Palabra de Alaska (Palabras 1) 30 Ma belle amie
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30 Ma belle amie

MA BELLE AMIE

Esta noche Andrea está en modo caprichoso.

Con la euforia del premio nos hemos venido a un pueblo costero, a un restaurante de cierto postín cerca de un puerto encantador, así que ninguna queja.

Aunque nos han mirado un poco por encima del hombro, porque, de las tres, la única que vestía con elegancia era Andrea. No es que nos haya importado demasiado.

Yoli, preciosa como siempre, lleva una camiseta de tirantes de color salmón y unos pantalones floreados, anchos y cómodos.

Como toque final, calza unas albarcas menorquinas; muy de verano.

En cambio, yo visto una camiseta blanca y unos pantalones piratas de color caqui, y sandalias.

Elegantes puede que no, pero más que correctas sí.

En cambio, Andrea, con un vestido azul marino entallado a un cuerpo delgado y femenino, con cuello camisero, me parece algo así como una estrella de cine.

Deslumbrante. Elegante, como poca gente sabe serlo, una suerte de clase innata que nada tiene que ver con el origen social.

Tal vez por eso, mi madre y ella se entendían tan bien.

Unos ojos grises con destellos azulados, aún vivaces, dotan su cara de una expresión inteligente, y su media melena ondulada, repleta de hebras plateadas, nos dice que es una mujer segura de su imagen que sabe lucirse con naturalidad.

Me pregunto de verdad por su edad, que parece un secreto de Estado. Unos zapatos con un poquito de tacón realzan una piernas finas y elegantes.

Al final, lo importante es que paguemos la cuenta, bastante abultada, por cierto. No hay nada más que hablar.

Con ganas, nos hemos devorado una gran mariscada; o eso decía la carta.

De manera que nos hemos deleitado con un surtido de mariscos cocidos y a la plancha, unas almejas a la marinera y unas gambas al ajillo.

Madredelamorhermoso, cómo estaba todo, de lujo.

Por supuesto, regado con un buen vinito blanco.

El punto final, el postre de la casa, de chocolate, que estaba de puro vicio.

Aún tengo su sabor agarrado a mis papilas gustativas.

Dos chupitos de ratafía después, estamos dando un paseo por el puerto, envueltas en risas y complicidad, para bajar la comida.

—¿No estás cansada? —le pregunto a Andrea, preocupada, porque, aunque la mujer tiene energía de sobra, llevamos un poco de ajetreo.

—Para nada, al contrario. Estoy disfrutando de la noche como si aún fuera joven. —Percibo nostalgia en su voz—. Gracias por acompañarme. Hay que arañarle a la vida todo lo que nos quiera dar, niñas, y exprimirla como un limón, que eso es lo que nos vamos a llevar.

Andrea hace alarde de la sabiduría popular.

—¡Qué va! —apunta Yoli—. Las gracias te las tendremos que dar nosotras a ti, porque está siendo una noche de ensueño.

Yoli tiene razón. Si levantamos la vista al cielo, una redonda y preciosa luna llena nos ilumina un mar bellísimo, donde su reflejo brillante nos tiene hipnotizadas.

La noche es calurosa, y por un segundo pienso que ojalá nos hubiéramos traído el bañador, porque dan unas ganas enormes de acercarse hasta la playa y bañarse.

—¡Señoras! —oímos en un lateral. La palabra suena rara porque detectamos un deje francés que nos hace reír. Me viene a la cabeza todo lo que nos hemos pimplado: el vino y los chupitos.

Nuestra sorpresa, la mía y la de Yoli, es descubrir al mismo señor que estaba sentado a nuestro lado en el bingo, el petimetre maduro que no nos quitaba ojo.

—André. —La mirada de Andrea echa chispas y ha puesto los brazos en jarras—. ¿Nos has estado siguiendo?

«¿André?, ¿en serio?», pienso. Me descojono por dentro. Y me muerdo la lengua para que no se me escape la risa cuando miro a Yoli; ella también se la está aguantando.

—Non, ma belle amie. Es usted la que ha venido al mismo lugar que yo. —Ese «bella amiga» lo dice con dulzura mientras se acaricia el mentón con un afeitado perfecto. Ya no lleva el pañuelo, pero luce dos botones abiertos de la camisa con coquetería.

—Ni bella amiga ni leches. Hace tiempo que nos persigues, a mí y a mis amigas —le recrimina, señalándolo con el dedo.

El hombre ignora el dedo acusador y sonríe, seductor.

—Es que son ustedes encantadoras —alaba con su acento inconfundible, que se acaba de hacer más pronunciado—. A mí también me gusta una partida en el bingo, aunque es más divertido si la veo a usted, ma cherie.

Todo hay que decirlo, el hombre es un encanto y también un Casanova. Andrea está a punto de replicar, pero el buen señor no la deja y sigue.

—Ahora me vienen a recoger y voy a una fiesta en otra playa, ¿se apuntan, dames? —nos invita André con caballerosidad, y se mete las manos en los bolsillos esperando nuestra respuesta.

