Palabra de Alaska (Palabras 1) 20 Hierro y culpa
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20 Hierro y culpa

HIERRO Y CULPA

Cierro la última caja, la sello con la cinta adhesiva y la dejo junto a las otras, en un rincón del que había sido nuestro dormitorio, el mío y el de Elsa.

Todavía me da tiempo a llenar una maleta de ropa mientras espero a que vengan de la empresa de paquetería que se hará cargo del pequeño traslado.

Esta misma tarde lo tendré todo en casa.

La conversación con Elsa no fue fácil. Aunque suene a cliché, le dije la verdad, que teníamos que hablar.

Quise venir ese mismo día, pero me dijo que estaba de vacaciones con un par de amigas en un pueblo de la costa, cerca de Barcelona, y que no pensaba interrumpir sus vacaciones por mi ataque de sinceridad.

En verdad, pienso que sabía que nuestra ruptura se iba a materializar y que, de alguna manera, quiso retrasar el momento.

Tampoco me extrañó esa respuesta; es muy de Elsa ignorar lo que no le gusta. En otra ocasión le hubiera dado la opción de poner la fecha que mejor le conviniera, pero mi decisión ya estaba tomada y no tenía intención de alargar nada por el bien de las dos.

—Vale, no es necesario que cambies tus planes por mí.

Tampoco es como si lo hubieras hecho alguna vez.

—Fue un ataque directo—. No voy a discutir, Elsa.

Solo necesito que sepas mis razones para irme; nos lo debemos.

El miércoles por la mañana voy a estar en tu casa.

—Ese era un matiz importante, «su casa»—. Espero, por favor, que podamos hablar.

—Okis, nos veremos allí —claudicó. Me sorprendió el cambio en su voz. Dejó de sonar tan segura como siempre y me pareció resignada a que había llegado lo inevitable.

Una mirada a mi alrededor constata que solo está la esencia de Elsa.

Sus muebles, los recuerdos de nuestros viajes, la decoración minimalista y sobria.

No hay ni un puñetero cojín que desentone.

¿Dejo alguna huella? Ninguna. El único rincón que me ha pertenecido es una pequeña habitación al lado de nuestro dormitorio que habilité como despacho.

Ni el escritorio es mío. Una vez vaciado de mi ordenador, de libros y archivadores, no queda ni rastro de mi paso por esta casa.

En cuanto a la ropa, he conservado solo las prendas que yo he comprado y escogido. El resto las dejo dentro del armario para que Elsa haga con ellas lo que le plazca. Total, me las había regalado sin ser de mi gusto ni de mi estilo. Otra cosa más a la que no supe poner freno.

El timbre del portero automático interrumpe mis pensamientos. Es la empresa de mudanzas que viene a recoger mis pertenencias. En cuanto acaban, firmo la entrega y se van. Miro el reloj, impaciente; Elsa debe de estar a punto de llegar, si es que no se arrepiente.

A las doce y diez se abre la puerta principal y la veo entrar; está preciosa.

Lleva un vestido veraniego con un elegante estampado y calza unas alpargatas con un tacón alto que estiliza de por sí sus más que esbeltas y morenas piernas.

Recoge su melena cobriza en una coleta descuidada que le da un aspecto informal. No va maquillada, rarísimo en ella.

—Hola —saluda prudente y deposita sus llaves en el cuenco de la entrada junto a las mías, las que ya he dejado, después de entregar mis pocas posesiones al trabajador de la empresa de transportes.

—Hola —le devuelvo el saludo.

Nos quedamos las dos indecisas, mirándonos en silencio sin que ninguna tome la iniciativa de abrir la boca.

Como he sido yo quien ha dado el paso, tomo la palabra en primer lugar.

No es fácil romper con una persona que has querido, con la que has compartido tu vida y vivido momentos bonitos, aunque no todo haya sido de color rosa.

Y no quiero renunciar a ninguno de ellos, porque también forman parte de mí.

—Siento que las cosas acaben así, pero este no es mi lugar. —Pretendo ser sincera. Es algo que las dos nos merecemos.

