Palabra de Alaska (Palabras 1) 17 Recuerdos
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17 Recuerdos

RECUERDOS

Al fin, mis Marías han conseguido arrastrarme al día de playa prometido. Precisamente, en uno de los más calurosos. Estas fechas son más tristes para mí que para ellas, pues yo fui quien vivió la caída al abismo de Sebas en primera persona. Les he hablado de la llamada de Elías y del «aniversario».

—¿Vas a ir? —Ana María está sentada sobre su toalla, embadurnándose a base de bien de protector solar, ya que su piel es especialmente blanca.

—Supongo que sí.

—¿Supones? —sigue interrogándome.

—Sí, voy a ir —rectifico— y va a ser el último año, ya lo he decidido.

Desde que hablé con Elías, no he dejado de darle vueltas al tema y sé que ya ha llegado el momento de poner punto y final a una situación que nos hace daño. Ha pasado demasiado tiempo como para seguir castigándome.

—¿Cerrando etapas? —Esta vez es María José quien pregunta. Se ha girado y me mira por encima de sus gafas oscuras—. Ya te toca hacerlo.

A ellas no es que el tema de Sebas no las afectara, pero, al no vivirlo de la misma manera, hace mucho que nuestro antiguo compañero es una persona del pasado que recuerdan con nostalgia. ¡Ojalá para mí fuera tan fácil!

—Tenéis razón. —No han dejado de repetírmelo, que ya no tiene sentido darle vueltas a un pasado que aún me pesa.

Estamos en la misma playa a la que empezamos a ir cuando la primera de nosotras se sacó el carnet de conducir. Esa fue María José, que es la mayor de las tres. De esa época, tenemos montones de anécdotas dignas de un monólogo para El club de la comedia.

Ante nosotras, se extiende el paisaje de siempre, bajo el mismo sol y las mismas aguas, pero con diferentes personas.

Mucho ha llovido desde entonces y ya no somos aquellas jovencitas alocadas e inocentes, aunque todavía mantengamos nuestro punto de locura.

De lo contrario, la vida sería muy aburrida.

Estamos a gusto y relajadas, con la misma complicidad de siempre, dejando que la brisa marina y los rayos de sol acaricien nuestros cuerpos, cubriéndolos de luz.

—Me voy a divorciar —confiesa, inesperadamente, María José. Lo dice mirando al cielo con las gafas de sol puestas. La conocemos. Detrás de su aparente desparpajo, sabemos que le duele no encontrar a esa persona especial, su mitad. Cada nuevo fracaso la dinamita un poco más por dentro.

—¿Qué ha pasado? —Por lo que sea, no nos acaba de sorprender.

—Me temo que soy muy exigente —se culpabiliza.

—O es que este también es tan capullo como los anteriores…

A la respuesta de Ana María, María José inspira hondo y se aclara la voz.

—Dice que le dedico demasiado tiempo al trabajo y que se siente solo. Pero él también tiene el suyo y pasa mucho tiempo fuera, de viaje. En cambio, yo nunca me he quejado. Creo… que tiene a otra. Bueno, creo no, estoy segura.

—¿Tienes pruebas? —pregunta Ana María.

—Pues sí, las tengo —confirma con pesar—. Encontré una factura de un restaurante de París, por casualidad. Y por la fecha, me había dicho que estaba en un centro de negocios en Londres.

—¿Se lo dijiste?

—Se la enseñé y se hizo el ofendido, y por la cara que puso…

—Culpable total, ¿no? —acabo por ella.

—Así que… ¡aire!

—Ay, Mari Jose… —se lamenta Ana María.

—No pasa nada, chicas. Soy fuerte, un mierdecilla como ese no me va a hundir, os lo juro.

—Esta es mi niña, olé.

Nos damos las manos en un gesto de apoyo, mientras una lágrima le resbala por debajo de la mejilla. También sabemos que es la última que le va a dedicar a su próximo exmarido y que no perderá la fe en que algún día aparecerá su príncipe azul.

Y como no puede ser de otra manera, combatimos las putadas de la vida con el mejor optimismo que somos capaces de sacar a pasear.

—¿Vamos al chiringuito? —propone Ana María—. Un vermutillo con olivas nos va a venir de perlas.

Ana María también ha tenido sus altibajos en la vida, y siempre los hemos superado juntas. Por eso, una verdadera amistad es un tesoro que hay que cuidar.

Con nuestros martinis en las manos, nos ponemos nostálgicas. Es una cosa que nos pasa a menudo; nos estamos haciendo viejas.

—¿Os acordáis de la excursión de final de curso en Italia? —No sé por qué me viene a la mente aquel viaje, quizá porque me conduce directamente al recuerdo de Sebas.

—¡Cómo no! —responde, recuperando el entusiasmo, María José—. ¡Qué bien nos lo pasamos!

—Si es que nos metimos en un lío detrás de otro —nos recuerda Ana María, soltando una carcajada—. El primer día ya la habíamos liado.

