Palabra de Alaska (Palabras 1) 22 Pájaros en la cabeza
54%

22 Pájaros en la cabeza

PÁJAROS EN LA CABEZA

Vivir en una segunda planta sin ascensor es lo que tiene, que cuando llegas a la puerta de tu casa con la compra a cuestas y, por lo menos, a treinta grados de temperatura, vas derrengada y sudando como un pollo.

Son pasadas las seis de la tarde y todavía el calor es bochornoso.

No veía el momento de dejar en la cocina la compra del supermercado y beberme medio litro de agua fresca porque estoy deshidratada.

Mientras organizo la nevera para dar cabida a la carne y fruta que acabo de comprar, oigo la melodía de mi teléfono, que aún está dentro del bolso que he dejado tirado de cualquier manera sobre el sofá.

Me doy prisa en sacarlo y veo el nombre de Yoli parpadeando en la pantalla del móvil.

—¡Hola, Yoli, dime! —Contesto con todo el entusiasmo que me da la voz y espero a que ella me responda.

Sin embargo, al otro lado nadie me habla y siento un silencio extraño. Por un instante, llego a la conclusión de que ha marcado mi número por accidente, pero me asalta una intuición inesperada que se traduce en un vacío en el estómago, cercano al mareo.

—¿Yoli? —la nombro con prudencia.

No solo no recibo ninguna respuesta, sino que oigo un grito ahogado proveniente de la garganta de mi amiga y una voz autoritaria, ronca y rugosa, en la que reconozco las notas graves de su pareja. La piel se me eriza porque presiento el miedo en Yolanda, que me está alertando de la situación.

—La desviada, esa amiga tuya, te está metiendo pájaros en la cabeza. —Escucho de fondo cómo Pedro arrastra las palabras, marcándolas una por una. Me pregunto si habrá bebido.

—Por favor… —suplica Yoli, con la voz vibrante y rota.

La mano me tiembla y el corazón me sube hasta la garganta.

«Venga, Eva Mari, reacciona y hazlo rápido».

Me obligo a tomar decisiones. Cuelgo la llamada e intento marcar de inmediato el 112.

Digo intento, porque estoy tan nerviosa que a la primera no acierto con las teclas del teléfono.

Hasta que lo consigo y me atiende una operadora.

Durante un par de minutos me marean con preguntas a las que yo contesto como puedo hasta que estallo:

—¡Joder, manden a alguien, ya! ¿A qué esperan? ¡Le va a hacer daño!

Tras el ataque de histeria, me piden que me tranquilice y me informan de que ya envían a la policía. Después de confirmar mis datos personales, dan por finalizada la llamada. Con el teléfono en la mano, me obligo a respirar hondo y a no desmoronarme.

Me convenzo de que no me puedo quedar con los brazos cruzados comiéndome las uñas y salgo cagando leches en dirección a la casa de Yoli, con la promesa de que no la voy a fallar.

Es una suerte que el portal siempre esté abierto y subo las escaleras de dos en dos hasta llegar al rellano.

Antes de tocar a la puerta, me seco el sudor de la frente con un pañuelo de tela, de los de bolsillo, y que siempre llevo en el bolso —no soporto los de papel—, y me abanico con la mano para conseguir una apariencia normal.

Pedro no debe de saber de la llamada escondida de Yoli y no quiero alertarlo.

Por ese motivo, toco al timbre con suavidad sin mostrar ningún tipo de urgencia, aunque, por dentro, el corazón me late a mil por minuto.

Ni siquiera estoy segura de que alguno de los dos me vaya a abrir la puerta.

Apoyo el oído derecho sobre ella, intentando apreciar algún ruido que me indique lo que pudiera estar pasando en el interior.

Pero no me llega nada, solo un silencio aplastante que me inquieta todavía más.

Al cabo de unos segundos, oigo pasos y un gruñido de queja.

Deduzco que es Pedro quien se acerca a la puerta y me incorporo para aparentar toda la normalidad posible, mientras presiento que me observa a través de la mirilla.

Adopto una pose descuidada y hasta una sonrisa de espera, como si llamar a aquella puerta fuera lo más cotidiano del mundo; no sé ni cómo soy capaz de disimular.

—¡Qué cojones haces aquí! —me espeta nada más abrir la puerta. Tiene los ojos rojos y el cabello despeinado. Por la mirada vidriosa y un leve tambaleo deduzco que sí, que ha bebido. Además, que el aliento lo delata, apesta a alcohol.

Estoy acojonada porque el hombre me da miedo. Pero solo pienso en Yoli y en que ella estará más asustada que yo.

