21 Café y tarta
CAFÉ Y TARTA
Me despierta el timbre y, por unos segundos, no sé dónde estoy.
Miro el reloj; la siesta ha sido breve pero profunda.
La tensión de la despedida de Elsa el día anterior me dejó agotada.
Eso y que me he pasado toda la mañana limpiando y ordenando la casa para adaptarla a mis necesidades.
Estoy baldada y me duele el cuerpo, poco acostumbrado al ejercicio físico.
A mi hermano le parece bien que me quede aquí por el tiempo que necesite.
Anoche cené en su casa y los puse al día de mi nueva situación.
No se alegraron de la ruptura, por supuesto, pero sí de que volviera.
Hasta mi cuñada, Lena, con quien mi relación se había enfriado a lo largo de los años, fue muy afectuosa conmigo.
Incluso me ofreció que la acompañara a clase de pilates para distraerme.
Quizá sí que deba plantearme lo de ponerme en forma.
—No te preocupes, tía, que vas a estar genial aquí con nosotros. —Mi sobrina me dio un abrazo de los bonitos; me tiene derretida.
Así que aquí estoy, deseando instalarme en la casa de mi infancia. Como decía mi madre, el hogar lo hacen las personas que viven en él. Supongo que yo sola también puedo conseguir que este vuelva a ser mi hogar y ya estoy trazando todo un plan para darle mi toque personal.
Frotándome los ojos, voy hacia la puerta y la abro para encontrarme a Andrea y a Yoli sonriéndome y con un pastel de chocolate en las manos; intuyo que para darme la bienvenida o apoyo moral. Sea el motivo que sea, me han alegrado la tarde.
—¿Nos vas a dejar pasar? ¿O nos quedamos aquí plantadas en la puerta? —Es Andrea quien me acaba de despertar. Creo que hasta ese momento mi cerebro estaba conectando nervios y funcionando a medio gas.
—Ay, sí, perdonad. —Me paso las manos por la cabeza hasta la nuca, donde acaba mi media melena, y las dejo pasar.
Estoy sudando. Porque, aunque he bajado las persianas para que no entre el sol en la sala de estar, dentro del piso hace calor. Voy a tener que instalar aire acondicionado.
Me excuso unos segundos para ir a lavarme la cara y acabar de despejarme. Mientras, Andrea, con la confianza que ha tenido siempre, se va directa a la cocina para poner una cafetera en el fuego.
—Estáis en vuestra casa. —La afirmación es retórica porque las dos mujeres campan a su aire, y me voy riendo hacia el baño, inusualmente feliz.
Cuando vuelvo, la mesa está puesta. La han cubierto con uno de los preciosos manteles de hilo de mi madre, con las tazas, platos y todo lo necesario para una merienda en buena compañía.
—Este pastel está de vicio. —Las señalo con el tenedor después de probarlo—. ¿Quién lo ha hecho?
Cuando veo a Yoli sonrojarse, ya sé la respuesta.
—Me vas a tener que pasar la receta —le pido mientras me relamo—. ¡Es que está de muerte!
—A tu madre también le gustaba mucho —responde Yoli con nostalgia.
Es cuando deduzco que estas meriendas han sido habituales en esta casa.
Me invaden sentimientos contradictorios.
Por un lado, de nuevo me siento culpable por el alejamiento de mi familia.
Es evidente que me he perdido muchos y bonitos momentos.
Por otro lado, saber que ellas me incluyen en esta tradición es un avance significativo en cuanto a mi integración en esta nueva etapa de mi vida.
—Gracias, no merezco tanto homenaje. —Me he emocionado como una idiota y no siento ninguna vergüenza, al contrario. Su apoyo silencioso es más importante para mí de lo que ellas se imaginan.
—No digas tonterías. —Esta vez es Yoli quien le quita hierro al asunto.
—Además, no te creas que esto es solo por ti, también estamos de celebración.
—¡Anda! ¿Y qué celebramos?
—¿Se lo dices tú? —apunta Andrea.
Yoli acaba de degustar un trozo de su propio pastel y, después de tragárselo, empieza a explicarme. Intuyo su nerviosismo porque la voz le tiembla. Para tranquilizarla, me limpio la boca, le sonrío y la animo a que empiece a explicarse.
—Andrea me ha ofrecido que reabra su taller de costura y empiece a coser para antiguas clientas que aún le reclaman que les haga algunos trabajos, y he aceptado. No sé cómo agradecérselo. —Se gira hacia Andrea para que sepa que esas últimas palabras se las está dirigiendo exclusivamente a ella.
—No seas tonta, niña. Y dejad de hablarme de usted de una vez —nos mira a las dos—, que ya hay confianza y no soy tan vieja.
—¿Cuántos años tienes? —Recojo sus palabras y me atrevo a lanzar la pregunta prohibida para toda mujer que se precie.
