28 Un esmoquin y un dedal
UN ESMOQUIN Y UN DEDAL
El mes de julio está resultando ser muy caluroso.
De hecho, los expertos dicen que el que más en los últimos años, y el más seco también.
Lo he hablado con mi hermano y está de acuerdo en que instale el aire acondicionado, porque es imposible dormir por la noche.
Así que, en breve, el calor va a dejar de ser un problema.
A Luis no le he contado nada todavía. Mal hecho, lo sé.
Pero es que no he querido preocuparlo, ni a él ni a su familia.
Como ya no se deja caer por el barrio y vive en una urbanización en las afueras, tampoco le ha llegado ningún cotilleo.
Estoy tan a gusto recuperando la relación familiar que no quiero empañarla.
Diez días después de lo ocurrido, y antes de que se fueran de vacaciones, me relajé en su piscina, jugando con mis sobrinos y comiendo una de las fantásticas paellas que cocina mi cuñada.
Por suerte, ya no quedaba ni rastro del moretón en mi cara.
Para qué joderlo y tener que revivir lo que quiero que caiga en el olvido cuanto antes.
Además de que ahora estoy muy tranquila, Pedro está en prisión preventiva, como nos dijo Roser.
Se fue de cabeza tan pronto como el juez le tomó declaración, y también se decretó una orden de alejamiento hacia las dos.
Yoli también está aliviada. Aunque ambas tenemos que mentalizarnos de que deberemos enfrentarnos a él cuando llegue el juicio, pero ya nos preocuparemos de ello cuando sea el momento.
También me he encargado de otra cuestión importante: mi futuro laboral. Estoy pendiente de que se resuelva la permuta con otra profesora de un instituto cercano, en el pueblo vecino. He decidido volver definitivamente a Girona y, por ahora, no me planteo mudarme de la casa de mi infancia.
En cuanto a Yoli, nos hemos visto poco, para mi desesperación.
Sus hijos, como es normal, no la han dejado ni a sol ni a sombra, en un acto protector que me enternece.
Me gusta saber que la cuidan. Esa ha sido su mejor terapia, cosa de la que me alegro.
Como nos dijo Roser, nos ofrecieron ayuda psicológica para superar el trauma con Pedro y nos acogimos. Así que en ello estamos.
Lo que pasó entre nosotras sobrevuela sin que ninguna de las dos haga referencia.
Ella no sé por qué, pero yo porque aún no me lo creo, a pesar de que revivo nuestros dos besos una y otra vez.
Y, joder, fueron muy reales. Pero me contengo.
Me cuesta. Aun así, lo hago, no vaya a ser que la asuste.
Al fin y al cabo, no somos adolescentes locas, sino dos mujeres adultas que han pasado por una experiencia traumática y que deben ver en su interior para decidir exactamente cuáles son sus sentimientos, que yo los tengo clarísimos. Así estoy, que me subo por las paredes.
—Voy a ser abuela —anuncia Yoli de repente en casa de Andrea. Y lo dice orgullosa, sin ocultar la ilusión que tiene por ese nuevo rol en su vida.
Estamos las tres acondicionando la habitación que había sido el taller de Andrea. Sobre todo, lo estamos modernizando y dándole una apariencia más cálida para que las futuras clientas de Yoli se sientan a gusto.
—¡Enhorabuena! —respondo con entusiasmo. Aunque, si soy sincera, no veo a Yoli en el papel de abuela. Es demasiado joven y guapa.
Dejo lo que estoy haciendo y en dos pasos estoy a su lado dándole un abrazo en el que me recreo más de lo necesario, demasiado consciente de su cuerpo contra el mío. Reprimo un suspiro y, a cambio, le estampo un beso en la mejilla.
—Estoy muy feliz. —Me acoge en su abrazo, tan cálido que me quedaría a vivir el resto de mi vida en él.
—Vas a ser la abuela más joven y bonita del planeta —le susurro al oído, y sé que mi aliento le ha erizado la piel del cuello, se lo noto.
