31 La vida son dos días
LA VIDA SON DOS DÍAS
La patrullera de Salvamento Marítimo nos ha devuelto a tierra y a nuestro punto de partida.
Después de haberla liado parda, sin querer, Andrea, realmente avergonzada, ha pedido disculpas y toda la alegría de la noche se ha evaporado.
Creo que les hemos dado pena y los agentes de la autoridad ya no han insistido más.
Al fin y al cabo, nadie tiene la culpa de que un ciudadano anónimo sacara sus propias conclusiones.
Por eso, cuando les he pedido a los de Salvamento si nos podían traer, a pesar de sus lógicas reticencias, por la edad de Andrea han accedido. De habernos quedado, nada hubiera seguido igual.
—¡Madre mía, qué bochorno! —Andrea se tapa la cara con ambas manos mientras la lancha que nos ha devuelto a tierra se aleja mar adentro.
Ahora empezamos a ser conscientes del numerito que hemos protagonizado.
En vez de avergonzarme, me da por reír. Primero es una risa contenida, casi prudente, fruto de los nervios, hasta que ya no puedo controlarla, por lo que acabo contagiando a Andrea y a Yoli.
Y las tres empezamos a desternillarnos. Es que la situación es de lo más surrealista.
—Andrea, tendrías que haberte visto la cara cuando ha hablado el guardia civil. Para grabarte —dice Yoli sujetándose el estómago.
—Es que imponía, niñas, así tan serio, tan alto y… tan guapo…
Más carcajadas.
Hasta que nuestras voces se van apagando y, de nuevo, nos envuelve la intimidad que ha crecido entre las tres. Pero, sin duda, nos hemos llevado un buen susto.
A todo esto, son pasadas las dos de la madrugada y la noche continúa siendo calurosa. Hemos caminado sin rumbo fijo hasta llegar a una playa que hay antes del puerto. Y yo sigo pensando que ojalá me hubiera traído el bañador.
Miro a mi alrededor y pienso que tampoco pasa nada. Estamos solas.
—Pues yo no me voy de aquí sin darme un baño —anuncio mientras me deshago de mis pantalones pirata, de la camiseta y de la ropa interior, superando el pudor y la vergüenza.
En la orilla dejo que las olas se acerquen, espumando sobre sus crestas, y me laman los pies. El cosquilleo del agua resulta agradable y el horizonte iluminado por la luna me calma.
No sé cuánto rato he estado absorta en la contemplación del paisaje marítimo, pero vuelvo a la realidad cuando siento, a cada lado, las manos de ambas tomar las mías.
A mi derecha, Yoli, quien también se ha quitado la ropa.
La luz de la luna baña su precioso cuerpo y a mí la emoción me ahoga, porque tomo conciencia de que lo que siento por ella va mucho más allá del deseo.
Siempre he estado enamorada de ella, y lo sigo estando. ¿Para qué esconderlo más? Y ella pues parece estar abierta a lo que sea… Aún me quema su último beso en los labios.
Le aprieto delicadamente la mano y me recreo en la corriente eléctrica que me recorre todo el cuerpo. La miro a los ojos, iluminados y brillantes. No hay culpa ni arrepentimiento. Veo lo mismo que se debe de reflejar en los míos: serenidad y paz consigo misma. Y ganas. Muchas.
Me dejo llevar; este momento es demasiado bello y quiero disfrutarlo.
Al otro lado, tengo a Andrea. Pequeña y frágil.
Para mi sorpresa, también se ha quitado el vestido para que no se moje y se ha quedado en ropa interior: unas bragas altas, oscuras, con un toque de encaje a los lados.
El sujetador a juego, ancho y que de verdad hace la función de sujetar su abundante pecho, no una simple prenda decorativa, como usamos la mayoría de nosotras.
Es, sin duda, un conjunto de lencería sexi.
No puedo evitar sentir cierta envidia porque esta mujer, que nos supera la edad en muchísimos años, sigue siendo coqueta y consciente de que, a pesar del paso del tiempo y de los estragos en el cuerpo, se puede seguir estando viva en lo más íntimo.
No hablo de sexualidad, sino de seguir despertando interés y de saber que, si una quiere, todavía puede entregarse.
Se me aparecen los ojos de André cuando la miraba, sin esconder su anhelo y la tristeza al despedirse de ella cuando nos hemos ido.
Entonces me acuerdo de una de las secciones de una revista del corazón que decía que el amor no tiene edad. Estoy convencida de ello.
Nos adentramos en el agua hasta las rodillas.
Está menos fría de lo que imaginaba; ha absorbido los rayos de sol durante el día y aún mantiene la calidez.
Me suelto, doy unos pasos hacia delante y, con un pequeño impulso, me sumerjo.
Nado unos metros con brazadas largas y suaves.
Me recreo en la sensación de libertad y de flotar en el agua con la mente en blanco, solo disfrutando de este instante mágico bajo la luz de la luna.
Cuando vuelvo a la orilla, Yoli se ha mojado hasta el cuello y, junto a Andrea, contemplan cómo salgo con la piel brillante y los cabellos chorreando.
