Palabra de Alaska (Palabras 1) 25 Culpabilidad
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25 Culpabilidad

CULPABILIDAD

Exhaustas, abandonamos la comisaría y decidimos irnos en taxi. A pesar de que nos han ofrecido llevarnos a nuestras casas en uno de los coches policiales, hemos declinado la oferta; bastante atentos han estado con nosotras y seguro que tienen otro trabajo más importante que hacernos de taxistas.

Es de madrugada y al salir a la calle se agradece el frescor de la noche. Incluso siento cierto relente al contacto con la brisa nocturna, con la piel todavía erizada por todo lo que nos ha sucedido en unas horas que se nos han hecho eternas.

Ahora, mi máxima preocupación es Yoli. Tiene los ojos enrojecidos, rodeados de ojeras y con muestras evidentes de agotamiento.

Camina deslizando los pies por la acera, mientras nos acercamos a la parada de taxi, que tenemos muy cerca, como si llevara a cuestas el peso del mundo.

Ojalá supiera cómo aliviárselo; pero me temo que eso solo lo va a conseguir el paso del tiempo.

En cuanto el taxi nos deja en la puerta del bloque de pisos donde vive Yoli, es Andrea quien abona la cuenta y le da las gracias al conductor, un amable joven que ha respetado nuestro silencio y nuestra evidente tristeza.

—Niña —le dice Andrea a Yolanda—, ¿por qué no te vienes a mi casa? No creo que sea bueno que te vayas a la tuya como si tal cosa. Además, ¿no crees que deberías avisar a tus hijos?

Yoli suspira y se masajea la cara con una de las manos en un gesto de cansancio.

—No, prefiero irme a mi casa; cuanto antes me enfrente a la situación, mejor. Además, que necesito una ducha. —No sé si está segura de si eso es lo que quiere, pero a mí me parece muy valiente—. Mañana hablaré con mis hijos, estas no son horas y tampoco sé muy bien qué les voy a decir.

—No te preocupes —le aseguro a Andrea, que no disimula su preocupación—, yo me ocupo de que se quede bien.

Mi vecina me mira con un enorme interrogante en la cara. La conozco lo suficiente como para saber que no está demasiado conforme con la decisión de Yolanda.

—No la dejaré sola —le susurro al oído cuando me acerco a darle un beso en la mejilla a modo de despedida, sin que Yoli se percate de mis palabras.

Andrea asiente y deja ir una exhalación de alivio. De lo contrario, no dudo ni por un segundo de que sea ella misma quien se plante en casa de Yolanda para vigilarla.

Nada más traspasar la puerta, caigo en el tremendo error que acabamos de cometer.

El panorama es desolador. Lo primero que vemos es la mancha de sangre en el suelo del salón, enorme y granate.

Según la ve, Yoli sale corriendo en dirección al baño y la oigo vomitar en el váter.

A mí también se me han revuelto las tripas, pero he conseguido controlarlas, a pesar del desagradable olor a hierro que flota en el ambiente.

Voy tras ella. Está sentada en el suelo, abrazándose las piernas, llorando a mares. No puedo evitarlo, se me encoge el alma. Tampoco sé muy bien cómo reaccionar ni de qué manera la puedo consolar, si es que tiene consuelo.

—Yoli… —Me acerco para ponerme en cuclillas, a su altura. Con una mano le aparto el cabello de la frente sudorosa mientras las lágrimas siguen rodando por su rostro.

—Por favor…, vete —me pide, desolada.

No estoy segura de si lo que pretende es que la deje aquí, tirada en el baño, o que me vaya de su casa. Pero me da exactamente igual, porque lo de irme y abandonarla no es ni tan siquiera una posibilidad. Antes me la llevo a rastras a la mía.

Entiendo que necesite un momento de privacidad y se lo doy. Eso sí, la puerta del baño se queda abierta para estar pendiente de cada uno de sus movimientos.

—Estaré fuera, ¿vale?

Asiente con la cabeza. Le acaricio la mejilla con suavidad y le doy un beso en la frente.

Percibo un sutil estremecimiento de su cuerpo y entrecierra los ojos, asimilando esa discreta intimidad.

No tengo ni idea de lo que le puede estar pasando por la cabeza, pero, sea lo que sea, a mí también me duele y me siento impotente.

Decido que la mejor manera de ayudar es limpiar el despropósito de caos que hay en el salón.

