Palabra de Alaska (Palabras 1) 12 Soy diferente
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12 Soy diferente

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SOY DIFERENTE

A mis dieciséis años

A los dieciséis años todo es esperar, sin saber bien el qué.

El tiempo discurre con deliberada lentitud solo para fastidiarte, cuando tu único deseo es alzar el vuelo y vivir.

En cambio, en el presente, las horas, los minutos y los segundos corren tan deprisa que no te da tiempo a atraparlos.

Para cuando te das cuenta, la línea del pasado es más larga que ninguna otra y el futuro es mejor vivirlo sin prisas, porque ya has dejado de querer comerte el mundo.

Casi treinta años han pasado desde que toqué a la puerta de la sala de profesores y me recibió la profesora de Historia, que en aquel curso de tercero de Bachillerato era mi tutora.

Acababa de cumplir los dieciséis años y me había armado de valor para sincerarme con ella.

Llevaba una carga enorme y necesitaba que alguien me ayudara a aligerarla.

Días antes fueron mis Marías quienes me abrieron los ojos.

—Me he enterado de una cosa. —Había sido María José quien había empezado con la confidencia al ver pasar por delante de nosotras a la tutora.

—¿De qué? —pregunté mientras guardaba uno de mis libros del curso en la mochila. Ya era hora de irnos para casa y estábamos recogiendo.

—Ahora os cuento, cuando salgamos y nos encontremos con Ana Mari.

—Nuestra amiga, a diferencia de nosotras, estudiaba ciencias e íbamos a clases diferentes.

Siempre nos encontrábamos en la salida antes de irnos cada una a nuestra casa.

Se abrigó con una cazadora tejana, forrada de borreguillo, y se ajustó unos guantes de lana; estábamos en un frío mes de enero.

En la puerta del instituto ya nos esperaba Ana María. Las acompañé a donde tenían aparcadas sus respectivas motos a la espera de la tan ansiada confidencia. Yo me iba a pie, ya que vivía bastante cerca. Hasta que, al fin, María José soltó lo que nunca me hubiera imaginado.

—Me he enterado de que la profe de Historia es «tortillera». —Lo dijo en plan chafardera total.

Al oír esa palabra me detuve. A día de hoy no sé si sorprendida, asustada o simplemente molesta por el uso de ese adjetivo.

—¿Estás segura? —pregunté con cautela.

—Hombreee, ¡pues claro! —nos aseguró con suficiencia—, como que la he visto con su novia en el súper comprando. Y se decían: «Cariño, ¿has cogido el champú?» —continuó, imitando su tono de voz—. Cuando me vieron, me saludaron con toda normalidad y siguieron a lo suyo.

—Ahhh —es lo único que fui capaz de decir.

—Yo ya lo sabía. —Ana María se encogió de hombros, restando importancia a la confidencia.

—¿Cómo que ya lo sabías? —María José puso los brazos en jarras.

—Yo también las he visto. No es necesario publicarlo en la revista del instituto. A mí me da igual…

—¡Toma, y a mí! —le replicó María José—, pero anda que sueltas nada, tía.

—¿No os molesta? —les pregunté con los nervios bailoteando en el estómago, poniendo fin a la tonta discusión entre las dos. Porque lo que pensaran ellas sobre ese tema era importante.

—¡Qué va! —Se señaló María José a sí misma—. Me parece fascinante. Ya he visto besarse a tías y tíos; es raro, pero cada uno que se vaya con quien quiera. A mí no me da asco, ni nada. Bueno, puede que un poco de morbo —aseguró.

—¿Y dónde has visto tú eso? —La curiosidad me pudo.

—Pues en La Sala del Cel —una discoteca local, La Sala del Cielo—; como no queréis salir los sábados por la noche, pues eso que os perdéis.

—Si no tenemos la edad para entrar en la disco —le recriminó Ana María.

—¿Y para qué están los carnets falsos? —Se puso a reír con picardía, guiñándonos un ojo.

—¡La madre que te parió! —Los adjetivos se me habían quedado cortos.

Mientras volvía para mi casa, después de despedirme de ellas, no hacía otra cosa que darle vueltas a esa información. Nuestra tutora nos había animado a que habláramos de cualquier problema o inquietud que tuviéramos con ella, que estaría encantada de ayudarnos y orientarnos, si estaba en su mano.

Aún recuerdo, como si fuera hoy, el contenido de aquella conversación.

—Siéntate. —Me había ofrecido una de las sillas de la sala de profesores. Sabía que, en ese momento, la encontraría sola. No necesitaba testigos de lo que fuera que al final le iba a acabar diciendo—. ¿En qué te puedo ayudar?

Me quedé mirando el suelo, pensando de qué manera iba a iniciar la conversación.

—Sé que soy diferente y me da miedo que la gente no me acepte como soy. —Se lo dije de carrerilla, casi sin respirar e intentando mirarla a la cara para que no creyera que le estaba haciendo perder el tiempo.

Ella me observó con seriedad, intentando adivinar qué demonios le quería confesar.

—¿Diferente? Vas a tener que ser un poquito más concreta —me pidió con dulzura. De un armario sacó una botella pequeña de agua y me la ofreció.

