24 Confiar en la justicia
CONFIAR EN LA JUSTICIA
La única vez que he puesto los pies en una comisaría de Policía fue cuando me robaron el bolso en una tienda, por descuido. Aprendí la lección y desde entonces me aseguro de no perderlo de vista. Y no es por lo que me puedan robar, sino por el follón de tener que renovar de nuevo todos los papeles.
Hoy es la segunda vez. Y ojalá no lo hubiera tenido que hacer.
La atención de los policías ha sido sumamente cuidadosa, nos están tratando con una delicadeza exquisita.
Imagino que estas barbaridades ya no los sorprenden.
Por desgracia, es demasiado habitual. Por suerte, los tiempos en los que si un marido pegaba a su mujer era porque se lo merecía han quedado lejos.
Pero a la vista está que el problema sigue bien latente. Lo dicen las estadísticas.
Me indigno cuando todavía hay gente que no quiere ver la realidad en la que viven demasiadas mujeres.
No solo por la violencia, sino también por las desigualdades, como si el feminismo fuera algo así como un capricho o una moda pasajera.
A eso, súmale la homofobia, como si no tuviéramos derecho a existir.
«Pedros» hay unos cuantos, sí. Pero aquí estamos, le pese a quien le pese; tenemos ovarios de sobra para luchar por nosotras.
—Estoy agotada. —Yoli suspira acomodándose mejor en la silla, en un despacho aséptico donde vamos a declarar.
Andrea se ha quedado en la sala de espera, bebiendo un chocolate de la máquina de vending.
No nos suelta, a pesar de que le hemos dicho que se quedara descansando; ella nos quiere como a unas hijas y no nos va a dejar solas, es inútil intentar convencerla de lo contrario.
—Buenas noches. —Entra una mossa al despacho. Son cerca de las nueve y aún no ha oscurecido del todo; por la ventana todavía se cuela el halo de la luz mortecina del final del día—. Me llamo Roser y pertenezco al grupo de atención a la víctima; seré yo quien os tome declaración.
De su presentación, me quedo con la palabra clave: «víctima».
Víctimas. Es ella quien me hace tomar conciencia de lo que somos.
Cuanto antes lo asumamos, mejor. La mossa nos ofrece un abogado especialista en violencia de género para que nos asista en la declaración, sobre todo por lo que afecta a Yoli.
Aseguramos que nos vemos lo suficientemente fuertes como para declarar, pero acordamos que después el letrado contactará con nosotras para asesorarnos en los pasos a seguir.
Además, será el mismo abogado que nos asistirá en el juicio; eso está muy bien, el no tener que preocuparse por algo tan importante y necesario.
No esperaba esa muestra de apoyo, que es muy bienvenida; me alegra saber que las sensibilidades han cambiado tanto en los últimos años.
Se la siente cercana y nos sonríe con una mirada cálida en sus ojos azules. Es alta, de cabellos rizados rubios recogidos en una coleta.
—¿Cómo estáis? —se interesa.
—Bien, supongo —me adelanto yo, porque veo que a Yoli no le salen las palabras—. Estamos muy nerviosas todavía.
—Es normal, no es fácil procesar lo que os ha pasado. Ahora me lo contaréis todo con detalle, y tendremos todo el tiempo que haga falta. Cualquier cosa, paramos, ¿de acuerdo?
Lo que ocurre después aún no sé cómo describirlo.
La mossa empieza a hacerle a Yoli preguntas rutinarias.
Supongo que es la experiencia que lleva a cuestas la policía y sabe qué teclas tocar para hacer aflorar la verdad.
A través de un interrogatorio sutil, la realidad de Yoli se va poniendo sobre la mesa hasta que cualquier duda sobre su sometimiento a Pedro se disipa.
Durante las más de dos horas que dura su declaración, completo el puzle de su vida junto a Pedro.
Había conseguido que Yolanda dependiera económicamente de él, que las visitas de sus hijos se fuesen espaciando en el tiempo y hasta del control de las llamadas de teléfono y de los mensajes, en todas las plataformas y redes sociales.
Hasta que la mossa no se lo ha hecho ver, Yoli no ha comprendido la gravedad del asunto.
Llega un momento en el que le faltan las fuerzas y parece responder en piloto automático.
Oírla desgranar su vida con esa crudeza me solivianta y me duele en el corazón. A partes iguales.
En los últimos tiempos, Pedro ya había tomado fijación con Andrea y mi madre, la única válvula de escape de Yoli. A mi regreso, todo empeoró; el hombre había entrado en bucle y redoblado sus acciones de control.