Me tengo que contener para no morderlo, o besarlo, o lo que sea.
La blancura de esa piel, su suavidad y su aroma, me llama a gritos.
Lo peor de todo es que, al separarme de ella, en sus ojos también reconozco el deseo; o son tantas las ganas que tengo de ella que igual solo veo lo que quiero ver.
—Mi niña. —Andrea se acerca a ella también y la abraza cuando yo la suelto. Porque no me queda más remedio—. ¡Qué noticia tan bonita! ¡Esto hay que celebrarlo!
No sé quién está más emocionada de las tres.
Bueno, sí, la futura abuela, la que más.
Se palpa la alegría. Andrea se separa y sale de la habitación.
En nada vuelve con una botella de Anís del Mono, la de etiqueta verde, que es más seco, y tres vasitos de chupito.
Los rellena hasta el borde. Menos mal que hemos acabado de merendar y el licor no va a caer en ningún estómago vacío.
—Por el futuro —brinda Andrea.
De un trago, y a la vez, vaciamos el chupito de golpe. Me da un ataque de tos, porque no soy muy de anís y este es fuerte de la leche. «¡Coño con Andrea!», pienso, a ver si va a resultar que le da a la bebida, y yo sin enterarme.
Me quedo más tranquila cuando deja su vaso en un rincón, tan pancha, y no hace gesto por rellenárselo. Desde luego, tengo una mente demasiado despierta, debería relajarme un poco más y pensar un poco menos.
Sin embargo, no puedo dejar de mirar a Yoli.
Ella también encuentra mis ojos y me sonríe.
Se le ilumina el rostro y me alegra comprobar que está dejando atrás lo ocurrido hace ya unas semanas.
Sentir su mirada lo que consigue es que me tiemblen las dichosas piernas.
Desde que nos besamos, mi imaginación se ha despertado mucho, en plan sexual, claro, y así estoy. Vamos a dejarlo en que muy sensible.
—¡Niñas! —Andrea me saca de ese bucle interno y evita que haga una tontería, aunque un roce de la mano de Yoli sobre la mía me dice que no soy la única que está imaginando locuras.
Mi vecina se gira con una caja en la mano y ni siquiera disimula una sonrisa cuando se percata de la caricia de nuestros dedos. Pero se calla, una virtud que está poco valorada y que Andrea sabe administrar a la perfección.
La deposita sobre la mesa de costura que hay bajo la ventana para aprovechar al máximo la luz del día.
Le tiemblan las manos, por lo que deduzco que lo que hay dentro es importante para ella.
La abre. Y vemos algo envuelto en papel de seda, y un olor a naftalina llega hasta mi olfato.
La prenda que asoma debe de haber estado muy cuidada para que no se convirtiera en pasto de las polillas.
Con asombro, descubrimos que es un esmoquin. Andrea, con devoción, lo acaricia con sus pequeñas manos, llenas de pecas de la edad, que le dan un aspecto frágil. Su mirada se humedece; ese traje ha de ser muy personal, más de lo que nos podamos imaginar.
Lo extiende y nos muestra unos pantalones elegantes de color negro y una americana con la solapa negra y el cuerpo en una tela satinada de color gris, con un estampado de puntos negros.
Por supuesto, a juego con el chaleco interior.
Dentro de la misma caja hay también una camisa de seda blanca y la pajarita negra.
—Rafael se ofreció como modelo y lo cosí en el taller del modisto que os expliqué.
Estaba endiabladamente guapo vestido con él.
Me esmeré mucho y le sentaba como un guante.
Rafael no solo tenía un talento enorme, puede que fuera el alumno más aventajado, sino que además tenía muy buena planta.
Este esmoquin es el único recuerdo que me llevé de él, eso y…
—Se pone roja hasta la raíz del cabello y deja la frase en el aire—.
Ahora están muy de moda, e incluso hay diseñadores especializados, pero entonces no era tan frecuente.
Me deja en ascuas no saber más; me huelo que es bastante íntimo, así que no pregunto nada. Ella dirá, si quiere.
