Palabra de Alaska (Palabras 1) 27 De madres e hijas
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27 De madres e hijas

DE MADRES E HIJAS

Ahora mismo no sé cómo calificar la interrupción, si de inoportuna o todo lo contrario, vistos los derroteros de la conversación en la que estábamos inmersas. Antes de irse hacia la puerta, Yoli ha inspirado hondo y me ha mirado directamente a los ojos, resignada.

—Créeme, por favor —es lo último que dice antes de ir a abrir. La súplica me desarma y yo en lo único que puedo pensar es en lo bonitos que son sus ojos y en lo que me gusta su color cálido, que me recuerda al otoño.

De verdad que estoy hecha un lío. Es todo demasiado complicado y no quiero hacerme ninguna ilusión, convencida de que, desde que volvimos de la comisaría, esta misma madrugada, estamos dentro de una burbuja que maneja los sentimientos a su antojo y camufla la realidad.

No tengo claro qué contestarle que resulte coherente; porque si alguien te dice que estás confundida y no sabes lo que quieres, es posible que la ofensa sea de órdago, y es lo último que quiero hacer, ofenderla.

La mente me pide prudencia, no es mi intención estropear nada.

A mí lo de estropear las cosas se me da genial.

El beso me ha dejado temblando, por dentro y por fuera. Y la visión de las mejillas ruborizadas de Yoli y los labios de un rojo subido lo que ha provocado de verdad han sido unas inmensas ganas de volver a besarla, hasta agotarle el aire de los pulmones.

Lo sé, mi romanticismo no es demasiado delicado. Pero es que me siento como cuando te apetece un dulce. Imaginas su sabor, su textura, su dulzor… y tienes que conformarte con olerlo.

Pues eso es exactamente lo que me pasa con Yoli.

Me limpio el sudor de las manos sobre el pantalón del pijama, atacada por los nervios, mientras espero a que Yoli abra la puerta de su casa.

Nada más hacerlo, su hija se abalanza hacia ella, y ambas mujeres, emocionadas, se ponen a llorar una en brazos de la otra, a lágrima viva. Me siento una intrusa y quiero desaparecer de allí cuanto antes para dejarles la intimidad que seguro necesitan.

Hasta este mismo instante, no he sido consciente de algo tan importante como eso.

Que Yoli es madre, ese papel que la vida te da al que no puedes renunciar y que condiciona todas tus decisiones.

De acuerdo, hay excepciones. Pero ya conozco a esta mujer lo suficiente como para saber que es una madraza.

La admiro por ello, por haber sido capaz de criar a sus hijos sin la implicación de un padre.

No me queda más remedio que indignarme por la poca confianza que tiene en ella misma.

A estas alturas, tengo algo muy claro: Yoli puede conseguir lo que quiera, aunque no se lo crea.

Debería quitarme el pijama y me escabullo hasta la habitación para cambiarme.

Sobre una silla encuentro mi ropa, perfectamente doblada, y me la pongo de nuevo.

Desde luego, no está en las mejores condiciones.

Prescindo de ponerme las bragas y me las guardo en el bolso.

La costura del pantalón corto, aunque fina, es molesta, pero serán solo unos minutos, los necesarios para llegar a casa, darme otra buena ducha y ponerme ropa limpia.

Desde la habitación, oigo entrecortada la conversación de las dos mujeres. El tono tierno de Pili y la congoja de Yoli, explicándole, detalle por detalle, todo lo que vivimos ayer. Oído como un relato y contado por su boca, el resultado es espeluznante.

Me siento en la cama con las manos sobre el regazo, reviviendo la pesadilla. Los ojos me pican y noto pesadas lágrimas resbalándome por las mejillas. Mi cabeza aún visualiza al degenerado de Pedro con el arma en la mano, decidiendo si nos mataba o no.

Pienso en mi madre, en cuánto la echo de menos y en lo que daría por poder volver a llorar en su regazo, mientras ella me acaricia la cabeza dándome su consuelo. Todavía lloro con más ahínco, tragándome las lágrimas para que no me delaten.

—Mamá. —Pili nombra a su madre con la voz tomada por la emoción y me saca de mis oscuros pensamientos—. Lo siento tanto… Yo… tendría que haber estado más pendiente de ti. Pero es que ese hombre me hacía sentir muy incómoda y yo creía que estabas bien con él, pensé que era lo que tú querías.

—Ay, hija. —La voz de Yoli suena ronca—.

No es culpa tuya. Pedro se fue encargando de haceros creer que sobrabais, que yo no os necesitaba porque lo tenía a él.