A Andrea la ha dejado fuera de juego. Juro que la veo ruborizada bajo las luces de las farolas del paseo marítimo que bordea el pequeño puerto.

Antes de que le suelte una fresca, Yoli se acerca a su oído para darle un empujón.

André tiene algo que me da confianza, solo es una intuición, pero la noche nos pide más aventuras.

—Andrea, si alguien con esa apostura, hablándome en francés con ese tono, me invita a donde sea, no me lo pienso —le susurra Yoli, lo suficientemente alto para que yo pueda escucharlo. De pronto, la descubro más guapa y joven. A Yoli las sonrisas le sientan genial.

—Está bien, me fío de ti, te lo has ganado con tu insistencia, eres todo un conquistador. ¿Cómo vamos a ir? —claudica la mujer mirando a su alrededor, no muy convencida del medio de transporte.

Su manera de interactuar me dice que André y ella se conocen mejor de lo que aparenta, y que aquí hay un coqueteo de los buenos. Vaya, vaya…

—Por eso no deben preocuparse, está a punto de llegar. —Mira el reloj, uno que parece bastante caro—. Les aseguro que se lo van a pasar muy bien.

No sé por qué nos habla de usted, pero parece más bien un signo de respeto o educación refinada que no se siente fuera de lugar.

Lo observo con disimulo. Sus ropas son de calidad y su manera de moverse es la de un hombre seguro; se intuye que tiene una buena posición social y parece una persona de mundo.

—Más te vale —responde Andrea con la boca pequeña, solo por incordiarlo, aunque el francés parece tan contento que su reacción es una sonrisa sincera.

Un rugido a nuestras espaldas provoca que nos giremos todos hacia donde empieza el puerto. Se trata de una lancha que atraca a unos metros, en el mismo embarcadero, en un lugar que facilita su acceso. Andrea la mira con cara de pocos amigos, tal vez arrepintiéndose de su decisión.

—¿No pretenderás que suba ahí? —espeta con malos modos.

—Yo la ayudo, belle —se ofrece el hombre con paciencia, haciendo oídos sordos al tono impertinente de Andrea mientras nos desplazamos hasta la barca.

Si aplicáramos el sentido común, este nos diría que cómo se nos ocurre irnos con unos desconocidos, o quizá no tanto, por lo menos para mi vecina, sin tan siquiera saber a dónde vamos. Pero es que todo en esta noche es extraño y hemos decidido dejarnos llevar.

Para facilitar las cosas, primero subo yo y después ayudo a Yoli.

Un pequeño impulso y estamos las dos sobre la superficie inestable de la lancha; no hay ninguna escalerilla ni nada que facilite el acceso, parece que hay prisa.

La he tenido que agarrar para que no pierda el equilibrio y he acabado dándole un abrazo y un beso en la mejilla.

Ella ha sonreído y me ha correspondido con un breve beso en los labios que a mí me ha sabido a pura miel.

¿Si me ha sorprendido esa muestra de afecto público? Pues claro. ¿Y si me afecta? También. Porque ando como loca por perderme en los labios y en el cuerpo de Yoli. La respiración agitada de su pecho aún la hace más apetecible. «Piensa en otra cosa, Eva, anda, bonita», y me obligo a comportarme.

Desecho mis pensamientos lujuriosos y me centro en el momento presente. Ahora viene lo más complicado: subir a Andrea, que no está por la labor. En verdad, lo que veo es a una mujer asustada.

André, todavía en tierra, la toma con suavidad por la cintura para ayudarla a subir. En realidad, no hay tanta altura. Pero ella, que no debía de esperar que él la tocara, da un grito de sorpresa y él la suelta.

—Excusez-moi, solo quiero ayudarla —se disculpa con delicadeza. Y nos dirige una mirada rogándonos en silencio que le echemos un cable.

—Andrea, dame la mano. —Le tiendo la mía para facilitarle el impulso. Pero es insuficiente y eso lo ve ella también.

—Vale, ayúdame, franchute —le pide, nerviosa—. Pero a ver dónde pones las manos…

El hombre cabecea divertido y, ahora sí, con el consentimiento de Andrea, la toma de la cintura y la eleva sin esfuerzo.

«Vaya con el francés», pienso. Porque está más fuerte de lo que aparenta.

Parece que todo está yendo bien. De repente, la embarcación se tambalea un poco y Andrea se asusta.

Entonces patalea y pide «socorro» a todo pulmón.

A la vez, el hombre no la suelta, como si le fuera la vida en ello, aunque lo veo bastante apurado.

Creo que nos hemos espantado todos.

Al final, entre Yoli y yo, como podemos, conseguimos que Andrea suba a la barca. Cuando se recupera del susto, se disculpa.

—Lo siento, es que no sé qué me ha pasado. Nunca he subido a un chisme de estos.

El pobre André ha debido de sentirse fatal, porque se está secando el sudor de la frente con un pañuelo blanco impoluto y se abre otro botón más de la camisa.

Tiene un cuello fuerte que me había pasado desapercibido y un pecho moreno de tomar el sol por el que asoman cuatro vellos canosos.

También, unos bonitos ojos grises y el cabello blanco, que peina con una raya a la derecha.

