Palabra de Alaska (Palabras 1) 19 Borrón y cuenta nueva
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19 Borrón y cuenta nueva

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

Veinticinco años después de la muerte de Sebas, el que había sido el único hombre que lo había amado de verdad aún se echaba la culpa. Y no era justo.

—Hay que dejar ya esta mierda atrás. —A mi afirmación, Elías levanta la cabeza, sorprendido—. Llevo año tras año viendo cómo te martirizas y creo que ya va siendo hora de que hagas borrón y cuenta nueva. Y yo también.

—No puedo olvidarme de que no hice todo lo que pude, lo he intentado, pero no he conseguido desterrarlo de la cabeza. —Elías suena cansado. Muy cansado—. Lo eché de casa como a un perro, no lo traté como el enfermo que sabía que era…

—¿Y qué vas a hacer? —Es lo mismo de siempre—. ¿Vivir con la culpa el resto de tu vida?

Los enormes ojos marrones de Elías me miran fijamente, sopesando mis palabras.

Sus labios forman un rictus serio. El que había sido la última pareja de Sebas es un hombre atractivo, rondando la cincuentena, en muy buena forma, y luce una barba salpicada de canas que le da una apariencia afable, pero que no esconde la tormenta tras su mirada.

Estoy segura de que no espera que sea tan directa, pero ha llegado el momento de hacer balance y cerrar, por fin, una etapa demasiado dolorosa para los dos. Llevamos demasiados años cargando con la culpabilidad impresa en el alma y debemos liberarnos de una vez por todas.

—Tu vida no puede regirse por lo que pasó tanto tiempo atrás —insisto—. A ver, dime, ¿has conseguido tener una relación normal de pareja después de Sebas? —Sé que estoy echando sal a una herida demasiado grande.

—Lo he intentado —confiesa—, pero no lo consigo. Tengo la sensación de que voy a fallarles y lo acabo jodiendo.

—¿Y Frank? —le pregunto con suavidad. Es la última pareja que le recuerdo. Al menos, era con él con quien estaba la última vez que nos vimos.

Niega con la cabeza.

—Ya no estamos juntos, tampoco funcionó.

—Lo siento.

—Ya…, y yo también. —Remueve con desgana el café que ya se le ha enfriado.

—¿No crees que deberías dejar el pasado atrás para encarrilar, de verdad, tu vida?

Hoy es el aniversario de la muerte de Sebas.

Murió joven, a los veintidós. De una sobredosis de heroína.

Como cada año, hemos puesto un ramo de flores en su tumba.

En mi caso, solo fallé a la cita el año pasado, por no discutir con Elsa.

Elías, jamás. Esa ausencia me hizo bien y tengo la necesidad emocional de alejarme del pasado y cerrar este capítulo; incluyo al hombre que tengo enfrente.

Ante la fotografía de la lápida, la del chico joven y guapo que todavía recordamos, le hemos explicado las últimas novedades de nuestras vidas, como en los años anteriores.

Parece estúpido hablarle a una tumba, pero al principio era catártico, hasta que dejó de serlo, al menos para mí.

Ha sido así como Elías y yo nos hemos ido conociendo y sabemos tanto el uno del otro, porque, en realidad, no somos ni siquiera amigos, solo dos personas unidas por las circunstancias y la fatalidad.

Ahora, estamos en una cafetería, no muy lejos del cementerio, teniendo la conversación que hace años deberíamos haber tenido. Lo normal, después de la ofrenda, era irnos cada uno por nuestro lado, sin tener más noticias del otro, hasta el aniversario siguiente.

¿Cómo conocimos a Elías?

Todo empezó una tarde en la que salí a dar un paseo para airearme de tanto estudiar.

En un parque cercano a mi casa, me encontré con Sebas.

Estaba temblando y cubierto de sudor. No tardé en darme cuenta de que estaba en pleno mono.

Aún lo recuerdo como si lo estuviera viviendo en este mismo instante, mi pobre niño.

Él, sin controlar el castañeo de sus dientes y dando arcadas, me dijo que estaba harto, que aquello era un infierno —mientras estaba en pleno viaje, perdía el mundo de vista—, que sus padres lo habían echado de casa por no aceptarlo, que ya no tenía amigos y, por lo visto, el que era su novio, el tal Richi, lo había abandonado a su suerte después de haberlo empujado al mundo de las drogas.

Pasado el efecto de la heroína, su vida seguía siendo la misma mierda de siempre. Él se consideraba una mierda.

Por aquel entonces, sabía de la existencia de una entidad que acogía a jóvenes con problemas de drogadicción y conseguí convencerlo para que entrara en uno de los programas de desintoxicación con metadona.

Allí estaba él. Elías trabajaba como voluntario y se involucró muchísimo en su recuperación.

Sebas tuvo suerte y se fue a vivir a un piso tutelado por la entidad, que compartía con otros jóvenes con sus mismos problemas.

Alejarlo del mundo oscuro en el que se movía había sido primordial.

En cuanto empezó a mejorar y sacó a relucir su carácter dulce, el de siempre, Elías se enamoró de él, y Sebas igual. Entonces comenzaron una relación.

Meses después se fueron a vivir juntos. Elías había acabado sus estudios de Empresariales y ya trabajaba por su cuenta. Mientras, Sebas lo hacía en un supermercado y había vuelto a cursar el COU, esta vez nocturno.

Sin embargo, apareció Richi de nuevo y… Sebas volvió a él.

Y a las drogas, después de estar limpio algo más de un año.

