Palabra de Alaska (Palabras 1) 13 Conformarse o no, esa es la cuestión
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13 Conformarse o no, esa es la cuestión

CONFORMARSE O NO, ESA ES LA CUESTIÓN

—¿Tan malo fue ese matrimonio? —Me atrevo a preguntarle a Yoli una cosa obvia, teniendo en cuenta que sé que solo duró poco más de cinco años.

—¡Imagínate! —suspira—. Casada de penalti recién cumplidos los diecisiete años; a los veinte, con dos críos a cuestas, y, a los veintitrés, abandonada por un marido del que perdí la pista en años y que me dejó más tirada que una colilla.

Es un buen resumen, como si fuera normal que el destino le regalara una putada detrás de otra. Sin embargo, no percibo en ella ninguna nota de amargura.

—Conocí a mi exmarido porque se vino a vivir con sus padres al barrio, ¿te acuerdas de su familia? —Por lo que veo, ni su nombre quiere mencionar en voz alta.

—Sí, vagamente —le respondo—. Por aquella época, yo ya me movía poco por aquí.

—Era algo mayor que yo, muy guapo, y tenía un aire macarrilla que me gustaba. Si es que no pude ser más tonta, y mira que estaba avisada.

—¿Avisada?

—Sí, mujer. Ya sabes, eso de que a los tíos no les tienes que dar nada, que lo único que quieren es acostarse contigo y, después, si te he visto, no me acuerdo.

—Pero accediste al final. Si era lo que pensabas…

—Ya… Me engatusó, no tengo otra excusa. Me hizo creer que era especial. Y tampoco te voy a engañar, descubrí el sexo y me gustó.

—Pero ¡coño! Por esa época ya sabíamos de los condones. Anda que no nos daban la murga.

—Ya. Pero él decía que eso no era para él, que le gustaba a pelo. Así que ya sabes lo que dicen de «la marcha atrás».

—¿Y cómo se tomó lo del embarazo?

—Pues el muy capullo me echó la culpa y hasta llegó a insinuar que no era suyo. —Su mirada se ensombrece, y yo, si tuviese delante al imbécil de su ex, le soltaría un hostión por gilipollas.

—Al final se casó contigo, ¿no?

—La escopeta de caza de mi padre fue muy persuasiva. —Me mira y a las dos nos da por reír, aunque no tenga gracia ninguna—. Ahí se acabó su chulería.

—Madre mía, si parece sacado de un vodevil.

—Ya te digo. Menudo drama. Pero yo, inocente de mí, creía que, por fin, tendría lo que siempre había deseado: mi propia familia.

—Debió de ser complicado.

—Mucho —se resigna—. Pero la vida me regaló dos hijos maravillosos. Y estoy orgullosa de que los pude sacar adelante yo sola, aunque mi madre me ayudó todo lo que pudo, y también Andrea. Nunca le podré agradecer lo suficiente.

—¿Cómo lo conseguiste?

—Cuando mi ex me abandonó, el mundo se hundió a mis pies. Juanito no llegaba a los seis años y Pili tenía tres. De la noche a la mañana, mi marido había desaparecido y nadie sabía dónde estaba.

—¿No dio señales de vida? —Le abro la bolsa de las golosinas para que escoja la que más le apetezca.

—Ni una. Hasta que, no sé, siete u ocho años más tarde, apareció harto de follar con otras y el muy hijo de puta quiso volver a meterse en mi cama. —Toma un chupachups Kojak, el de cola de toda la vida, y lo mira sin creerse que aún existan.

—¡No jodas! —No me extraña que sea el innombrable.

—Sí. Pero yo, que llevaba años limpiando escaleras de madrugada y después cosiendo para Andrea, tuve cabeza suficiente como para echarlo de mi casa.

—Bien hecho —aplaudo.

—Lo bueno de todo eso es que conseguí el divorcio. —Se detiene un segundo para saborear el caramelo—. De la pensión que tenía que pasar a mis hijos nunca vi un duro, y volvió a desaparecer para siempre. No lo hemos vuelto a ver, gracias a Dios.

—¿Tus hijos?

—Se acostumbraron a estar sin padre, pero me aseguré de darles un futuro.

Los dos tienen estudios y estoy orgullosísima de ellos.