Me las arreglo para encontrar todo lo que necesito y lo primero que hago es ponerme a hacer desaparecer la escandalosa mancha de sangre, he tenido que recurrir a Internet para saber cómo eliminarla.

Para eso, dejo actuar sobre ella una solución de bicarbonato y agua fría.

De fondo, oigo la ducha en marcha. Me acerco, con sigilo, para comprobar que está todo bien. Ojeo dentro del baño y veo la sombra de su silueta tras la cortina. Me quedo más tranquila y me vuelvo a lo mío.

Una vez desaparecida la mancha horrible, el escenario cambia radicalmente.

Aunque los desperfectos del techo tendrá que venir alguien a repararlos.

Después, recoloco todos los muebles que la policía ha movido de sitio hasta que el orden impera de nuevo en esta sencilla casa.

Miro a mi alrededor y me atrevo a asegurar que apenas queda rastro del delito.

Acabo de estirar el ropón que protege el sofá cuando Yoli aparece, con el cabello un poco húmedo y vestida con un pijama veraniego. La veo más calmada y serena. Llorar le ha hecho bien.

—Gracias —musita en voz baja—. No me veía capaz de enfrentarme a esto sola.

—No tienes que hacerlo, estoy aquí, ¿sí? —Ya no puedo más y me acerco para darle un abrazo.

Ella se aferra a mí con fuerza. Le doy un beso liviano sobre el cabello, que huele a mascarilla de frutas, y me dejo envolver por el aroma floral, fresco y dulce de Yoli, que me aturde, porque me gusta demasiado.

—Necesitaba una ducha —se disculpa, como si en algún momento hubiera podido oler mal.

Mira a su alrededor y se emociona al ver que está todo limpio y que en el ambiente ahora flota un intenso olor a lejía.

—No sé qué decir…

—No digas nada. —Me siento bien, he hecho lo correcto y he borrado, aunque solo sea un poco, el horror de este día.

—Estarás agotada, deberías irte a casa. —Baja la mirada. No sé si porque no quiere enfrentarla conmigo o porque no sabe cómo pedirme que no la deje sola. En todo caso, no le doy ninguna opción.

—No me voy a ir a ninguna parte. —Miro el sofá, dejando claro dónde voy a dormir—. Me quedo aquí contigo, todavía soy joven, más que tú. —Intento bromear con los ocho meses de diferencia que nos llevamos, para hacerle entender que no me importa dormir en este sofá.

La tomo de la barbilla y la obligo a enfrentarse a mi mirada.

—¿Me oyes?

Asiente en silencio y una sonrisa tímida aparece en sus labios.

—Pero no te voy a dejar dormir ahí, es incómodo como el demonio. Ayúdame a cambiar las sábanas de la cama y nos apañaremos.

Oculto la sorpresa sin intención de añadir nada más. Si ella se siente cómoda con ello, no voy a ser yo quien le lleve la contraria. Nos dirigimos a su dormitorio, deshacemos la cama y eliminamos cualquier resto de nada que indique la presencia de Pedro en aquel espacio, al menos, a simple vista.

—Necesito con urgencia una ducha, me pica todo el cuerpo. —Sonrío con ligereza. La sesión de limpieza me ha dejado el cuerpo baldado y he sudado como una mala cosa, yo sí que debo de oler fatal.

—Te dejaré un pijama. —Revuelve en un cajón hasta dar con el que cree que me irá mejor. Le doy las gracias y me voy para el baño.

Bajo la alcachofa de la ducha, consigo que mis músculos agotados se relajen y me permito dejar la mente en blanco, aunque sea por poco tiempo.

De vuelta a la habitación, Yoli está sobre las sábanas limpias que huelen a suavizante, esperándome tumbada de lado y con las manos bajo la cabeza.

En cualquier momento va a caer dormida, está haciendo un esfuerzo para que sus párpados no se cierren.

—¿Mejor? —le pregunto, tumbándome en el espacio vacío de la cama y poniéndome de frente a ella. Y nos miramos. Tiene los ojos enrojecidos, señal de que ha llorado más mientras yo estaba en el baño, se le nota.

—Supongo que sí, una buena ducha obra milagros. ¿Te duele? —Me acaricia el pómulo con cuidado y doy un pequeño respingo.

—Ya no… —respondo cerrando los ojos, solo un segundo.

