15 Vivir sin permiso
VIVIR SIN PERMISO
Yoli, con la caja que contiene el vestido de color turquesa entre las manos, baja las escaleras con cuidado, como si el vestido fuera etéreo y se pudiera romper dentro de su refugio.
Al poner los pies en la calle, me vuelve a dar las gracias, palabras a las que les resto importancia.
Ella no es consciente de lo que significa para mí que haya aceptado el regalo.
—Voy a acercarme a la farmacia, ¿quieres que vayamos a tomar un refresco? —le propongo.
—Es tarde, tengo que volver a casa. —Mira la hora en su reloj de pulsera—. Pedro está al caer y quiere que esté allí cuando llegue.
—Esto… —No sé cómo preguntarle por su vida privada, no hemos avanzado tanto todavía—. ¿Cuánto hace que estáis juntos?
—Unos siete años. Después de que mis hijos se independizaran. No es un mal hombre. —Se ve en la necesidad de justificarse.
—¿Y te gusta el papel de ama de casa? —Esa es otra de las cosas que intento comprender.
—Supongo que sí.
—¿Supones? —pregunto. Yoli me mira y observo la contrariedad en su cara, como si le estuviera reprochando algo. A lo mejor es lo que estoy haciendo, volverla a juzgar como he hecho siempre, y no es lo que pretendo—. Perdona. No es asunto mío.
Yoli suspira y su mirada se ensombrece. Deja la caja del vestido con cuidado en el escalón más alto de la entrada al portal; acabamos de pisar la calle.
—Estoy estudiando en casa… —me confiesa al fin y se retuerce las manos.
—Pero eso es una gran cosa. —Tras mi sorpresa, la animo—. ¿Qué estás estudiando?
—Bueno, me estoy preparando por mi cuenta, aún no me he inscrito en ningún sitio. —Sus mejillas se tiñen levemente de rojo. Me parece que le da vergüenza contarme lo que sea que me quiere decir—. Quiero ir a la universidad.
Abro tanto los ojos por la impresión que Yoli baja la mirada.
—Es una tontería, ¿verdad?
—Nooo, por favor. Me parece genial. —Sin pretenderlo, mi forma de reaccionar ha dado pie a confusión—. ¿Qué quieres estudiar?
—Un grado en moda, son unos estudios nuevos y, bueno, son caros. Además, está Pedro…
—¿Qué tiene que ver él con esto? La decisión de estudiar es solo tuya.
—Ya… Pero yo ahora no trabajo, aunque cobro algo de paro. Pedro dice que nos podemos mantener con su sueldo, que no quiere que trabaje por cuatro euros.
»He ido ahorrando lo que me pagaban tu madre y Andrea… —Me hace partícipe de otra confidencia más—. Nunca les quise cobrar nada, pero ellas insistieron.
—Por favor, no tienes que justificarte. Ellas hicieron lo que consideraron que estaba bien, no le des ninguna vuelta.
Nos hemos quedado calladas las dos. La tengo delante y veo a una mujer vulnerable, a quien la vida no ha tratado bien y que, ahora que se está fijando una meta, no se atreve a llevarla a cabo.
Y Pedro…, pues veo la dependencia que tiene de él, y de la que no me atrevo a comentar nada.
De lo otro, de lo de estudiar, quizá necesite un pequeño empujón y estoy dispuesta a dárselo.
—Yo no creo que debas pedirle permiso a nadie para crecer como tú quieras. Nunca es tarde para cumplir sueños y vivir ilusiones. Eres todavía joven para malgastar tu tiempo en una vida incompleta. ¿Me equivoco? ¿Eres feliz?
El corazón me late desaforado dentro de la caja torácica y me tomo la libertad de cogerle la mano con delicadeza.
La siento temblar entre mis dedos. Su suavidad me sobrecoge y se la aprieto para que sea consciente de que quiero traspasarle mi fuerza.
En realidad, lo que el cuerpo me pide es abrazarla, que repose su cabeza en mi cuello y embriagarme de su sutil aroma floral que me he dado cuenta de que la acompaña allá donde va.
—Creo que no sé lo que es la felicidad.
Y a mí me parte el alma oír esa respuesta.
—Pues tienes derecho a ella. —Se lo digo en voz baja porque la emoción se está apoderando de mí.
—Lo he hecho tan mal siempre… Nunca he tomado buenas decisiones. Desde que me quedé embarazada he vivido la vida por inercia, siempre luchando y luchando —me mata ver las lágrimas silenciosas resbalando por sus mejillas—, y estoy muy cansada.