—¡Qué buena está el agua! —confirmo mientras me escurro el pelo encerrado en el puño.
Yoli me mira con curiosidad y… ¿deseo?, y yo cruzo los brazos sobre los pechos, procurándome calor o quizá porque un extraño pudor se ha adueñado de mí.
—¿Salimos? Aún vamos a coger frío —responde Yoli preocupada y desviando la mirada de mi cuerpo—. Andrea, ¿estás bien?
—Sí, sí —afirma—. Yo prefiero no mojarme, ya me he refrescado lo suficiente. Me gusta meter los pies; dicen que el agua del mar es buena para la circulación.
Yoli la coge del brazo para evitarle ningún traspié y la ayuda a salir. Andrea recupera el vestido y se lo pone. Nosotras hacemos lo mismo, aunque nuestras ropas se humedecen un poco. Pero como la noche es calurosa, sabemos que no tardarán en secarse.
Caminamos hasta la zona de las hamacas de uno de los numerosos negocios que pululan por allí.
A pesar de estar encadenadas para impedir que las roben, conseguimos poner dos, una al lado de otra, en paralelo.
La zona está más o menos iluminada gracias a las luces del paseo, aunque nos llega algo amortecida.
Andrea ocupa una y nosotras la otra. Nos ponemos de lado, yo detrás de Yoli, y la abrazo, traspasándonos el calor mutuamente.
Amoldo mi pecho a su espalda y siento su cuerpo acomodándose al mío.
Un agradable cosquilleo se expande por mi estómago, y se siente natural esa postura entre nosotras.
Me atrevo. Permito que mi mano acaricie en círculos la piel suave de su barriga por debajo de su camiseta y que mi cabeza repose en el vértice de su cuello.
Ella suspira y se arrebuja mejor en mi abrazo.
Sonrío para mí y deposito un casto beso sobre la piel nacarada de su hombro; un pequeño y sensual placer.
Percibo el estremecimiento en el cuerpo de Yoli, y el fuego de la excitación empieza a nacerme en las entrañas; me obligo a controlarlo.
—¿Nos vas a explicar qué pasó con Rafael?
—La pregunta la hace Yoli. La oigo ahogar un suspiro y la abrazo un pelín más fuerte, más consciente que nunca de las sensaciones que tanta proximidad me despierta.
Como hacía mucho tiempo que no me calentaba nadie.
Ni siquiera… Lo peor es que estoy segura de que ella no es consciente de lo que provoca en mí, ni de las ganas que le tengo.
Y me obligo a cambiar de pensamientos para que nada contamine este instante.
Andrea, de lado en su hamaca, nos mira a las dos antes de contestar.
El reflejo de la luna en sus ojos nos muestra una emoción que pugna por salir.
Dejo de acariciarle la barriga a Yoli, porque mis dedos ya se han envalentonado.
Se remueve inquieta y lo interpreto a mi interés, como que algo se está despertando en ella también, y este no es el lugar ni el momento.
Así que me estoy quieta y atiendo mejor a lo que nos empieza a contar Andrea.
—Rafael ha sido el único hombre con el que he estado desde que enviudé; aunque quise a mi marido, con él viví una pasión que nunca había sentido —confiesa con nostalgia.
—¿Qué pasó? —Reconozco que la curiosidad me puede, pero entiendo que no es fácil que Andrea nos lo explique. Y, para nuestra sorpresa, sigue hablando.
—Elegí.
Vuelve a hacerse el silencio y Andrea se incorpora. Tiene el rostro traspuesto y parece realmente cansada. Le da un escalofrío; tal vez la noche está siendo excesiva para sus huesos frágiles.
—¿Quieres que nos vayamos? Es tarde y pareces agotada.
—Sí, la verdad es que lo estoy, demasiadas emociones las de hoy.
Empezamos a incorporarnos cuando Andrea, sin hacer el gesto de levantarse de la hamaca, vuelve a hablar.
—Entre Rafael y yo saltó la chispa desde el mismo instante en el que nos conocimos.
Yo tenía cuarenta y cuatro años. Él, treinta recién cumplidos.
Fue una semana increíble. —La voz le tiembla por la emoción y ahí es donde me doy cuenta de que debió de ser un festival de fuegos artificiales—.
Él, tan joven y guapo, desplegó todo su arte seductor, que era mucho.
Y yo me dejé llevar. Cuando acabó la semana, aún nos quedamos unos días más en el hotel… conociéndonos mejor.
Andrea se detiene, perdiéndose entre recuerdos lejanos y nostálgicos.
—Rafael quería continuar con la relación, pero yo le dije que no.
—¿Por qué? —Yoli hace la pregunta, con la mano cogida a la mía, apretándola con suavidad.
—Por varios motivos. El principal tuvo que ver con la diferencia de edad y nuestro momento vital tan distinto. Rafael era ambicioso, quería triunfar, ser un diseñador famoso; y lo consiguió. En cambio, yo no necesitaba más. Me gustaba mi vida, sencilla pero plena.
