29 La niña bonita
LA NIÑA BONITA
—¡No me puedo creer que vaya a entrar en un puñetero bingo!
—exclamo con todo el convencimiento de que no quiero estar aquí.
Sin embargo, veo a Andrea a mi lado, tan satisfecha, cogida al asa de su bolso, que me enternezco y acabo pensando que tampoco es para tanto y que no pasa nada, que igual hasta nos divertimos.
—Relájate, Eva. —Es Yoli, a mi lado, quien me lo susurra al oído—. Vamos a darle el capricho, no nos cuesta nada.
—Tienes razón. —No me queda otra que claudicar. Al fin y al cabo, si a la mujer le apetece jugar un par de cartones, ¿quién soy yo para impedírselo?
Hemos aparcado en el lugar reservado para los clientes, que, por cierto, ya está casi lleno.
Problemas hemos tenido para encontrar un espacio libre.
Ya lo dicen, que el juego mueve millones de euros.
No tengo tan claro que quiera que mueva mis eurillos, pero, ya que estamos aquí, voy a procurar pasarlo bien.
Y decido que no le voy a dar más vueltas.
Un hombre relativamente joven y atractivo nos da la bienvenida tras un mostrador.
Observo el lugar con curiosidad. La entrada es, como poco, llamativa.
Una moqueta granate cubre el suelo y sobre ella descansan un buen número de máquinas tragaperras, que yo las considero el mismísimo diablo.
Delante de cada una de ellas hay un asiento, la mayoría ocupados.
No puedo evitarlo. Sé que no debo juzgar a nadie, pero ver a la gente jugarse el dinero me produce incomodidad.
Será mejor que me la trague, cierre los ojos, y que la experiencia de hoy se convierta en algo excepcional.
Andrea lo saluda como si lo conociera de toda la vida y hasta le guiña un ojo. Juro que el hombre también está coqueteando con ella, diciéndole lo guapa que va y lo bien acompañada que está. También le pregunta si sus amigas, las que la acompañan siempre, están bien. Muy atento el muchacho.
Ella, con toda la jeta del mundo, va y le contesta que sus amigas están viejas chochas y que necesitan descanso, que hoy viene con la mejor compañía. Yoli y yo nos tenemos que tapar la boca para no echarnos a reír. Andrea es un amor y desconocía que tuviera ese punto divertido y un poco canalla.
No se me escapa la mirada de aprecio que el hombre le dirige a Yoli.
Lógico. Y a mí me dan ganas de decirle que se dedique a su trabajo y no a mirarle el culo a nadie, y menos a ella, cuando le da la espalda.
Así que yo, como una niña pequeña, justo saludo con un «buenas tardes», y entramos en la sala principal donde están acabando una partida.
El recinto es grande. Distribuidas hay varias mesas redondas, con tres asientos acolchados en cada una de ellas y forradas de un color verde. Digo yo que es por lo del color de los tréboles, ¿no? Lo dicho, pienso demasiado.
Al fondo, hay una mesa libre, parece que la única.
Alucino en colores. Y solo son las siete de la tarde.
Ocupamos los asientos y dejamos que Andrea se siente en medio de las dos.
Sobre la mesa hay una pantalla desde donde vemos de cerca los números que caen del bombo, mientras una chica los anuncia con voz monótona.
Viste de manera impecable con un traje de chaqueta, a juego con el del recepcionista.
Media hora después, estoy asada de calor y lo de estar atenta a los números no es lo mío. Así que, cuando acabo la partida, le digo a Andrea que quiero descansar en la siguiente y que se ahorre mi cartón, porque se ha empeñado en pagar ella.
—De eso nada, niña —me mira con desaprobación—, no podemos romper la suerte y hoy tengo una corazonada. La vamos a tener, lo sé.
Del bolso, saca el dedal y nos lo muestra, como si de un objeto mágico se tratara. Sí que está convencida la mujer de sus poderes. Lo deposita con cuidado sobre la mesa, dejándolo a la vista, y pide tres cartones más. El mío se queda junto al suyo, para jugarlo ella.
—¿Estás segura? —Me da no sé qué verla con las dos cartulinas.
—Claro, soy mujer. Puedo con los dos a la vez, usaré una neurona para cada uno.
No dudo de la capacidad de Andrea de estar atenta y que no se le escape ningún número, así que la dejo tranquila y me dedico a consumir mi refresco, además de observar a mi alrededor.
Hace rato que veo a un señor que no le quita ojo a Andrea.