Después de hablar con la policía, me di cuenta de que me había envuelto en una tela de araña y estaba atrapada. No volverá a pasar, lo prometo.

—Te juro que no te dejaremos sola de nuevo, ni Juan ni yo. A mi hermano vamos a tener que controlarlo, porque como se le cruce ese monstruo por delante le va a dar una paliza. Estará al caer.

—No quiero que se meta en un lío por mi culpa, solo nos faltaría eso.

—¿Dónde está Eva?

Oigo mi nombre y me sobresalto.

—No lo sé. —Yoli levanta la cabeza buscándome—. Estaba aquí, habrá ido a vestirse.

Me levanto de la cama con intención de volver al salón y saludar educadamente a Pili y, a ser posible, despedirme e irme para mi casa. Me limpio la cara con ahínco, pero me parece que va a ser difícil que no se note que también he llorado.

—¿Ella…? —Deja la pregunta en el aire.

—He tenido suerte. —Yoli se lo confirma de nuevo—. Si no hubiera sido por Eva, no sé qué hubiera sido de mí, creo que…

La oigo sollozar y derrumbarse de nuevo.

Se me encoge el estómago nada más sentir, de nuevo, su dolor.

Me armo de valor y salgo de la habitación, intentando mostrar el mejor ánimo posible.

Si en mi estado normal no soy capaz de disimular cómo me siento, si me veo obligada a hacerlo, puede resultar patético.

—No pienses en eso. —Entro en el salón como si solo hubieran pasado un par de minutos antes de haber desaparecido—. Estamos bien las dos, eso es lo que cuenta. Hola, Pilar —saludo a la hija de Yoli con naturalidad; por supuesto, no me tomo la libertad de usar el diminutivo—. Soy Eva.

—Encantada. —Se levanta del sofá y me da los dos besos de rigor—. Gracias por todo.

—No me las des, no me hubiera perdonado no haber hecho lo correcto.

Para mi sorpresa, Yoli me coge de la mano.

Se despierta esa sensación que recorre tu cuerpo de cuando alguien que te importa te dice sin palabras que está ahí, que hay lazos que se vuelven indisolubles.

Las dos nos hemos puesto nerviosas, el color me ha subido a la cara y Pili nos está mirando como si no entendiera nada de lo que está ocurriendo delante de sus narices.

—¿Hay algo más que me tengáis que explicar? —nos interroga sin dejar de mirar nuestras manos unidas. Intento distinguir si el tono es de reproche, pero solo me suena neutro y algo seco. ¡Ah, sí! Que soy la estirada. Entiendo las reticencias de la joven, que no sabe a qué atenerse.

Soy yo la que apaga cualquier resquicio de duda que pueda haber en la mente de Pili. Después de lo de Pedro, entendería cualquier escepticismo por su parte.

—Sí —respondo sin saber qué excusa poner—.

Sé que durante mucho tiempo no he sido una buena amiga para tu madre; es algo de lo que ya hemos hablado.

Lo que pasó ayer solo ha conseguido que nos una más.

Puedes estar tranquila, voy a apoyarla en todo lo que ella necesite y estaré a su lado. Sin condiciones.

Pili cabecea sin estar demasiado segura. En todo caso, yo ya no tengo nada más que decir y empiezo a despedirme.

—Tendría que irme a mi casa, necesito ponerme ropa limpia y os doy intimidad —empiezo a entonar mi retirada.

—Te puedes quedar a comer —insiste Yoli—. Voy a ver qué tengo en la nevera, pero seguro que improviso algo comestible.

Le sonrío agradecida, porque sé que su ofrecimiento es sincero.

—Tranquila, otro día. Ahora desahógate con tus hijos, deja que ellos te cuiden y te mimen.

Nunca he querido ser madre, fue una decisión que tuve muy clara.

No es obligatorio casarte y tener hijos para tener una vida plena.

Sin embargo, por primera vez, siento algo de envidia al ver a Yoli arropada por su hija.

Puede que estuviera equivocada y que, como siempre, me hubiera movido el egoísmo.

Ahora ya no tiene sentido pensar en ello.

Antes de irme, me acerco a Yoli y le doy un beso en la mejilla. Ella se vuelve a poner tan roja de nuevo que solo se me ocurre pensar que así, de esa manera, ni de coña vamos a engañar a Pili. La mirada de la hija de Yoli sobre nosotras es un enorme interrogante.

Entiendo que ella sabe de mi orientación sexual y, por algo que se me escapa, no está del todo segura de la de su madre.