—Lo siento tanto…

—No ha sido culpa tuya —quiero tranquilizarla—. Eres una mujer increíble. —Mi voz suena medio estrangulada, porque aún estoy acongojada por todas las sensaciones que se despiertan cuando estoy a su lado.

—Sí. Una mujer increíblemente tonta —se desprecia, y a mí me duele que se quiera tan poco.

—De eso nada. Es él quien se ha aprovechado de ti y te ha ido alejando de todo. Él es un puto cobarde y tú una mujer valiente. Si hasta has sido capaz de decirle lo que querías hacer con tu vida.

—Y casi pagamos un precio demasiado alto. No puedo perdonarme haberte mezclado en esto. —Lo dice con rabia, con una rabia que me sorprende por inesperada.

—¡Yoli! —la regaño—. ¿Cómo puedes decir eso? —No me puedo contener y le cojo las manos.

Un sollozo ahogado vuelve a salir de su boca y aún me siento más impotente.

—Viniste a buscarme y él… —El llanto que vuelve a invadirla no la deja hablar—. No me lo hubiera perdonado jamás en la vida.

Ya no puedo soportarlo más, me pego a su cuerpo y nos abrazamos. Ella se aferra a mí, apoyando la cabeza sobre mi hombro. Siento resbalar sus lágrimas por mi cuello y la acuno hasta que presiento su cuerpo relajarse.

Yoli no se retira del abrazo y mis sentidos se inundan de su olor, del tacto suave de la piel que deja a la vista su pijama de pantalón corto y la camiseta de tirantes, de sus senos llenos y firmes acoplados a los míos, y de sus piernas enlazadas con las mías.

Nuestros sexos están tan cerca que me lleno de culpabilidad al despertarse una sensación agradable por mi vientre y que irradia hacia todo mi cuerpo, encendiéndolo como una cerilla.

Ni idea de qué le pasa exactamente por la cabeza a Yoli, pero en sus ojos se ha despertado un brillo que emerge por encima de las lágrimas que han dejado surcos sobre sus mejillas.

Cierro los ojos y me asalta una mezcla de miedo y excitación a partes iguales.

Hasta que su aliento me cosquillea cerca de la boca y, tras un suspiro leve, siento los labios suaves de Yoli posarse sobre los míos.

Es como si lo soñara. Sin embargo, su mano acunando mi mejilla me empuja a abrir la boca; suficiente para que nuestras lenguas inicien un juego tímido, apenas una caricia.

Y entonces me pierdo en ella, con un beso increíble que me sabe dulce y cálido.

Hasta que abro los ojos. Su mirada no se ha desviado ni un segundo y lo que veo en ella es un velo de emoción que soy incapaz de interpretar.

Lo que sí ha provocado es que se me acelere el corazón, que empuja las paredes de mi pecho, un bombeo incesante que me aprieta las costillas.

—Yoli… —suspiro en su boca ahogando un gemido de excitación.

Ella se retira y me sigue mirando. Me hundo en su mirada, en las motas amarillas de sus ojos castaños, buscando algún signo de culpabilidad.

No veo ninguno. Hubiera sido fácil tomarla de nuevo en mis brazos, desnudarla y adorar cada milímetro de su cuerpo.

Pero si algo me ha enseñado la vida es que todo tiene su momento y cada momento su lugar.

No quiero aprovecharme de su vulnerabilidad.

A riesgo de romper el espejismo, me separo y le doy un casto beso en la frente.

—¿Dormimos?

—Eva, yo…

—Mañana hablamos. —Y le acaricio la cara con suavidad con el dorso de la mano, sin contener un suspiro, conformándome con la situación.

—Sí. —Se acerca de nuevo y me abraza—. Gracias —me susurra al oído. Y yo siento como mi pecho se vuelve a abrir y el corazón se desboca todavía más.

Se gira y yo la cubro con mi cuerpo, rodeándola con los brazos. Pase lo que pase, este momento ha sido nuestro y no hay quien me lo quite.

En cuestión de segundos, oigo la respiración regular de Yoli sumida en un sueño que espero sea reparador.

A mí me cuesta un poco más.

Mañana lo veremos todo de otra manera. Lo que acaba de pasar entre nosotras no ha sido más que un gesto fruto de la necesidad de cariño y consuelo. No me hago ninguna ilusión en que pueda significar cualquier otra cosa. No soy tan ilusa.

Al final, el sueño me vence y mi cuerpo se permite descansar.