Tendrá unos sesenta y tantos o setenta y pocos, vete a saber.
No sé afinar más. Va muy bien peinado, emperifollado y elegante, con un pañuelo en el cuello —le molestará el aire acondicionado—, y me atrevo a decir que bastante perfumado.
Porque un aroma a colonia de hombre llega hasta mis fosas nasales sobresaliendo al ambientador de la sala.
Andrea también se ha dado cuenta de la presencia del señor y lo fulmina con la mirada.
Se conocen, estoy segura. El hombre baja la cabeza y sigue a lo suyo.
No se me escapa la sonrisa discreta en sus labios, imperceptible si no estás atento, como lo estoy yo.
Esto es más divertido que jugarme los cuartos.
Decido que eso ni me va ni me viene…, lo que sea que se traigan entre ellos. Tampoco digo nada en voz alta porque Andrea parece muy concentrada preparándose para el inicio de la partida y no quiero distraerla.
Yoli me mira y la veo divertida con la situación.
Me sonríe y eso hace que se me pase todo el agobio, cierre los ojos un segundo y me relaje.
Ese poder tiene sobre mí. Después, si es lo que quiere Andrea, jugaré una última partida e intentaré convencerlas de que vayamos a cenar a algún sitio agradable.
Mi estómago hace un rato que me está reclamando que necesita echarse algo.
Casi me atraganto con mi bebida cuando oigo anunciar el premio: la línea a quinientos euros y el bingo a tres mil, el premio más grande hasta ahora.
¡Joder! Me quedo en shock. No me extraña que la gente busque la solución a sus problemas en el juego. Tres mil euracos es mucho dinero, o al menos a mí me lo parece.
Andrea y Yoli están preparadas con sus bolígrafos en mano, dispuestas a atacar sus respectivos cartones.
Para cuando empiezan a cantar las bolas, las veo a las dos superconcentradas.
A Yolanda incluso le asoma la punta de la lengua por entre los labios y me calienta el pecho, porque la veo tan dulce y despreocupada que se me va todo el malestar por estar en un lugar como este.
De verdad que estoy haciendo el esfuerzo para que no se me note y chafarles la diversión.
Alguien de entre el público, eufórico, canta la línea y, después de la comprobación de rigor, se lleva el premio.
Bien, a ver si se acaba la partida. Aunque reconozco que lo de observar a la gente me gusta más que el juego.
Si te paras a mirar, ves la desesperación en algunos casos, la tensión en otros, e incluso algunos relajados porque están pasando un buen rato, sin presión.
El hombre de al lado no ha dejado de observarnos.
De vez en cuando levanta la vista de su cartón y la fija en Andrea.
Puede que sean imaginaciones mías, pero ahí veo algún tipo de tensión.
Ese es otro tabú de nuestra sociedad, creer que la gente madura —no estoy segura de decir eso de «la tercera edad»— ya no tiene ganas de sexo o de afecto o de amor…
o de lo que sea. Seguro que las pasiones son diferentes, pero eso no quiere decir que sean ni mejores ni peores.
Procuro alejar de mis pensamientos la vida sexual de Andrea, si es que la tiene, o la de ese hombre que no conozco de nada.
Cuando ya me he hecho una composición de la gente de la sala, vuelvo a posar la vista en los cartones de Andrea y Yoli.
«¡Coño!», pienso, cuando veo que al cartón que tenía que ser para mí le queda un único número por tachar. El quince. La niña bonita.
Andrea me mira con diversión.
—Espera —me dice en voz bajísima para no molestar—, ese es nuestro número.
Para no querer saber nada del juego, las manos me empiezan a sudar y los nervios a bailotear en mi estómago de anticipación. Igual sí que es nuestro día de suerte.
Me enfado conmigo misma porque entro en modo jugador, ya que siento la adrenalina correrme por las venas y me he puesto nerviosa.
Fijo la vista en ese número quince como si mirándolo fuera a salir del bombo.
De fondo, voy oyendo el canto de los números: el veinticinco, el treinta y dos, el cincuenta y siete…
Cada vez que veo en la pantalla el número por venir, el corazón se me acelera y estoy atenta por si cantan la palabra mágica.
Hasta que, sí, la pantalla me muestra el esperado quince.
—El quince.
A la mujer casi no le da tiempo de acabar de cantar el número que las tres nos ponemos en pie. Andrea agita el cartón en la mano y, bien alto y claro, grita:
—¡BINGO!