No tengo ni la más mínima idea de qué responderle a eso, porque son años de dolor, de penurias y miserias pasadas en soledad.
—Sacaste a tus hijos adelante, fuiste una luchadora y gracias a ti tuvieron un futuro. ¿No crees que ya es hora de que mires por ti?
—No me atrevo. Me falta valor.
Ha conseguido retener las lágrimas y se limpia la cara con la palma de la mano. Mira a su alrededor para asegurarse de que nadie ha visto su momento de debilidad.
—Mira —consigo recomponerme—, yo no quiero meterme en tu vida, pero estaría bien que visualizaras cómo quieres que sea tu futuro y, en función de ello, tomes las decisiones adecuadas.
Se queda pensativa, valorando si le interesa mi consejo.
—En algún momento decidirás marcharte. Tienes una vida fuera de este barrio, una mujer que te espera en tu casa y un trabajo lejos de aquí.
—De pronto, su tono se endurece—. No me prometas lo que no puedes estar en condiciones de cumplir —me reprocha—.
Después de que te vayas yo seguiré aquí, con mi aburrida vida de ama de casa y soñando despierta.
Sus palabras me golpean porque en el fondo no le falta razón. Quizás no sea Yolanda la única que se equivoca. Tal vez soy yo quien debe hacer un balance de su vida y mostrar esa valentía que voy pregonando.
—Con todo lo que ha pasado entre nosotras, no puedo pedirte que confíes en mí. Lo entiendo —hace rato que le he soltado la mano—, pero hay muchas maneras de estar. No eres la única que ha tomado malas decisiones, solo que yo estoy dispuesta a rectificar.
No sé por qué le digo todo esto, quizá porque todavía estoy superada por la pérdida de mi madre, o tal vez porque me he dado cuenta de que no he echado de menos a Elsa desde que estoy aquí, o porque, en el fondo, yo tampoco soy feliz.
—Me tengo que ir. —Yoli da por finalizada la conversación.
—Vale. Pero prométeme que pensarás en lo que hemos hablado. Por favor.
Yolanda me mira. Me tengo que fijar muy bien para percibir un levísimo y casi imperceptible asentimiento de cabeza.
Pero lo ha hecho y lo siento casi como un triunfo.
Por último, toma la caja del vestido, se da la vuelta y empieza a irse.
Se aleja con los hombros ligeramente hundidos y me deja con una sensación de vacío y tristeza que a ver cómo supero.
Tan solo he caminado unos metros en dirección a la farmacia cuando escucho con insistencia la melodía de mi teléfono.
Lo extraigo de un pequeño bolso que llevo en bandolera y, al ver el nombre de la persona que me está llamando, pienso que, si el día se ha puesto intenso, esta llamada lo acaba de rematar.
—Hola —respondo de inmediato.
—Hola, Eva, siento la muerte de tu madre… Me enteré por casualidad, por Alberto —un conocido común—, he estado en Londres por trabajo y he preferido llamarte a la vuelta.
—No te preocupes, te lo agradezco igualmente. —De hecho, tampoco somos amigos como tal. El único punto de unión entre Elías y yo era Sebas y ese nexo dejó de existir hace muchos años.
—¿Vendrás? —Ese es el motivo de la llamada, más que darme el pésame.
Su voz suena lejana, como si le costara hacerme la pregunta y no estuviera muy seguro de mi respuesta.
Nunca he fallado a la cita, a pesar de las discusiones que he llegado a tener con Elsa.
Excepto el último aniversario, que no quise tensar más la cuerda con ella y decidí no ir.
Creí que me sentiría culpable, pero no fue así, sino más bien lo contrario.
Me abrió los ojos y me hizo ver que, tal vez, había llegado el momento de dejar esa parte de mi vida atrás y cerrarla.
—Sí, no faltaré —le respondo y percibo un suspiro de alivio—. ¿Por qué lo sigues haciendo?
La respuesta no tarda mucho en llegar.
—¿Porque no lo he olvidado? —Es una pregunta retórica—. Porque pude haber hecho más.
—Lo hicimos lo mejor que supimos, éramos muy jóvenes.
El silencio al otro lado del teléfono me indica que mi interlocutor no está de acuerdo conmigo. Sé que Elías se siente más culpable que yo.
Hay cosas que, por muchos años que pasen, no se desprenden de tu alma ni de tu conciencia, y pesan más que una piedra de molino atada al cuello.
Cuelgo.
Aunque todo parece seguir igual, algo en mí ya no es lo mismo.
Y sé que, esta vez, lo voy a enfrentar.
Todo.