14 El estilo es eterno
EL ESTILO ES ETERNO
—A ver, Eva, si no te estás quieta, te voy a pinchar —se queja Andrea, no sin razón.
La modista está intentando ajustarme el vestido azul turquesa de mi madre y la desespero porque yo no estoy colaborando demasiado.
A su lado, Yoli se aguanta la risa como puede ante nuestro espectáculo mientras se recoloca las gafas.
Es la primera vez que la veo con ellas, unas de montura ligera, y que se le vuelven a escurrir por la nariz mientras frunce la boca a causa de los alfileres que aguanta entre los labios.
Al final, Andrea ha conseguido convencerme para hacerme las pruebas del vestido y ajustarlo.
A pesar de que hace años que ya no se dedica a la costura de manera profesional, todavía usa la misma habitación alargada en la que había montado su taller para seguir cosiendo, solo como entretenimiento.
Cuando me he visto en el espejo, he estado a punto de huir bien lejos. Parezco un espantapájaros.
¿Cómo es posible que un vestido tan bonito me quede tan mal?
La respuesta es sencilla: porque tengo mala percha y, contra eso, no hay discusión ninguna. No habré oído veces a Elsa diciendo que era muy difícil vestirme: que si demasiado alta, que si demasiado recta, que si poco pecho, que si hombros caídos…
—¡Que no! Que este vestido no es para mí. ¿No veis que es imposible que me quede bien? Además, que yo casi no uso vestidos. Lo guardaré en su caja, bien dobladito entre bolitas de alcanfor, ¡y ya está! —No puedo evitar sonar frustrada. Todos mis complejos físicos han vuelto a salir a la luz.
—Ya te has cruzado —me regaña Andrea—, y así no vamos a conseguir nada.
—Que no me he cruzado —replico enfurruñada.
—Mejor me muerdo la lengua…
—Vamos a hacer una cosa, y me acabarás dando la razón. Yoli, ¡póntelo tú! —Me he hartado de la discusión.
—¿Yooo? —Se señala.
—Pues claro, ¡tú! ¿Quién va a ser, si no? —Levanto las manos hacia el cielo en señal de impotencia. ¿Tan difícil es hacerme entender?
Sin embargo, una vez comprende lo que quiero decir, aparece en su bonita cara una sonrisa tan sincera que le ilumina el rostro. Por suerte, los alfileres ya los ha puesto de nuevo en el alfiletero que lleva prendido a la muñeca. Por fin asiente, dándome el gusto.
Con rapidez se desprende de sus pantalones finos de verano y de su blusa, para quedarse en ropa interior.
Aunque no quiero mirar, no me resisto a echarle un ojo con disimulo.
Sus formas redondeadas son hermosas; incluida la ligera flaccidez en su estómago.
Está claro que no es mujer de gimnasio, lo que no le resta ni una pizca de atractivo.
Las braguitas y el sujetador están conjuntados, una gama sencilla y básica de color blanco, prendas que le quedan perfectas.
De reojo, admiro unos senos llenos y todavía firmes.
Procuro que no me suban los colores a la cara, evitándome el ridículo.
Unos segundos después, Andrea la está ayudando a ponerse el vestido por la cabeza, el cual se desliza con suavidad por el cuerpo de Yoli.
En cuanto se ajusta a la cintura y la falda se libera a sus pies, tengo una revelación. Ese vestido es para ella y se me atraganta la saliva. Si es que casi no necesita ningún arreglo. Está, simplemente, perfecta.
Yoli se gira para mirarse en el mismo espejo que yo minutos antes, pero la imagen que devuelve es la de una mujer bella y femenina.
Como lo era mi madre. La veo acariciar la seda con cuidado, deleitándose en su tacto.
El reflejo de Yoli me devuelve una mirada humedecida por la emoción.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y me pone los vellos de punta; creo que podría sentarme en el suelo y contemplarla hasta hartarme, o adorarla.
—Es tan bonito… —consigue decir.
—No tanto como tú. —Lo digo en voz tan baja que es imposible que lo haya oído—. Quiero que sea para ti. —Lo he decidido en décimas de segundo.
Me sale la voz medio rota y no puedo ser más sincera. Tengo el convencimiento de que no hay nadie mejor que ella para heredar el vestido. Anhelo con todas mis fuerzas que se lo quiera quedar. Quizá es que también deseo que tenga un recuerdo mío, aunque sea de manera indirecta.
—No lo puedo aceptar… —dice con la boca pequeña.
—¿Por qué no? Estoy segura de que ella estaría encantada, ¿verdad, Andrea?
Las tres estamos igual de emocionadas.
—Yo también lo creo. Además, no necesita ningún arreglo. Si acaso, meter un poco el dobladillo. ¿Sabéis qué decía Yves Saint Laurent?
—No —respondemos Yoli y yo a la vez.
—Decía que las modas pasan, pero el estilo es eterno. Hay mujeres que tienen estilo, tu madre era una de ellas —Andrea me mira—, y este vestido es eterno, nunca pasará de moda.