Andrea se ríe y agacha la cabeza para juntarla con las nuestras, como si fuera a revelarnos un secreto de Estado.
—Tengo setenta —nos dice, y yo sé que está mintiendo.
—Vale. De momento nos lo creemos, ¿no, Yoli?
—Sí, vamos a proclamar un acto de fe. De todas maneras, yo no le echaría más de esa edad.
Yoli tiene razón. Sospecho que Andrea está más cerca de los ochenta que de los setenta. Pero tiene una vitalidad increíble. Se ha cuidado toda su vida y eso se nota. Solo le delatan las manchas de la piel, sobre todo en las manos. Las manos nunca engañan, ni el cuello.
—Bueno, chicas, ya me tengo que ir, que he quedado para echar un par de cartones en el bingo con dos amigas del centro cívico y se me hace tarde.
—Se pone de pie y hace el ademán de recoger la mesa.
La detengo y le digo que no se preocupe, que ya me encargo yo, que vaya a divertirse.
Primera noticia de que a Andrea le gusta jugar al bingo.
Cuando mi vecina cierra la puerta y nos deja a Yoli y a mí a solas, parece que toda la confianza que había se desvanece. Nos mostramos cohibidas, como si todavía no supiéramos cómo comportarnos la una frente a la otra.
—¿De verdad que Andrea se juega los cuartos en el bingo? —digo yo para romper el hielo.
—Sí, pero no te creas que lo hace todos los días.
Tu madre también iba. —Otra sorpresa más—.
En el centro cívico del barrio programan muchas actividades para gente mayor.
Andrea y Elo se apuntaron a un curso de informática para manejarse con lo básico.
Congeniaron con dos abuelas más y, una vez a la semana, quedaban para merendar y jugar un par de cartones en el bingo.
Después de la explicación de Yoli, me quedo más tranquila.
Lo de que era asidua al centro cívico sí que lo sabía; el detalle de que, de vez en cuando, iba al bingo con sus amigas lo había obviado cuando hablábamos por teléfono, como si fuera una adolescente que no te lo cuenta todo.
Y me arranca una sonrisa. Por un instante hasta he llegado a pensar que había caído en las redes de la ludopatía.
—Respira, mujer, que solo lo hacían para pasar el rato.
Fijo que me ha visto la cara de susto. Pero es cierto, sus palabras me han tranquilizado.
—¿Otro café? —le pregunto a Yoli.
—Si tú también te lo tomas.
Reparto los restos de la cafetera mientras ella corta dos porciones más de pastel y los sirve.
—¿Qué quieres? ¿Cebarme? —le recrimino, pero hincándole el diente al segundo de tenerlo en el plato.
—¿A ti? Si no sé cómo te mantienes tan delgada. A mí sí que se me ponen los michelines aquí. —Se señala las caderas. No entiendo de qué se queja, porque me encanta la redondez de su cuerpo; equilibrado y sensual. Yoli ni siquiera es consciente de su propia belleza.
—Entonces, ¿vas a coser de nuevo? —Cambio el tema de conversación, que no quiero que se note cómo se me disparan los pensamientos. Y las pulsaciones.
—Sí. Andrea me lo ha ofrecido. Durante años he estado cosiendo con ella, he aprendido de patrones, de hilos y de telas. Me lo ha enseñado todo.
—Conoces el oficio.
—Tengo mucha ilusión por empezar. Dice que me ayudará en todo lo que pueda.
—¿Y Pedro? ¿Qué te ha dicho? —Al segundo noto que he dado con un tema delicado.
—Aún no se lo he contado. —Baja la vista y la voz le tiembla. También suelta la taza y pone las manos en el regazo, fuera de mi vista.
—¿Por qué?
—No va a reaccionar bien, lo sé. Pero necesito hacer algo por mí misma. —Levanta los ojos y me mira. Vislumbro algo parecido al miedo.
—En algún momento tendrás que enfrentarlo.
—Lo sé.
Extiendo el brazo por encima de la mesa y la invito a darme la mano. Y lo hace. La suya es suave y encaja a la perfección entre la mía. Una sensación de ternura me invade y me resisto a acariciársela para que no equivoque mis intenciones.
—Te apoyaré en todo lo que decidas, ¿lo sabes, verdad? Pero creo que ha llegado la hora de que seas valiente y tomes, única y exclusivamente, las decisiones que sean mejor para ti.
—Si fuera tan fácil…
—No lo es, pero no le debes nada a nadie, solo a ti misma.
Yoli se calla. Como respuesta, se levanta a recoger los platos y tazas sucias. Entiendo que aquí se acaba la conversación y prefiero no insistir más en el tema para no agobiarla.
Ahora las decisiones las tiene que tomar ella.
Y Andrea y yo, estar.