16 David contra Goliat
DAVID CONTRA GOLIAT
A mis dieciséis años
La juventud, ese bendito tesoro que pregonaba Víctor Hugo, es un arma de doble filo. Está llena de desafíos que sorteamos con las pocas, o muchas, habilidades que la vida nos concede. Nada se puede dar por hecho. Nunca sabes qué monstruos te esperan a la vuelta de la esquina.
—¡Es la hostia!
Sebas admiraba, embobado, la estatua del David de Miguel Ángel, el que está expuesto en la Galería de la Academia en Florencia.
No pude estar más de acuerdo con él. La magnífica estatua, cincelada en mármol blanco de Carrara, era tan bella que dolía.
La mirada de un hombre imponente, de proporciones perfectas y con expresión serena, se cruzaba con la nuestra.
Era la mirada valiente del hombre que va a enfrentarse a Goliat y salir victorioso.
Todos tenemos a un Goliat en nuestras vidas y Sebas no era una excepción.
Hacía tres días que estábamos en Italia, de viaje de fin de curso por el mes de mayo, en tercero de BUP. Al año siguiente, algunos seguiríamos estudiando el COU, y otros dirigirían sus caminos a otras opciones formativas o laborales.
Desde que había hablado con la profesora de Historia y mi entorno de confianza sabía de mi orientación sexual, yo estaba más relajada y dejaba, como se dice ahora, que la vida fluyera, con una preocupación menos.
Por supuesto, no lo iba pregonando, pero los pequeños pasos hacia mi aceptación completa avanzaban sin pausa y se iban consolidando.
Hasta que, tiempo después, llegó el día en el que no tuve ningún reparo en mostrarme tal cual era.
En cambio, Sebas estaba cada día más tenso, más triste y susceptible. Cualquier cosa que le dijéramos se convertía en una respuesta negativa o un rechazo.
Sin embargo, aquel viaje había resultado ser un soplo de aire fresco, y los cuatro, incluidas mis Marías, lo disfrutamos todo lo que a nuestra edad podía dar de sí.
Sebas y yo salimos los primeros a la calle, después de haber visto la Galería al completo.
Nos sentamos en la escalinata de un edificio cercano para esperar al resto y, mientras tanto, mi amigo aprovechó la salida al aire libre para encenderse un cigarro y fumarlo con parsimonia.
Me ofreció uno a sabiendas de que lo rechazaría; no me gustaba el tabaco.
Nunca he entendido qué placer encuentra la gente en aspirar aquel humo tóxico que se agarra a los pulmones, aparte del derroche de dinero que supone comprarse un paquete de tabaco.
Yo había hecho mis cuentas y prefería gastarme las pesetas en libros.
—Estoy harto —confesó Sebas después de exhalar el humo de la primera calada.
—¿De qué? —Yo me había sentado a su lado, había entrecerrado los ojos y dejaba que los rayos de sol de aquella primavera cálida me acariciaran la cara.
—De esconderme.
Se hizo el silencio entre los dos. Entendí a qué se refería; yo había estado en su lugar.
—¿En tu casa no harán el esfuerzo de comprenderte?
—Lo dudo, ya sabes cómo es mi padre. Si lo oyeras, cómo habla de los «maricones», te morirías; no lo va a aceptar jamás.
El padre de Sebas era militar. Lo habían destinado a la base militar de Sant Climent Sescebes, y por eso se habían trasladado desde Zaragoza. Sabía de su carácter intransigente. Una confesión sobre la orientación sexual de su hijo difícilmente la iba a tolerar.
—Ya… —No me quedó otra que reconocerlo—. ¿Qué vas a hacer?
—Llevo un tiempo pensando en ello.
—Tarde o temprano tendrás que hacerlo, si quieres vivir tu vida con honestidad. —Las palabras de mi profesora de Historia me habían calado profundo. Pero sabía que el caso de Sebas era diferente, que tenía muchos más obstáculos en su contra.
—Estoy deseando cumplir los dieciocho y largarme de casa.
—¿Crees que esa es la solución? —No podía ocultar que mi amigo me preocupaba.
—No se me ocurre otra.
—¿Y tus estudios?
—Hay universidad a distancia, ¿no? —Abrió las manos como señalando una obviedad.
—Sí, ya. Y también tendrías que ganarte la vida de alguna manera.
—Para eso tengo dos manos. Mira, Eva —se giró hacia mí—, tú has tenido suerte. En tu casa te aceptan y por eso tienes paz, pero no va a ser mi caso.
Durante unos segundos estuvimos sin decirnos nada más. El silencio era más elocuente de lo que parecía. Sebas tenía ese punto de impulsividad. Cuando se le metía alguna cosa en la cabeza, era difícil convencerlo de lo contrario. En ese sentido, no éramos tan diferentes.
—Estaré contigo para lo que necesites —le prometí. Era lo único que podía hacer—. Ana María y María José también, lo sabes, ¿verdad?
—No sé qué haría sin vosotras, eso es cierto. —Me tomó de la mano con afecto y me regaló una sonrisa sincera y preciosa. Sebas era guapísimo; me recordaba al David que acabábamos de dejar atrás. Y sabía que quería librar su propia batalla, aunque el resultado estaba por ver.