Elías no pudo soportarlo y lo echó de su casa.

Fue un impulso, un arrebato del que no tardó en arrepentirse.

Cuando consiguió tranquilizarse, fue en mi busca para pedirme ayuda para encontrarlo.

Dimos con él en el único lugar donde no hubiéramos querido hacerlo: en la zona donde se concentraban los yonquis, en mi barrio.

Y allí estaba, en pleno vuelo, junto a Richi.

Los dos con la mirada vacía, con la goma todavía atada a sus bíceps y la jeringuilla compartida en el suelo.

Soy incapaz de describir cómo me sentí, ni el vacío que se me hizo en el estómago, ni los pinchazos de dolor en el pecho.

Así que no puedo imaginarme cómo debió de sentirse Elías, un chico tranquilo cuyo rostro se transformó en una furia visceral.

Toda aquella situación lo superó, a pesar de su experiencia y trabajo con los adictos.

Aquí se mezclaba con los sentimientos personales.

Impotencia y rabia; la tormenta perfecta.

Aún revivo aquellas imágenes como si estuvieran ocurriendo a cámara lenta: veo a Elías levantando a Richi, a peso, cogiéndolo por la camiseta, zarandeándolo y dándole un puñetazo en toda la cara.

El drogadicto ni fue consciente de ello.

Nos dedicó una sonrisa bobalicona con las babas cayéndole por la comisura de los labios, mezcladas con la sangre de la agresión.

—No podías verlo feliz, ¿verdad? ¡Hijo de puta! —le espetó cuando lo soltó, y dejó que se cayera al suelo como un muñeco de trapo.

Después se dirigió a Sebas.

—Y tú, ¿es esto lo que quieres? —Por un segundo, los ojos de Sebas volvieron a la vida—. Pues muérete tú solo porque yo no pienso pagar por el espectáculo.

Como testigo silenciosa, no supe actuar. Aquello se nos había escapado de las manos. Yo no tenía más herramientas para afrontar aquel drama. Lo último que vi fue cómo Sebas alargaba la mano por acercarse a Elías y este daba un paso atrás con los ojos oscurecidos por la rabia y el dolor.

Le dimos la espalda.

Al día siguiente, Sebas apareció muerto. Una pequeña investigación reveló que fue una acción deliberada para acabar con su sufrimiento.

—Lo dejamos tirado —entona con la mirada perdida y el recuerdo anclado en aquel día. No se perdona su manera de reaccionar.

—Nosotros tampoco sabíamos más —argumento—. Al final, irse con Richi fue su elección.

—Mi amor por él no fue suficiente para que se quedara. —La voz la tiene rota y aún me impresiona su dolor.

—¿Te acuerdas de su última mirada? —Aún me conmueve rememorarla.

—Como para no hacerlo. La llevo clavada aquí —Elías se toca la frente— y aquí. —Se lleva la mano al pecho.

—Yo también. ¿Sabes qué vi?

—No.

—La mirada de quien sabe que nos ha fallado y que se merecía nuestro desprecio. Creo que fue en ese momento cuando Sebas tiró la toalla y decidió… —Es muy fuerte ponerle final a esa frase.

—Pero no se lo merecía, solo era un enfermo. —Las lágrimas resbalan ya sin control por las mejillas de Elías.

—Aun así, nosotros también estábamos destrozados y la situación nos desbordó. —Con el paso del tiempo, es a la conclusión a la que he llegado.

—Fue un cabrón egoísta que tiró por el camino fácil y le importó una mierda lo que dejaba atrás. —Con o sin razón, la rabia de Elías aún no ha desaparecido.

—¡Elías! —Elevo la voz. Algunas cabezas del bar se giran hacia nosotros, interesados en nuestra conversación—.

¡Déjalo ya! Olvídate de él y ordena tu vida.

No puedes lastrarla por decisiones de otros.

Con Frank, o con quien sea, mereces tener la oportunidad de ser feliz y Sebas no te deja.

Él descansa en paz. ¡Coño! ¡Que han pasado veinticinco putos años!

Sorprendido de mi reacción, durante unos segundos me aguanta la mirada mientras se restriega las manos por la cara para eliminar el resto de las lágrimas.

—¿Tú lo vas a hacer?

—Sí. Él está muerto, y nosotros vivos. Nada va a cambiar, somos nosotros quienes debemos dejarlo ir. ¡Hazlo de una vez!

—No es tan fácil…

—Lo sé. Pero no queda más remedio —digo convencida—. El año que viene no me llames para esto. —Señalo en la dirección del cementerio.

Se pone en pie y se alisa las arrugas del pantalón. Ha llegado el momento de despedirnos; espero que realmente piense en mis palabras.

—Tienes razón…, creo que debo reflexionar —titubea—. Solo que no sé si podré.

—Inténtalo —insisto.

Asiente con la cabeza. Vislumbro que, a partir de ahora, nos dejará de unir el fantasma de Sebas y tal vez podamos darnos la oportunidad de forjar una amistad sincera.

—Cuídate. —Me da un beso en la mejilla antes de irse—. Tú también mereces ser feliz, recuérdalo.

Tras ese último comentario, la primera persona que me viene a la mente es Yoli. No sé qué felicidad voy a encontrar por el camino, pero no voy a dejar de buscarla.

Después de cerrar este capítulo de mi vida pasada, sé que tengo que enfrentar el presente.

De camino a casa, decidida, marco el número de Elsa.

—Eva —contesta.

Ya no hay vuelta atrás.