23 El jodido mantra «¡Eres mía!»
EL JODIDO MANTRA «¡ERES MÍA!»
No es una pesadilla. El hombre que me mira con un profundo odio nos apunta con una pistola. Es tan real como el miedo que me atraviesa el pecho y me remueve las entrañas.
No sé si lo estoy consiguiendo, pero saco fuerzas para no darle el gusto de verme aterrada. Respiro hondo, un movimiento en falso puede ser letal. Presiento que no va de farol y que es capaz de apretar el gatillo sin ningún tipo de remordimientos.
—Yo no pretendo nada, déjala ir. —Intento sonar tranquila a pesar del temblor de mi voz.
Es la única opción que tengo, tratar de establecer un diálogo—.
Lo que sea que te pasa, lo tienes conmigo, ella no tiene ninguna culpa.
—Lo miro de frente y no rehúyo sus ojos enrojecidos por la furia y la rabia, nublados por el alcohol.
—Desde que volviste, solo habla de ti. —Se tambalea.
Sigo con la vista el movimiento errático de la mano que aguanta la pistola, temiendo que se dispare.
Se ha debido de dar cuenta del camino que ha reseguido mi mirada porque una sonrisa lobuna aflora en su boca, que es todavía más aterradora—.
Tú eres mi problema. —Me señala con el dedo de la mano izquierda y a mí solo me entran ganas de podérselo agarrar y romperlo, para que se le quiten las ganas de señalarme.
—Por favor, Pedro…, haré lo que tú quieras, pero guarda eso. —Es Yoli quien media entre nosotros. Me duele cada una de las lágrimas que surcan su precioso rostro y controlo la rabia; ya he comprobado que no me lleva a ningún sitio.
Hace rato que he perdido la noción del tiempo y cada segundo que pasa se hace eterno. ¿Por qué tarda tanto la policía? Ya debería estar aquí. Mientras tanto, lo único que puedo hacer es distraer a Pedro.
—Yo sé que ella te quiere, me lo ha dicho —entono con condescendencia, intentando ablandarle el corazón—, que tú eres el hombre de su vida.
He recalcado ese «tú» y hace su efecto, nos mira con una sonrisa que intenta ser tierna, y que a nuestros ojos es macabra, para seguir hablando.
—Nadie la quiere como yo. Es mi reina y quiero que viva como una reina. —Se sorbe la nariz, le clava la mirada a Yoli, y un escalofrío me recorre toda la espalda—. ¡Eres mía! ¡No necesitas a nadie, solo a mí! ¡A nadie! Nadie te va a proteger como yo; vivo para ti.
Se ha vuelto a exaltar y damos un respingo.
—Eres un gran hombre y Yoli lo sabe… —La voz me sale estrangulada, de puro miedo.
—¡No! No lo sabe. Si lo supiera, no me habría querido dejar. —Se sorbe la nariz, por las lágrimas que se deslizan por su rostro. Tan patético.
Ahora me doy cuenta de cuál es el problema y evito mirar a Yoli para no empeorar la situación.
—No te dejaré, te lo prometo. —Aprovecha para intervenir Yoli, anegada en sus propias lágrimas—.
Tienes razón, tú eres quien me cuida y me protege.
He sido una tonta, perdóname. Por favor, perdóname…
—Ya no puede más y deja ir un verdadero torrente de lágrimas que, hasta ahora, habían sido silenciosas.
Pedro levanta la cabeza y su rostro se dulcifica.
Parece que las palabras de Yoli lo están apaciguando y relaja el cuerpo.
Incluso baja el brazo donde lleva la pistola hasta que se queda en paralelo a su pierna.
El arma le cuelga del dedo, suspendida de forma precaria.
El corazón me late desaforadamente dentro del pecho, un pulso que no deja de retronar tampoco en mi cabeza.
Pedro, con la guardia baja, no se percata del ruido discreto fuera de la casa y que yo sí percibo. Vuelve la esperanza y rezo con todas mis fuerzas para que sea, por fin, la policía.
Pedro intenta dar un paso para acercarse a Yoli, pero no lo consigue. En ese momento, se desata la confusión al revelarse a su espalda una presencia que no espera y que yo sí he visto venir.
—¡Tire el arma!
Son los Mossos d’Esquadra; el pañuelo ha funcionado.
La policía que ha dado la orden es una mujer alta, imponente.
De cabellos claros recogidos en una coleta y con una mirada dura, su voz ha sonado autoritaria y fuerte.
Su compañero no dice nada, pero, al igual que la mossa, también empuña una pistola.
La diferencia con Pedro es que a ellos no les tiembla el pulso.
Aún no siento el alivio necesario por la presencia de la policía. Tres pistolas de por medio no me tranquilizan en absoluto. Decido confiar en que los mossos saben lo que hacen y no nos van a poner en peligro.
—¡Deje el arma en el suelo y dese la vuelta! —La mossa insiste en su orden, me da que es la que manda. Ella no le ve la cara a Pedro, pero yo sí. No le va a hacer ni puto caso, se nota en la rabia de su mirada, oscurecida por el odio.
Achina los ojos y levanta la mano. Al instante, me pasa por la cabeza que va a cumplir su amenaza y nos va a descerrajar un tiro a cada una.
