26 Una estirada
UNA ESTIRADA
Pues resulta que he dormido como un lirón. No sé si por las suaves sábanas de algodón que todavía huelen a suavizante, aunque mezclado con el aroma inconfundible de Yoli, que ya es relajante de por sí, o porque me acuerdo del increíble beso que nos hemos dado.
Me descubro sola en la cama y el lado donde ha dormido Yoli está frío. Pues sí que he dormido profundamente, porque ni me he dado cuenta de cuándo se ha levantado.
Como si creyera que lo del beso ha sido un sueño, me llevo los dedos a los labios y siento que todavía arden, todo muy sugestivo. Es como si flotara en una nube después de que me hubieran dado el primer beso de mi vida.
Y comparo, porque mi primer beso fue con ella. Pero ni por asomo sentí la misma noria de emociones: una mezcla única de dulzura y tristeza, y también de desesperación: podríamos estar en una caja de pino y, sin embargo, podemos contarlo.
Por eso mismo, ni siquiera puedo creer, ni por un segundo, que el beso ha sido real, sino más bien el mecanismo de nuestro cuerpo, que es tan sabio como cabrón, de aferrarse a la vida. No me hago ilusiones de que fuera, en verdad, un beso romántico.
Ni por esas lo voy a olvidar. Estoy dispuesta a atesorarlo como uno de los mejores besos de mi vida y hasta, me juro, el de todas las vidas futuras en las que me pueda reencarnar.
Me recuerdo que es mejor no darle más importancia de la que tiene y me desperezo. La pantalla de mi móvil me da la hora. Está muy entrada la mañana. Supongo que el cuerpo me pedía el descanso. Por supuesto, ni pizca de intención de arrepentirme.
Antes de entrar en el salón, oigo a Yoli hablar por teléfono. Por el tono y por lo poco que consigo oír, debe de estar haciéndolo con su hija. El tono es serio y le tiembla la voz, aunque se le entiende perfectamente. Me da la impresión de que ya están acabando de hablar.
—De verdad, Pili, que no te tienes que preocupar, estoy…, estamos —rectifica— bien. Gracias a Eva que alertó a la policía y ellos se hicieron cargo. Ya te lo he explicado todo, quédate tranquila, que estoy bien.
No logro adivinar qué le dice su hija al otro lado de la línea, pero, por lo visto, guarda relación conmigo.
—Sí, esa Eva, la misma…
Lo que sea que le vuelve a decir su hija interrumpe sus palabras.
—No, no es una estirada —consigue responderle mientras me mira inspirando profundamente—, es una buena amiga.
El silencio de nuevo.
—Ya hablaremos, hija. Nos vemos en un rato. Y… —hace una pequeña pausa— gracias por hablar con tu hermano y no tener que volver a explicar la historia. Sobre todo, dile que estoy… que estamos bien.
Está sentada en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra y que no puede dejar quieta, supongo que debido a los nervios o a la ansiedad, por volver a revivir el día anterior.
—Un beso. —Entiendo que se lo devuelve a su hija, después de la despedida—. Perdona… —me dice, una vez ha dado por finalizada la llamada—, mi hija a veces es muy suya y, cuando se le mete algo en la cabeza, cuesta mucho hacerle cambiar de idea.
Me parece tiernísimo que se quiera disculpar, pero tampoco es necesario. Como dice el dicho, recoges lo que siembras, o algo parecido.
—Así que una estirada…
—Sí —me responde con timidez.
Me pongo a reír como si me hubiera contado un chiste, porque, si analizamos bien mi comportamiento en los últimos años, es una opinión la mar de inocente.
—Podría haber sido peor y decir que soy una gilipollas.
Yoli me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—Anda, mujer, no me mires como si estuviera loca. ¿Un café?, ¿es posible? —En este momento mataría por un chute de cafeína, hasta directamente en vena.
Yoli, aliviada por mi reacción, se pone en pie.
—Vamos, que pondré la cafetera grande.
La sigo hasta la cocina. Aún está en pijama y luce el cabello despeinado.
Y también algo aplastado por haberse ido a dormir teniéndolo un poco húmedo.
Me percato de las ojeras que aún enmarcan su mirada y del gesto cansado de su cuerpo mientras prepara la cafetera.
Quizá ella no haya descansado tanto como yo y me siento culpable por sentirme bien esta mañana.
Con todo eso, sigue preciosa. En cuanto a mí…, un desastre, no digo más, con la cara todavía hinchada.
La veo desenvolverse en su cocina con naturalidad. De uno de los armarios, saca unas magdalenas y unas galletas. Un cosquilleo en el estómago me advierte de que esa familiaridad no es real, es solo una situación puntual y extraordinaria. Pero me gusta.
Minutos más tarde, nos sentamos una enfrente de la otra con sendas tazas delante. A mí me ha dado la más grande, hasta los topes de café, cuyo aroma envuelve toda la cocina.
Huele a hogar.
Carraspeo, porque no puedo dejar de mirar a Yoli a los ojos mientras sorbe el café. En los míos, seguramente, se refleja la profundidad del lago de Banyoles, algo así como un agujero negro, en el que es mejor no caerse.
Sí, un poco exagerada también soy.