No puedo evitar recordar a mi madre, una mujer sencilla que vestía con buen gusto.
Siempre elegante. Si hasta con zapatillas estaba bien.
No era cuestión de clases sociales, sino de dignidad y seguridad en sí misma.
Y mi madre era una señora de la cabeza a los pies, aunque trabajara de operaria en una fábrica de medias.
—Sí, es verdad. Mi madre nunca salía a la calle sin arreglarse —afirmo. En cambio, yo no me parezco en nada a ella. A veces hasta dudo de que tengamos los mismos genes.
—Gracias… Yo es que no sé qué decir. —Yoli me mira asegurándose de que hablo en serio.
—No tienes que decir nada, solo espero vértelo puesto alguna vez.
Me atrevo a clavar la mirada en sus ojos y ella me la aguanta.
Parece que en los últimos días el tremendo abismo que existía entre nosotras se ha ido cerrando.
Sus enormes ojos me miran con una nueva curiosidad, incluso se refleja un brillo que no reconozco, pero que siento como una caricia en el alma.
Carraspeo, porque un hormigueo me sube por las piernas, produciendo un temblor que quiero evitar a toda costa y que delate lo nerviosa que me estoy poniendo.
Es Andrea quien parece darse cuenta de lo que me supone la visión de Yoli con el vestido de mi madre. Me conoce desde hace demasiado tiempo como para no percatarse de que esta situación me está afectando de más.
—¿Os he contado alguna vez que hace años fui a una convención de modistas, en un hotel de lujo en Barcelona? —nos empieza a explicar Andrea, mientras ayuda a Yoli a quitarse el vestido.
—No, no lo sabía, al menos yo. —Consigue extraerme de mi abstracción.
—Yo tampoco —responde Yoli.
—Pues sí —continúa Andrea—, era un taller que impartía un diseñador, y modisto, famoso. —Nos desvela el nombre como si nos estuviera confesando un secreto. Y tiene razón; hasta yo, que no entiendo de moda, sé quién es—. Nos apuntamos alrededor de veinte alumnas.
—¿Todas mujeres? —interrogo.
—Casi. Había un solo modisto entre tanta mujer, aparte del que nos impartía el taller.
Lo más sorprendente es que veo a Andrea ruborizarse, porque estoy segura de que no me lo he imaginado.
—Un modisto, ¿y no era gay? —Lo digo por preguntar, porque intuyo que hay algo que Andrea esconde.
—Eso es muy prejuicioso, Eva, y me extraña proviniendo de ti. Pues no, no lo era —me regaña—. Os lo puedo asegurar.
—¡¡Andrea!! —exclamamos las dos a la vez—. ¿Era guapo?
—Guapísimo —responde—, un tío cañón, como diríais hoy día. Y cosía como los ángeles. ¿Sabéis? Ese taller estuvo a punto de cambiarme la vida.
La miro incrédula. Porque desde que Andrea forma parte de mi vida, y eso es desde mucho antes de que yo tuviera uso de razón, jamás, y digo jamás de los jamases, he pensado, ni por un segundo, que la mujer hubiera tenido algún interés personal en ningún hombre.
—¿Cómo se llamaba?
—Rafael. —También nos confirma el apellido.
—¿Ese Rafael? —Yoli sí que parece saber quién es.
—Ese mismo. —Por lo visto, fue un diseñador que tuvo cierto renombre y que ya está muerto.
—¿Tuvo algo con él? —No me resisto a verbalizarlo.
—Una dama nunca habla de sus conquistas —va y nos suelta, alzando la cabeza con dignidad. De pronto me parece una mujer rejuvenecida por el recuerdo.
—No tire balones fuera…
Andrea hace el gesto de abrocharse la boca con cremallera y se planta en que no va a decir ni mu. Pero a mí ya me ha despertado la curiosidad y estoy segura de que llegará el momento en que será saciada.
—No se crea que esto va a quedar así, ¿verdad, Yoli?
—Por supuesto —me apoya entre risas—, somos dos contra una. No va a poder escaquearse.
Andrea nos dirige una sonrisa que no alcanza a sus ojos. Percibo que, bajo la piel de mi vecina, se esconde una mujer que nunca nos ha mostrado. ¿Tal vez se enamoró? Intuyo que algo pasó entre ellos. Dicen que quien calla otorga.
—¿Nunca pensó en volver a casarse? —Mi pregunta la ha pillado desprevenida.
—No. Siempre he valorado mi independencia.
Después de que mi Paco me dejara —mira al cielo—, conseguí valerme por mí misma, sin necesidad de depender de nadie.
Por aquel entonces, una mujer no podía hacer nada sin el permiso de su marido.
Menos mal que los tiempos han cambiado, porque era muy frustrante.
—Pero…
—Pero nada. Ya os he dicho mucho.
No le insistimos más. Sin duda, estoy descubriendo a una mujer fascinante. Me marco el objetivo de conocer qué historia se esconde detrás de ella. Yoli me mira y me sonríe; ella piensa lo mismo que yo.
Que es cuestión de tener paciencia.