Al tomar el botellín, me di cuenta de que tenía la boca seca y el corazón a punto de salírseme por la garganta. Sentía una fuerte opresión en el pecho y las manos me temblaban. Dudé de mi cordura por estar allí para abrirme a una intimidad que no había confesado a nadie.

—No tendría que haber venido —conseguí decir con un hilo de voz y me levanté de la silla con intención de dar la media vuelta e irme.

—Por favor, no te vayas. —Vi un interés genuino de la profesora por aliviar lo que fuera que me estuviera pasando—. ¿Quieres que vayamos a un sitio más privado?

Me lo preguntó con auténtica preocupación y asentí con la cabeza.

Nos fuimos al aula de Música, que estaba vacía. Durante unos minutos respetó mi silencio.

—Eva —empezó—. Sea lo que sea, no puede ser tan grave.

—Yo… —dudé—. María José la vio el otro día con…

—Con mi pareja. Sí. Yo también la vi. —Me miró con cautela, intuyendo dónde estaba el problema—. ¿Qué te provoca conocer esa información? ¿Te molesta?

—No.

—¿Entonces?

Era incapaz de responder, porque no sabía cómo decirle que deseaba ser igual que ella y no esconderme. Por suerte, la mujer tuvo la suficiente empatía como para empujarme a ser honesta.

—¿Sabes que nuestra orientación sexual no nos define? —Había captado el problema sin tener que decirle nada.

—No, no lo sé. —El rostro me ardía por estar exponiéndome de aquella manera.

—Mira. Yo a tu edad tenía la misma preocupación que tú. Pero tuve suerte y mis padres eran personas muy liberales. Ellos me dieron el consejo más grande con el que rijo mi vida. ¿Quieres saber cuál es?

Volví a asentir en silencio, esperando ese consejo.

—A la gente le puedes mentir y solo harás daño a los que de verdad te quieren.

Pero a la única persona a quien nunca debes engañar es a ti misma.

No permitas, jamás, que nadie te diga cómo tienes que vivir tu vida, ni con quién.

El amor es amor, siempre. Dar y recibirlo forma parte de nosotros y nadie tiene ningún derecho a juzgar con quién quieres compartirlo.

—Pero la gente juzga…

—La gente lo juzga todo: a qué partido político votas, a qué dios rezas, o si eres del Barça o del Madrid. ¿Qué más da lo que juzguen?

—¿Y si mis padres no lo entienden? ¿O mis amigas dejan de quererme?

—A lo primero no sé qué decirte, no conozco a tus padres.

A unos les cuesta más que a otros, pero al final tienen que saberlo si no quieres vivir una mentira.

Aun así, te diría que les des una oportunidad; a veces nos equivocamos al creer que no pueden entendernos.

En cuanto a tus amigas, si no te aceptan como eres, es que no son tus amigas.

Me acordé de Yoli, a la que había dejado atrás precisamente por eso, por no aceptarla.

Solo dos días antes mi madre me había dicho que se casaba porque se había quedado embarazada.

La noticia me impactó. La volví a recordar besando a aquel chico que supuse era el padre de la criatura.

Asumí que la distancia entre nosotras ya era demasiado grande como para recomponer la amistad que yo misma había echado a perder, y nuestros caminos se habían separado definitivamente.

Oculté todas las emociones que la noticia me había despertado bajo una capa de indiferencia, para seguir centrándome en mis propios objetivos.

Una semana más tarde, en casa de María José, viendo una reposición de su serie favorita, Ana de las Tejas Verdes, mientras ella suspiraba ante el atractivo Gilbert, yo me enamoraba de las pecas de la pelirroja Megan Follows, la pizpireta Ana Shirley.

—Me gustan las chicas —dije con naturalidad, a pesar de los fuertes latidos empujando en mi pecho, mientras metía la mano en el cuenco lleno de palomitas saladas, llevándomelas a la boca.

De reojo, vi a María José deteniendo el movimiento de su mano con las palomitas en el puño.

—Estupendo. Nunca nos pelearemos por un chico. —Se giró y me guiñó un ojo. Con la mano libre apretó la mía, agradeciendo la confesión.

Ana María guardó silencio y también me dio la mano pringada de aceite. Con ese último gesto, no hizo falta añadir nada más y, junto a mis Marías, acabé de ver el capítulo mientras silenciosas lágrimas de emoción me resbalaban por las mejillas.

Supe en ese momento que todo estaba bien.

A los pocos días, también lo confesé en mi casa.

Mi tutora había tenido razón: a veces nuestras familias nos sorprenden.

Mi padre, tras el disgusto inicial, tardó un tiempo en digerirlo, pero no dijo ningún comentario ofensivo.

Después siempre fue muy cuidadoso al referirse a los homosexuales.

En cuanto a mi madre, dejó que llorara sobre su pecho mientras me acariciaba el cabello.

Su olor natural siempre me había dado paz y tuve la certeza de que nunca dejaría de quererme.

Sobre mi madre lloré mis primeros desengaños amorosos y mis primeras pérdidas, esas que te ayudan a crecer. La vida misma.