—Una enorme sonrisa ilumina su cara—. Cada uno hace su vida, mi hijo en Barcelona y mi hija en Bescanó; es a ella a quien veo más a menudo, aunque menos de lo que quisiera.

Y ellos con Pedro… pues no acaban de congeniar; él tampoco hace ningún esfuerzo, al contrario.

—¿Y antes de… Pedro?

Yoli inspira hondo antes de contestarme mientras yo doy cuenta de un nuevo regaliz de gominola, esta vez de los negros.

—Hasta que no fueron mayores, no empecé a salir de nuevo con hombres. Y a cuál más capullo. Tengo un radar para los impresentables —confiesa con resignación.

—¿Y cómo te va con… este? —No puedo evitar preguntarle por su relación con el «simpático» que me ha abierto la puerta.

—Tiene sus cosas, pero me va, más o menos.

—¿Es suficiente para ti?

Oigo crujir el caramelo al ser masticado entre sus muelas y el ambiente cordial que se había respirado hasta el momento parece que está a punto de romperse.

—Tendrá que serlo.

—Pues no parece que lo sea…

—Para ti es fácil decirlo. —Endurece su tono—. Tienes una buena profesión, un buen sueldo y una buena pareja, ¿no es así? No tienes derecho a juzgarme.

Sé que estoy más guapa callada y que no debería haberme metido en ese tema tan peliagudo. Entiendo la postura de Yoli, y más, habiendo estado tan ajena a su vida, que yo venga ahora a darle lecciones.

—Tienes razón, no soy nadie. Mi vida tampoco es perfecta, por eso sé que no siempre tenemos el valor de dar los pasos que sabemos que en el fondo nos benefician.

—¿Qué me quieres decir…?

—Pues que la relación con mi pareja no está bien y me autoengaño creyendo que es así como la quiero. —No tengo ni la más remota idea de por qué decido confesarle mis miserias a Yoli, como si ella no tuviera suficiente con las suyas.

—Se llama Elsa, ¿verdad?

—Sí.

—No estaba segura, tu madre no la mencionaba apenas. Creo que no le gustaba demasiado.

—Es cierto —bufo—, no se soportaban.

—Pues parece que las dos nos conformamos con lo que tenemos —se atreve a decirme mirándome a los ojos. En ellos veo una mirada que no sé si quiero descifrar, aunque siento que es ella quien está intentando ver qué esconde el fondo de mi alma. Y no estoy segura de querer que lo vea.

—Entonces, no tenemos derecho a quejarnos.

—Ninguno.

Durante un par de minutos no somos capaces de decir nada más. La conversación, de alguna manera, nos ha afectado lo suficiente como para que nos hayamos perdido en nuestros propios pensamientos. Hasta que yo rompo el silencio.

—No quiero conformarme.

Ni idea de por qué lo digo, ni siquiera he valorado lo que esa afirmación puede implicar. Sin embargo, lo veo claro. La vida dura dos telediarios y no quiero perder más el tiempo.

—Tú tampoco deberías. —Se lo digo a Yoli mirándola a la cara, con resolución.

—Y tú vas a estar ahí para cuando me estrelle, ¿no? —El tono es cínico y amargo. No hay que ser muy lista para saber lo que me está echando en cara. Pero yo, venida arriba como estoy en este momento, le contesto lo que el corazón me dicta y lo que estoy dispuesta a cumplir.

—Estaré. Si me necesitas a tu lado, no te dejaré sola. ¿Me crees?

—Me gustaría hacerlo.

—Pues hazlo.

Yoli detiene su brazo antes de echarse la última gominola a la boca; la he dejado sin palabras, y me mira como si estuviera enfrente de una desconocida. De hecho, así es.

—¿Qué te parece si dejamos de comer porquerías y nos tomamos un café en casa? Estoy sudando a mares; estas no son horas para estar al solano.

Salimos del bucle intenso en el que nos hemos sumergido.

—Te acepto uno con hielo; tienes razón, al final nos va a dar algo.

Nos levantamos para irnos hacia su casa y siento que por primera vez en tantos años nos hemos acercado. Mi corazón da un brinco de alegría, porque lo primero y principal es recuperar la amistad, sin ningún interés romántico.

Por supuesto.

Por supuesto que me estoy engañando, porque Yoli es… Yoli.