.
Sin abandonar su interior, vuelvo a lamerla; el sabor de su sexo es picante, único, y el bajo vientre me palpita con fuerza.
Yo también necesito alivio. Los dedos de mi mano derecha entran y salen, y, con la izquierda, acaricio mi propio sexo, que está reclamando atención sin disimulo.
Los dedos se deslizan con suavidad y, acompañando el movimiento de mis caderas, busco mi propio placer.
Ella se retuerce bajo mis caricias. Y yo, que conozco mi cuerpo a la perfección, no tardo en llegar a un clímax liberador.
Mi placer resuena en el aire y me recompongo para acabar con Yoli.
Ella está a puntísimo, por lo que la cojo por las caderas y me recreo en su interior con más decisión todavía.
Mi lengua lo recorre todo, de arriba abajo, hasta que Yoli se tensa y, tras un gemido desinhibido, se abandona a su placer y yo me bebo su orgasmo.
Durante unos segundos, solo se oye nuestra respiración agitada. El corazón me late desbocado; el sexo me sigue palpitando. A ella la siento laxa sobre la cama, y yo, feliz, le doy un beso en la barriga y dejo descansar la cabeza en su regazo.
Cuando nuestras respiraciones por fin se normalizan, me levanto; ahora es cuando noto que no soy tan joven porque mis músculos tardan un poco en obedecer a mi cerebro.
Todavía procesando lo que acabamos de hacer, nos acomodamos bien en la cama y Yoli me abraza, enredando nuestras piernas en una posición íntima.
—Dime que te ha gustado. —Necesito oírselo decir.
—Nunca me he sentido tan bien —acierta a responder justo antes de darme un beso corto—, y quiero que te sientas igual, necesito que me enseñes cómo te gusta. Yo también… quiero jugar.
Nada más decirlo, me mira con las mejillas encendidas, el cabello revuelto y los ojos llenos de deseo.
Y algo en mí se deshace. Siento lágrimas de emoción atascadas en la garganta.
Las palabras de amor no me salen, pero las siento.
Y voy a demostrarle lo que significa para mí.
Hasta que yo esté preparada para decirlo y ella para escucharlo.
—Soy toda tuya.
No miento, es la pura verdad. Para que no tenga dudas, la cubro para besarla y enredar de nuevo nuestros cuerpos en otra fricción excitante. Nos abandonamos a la cadencia suave de un baile íntimo, a besos apasionados y a caricias nuevas.
Hasta que el cansancio y el sueño nos vencen, una en brazos de la otra al filo del amanecer.