—Eva… —titubea y extiende la mano hasta posarla encima de la mía—. Yo…
La veo apuradísima, sin saber por dónde empezar. Como no quiero que pase un mal rato, se lo voy a poner fácil.
—No te preocupes, lo de ayer —hago énfasis en ese «ayer»— no tiene mayor importancia. Solo fue una reacción natural a una situación difícil que nos llevó al límite de nuestro aguante.
Me felicito por ser capaz de sonar natural y como si de verdad no tuviera ninguna importancia. Sin darme cuenta, juego con los nudillos de su mano, acariciándolos. Me parece que no soy tan buena mentirosa como quiero hacerle creer.
Yoli dirige la mirada hacia nuestro punto de unión, como si eso lo explicara todo.
—¿Tú no me vas a llamar pecadora?
Y eso era lo último que esperaba que me pudiera soltar. Dudo si me habla en broma o si, en verdad, el beso le ha despertado un dilema moral. Rezo para que no sea el caso.
—¿Te sentiste una pecadora? —He decidido tratar el tema con absoluta seriedad, porque es absolutamente serio.
—Ni siquiera un poquito. —Una sonrisa más que tímida aflora a su cara. Y eso es un problema, porque está tan bonita que yo sí me tiraría a su boca con toda la intención de practicar todos los pecados del mundo.
Inspiro hondo y jugueteo con el asa de mi taza para replicarle. Y de perdidos, al río. Anda que vaya día que llevo con los dichosos refranes.
—¿Qué sentiste? —La voz me vibra, a mi pesar, porque ahora sí que me la estoy jugando.
—Me sentí bien, que tus labios son un buen lugar para quedarse.
Juro que las puñeteras mariposas en el estómago empiezan a revolotear a su puto aire. Me obligo a controlarlas y a exigirle a mi cerebro que, por favor, oxigene, que esto es muy serio.
—Claro que te sentiste bien, porque las dos necesitábamos canalizar la canallada de Pedro. Es la sensación de unión a otra persona, la de saber que te comprende y está a tu lado.
—Eva…, yo…
—¡Hey! Tranquila, que no te voy a echar en cara nada, ninguna reclamación. Pasó y ya está, no le des más vueltas.
—¿Es que no te gustó? —Ahora sí que me acaba de descolocar.
—¿Crees que me molestaste? ¿O que fue desagradable?
—No lo sé, dímelo tú. —Está a punto de llorar y eso no me lo perdonaría en la vida.
—Ha sido el mejor beso de mi vida. —Se lo digo como lo siento.
Me levanto y me acerco a mi Yoli, en un gesto espontáneo. Acuno sus mejillas y me detengo, fascinada, en su mirada. Entreabre los labios de una manera tan sensual que no me puedo resistir. Y esta vez quien la besa soy yo.
En cuanto mis labios se posan sobre los suyos, me emociono solo por sentirlos de nuevo, tan suaves y deliciosos.
Yoli recibe mi lengua otorgándome un permiso mudo y la saboreo.
A gusto. Lo único que pretendo es demostrarle lo que me gusta besarla, y que no le quede ninguna duda.
Me recreo en el beso, en nuestro baile de lenguas lo suficientemente intenso como para perder la cordura.
Y antes de que vaya a más, me paro tras conseguir mi propósito.
—¿Ves como sí me gusta? Pero…
—¿Cuál es el «pero»?
—Pues que aún tenemos el susto encima por todo lo que pasó ayer. Tú reaccionaste besándome y yo me dejé llevar. Ahora, somos incapaces de ser objetivas y yo no quiero aprovecharme de ti. Y tampoco —otra cosa delicada que necesito confesar— quiero sufrir.
Le acaricio la cara con cariño sin despegarme de su mirada. Es tan fácil perderse en ella…
—¿Qué quieres decir?
—Pues que yo hace muchos años que tengo clara mi sexualidad. No fue fácil aceptarlo, pero la asumí y me quiero como soy. Pero tú… Porque… a ti no te gustan las mujeres, ¿no? —Pongo todas las cartas sobre la mesa, sin embargo, no estoy segura de tener una buena mano.
—No lo sé. —Inspira hondo.
—¿Qué es lo que no sabes? ¿Si te gustan las mujeres?
—Solo sé que me gustas tú —baja la mirada—, me has gustado siempre. Desde que me diste el primer beso.
—¡¿Cómo?! —No estoy segura de haber oído bien. Yoli aparta los ojos de los míos, avergonzada.
Intento analizar esas palabras sin saber por dónde empezar. Pero yo la obligo a levantar la cabeza y que vuelva a mirarme. Tiene los ojos vidriosos. Me ha descolocado, y necesito saber qué significa exactamente lo que me ha dicho.
No me da tiempo a decir nada más porque el timbre nos devuelve a la realidad.
—Debe de ser mi hija.
La que piensa que soy una estirada. Intento recomponerme y que no se note lo afectada que estoy.
A pesar de las palabras de Yoli, me obligo a ser prudente y a no pensar más allá del minuto presente, de la hora que viene después o de este día. En algún momento tendremos que hablar de ello, pero no va a ser hoy.
Yoli está igual de nerviosa que yo. Antes de ir a abrir la puerta, nos rozamos con las manos y echamos chispas.
Vaticino que esto no va a ser fácil.