—¿No se lo quedó él? —pregunta Yoli, también con prudencia.
—No. Lo cosí yo, era mío. Ese taller fue una gran experiencia, en muchos sentidos.
—De pronto sus ojos se descubren soñadores, dándole una apariencia más joven.
Me imagino a esa Andrea, superados los cuarenta años, bellísima en ese punto de madurez femenina.
Tal vez incluso ilusionada. Me encantaría conocer qué historia se tejió detrás de ese traje.
—¿Nos lo explicarás algún día? —pregunto con dulzura y sin apremio. Lo último que deseo es que crea que pretendo cotillear en su vida o en su pasado. Nada más lejos de la realidad.
—Sí, pero no será ahora. —Levanta la americana, que tiene tomada por la solapa, y la mira al trasluz. Es una pieza espectacular, no puedo dejar de admirarla.
No dice nada más y, como si se tratara de porcelana, vuelve a acomodar el traje dentro de la caja y la cierra. Esa simple acción nos indica que el tema del esmoquin se ha acabado. Lo aparta, ya no lo guarda en el armario que ha dejado libre para las cosas de Yoli.
El ambiente se ha espesado y las tres seguimos ordenando el taller, pero en silencio.
Cada una nublada con sus propios pensamientos.
A mí en lo único que me da por pensar es en la parte oculta de Andrea, la que poca gente conoce; igual mi madre fue una de esas personas afortunadas.
Mi vecina cada vez me fascina más. En mi cabeza bailan un montón de preguntas.
A la única conclusión a la que acierto a llegar es que ella eligió cómo quería vivir su vida y, por lo que sé, se rigió por sus propias normas, aunque puede que por el camino dejara parte de su corazón.
¿Quién dijo que ser mujer era fácil? Todo tiene un precio. ¿El coste? Lo marcan nuestras decisiones.
—Este fue mi primer costurero. —Nos enseña una caja de mimbre, que abre y está forrada con una tela estampada con pequeñas flores de color azul—. Me lo regaló mi madre cuando aún era una niña. Es que ya de bien pequeña sabía que quería coser; las mujeres de mi familia lo llevamos en la sangre.
Rebusca en su interior, encuentra un dedal de un dorado envejecido y nos lo muestra.
La base está adornada con un relieve de lazos entrelazados y una diminuta flor.
Una pequeña joya que acusa el paso de los años.
Tal y como lo sostiene Andrea en su mano, deduzco que tiene un significado especial, porque sus ojos vuelven a emocionarse.
—Era de mi abuela. Ha pertenecido a mi familia desde siempre. —Lo sostiene entre el índice y el pulgar, elevándolo a la altura de nuestros ojos—. Es mi dedal de la suerte. Siempre que lo he llevado en el bolsillo solo me ha traído cosas buenas.
Nos sonríe con picardía y se le abren los ojos. Me da que Andrea nos va a sorprender de nuevo.
—Hoy es viernes —anuncia.
—¿Y? —pregunto yo con la ceja alzada.
—Pues que Emilia y Paca tienen planes familiares. ¡Os ha tocado!
—¿El qué? —Yoli se pone las manos en la cintura esperando la respuesta de Andrea.
—Acompañarme al bingo, hoy es nuestro día de suerte.
—¡No jodas! —respondemos Yoli y yo al unísono.
—¡Ni de coña! —afirmo con rotundidad.
—¡Andando! —Andrea encierra el dedal en el puño y prácticamente nos empuja hacia la puerta, sacándonos de la habitación.
Me temo que no le vale una negativa por respuesta.
Unos veinte minutos más tarde, después de que la mujer se haya acicalado y hasta maquillado, a pesar del calorazo, que parece no importarle —«¡La hostia!», pienso—, salimos las tres a la calle en busca del bingo.
Así como suena.
Nos subimos a mi coche, que se llena de aroma a perfumes y maquillaje femenino —antes de irnos, nos ha rociado con el suyo a base de bien; resulta que Andrea es una coqueta de campeonato—, y ponemos rumbo a lo que nos depare la noche.