—Me manda Andrea a buscar una tela que tiene Yoli —improviso y disimulo mis nervios, intentando sonar casual.

Pedro me mira de arriba abajo con desprecio y una sonrisa cruel aparece entre sus labios finos, un rictus torcido que me alerta de que ese hombre es peligroso.

—Está dentro, pasa —me invita, y sé que, si acepto entrar, me estaría metiendo en la guarida del lobo.

—No hace falta, que venga Yoli y le explico, no quiero molestaros y será solo un momento.

—Procuro que sea al revés, que salga ella y no tenga que entrar yo.

O al menos necesito ganar tiempo antes de que llegue la policía, que, quiero pensar, está al caer.

Ni siquiera soy capaz de medir si ha pasado mucho o poco tiempo desde que llamé a Emergencias.

—¡He dicho que entres! —me ordena, imponiéndose con su físico robusto. Dada mi complexión, tan delgada, enfrentarme a él sería inútil.

A la desesperada, en un segundo en el que Pedro desvía la mirada hacia el salón, dejo caer el pañuelo que aún llevaba en la mano y lo empujo con el pie con la intención de dejarlo en el encaje de la puerta para evitar que se cierre del todo, sin tener muy claro si va a servir de algo, ya que me tiemblan las piernas.

Tampoco me da tiempo a comprobarlo porque un empujón me adentra en la vivienda, sin miramientos.

Menos mal que no se ha dado cuenta de la maniobra.

Su mirada se me clava en la nuca mientras un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies, ya que no tengo ninguna duda de que este hombre nos va a hacer daño.

En el comedor está Yolanda, sentada en el sofá con las manos nerviosas entrelazadas sobre el regazo. Entre los cojines y casi encajado bajo el respaldo del sofá está su teléfono. Comprendo que, de milagro, le ha dado tiempo de marcar por lo menos mi número, o quizá ha sido una rellamada.

—Eva —dice mi nombre, acongojada—. ¿Qué haces aquí?

—Andrea me manda… —Intento mantener la pantomima sin éxito para no delatarla.

—¡Déjate de mierdas! —Pedro interrumpe lo que le iba a responder y me empuja hasta caer en el sofá, al lado de Yoli—. ¡Las dos sois unas putas!

El grito nos hace dar un respingo. Entrelazamos las manos buscando el apoyo mutuo y, con eso, lo que conseguimos es que Pedro se cabree mucho más.

—¿Qué pasa? ¿Que te quieres follar a mi mujer? Está buena, ¿verdad? —me echa en cara con amargura y me regala una mirada que es puro odio—. ¿Y tú? —Mira a una Yolanda despavorida.

—Pedro, por favor —suplica Yoli—, ella es solo una amiga.

Me aprieta la mano más fuerte y estalla en llanto.

—¡Eres mía! Yo soy tu macho, el que te folla y tú gritas como una loca. ¡Que no se te olvide! ¿Qué cojones es eso de que quieres estudiar? Esta —me mira— lo que quiere es que te alejes de mí para quedarse contigo. ¿No ves cómo se arrastra por ti?

Ahora lo entiendo todo. Al energúmeno lo que le pasa es que tiene un miedo irracional a que Yolanda despegue y vea que hay vida más allá de los pantalones de un hombre. Me da tanta rabia que hasta me olvido de mi propio miedo.

—¿Qué pasa, Pedro, que te asustan las mujeres inteligentes? —Lo suelto desde la rabia, sin calcular las consecuencias.

Como si tuviera un resorte en el culo, me pongo de pie y consigo captar toda su atención, inconsciente de mí.

La respuesta no se hace esperar: un hostión con la mano abierta que me hace perder el equilibrio. Me tambaleo. Y caigo de nuevo en el sofá. Me llevo la mano a la mejilla, que me arde. Ni un grito ha sido capaz de brotar de mi garganta y me niego a llorar; puro orgullo.

Yolanda, al límite del terror, sí que ha gritado. Se abraza a mí y eso todavía enardece más a Pedro. Tiene los ojos inyectados en sangre y la mirada de odio que me dirige es tan grande que me sobrecoge todavía más.

—Ahí estáis perfectas las dos. ¡Nadie juega conmigo! Y menos tú, ¡puta! —Otra vez insultando a Yoli—. Esta no te come el coño —me vuelve a mirar—, ni que sea lo último que haga en esta vida.

Mete la mano bajo la camisa y… no sé de dónde cojones la saca, bueno, sí, puede que de debajo de la cinturilla del pantalón. Pasa un segundo eterno, uno en el que nos está apuntando con una pistola.

Y no parece que sea de juguete.