18 A quién le importa
A QUIÉN LE IMPORTA
A mis dieciocho años
Me transporto a un tiempo que recuerdo con alegría y dolor a la vez. Por un lado, la cara de la moneda. Fue una época feliz, llena de ilusiones y viviendo mis primeras experiencias románticas y asumiendo quién era yo. Por otro, la cruz.
Los jueves por la noche, la ciudad era de los universitarios. Todos los pubs y discotecas se llenaban de jóvenes con las hormonas en plena ebullición, buscando un rato de desconexión de sus libros, apuntes y exámenes.
La Sala del Cel, la discoteca más conocida y puntera de la ciudad, estaba hasta los topes. María José, con su desparpajo habitual, había conseguido que los porteros nos dejaran entrar sin pagar. Y también porque la conocían.
Apenas si se podía avanzar, achuchándote entre la gente.
Por aquella época aún no estaba prohibido fumar en el interior de los locales, así que, nada más entrar, nos vimos envueltos en el humo del tabaco y…
de lo que no era tabaco. El calor mantenía mi camiseta bochornosamente pegada a mi cuerpo, enfundada en unos Levis 501.
Hacía nada que habíamos llegado y ya me estaba agobiando.
Nos fuimos directas al guardarropa para dejar nuestros abrigos y de allí subimos a la parte alta de la discoteca, que solía estar menos atestada de gente, donde la música era más comercial, a veces incluso nostálgica, y nos gustaba más.
En la parte de abajo, una machacona música techno hacinaba a los estudiantes en la pista, bailando con la piel sudorosa, pegados los unos a los otros y envueltos en el efecto megatrón de los gases, cuyo humo nublaba los cuerpos en movimiento.
Las tres nos fuimos a una punta de la barra.
Sonaba Mucho mejor de Los Rodríguez. Con esfuerzo, aún podíamos comunicarnos y oírnos a través de las ondas musicales.
En un momento de distracción, María José me dio un codazo en el costado para llamar mi atención y con un gesto de cabeza señaló hacia un rincón de la discoteca.
Era Sebas. Besándose con un chico, o más bien comiéndoselo entero, con los ojos cerrados, pero no estaba lo suficientemente oscuro para que no hubiera podido reconocerlo.
Hacía meses que no sabía nada de él. Y no porque no lo hubiera intentado.
Le había telefoneado muchas veces y la respuesta de su madre había sido siempre la misma: que no se encontraba en casa y que no sabía cuándo volvería.
Estaba muy preocupada y no tenía ni idea de por dónde buscarlo; al final, no me quedó otra opción que rendirme.
Él, desde hacía mucho tiempo, se movía por otros ambientes.
Me había dolido mucho su alejamiento, pero, después del viaje de fin de curso, todo empezó a cambiar. Y no precisamente para bien.
El año en que habíamos empezado a cursar COU, tras un verano en el que nos habíamos visto poco, Sebas volvió cambiado.
Se había rapado el cabello por los laterales y lucía una cresta central, coloreada en las puntas de un tono rojizo, que hacía resaltar su pálido rostro.
Su manera de vestir también había cambiado.
Usaba ajustados pantalones negros, que a saber cómo conseguía enfundárselos porque parecía imposible, camisetas oscuras, rotas o con redecillas, y botas militares. Apenas reconocía a mi amigo.
Superada la impresión, le preguntamos por ese cambio, con la confianza acostumbrada.
Un desconocido Sebas nos contestó que ya era hora de mostrarse tal cual se sentía.
No entendí demasiado bien a lo que se refería, pero su mirada era más oscura y atormentada que nunca.
Inevitablemente, Sebas se fue alejando de nosotras, casi sin ser consciente de ello.
Hasta que un día nos dimos cuenta de que apenas venía a clase.
Y que, si lo hacía, pasaba más tiempo fuera del instituto, con un grupo de chavales del barrio que fumaban porros.
Los había visto más de una vez por la zona del campo de fútbol compartiéndolos.
Por aquella época, se había convertido en un lugar por donde las drogas campaban a sus anchas.
Intenté hablar con él, pero la mayoría de las veces tenía la vista nublada por lo que se fumaba y no quiso entender mis advertencias. Debí insistir, pero no lo hice.
Aquella noche, en la discoteca, suspiré. Obviamente, no era momento de ir a saludarlo; aun así, me prometí que, en cuanto tuviera oportunidad, me acercaría a él.
Mientras, bajo el ritmo de Me and you de Alexia, apareció Sara.
Era una chica atractiva y desenvuelta, más baja que yo, con el pelo corto, ojos verdes y una sonrisa preciosa.
Vestía un top magenta, unos shorts negros, con medias gruesas, también de color negro, y zapatos bastos, con cordones.
Estudiaba conmigo y desde el primer día había existido una atracción entre ambas.
A pesar de tener asumida mi sexualidad, aún no me había atrevido a experimentar con nadie, y ganas no me faltaban. Sara se veía más decidida que yo. Aquella noche todo eran señales para que yo acabara de salir del cascarón. Faltaba que hiciera algo con ellas, además de captarlas.
María José, que también se había dado cuenta, me tomó por la camiseta, me hizo bajar la cabeza y al oído me soltó una de las suyas:
—Si hoy no te estrenas, te juro que te dejo aquí tirada y vuelves a tu casa andando, por cobarde. —Y lo acompañó con una risa pícara y suave—. ¿Es que no ves cómo te está mirando? Hija, por Dios.
Menos mal que estaba lo bastante oscuro para que no viera cómo me subía el calor a la cara. Me disculpé para ir a refrescarme y, de paso, dominar mis nervios, que eran muchos.