Hay que reconocer que el hombre aún es sexi.

Me atrevo a decir que a Andrea, una vez repuesta, y por la manera de mirarlo, no le es indiferente del todo. Me parece precioso.

Una vez todo en calma, por fin ponemos rumbo hacia lo desconocido. Ni siquiera estoy preocupada. A estas alturas, no nos queda otra que confiar. ¿Temerario? Puede. Pero, si Andrea ha accedido a venir, es porque confía lo suficiente en el «franchute».

Apenas un cuarto de hora después llegamos a una cala, donde, nada más atracar, en la misma playa, nos damos de bruces con una especie de chiringuito precioso y que cuenta con un chill out lleno de luces, como los que están tan de moda.

Se escucha buena música y hay mucha bebida y también comida para picotear.

Bajar ha sido más fácil que subir, y sin ningún contratiempo.

—¡Menudo fiestorro se han montado aquí! —exclamo asombrada. Hay bastante gente, más de la que me hubiera podido imaginar. Parece una fiesta privada en la que nos hemos colado gracias a una invitación muy particular.

André nos presenta al anfitrión. Estamos en una puñetera isla perdida en medio del Mediterráneo.

Me quedo sin palabras. El hombre, amable, nos da la bienvenida y nos invita a divertirnos.

Ha resultado ser otro caballero, que nos toma la mano y nos da un beso en el dorso a la antigua usanza.

Sigo sin tener ni idea de dónde estamos y con tanta amabilidad dejo de preguntarme nada. Así que toca disfrutar.

Andrea parece haberse olvidado de nosotras mientras André no se separa de ella. Hasta los vemos bailar al son de Entre mis recuerdos de Luz Casal, que está sonando por el altavoz. Mientras, Yoli y yo nos estamos relajando en el chill out, disfrutando de un gin-tonic delicioso.

—Hacen buena pareja, ¿verdad? —Desvío la mirada de ellos hacia la de Yoli.

—La verdad es que sí. ¿Quién sabe? Igual Andrea sale de aquí con novio. —Y se ríe, quizá por efecto de la bebida o porque está demasiado a gusto. Por favor, ¡qué preciosa es! La felicidad le sienta bien.

—Estaría bonito —confirmo. Carraspeo. Solo puedo fijarme en sus labios, que me tienen hipnotizada y ya no me veo capaz de disimularlo.

—Todo el mundo se merece estar con alguien que lo quiera de verdad. —Su mirada se ensombrece un segundo, y me duele. Y eso no puedo permitirlo.

—Yoli… —Ha llegado el momento de que le hable con el corazón en la mano—. Yo…, tú… —balbuceo, nerviosa— te lo mereces todo, ¿sabes? Y… me gustaría. Bueno, no, me gustaría no… ¡Dios! ¡Qué lío me estoy haciendo!

Ella levanta una ceja expectante esperando a que ponga orden a mis palabras.

—Quiero…

No me deja acabar. Yoli se adelanta recuperando la sonrisa; para mi sorpresa, se inclina y, despacio, casi a cámara lenta, posa sus labios sobre los míos.

Con delicadeza. Con tanto cuidado que me hace sentir especial.

Dura apenas unos segundos, tan breve que no me da tiempo ni a saborearlo.

Y me muero porque vuelvan a mí. Necesidad, esa es la palabra. Necesidad pura de Yoli.

—Yo también quiero…

Lo que sea que va a decir se queda en el aire. El rugido de los motores de varias embarcaciones y de sirenas rompe el hechizo de la noche por encima de la música del chiringuito. Y de nuestro momento mágico, e íntimo, a pesar de estar rodeadas de gente.

Consigue que los asistentes a la fiesta nos agolpemos a la orilla para recrearnos en una imagen absolutamente indefinible.

No sabría decir el orden exacto de llegada, pero más o menos ha sido así: primero, una embarcación de la Guardia Civil, de color verde; después, otra que en el lateral pone Salvamento Marítimo, una patrullera de los Mossos d’Esquadra y hasta de la Policía local.

Por si fuera poco, se añade otra embarcación más, ¿de la guardia costera? Ni idea.

La música se para y creo que nadie se atreve a abrir la boca por la impresión.

No obstante, es el miembro de la Guardia Civil quien parece que va a ser el primero en hablar.

—Hemos recibido una llamada de que ha habido un secuestro. Un ciudadano manifiesta haber visto subir a la fuerza a una señora, en contra de su voluntad, a una embarcación que ha zarpado hacia este rumbo. ¿Alguno de ustedes sabe algo?

El tono es autoritario y nos advierte de que nadie vaya a jugar con él, que no está para hostias.

Tímidamente, aparece Andrea, que se acerca al agente.

—Disculpe, señor guardia. —La mujer mantiene la distancia, intimidada por su tamaño. Es un tipo alto y fuerte—. Creo que ha habido un malentendido. La mujer a la que se refiere soy yo. Pero no me ha secuestrado nadie…

—No me joda, señora —bufa el guardia civil, con las manos en los costados.

—No, señor agente, le aseguro que no.