Hasta que todo estalló. Por eso estamos aquí.
Yoli insiste en que Pedro nunca la ha agredido físicamente; se limitaba a los insultos, restándole importancia.
Eso solía ocurrir cuando venía del bar con alguna copa de más.
Yolanda no acaba de ser consciente de que su pareja ha estado ejerciendo violencia psicológica sobre ella y que eso también es violencia contra la mujer.
A la mossa le ha costado hacérselo entender, pero lo ha conseguido.
Por eso, Yoli se desmorona y llorar se convierte en un acto catártico.
Al verla firmar su declaración con muchas dificultades por el temblor de su mano, y después de ser testigo de todo lo que se ha dicho entre las cuatro paredes de este despacho, algo dentro de mí se rompe.
La fragilidad de Yolanda y la sensación de impotencia e injusticia me asaltan hasta pincharme el pecho, un dolor agudo que me recuerda lo ocurrido con Sebas años atrás.
Salvando las diferencias, el sentimiento de desolación es indescriptible.
Le aprieto la mano, que no he dejado de sostener ni un segundo desde que ha empezado a declarar, intentando infundirle la confianza que necesita.
Disimulo lo quebrada que estoy por dentro y la mezcla de impotencia y rabia que no quiero que me domine, porque necesito centrarme en mi amiga y ser su apoyo.
Y también está Andrea. Entre las dos no permitiremos que se caiga. Vamos a hacer hasta lo imposible para reconstruir la maltrecha alma de Yolanda y empujarla a que empiece a ser ella misma, sin nadie que la coarte.
Después, llega mi turno y hago mi propia declaración, solo que yo sé organizar mejor mi discurso. Intento ser lo más explícita posible y darle a la policía todos los detalles que permitan que Pedro se pudra en la cárcel.
Sobre la pistola, Yoli afirma que no sabía que la tenía. Pero también detalla a la policía que ha visto a Pedro más de una vez en compañías raras, que nunca le han dado buena espina.
—Ya no nos queda nada… —animo a Yoli cuando la mossa nos deja para ir a imprimir mi declaración—. Lo has hecho muy bien.
Le acaricio los nudillos de la mano y ella me mira con los ojos emborronados de lágrimas. No quiero ni pensar lo difícil que ha sido esto.
—Es una pesadilla, Eva. ¿Qué voy a hacer a partir de ahora? —Se le rompe la voz y siento que no hay nada que le pueda decir que esté a la altura.
—Ya lo veremos, primero una cosa y después la siguiente…, ¿vale?
Y se vuelve a derrumbar. Para cuando la mossa vuelve, me encuentra consolando a Yoli en mis brazos. Con esfuerzo, se incorpora y se limpia las lágrimas con las manos a la espera de que finalicemos todos los trámites.
—¿Y ahora qué? —Soy yo quien pregunta qué pasos vienen a partir de ahora.
—El atestado lo entregaremos en el juzgado específico que existe para tratar los temas de violencia contra la mujer —otro avance más— y, en setenta y dos horas, el juez deberá establecer las medidas cautelares.
—¿Qué medidas son esas? —intento despejar todas las dudas—. ¿Puede volver él a casa esta noche?
Ese es nuestro gran temor, que lo dejen en libertad.
—Tranquilas, espero que ingrese en prisión; lo que ha hecho es muy grave. En todo caso, si no fuera así, el juez puede decretar un acompañamiento para que recoja sus cosas y se marche del hogar familiar. También vamos a justificar una orden de alejamiento.
Yoli inspira hondo y suspira. Empieza a comprender las palabras de la mossa, que la van tranquilizando. No nos queda otra que confiar en la justicia.
—Os iré telefoneando periódicamente, para saber cómo os encontráis y hablar de cualquier duda que podáis tener.
También lo harán de nuestra Oficina de Atención a la Víctima del Delito; ellos os ofrecerán un asesoramiento psicológico al que os podéis acoger.
Yo os recomiendo que lo hagáis —nos va detallando mientras nos entrega una copia de nuestras declaraciones.
Estoy impresionada por el trato que nos han dado, del que estamos enormemente agradecidas. Roser ha dejado de ser, para nosotras, una policía anónima. Se ha convertido en nuestro referente y algo así como una inesperada amiga.
Nos vamos de allí con la tranquilidad de que esa noche dormiremos seguras en nuestras camas y que un delincuente menos anda suelto por las calles, amparado en un machismo rancio y misógino.
¿El día siguiente? Prefiero no pensar en él.