En el acceso al baño de mujeres había una cola tremenda y, en cambio, el de los chicos estaba medio vacío. Resignada, me dispuse a esperar mi turno.
Y fue cuestión de segundos. Vi a Sebas entrar y no lo dudé.
Lo seguí y lo atrapé justo a punto de encerrarse en uno de los habitáculos.
Me dio tiempo a poner un pie en la puerta y entrar tras él.
Me importaba una mierda que alguien creyera que íbamos a darnos el lote, solo aproveché la oportunidad de hablar con él, después de tantos meses sin saber nada.
—¡Qué cojones…! —empezó Sebas, hasta que se dio cuenta de que era yo—. ¡Joder, Eva!
—No grites —le exigí en voz baja—. Te he llamado mogollón de veces a tu casa y no me devuelves las llamadas. Te he visto antes, pero estabas demasiado ocupado…
—Estaba con Richi, es mi novio. —En ese momento me enteré de que, por fin, mi amigo había salido del armario—. Vivo con él, por eso no me encuentras en mi casa; me echaron cuando les dije que era maricón, ¡un asqueroso y puto maricón!
—¡Coño! ¿Y no me lo podías haber dicho? —Mi cabreo había ido en aumento, y más al calificarse con ese desprecio—. Creí que éramos amigos, ¡hostia! He estado muy preocupada por ti.
Me dolía que no hubiera confiado en mí. Yo le habría apoyado y no habría permitido que pasara por eso solo. ¿Cómo dimos lugar a alejarnos tanto?
—Seguimos caminos distintos, a mí no me ha ido tan bien como a ti. —Se encogió de hombros como si lo que le había dicho no tuviera ningún valor para él.
—Sí, claro, tú escogiste el camino de los porros y esconderte de los amigos, lo más fácil. ¡Lo difícil es echarle huevos! —Cuando quiero soy muy cabrona. A mi favor, diré que estaba muy enfadada con Sebas. Hasta le di un empujón en el pecho, para que lo entendiera.
—¡A ti qué más te da! ¡Qué sabrás tú! —escupió con desprecio.
—¡Pues todo, me da todo! Ibas emporrado todo el día. Como lo estás ahora.
Tenía los ojos rojos y las pupilas dilatadas. No me podía engañar.
—Mira, Eva, si estás aquí para saludarme, genial. Si lo que estás haciendo es sermonearme, ¡déjalo! Ya soy mayorcito.
Ni corto ni perezoso, ante mi presencia se sacó un cigarro del bolsillo, de los de liar, y lo encendió.
Creí que era otro porro, pero el aroma dulzón, como a azúcar quemada, me advirtió que aquello era diferente.
Era un chino. Un puto cigarro chino de heroína.
Lo reconocí porque una vez se lo vi liar, y encender, a un vecino del barrio.
Y a mí se me cayó el alma a los pies, porque sabía que aquello era malo.
Malo de verdad. Por eso se había metido en el baño.
—Sebas, ¡joder! —Me poseyó la rabia y de un manotazo le quité el cigarro de la boca, lo eché al váter y tiré de la cadena—. ¡Esto es una puta mierda! ¿Qué coño te estás haciendo?
Vi en sus ojos el pánico y supe que aquello ya lo había atrapado.
—¡Vete! —masculló con desespero—. No te vuelvas a acercar a mí. ¡No te quiero ver más!
Aquel no era mi Sebas, y, con lágrimas como puños rodándome por las mejillas, salí del baño.
Sara me esperaba en la barra y me había pedido un refresco de cola, no solía tomar alcohol. Me lo bebí casi de golpe por el sofoco que llevaba encima.
Mis amigas no debían de estar muy lejos.
Sin embargo, no hice nada por buscarlas.
Tenía a Sara allí, con sus bonitos ojos verdes reclamando mi atención.
La necesitaba. Quería sentir el calor de su cuerpo abrazado al mío, deseaba dar un beso de verdad y olvidarme de las miserias del mundo y de lo que acababa de ver.
—¿Qué te pasa? —Sara me acarició la mejilla húmeda con las manos—. Vienes desencajada del aseo.
—Me he encontrado con un amigo. Hacía tiempo que no nos veíamos y no ha ido bien. —Era imposible esconder mi frustración.
—¿Puedo ayudarte?
—Ya lo haces. —La acerqué hacia mí y ella me rodeó con los brazos por la cintura y nos empezamos a mecer juntas.
—Me muero por besarte —me confesó, y se puso de puntillas hasta rozarme la nariz.
—Yo también lo estoy deseando —le susurré, exhalando el aliento sobre sus labios.
—Pues estás tardando…
—Me da un poco de vergüenza que me vea alguien que me conozca o que me juzguen.
—Menuda tontería; no seríamos las únicas. —Su voz me arrullaba, dándome la seguridad que necesitaba.
El empujoncito me vino de donde menos me esperaba. Justo en ese instante, a través de los potentes altavoces, llegó el momento de los temas nostálgicos y empezó a sonar A quién le importa de Alaska y Dinarama. Las dos, juntando las frentes, nos pusimos a reír.
Al final, me lo dijo Alaska: «¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré».
Cerré los ojos. En aquella esquina oscura besé a Sara. La besé como deseaba hacerlo, con suavidad y acariciándole la boca, sintiendo su cuerpo alineado al mío, saboreando su dulce lengua y con los ojos cerrados.
Dicen que los primeros amores son bonitos y estoy de acuerdo. Sara fue lo mejor que me pasó aquel año.
En cuanto a Sebas, quise olvidarme de lo que había visto, pero eso era imposible. Solo deseaba equivocarme y creer que mi amigo no acabaría descendiendo a los infiernos.
Aquella noche elegí.
Que hablaran.
Que señalaran.
Palabra de Alaska: me importaba un bledo.