Y ojalá no lo hubiera visto jamás.
—Hablando del rey de Roma…
Hacia nosotros venían María José y Ana María charlando animadamente.
—Nos dan un rato libre, ¿qué os parece si vamos en busca de nuestro David?
Qué cuerpazo se gasta la estatua; ya me gustaría saber a mí en quién se inspiró Miguel Ángel, seguro que de un amante que tendría bien escondido.
Eso de que fue célibe yo no me lo creo. —María José, como no podía ser de otra manera, nos arrancó más de una carcajada.
Aquella misma tarde, paseando por el Ponte Vecchio, en el que se inspiró el alcalde de mi ciudad para darle color a las casas del río Onyar, conocimos a Angelo.
No fue casualidad. Un chico rubio, con el cabello ondulado y rostro angelical, nunca mejor dicho, se había hecho el encontradizo. Me había parecido haberlo visto a la salida de la Academia. No tardamos en darnos cuenta de que el objetivo de su interés era Sebas.
—Hola, soy Angelo —se presentó en español con un potente acento italiano—. Os puedo enseñar la ciudad, si queréis. Para mí sería un piacere.
Es curioso, siempre te dicen que desconfíes de desconocidos, pero algo había en la pose de aquel chico que nos daba confianza. También, que vimos la cara de anhelo de Sebas por conocer al rubito, por lo que decidimos adoptarlo como guía. Total, éramos cuatro contra uno, ¿qué nos podía pasar?
Angelo cumplió su palabra. Durante las dos horas siguientes, antes de volver a nuestro hotel, nos enseñó lo más bonito de Florencia.
Nos perdimos por sus callejones medievales, admiramos los puestos artesanos del Oltrarno, pasamos por delante de Il Duomo, impresionante, al igual que el resto de los lugares significativos.
Acabamos sentados en la plaza de la Signoria devorando unas porciones de pizza.
Puedo asegurar que fue la más deliciosa que he comido jamás.
O, quizá, el momento era tan perfecto que nos la hizo saborear de una manera que nunca olvidaríamos.
Aún tengo en el álbum de fotos, en casa de mi madre, la fotografía medio borrosa de los cinco jóvenes que se bebían la vida con una sonrisa en la boca.
Angelo nos acompañó hasta la puerta del hotel y nos invitó a ir con él y sus amigos a un local nocturno y despedirnos allí.
A esas alturas ya se había ganado nuestra confianza y, sobre todo, la de Sebas.
A la hora acordada, nos habíamos escabullido de la vigilancia de los profesores y nos plantamos en la puerta del local que Angelo nos había indicado.
Sebas no podía estar más nervioso. Se había vestido con unos vaqueros ajustados que le marcaban las caderas y el culo de manera sensual, y una camiseta granate que se amoldaba a su pecho, suficiente para revelar su anatomía esbelta.
Había domado sus rizos con gomina y el arete de su oreja izquierda le daba un aire entre inocente y macarra.
Estaba segura de que el italiano iba a caer rendido a los encantos de mi amigo.
—¿Te gusta Angelo?
—¿A ti qué te parece? —Se puso rojo como un tomate. Tan bonito y bello…
—A él también le gustas, se le nota.
—¿Estás segura?
—Por favor, Sebas —lo regañé—, ¿no has visto cómo te come con la mirada?
No nos dio tiempo a mucho más cuando lo vimos llegar, acompañado de dos amigos más que, nada más verlos, supe que iban a alegrar la vista de mis amigas.
—Tú primero. —Le di un empujón para que fuera el primero en ir al encuentro de los italianos. No me había equivocado. La mirada apreciativa de Angelo no daba pie a confusión ninguna—. Lo tienes en el bote, así que espabila. Ya sabes, lo que pase en Italia en Italia se queda.
Nosotras también estábamos dispuestas a pasarlo en grande. Cuando María José vio al morenazo de ojos negros, se apropió de él. Era, y sigue siendo, una seductora nata. Una media hora después, nos avisó de que estaría perdida durante un rato y nos guiñó un ojo.
Ana María y yo estuvimos hablando con unos y con otros, disfrutando de la salida, con un refresco en la mano y bailando al ritmo de Please don’t go, un éxito internacional de Double You, en un pub cualquiera de una ciudad de ensueño.
En algún momento de la noche, vi a Sebas y a Angelo dirigirse a la puerta del local, cogidos de la mano. Antes de salir, mi amigo me vio y me regaló la última sonrisa radiante que vi en su cara.
Moduló con la boca un «gracias» que descifré con facilidad. Le mandé un beso al aire acompañado de mi mano.
Al día siguiente, Sebas estaba en una nube.
—¿Os mantendréis en contacto? —pregunté con curiosidad.
—No creo. Pero ha sido tan bonito… —Elevó los ojos al cielo, dando muestras de lo bien que se sentía.
—Me alegro mucho, corazón.
—Lo sé.
Le di un abrazo cariñoso y un beso en la mejilla. Él me lo devolvió y deseé con todas mis fuerzas que mi amigo tuviera el valor de enfrentarse a su propio Goliat y saliera vencedor.