—Ostras, sí —digo llevándome la mano a la frente—, nuestra imagen de niñas buenas se fue al garete.

—A ver, tampoco exageremos, que la idea era celebrar mi cumpleaños con discreción —apunta María José.

—Justo el primer día de viaje…

—Como si hubiera sido el último —me interrumpe María José.

—Solo a ti se te pudo ocurrir meter en tu equipaje una botella de champán —le recrimina Ana María.

—Si no era ni champán; era un puñetero vino espumoso, malo de la leche.

—Mira quién habló, la fina de los vinos y los cavas —se mete conmigo María José—. ¿Qué querías? ¿Un Moët & Chandon? ¡No te jode!

—Es igual, el resultado habría sido el mismo.

Nos echamos a reír a la vez al recordar lo que pasó cuando llegamos al hotel. Después de la cena, nos fuimos a la habitación y se unieron Sebas y Carlos, el compañero con el que compartiría la suya, un buen chaval con el que también congeniábamos.

Nadie cayó en la cuenta de que la botella había estado recibiendo el traqueteo del autobús unas cuantas horas.

En cuanto la cumpleañera empezó a aflojar el corcho de la botella, la presión hizo que el tapón rebotara en el techo.

Dimos un grito que debieron de oírlo en todo el hotel y, cuando el líquido transparente empezó a borbotear, le dio un ataque de risa.

—Hija, si es que te estabas descojonando. No había manera de hacerte callar —apunta Ana María.

—Y no se os ocurrió otra cosa que sacarme al balcón, mojando todo a mi paso, y cerrar la puerta. ¡Telita, niñas!

—Va, no te quejes, que solo fue un minuto, es lo primero que se nos pasó por la cabeza. A ver qué hubieras hecho tú, maja.

—¿Yo? —sonríe la muy…—. Tiraros por el balcón, directamente.

—¡Qué jodía!

Por supuesto, no tardaron ni cinco minutos en tocar a la puerta. Pero ni por esas se nos cortaba la risa.

Ana María, como siempre la más sensata, la abrió.

—¡Dios! Casi nos morimos de la impresión. —María José parece que lo está reviviendo.

—Aún tengo pesadillas con el profe de Filosofía en pijama. —Ana María se lo había encontrado de frente.

Cuando nos vio a los cinco, en medio de la habitación, todavía partiéndonos de la risa, el profe nos miraba tan serio que se nos quitaron las ganas de seguir riendo.

—¿Se puede saber qué pasa aquí?

Sebas fue el primero en adelantarse y dar la cara.

—Esto… Es que hemos visto una araña en la cama. —Había controlado la risa y lo dijo tan convencido que parecía sincero.

El profe se lo quedó mirando sin decir nada. A esto, con el suelo mojado y el olor… claro.

—De verdad… —insistió Sebas con cara de inocente.

—¿Me estás tomando el pelo, Sebastián? —El profesor se pinzó la nariz, estaba a punto de explotar y era evidente que llevaba un cabreo de mil demonios—. Vamos a hacer una cosa…

—Mira, profe —Sebas lo interrumpió, continuando con la voz cantante—, si nos dejas estar un rato más aquí, juramos no volver a hacer jaleo y prometemos leernos el libro del filósofo que quieras.

Discretamente le di un pisotón a Sebas, ¿cómo se le ocurría?

—Puede que me lo piense —otorgó el profe, con un brillo divertido en los ojos ante la ocurrencia de Sebas. Nos pareció que se relajaba un pelín. Solo un pelín.

Los cinco nos habíamos mirado esperanzados, pero pronto nos desilusionamos.

—Tenéis cinco minutos para recoger y limpiar lo que habéis tirado. Y vosotros dos —señaló a los muchachos— desaparecéis de aquí cagando leches.

El profesor se giró para que limpiáramos el desastre de la habitación, dejando la puerta abierta para asegurarse de que los dos chicos se marchaban.

Sin embargo, Sebas, una vez pasados los cinco minutos que nos había dado, se fue hacia la puerta y nos miró con el dedo índice de la mano sobre los labios, pidiéndonos silencio.

A continuación, con cuidado, cerró la puerta tras Carlos, quien no quería tener problemas con el profesor y se marchó a su habitación.

Ya se sabe, la tontería esa que tenemos los adolescentes por desobedecer.

Nos quedamos los cuatro dentro, brindando con los restos del brebaje de la botella.

Fue una noche larga, de risas suaves y confidencias.

—Por aquella época, Sebas estaba muy tristón. —María José apura su vermut.

—Sí, cada día le pesaba más no mostrarse como era. —Me como la aceituna del mío—. ¿Os acordáis de Angelo?

Mis dos amigas asienten. Por supuesto que nos acordamos de aquel muchacho rubio, de rostro angelical, que sacó la mejor sonrisa de nuestro amigo, de las que hacen brillar los ojos. Y a él le brillaron con una luz preciosa.

Fue la última vez que lo vimos feliz.