—Yo también lo siento. —No esperaba esas palabras. La miro bien y es como si lo hiciera por primera vez. Nunca la había percibido tan humilde y me desarma.

—¿Qué es lo que sientes?

—Todo. Supongo que es cierto que no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. Te adaptaste a mis gustos, a mi vida y a mis decisiones; siempre he ido a la mía. Todo solía girar a mi alrededor, y como tú no te quejabas… Pero intuía que algo no acababa de funcionar.

—Si lo sabías, ¿por qué no hemos hablado nunca de esto? —Me doy cuenta de que yo también podría haberme sincerado y no lo hice.

Deja su capazo de mimbre sobre el sofá y medita su respuesta antes de verbalizarla.

—Porque soy una egoísta y me gusta salirme siempre con la mía.

—¡Joder! —mascullo entre dientes.

—Aunque te cueste creerlo, yo te sigo queriendo. —Lo cierto es que suena sincera—. Eres una mujer inteligente, decidida, y me aportas paz y estabilidad.

—Pero no lo suficiente glamurosa para tu estilo de vida. —Entiendo perfectamente su contradicción.

—Soy así de superficial —reconoce y se encoge de hombros. Sin embargo, el matiz es doloroso.

Me acerco a ella porque veo en sus ojos la tristeza que le produce nuestra separación.

No creí que le pudiera afectar tanto, y ahora comprendo que ha intentado esquivar la conversación a ver si me calmaba y todo volvía a su cauce, como había ocurrido siempre que discutíamos.

Puede que yo también me haya equivocado con Elsa.

Reconozco que al principio estaba deslumbrada por su belleza, su entorno y su forma de vida.

Me convencí de que era mucho mejor que yo.

Si lo miramos bien, ¿quién había sido superficial en aquella relación?

—No es culpa tuya; al menos, no toda. Deberíamos haber hablado más de nosotras, de lo que esperábamos la una de la otra y de cómo realmente nos sentíamos.

—Supongo que ya es tarde… —La voz le tiembla.

—Sí, esto se ha acabado.

Elsa se acerca despacio. Con tacones está a la misma altura que yo y me abraza.

—No quiero que te vayas —me suplica, y por primera vez no reconozco a la mujer que tengo entre mis brazos. «¿Tan alejadas hemos estado que no lo he visto venir?».

Elsa me toma la cara y me besa los labios, con suavidad y delicadeza, como sabe que me gusta, buscando mi rendición.

Me sorprendo al descubrir un regusto salado y presiento una lágrima que se mezcla con nuestras salivas, porque, al final, correspondo a ese beso de despedida.

Vierto en ese gesto años de pasión, de amor bonito, de buenos momentos.

Me sabe a hierro y a culpa, pero no soy capaz de separarme.

Hasta que siento las manos de Elsa por debajo de mi camiseta, acariciándome el estómago y subiendo en busca de mis pechos. Y es cuando soy consciente de que seguir sería un error. Otro más.

—No puedo hacerlo, no sería justo para ninguna de las dos —confieso, apartándola con suavidad.

—Te he echado de menos, siempre que volvía a casa de mis viajes estabas aquí y me gustaba.

—No es que te gustara, es que te acostumbraste. Esa era nuestra vida, la rutina. Y a las dos parecía que nos iba bien así. También es mi culpa, por no habértelo dicho o haber planteado cambios en las reglas del juego.

Nos miramos siendo conscientes de cuánto se había estropeado nuestra relación.

—¿Tú no me has echado de menos? —pregunta.

—No.

Esa negación es demoledora porque, si no echas de menos a la persona que supuestamente amas, es que ese amor en realidad ya no existe o ha desaparecido, vete tú a saber dónde.

El silencio que nos envuelve es aplastante y siento que ya no puedo seguir aquí, porque estoy a punto de ahogarme.

—Lo siento —es lo último que le digo antes de salir.

—Yo también —es casi un susurro que apenas oigo.

En cuanto cierro la puerta a mis espaldas, me invade el alivio y respiro.

Acabo de cerrar otra etapa de mi vida. Y toca empezar de nuevo.