—¿En nuestro barrio, tan humilde? —apunto. Pienso que dejó pasar un tren, de esos que solo pasan una vez en la vida.
—No te confundas, el nuestro no era un barrio tan humilde.
Solo lo era el conglomerado de pisos de protección oficial que construyeron para los inmigrantes que vinimos a trabajar a esta tierra, como vuestros padres o como yo con mi Paco.
Pero, cuando nos instalamos, era uno de los principales de la ciudad, gracias a las destilerías y a la fábrica de embutidos de la calle principal.
»Por aquel entonces, yo ya tenía una importante clientela entre las esposas e hijas de los empresarios del barrio, que eran muchos.
Me desplazaba a sus casas y allí les tomaba las medidas y les hacía las pruebas.
A la vez, también cosía para una importante boutique de Girona.
Me había hecho un nombre, y quería aprender más para ofrecer mis mejores diseños.
En verdad, me ganaba muy bien la vida, niñas.
Como no era despilfarradora, mi economía era más que acomodada.
Lo dice con orgullo, y no es para menos.
—Mi planteamiento de vida era no volver a atarme a ningún hombre —continúa—.
Me gustaba mi independencia y me valía por mí misma, ¿qué más podía pedir?
Pensad que me crie en una época en la que una mujer no podía tener ni una cuenta de ahorros a su nombre, debía pedir permiso para todo a su padre o a su marido.
La viudez hizo que me reinventara. No todas las mujeres necesitamos tener un hombre a nuestro lado.
Por muy enamorada que estuviera de Rafael, porque me enamoré, yo estaba satisfecha con mi vida, tal y como era.
Él debía tener a su lado a una mujer que lo acompañara en una carrera que ya se intuía meteórica, y más joven. No a mí.
—Me da que tuviste miedo. —No me ando por las ramas.
—Puede que un poco, pero también quise ser honesta y asumir que queríamos cosas diferentes.
—Pero él se enamoró también, ¿no? —Es Yoli quien se lo pregunta.
—Sí, lo hizo —confirma—. Estábamos locos el uno por el otro. Era un hombre muy romántico y me sentí amada.
Ha puesto las manos en el regazo y, aunque nos mira, creo que no nos ve.
—¿Sabéis? —Ahora sí, sus ojos parecen haber vuelto a este instante—.
Quería que me fuera con él a Cantabria y me propuso que abriéramos nuestro propio taller.
Era una propuesta tentadora, pero, como os he dicho, él entraba pisando fuerte y yo ya había recorrido mi camino, con el que estaba satisfecha.
Además, la pasión se habría acabado algún día…
—O no —me atrevo a interrumpir.
—Ya nunca lo sabremos. El caso es que tomé una decisión y escogí mi independencia: personal y profesional.
—Ya veo… —respondo—. ¿No te has arrepentido?
—Jamás. Hay que ser consecuentes con las decisiones que tomamos. Yo lo fui con la mía. Toda mujer tiene que saber lo que quiere, cómo y con quién. Siempre lo tuve claro.
—¿El esmoquin, entonces? —Yoli la interroga con suavidad.
—Es el único recuerdo que tengo de él y de lo que viví durante aquellos días. Fue corto, pero intenso. No tiene sentido pensar en qué hubiera ocurrido si… mi decisión hubiera sido otra.
Andrea mira hacia la luna y guarda silencio. Las imágenes que estén pasando por su cabeza deben de ser bellísimas. Ha viajado al pasado y se ha olvidado hasta de nuestra presencia. Casi puedo ver a la mujer enamorada y que, a sabiendas, toma la decisión que la alejará de la persona amada.
—Por todo eso, la pieza es tan especial para mí.
Prometedme una cosa, niñas. —Nos mira a las dos de frente—.
Cuando yo falte, no permitáis que vaya a parar a cualquier sitio.
En realidad… —se queda pensativa—, me gustaría que acompañara al vestido turquesa.
Son mis dos creaciones más bonitas; las dos cuentan una historia, y no quiero que el esmoquin caiga en manos extrañas.
Yoli la toma de la mano para hablarle con el cariño y la devoción que sé que le tiene.
—Cuenta con ello —le asegura—. Pero eso será dentro de muchos años.
No sé qué nos ocurre exactamente esta noche. Tenemos los sentimientos a flor de piel y nos fundimos las tres en un abrazo que nos sabe a confianza, a hogar y a familia.
Una hora y poco después, dejamos a una exhausta Andrea en su casa. Entramos con ella para asegurarnos de que está bien. En el abrazo he notado sus huesos frágiles y algo en su mirada que no he sabido interpretar.
—Gracias, niñas, por esta noche. Ha sido muy especial.
Nos da un beso a cada una en la mejilla y nos empuja a la puerta.
—Y vosotras seguid disfrutando. —Nos guiña un ojo—. Espabilad, que la vida son dos días y uno ya lo habéis malgastado.
Jodida Andrea.
El mensaje no puede ser más claro.