—¡No! —grita Yoli—. ¡No lo hagas! —Ella también lo ha visto venir.
Desconozco qué cruza exactamente por la mente enfermiza de ese hombre, pero se gira, me da tiempo a verle extender el brazo y apuntarlos. Duda un segundo, suficiente para la reacción de los policías.
Suena un disparo, o dos, no lo sé muy bien, y hieren a Pedro en la rodilla.
Sin embargo, no impide el tiro del agresor, que se desvía hacia el techo.
El estruendo me deja los oídos zumbando.
Hemos saltado como si hubiéramos tenido un resorte en el trasero y de nuestras bocas se escapa un chillido histérico.
Pedro se dobla sobre sí mismo, pierde el equilibrio y cae aullando de dolor, a la vez que suelta el arma, la cual impacta en el suelo. La sangre que brota de la herida empieza a expandirse.
El mosso es el primero en reaccionar y se acerca a Pedro para taponarle la herida con sus propias manos.
Una vez a su lado, toma la precaución de dar una patada a la pistola para que quede fuera de su alcance.
La mossa nos insta a que le traigamos algo que sirva para controlar la hemorragia.
Yoli sale del trance que la había dejado prácticamente paralizada y, en modo automático, se va hacia la cocina y trae un paño con el que el policía sustituye su mano.
En minutos, la casa se llena de gente y las acciones se suceden.
Antes de que la ambulancia se lleve a Pedro, uno de los policías le ha dicho que está detenido.
Llegan más agentes, algunos uniformados y otros de paisano.
Toman muestras, inspeccionan el interior de la vivienda y uno de ellos, con guantes de silicona, embolsa la pistola de Pedro.
Yoli y yo nos hemos vuelto a sentar en el sofá, ajenas a tanto trasiego, con las manos en el regazo, mientras un sanitario nos atiende.
Mi pómulo palpita y, con delicadeza, me untan con una pomada para rebajar la inflamación.
Ahora, con el bajón, soy más consciente del golpe en la cara, del que me había conseguido olvidar con el subidón de adrenalina.
Otra mossa se pone en cuclillas delante del sofá para que nuestras cabezas estén a la misma altura para hablar con nosotras.
No obstante, Yoli le señala la butaca de al lado para que se siente.
Aún estamos tiritando a pesar de que el miedo ha dado paso a un alivio tímido que aún no se atreve a manifestarse, todavía bajo el influjo de los últimos acontecimientos.
—¿Cómo estáis? —nos pregunta usando un tono cuidadoso y amable.
—Bien, creo —respondo por las dos.
—¿Me podéis explicar qué ha pasado?
Yoli asiente y empieza a narrar lo que empezó esta misma tarde. Por fin, se había armado de valor para decirle a Pedro que quería estudiar, que necesitaba cambiar su vida. Y también que quería separarse.
Discutieron y la reacción de él fue irse enfadado.
Lo que no esperaba Yoli era que, un par de horas después, volviera a casa embriagado y agresivo, echándome a mí toda la culpa de las decisiones de su mujer.
Por lo visto, se le habían calentado los pensamientos a base de bien.
Mientras se lo explica a la policía, me señala, para que la agente sepa de quién está hablando.
—Entiendo…
Yo le cuento lo que ha ocurrido desde mi llegada, con toda la coherencia de la que soy capaz.
Instintivamente, Yoli y yo nos buscamos las manos, transmitiéndonos fuerza y confianza. Sobre todo, quiero que sepa que estoy con ella y que esto lo vamos a superar juntas.
—Haremos todo lo que esté en nuestras manos para alejar a ese hombre de vosotras —nos tranquiliza la mossa—. Nos encargaremos de ello. Pero ahora deberíais acompañarnos a la comisaría para denunciar lo que ha ocurrido esta tarde aquí. ¿Me entendéis?
Las dos asentimos.
—Pero él… —empiezo yo—. ¿Volverá?
—La cosa ha sido grave —responde—. No es solo que os haya atacado a vosotras, es que ha disparado a la Policía. Podría haberlos matado. Es probable que el juez decrete prisión inmediata, y una orden de alejamiento la conseguiremos, seguro.
Al escuchar a la mossa, las dos respiramos aliviadas. Es todo lo que necesitamos saber para enfrentar la situación.
De fondo oímos a Andrea exigiendo entrar, pero un mosso, por lo visto, se lo está impidiendo.
—Por favor —suplica Yoli—, ¿la pueden dejar pasar? Es…
—Es como si fuera nuestra madre —acabo yo por ella, porque la emoción le ha podido y se le han ahogado las palabras.
En cuanto es posible, la dejan entrar. Andrea, alterada y nerviosa, viene hacia nosotras y nos abraza.
—¡Niñas! ¿Qué ha pasado? Menudo susto me he llevado cuando he visto todos los coches de Policía debajo de tu casa. —Miro a Yoli, que se aferra a Andrea, llorando en su cuello—. Os juro que me he puesto en lo peor.
Andrea, después de maldecir mil veces a Pedro, no se despega de nosotras.
Acompañadas por los mossos, las tres abandonamos la casa de Yoli y nos trasladamos a la comisaría a formalizar la denuncia. Mientras bajamos las escaleras, un momento de lucidez me dice que nada volverá a ser igual.