11 Regreso a la infancia
REGRESO A LA INFANCIA
Con un arsenal de golosinas dentro de mi bolso, no se me ocurre otra cosa mejor que plantarme en casa de Yoli sin previo aviso, consciente de que lo más probable es que me estampe la puerta en las narices, y no podría culparla por ello.
No quiero alargar más el momento de hablar con ella.
Mi madre decía que, si los desencuentros no se solucionaban al instante, la bola iría creciendo hasta hacerse tan grande que nos aplastaría.
No me voy a engañar. Hace años que la bola ya arrolló nuestra amistad. Así que mucho que perder no tengo; si acaso, algo que ganar.
Le doy al timbre y, paciente, espero a que me abran la puerta. Miro mi reloj y las agujas marcan las tres del mediodía, más o menos la misma hora en la que vine la vez anterior, puede que un poco antes, con la esperanza de que Yoli no haya salido.
Oigo la cerradura removerse y me encuentro cara a cara con un hombre fornido, de ojos oscuros, con abundante cabello canoso y unas patillas que Curro Jiménez poco tendría que envidiar.
—¿Qué quieres?
Me suena a ladrido. Estoy por darme la media vuelta, la verdad.
—Busco a Yolanda.
—¿Para qué?
Lo que me faltaba, un interrogatorio.
—Soy Eva, una… —Dudo cómo presentarme—. La hija de Elo; ella ayudó a mi madre en sus últimos días.
—¿La bollera?
Usa un tono de desprecio tan grande que me empieza a hervir la sangre.
Por supuesto que no le voy a contestar a eso, porque no me da la gana, y porque tampoco quiero dar un espectáculo.
Si tuviera que responder a cada insulto que he recibido por mi orientación sexual, me pasaría la vida por delante de mis narices sin respirarla.
Hace mucho tiempo que los comentarios me resbalan.
—¿Está Yoli o no? —Tonterías las justas. Uso el mismo tono que con mis alumnos cuando no están por la labor de escuchar.
—¡Nena! —grita—. Te buscan. —Su voz es ronca, como la que tienen los fumadores empedernidos.
La pareja de Yoli me mira de arriba abajo.
Tengo la sensación de que se aguanta las ganas de escupirme y que no puede evitar mirarme con asco.
Como si estuviera haciéndome un favor del tamaño de una catedral, por dejar que Yoli se acerque a mí.
«Imbécil», pienso para mis adentros. No tengo ninguna duda de que estoy ante un caso flagrante de tipejo homófobo, que va por la vida dándoselas de macho ibérico de pelo en pecho.
Por fin aparece Yoli y nos mira a los dos con sorpresa. Primero a mí y después a ¿Pedro? Creo que se llama así.
—Vas a llegar tarde —le recuerda Yoli con voz melosa, sin dejar de mirarme.
—Sí. Ya me voy. Vendré directo cuando salga del trabajo; no te entretengas.
—No voy a ir a ningún sitio —le asegura Yoli—. Estaré en casa cuando vuelvas.
El tipo la toma de la cintura y le estampa un beso en la boca, marcando territorio. Sin decir nada más, baja por las escaleras dándonos la espalda.
Yoli espera unos segundos para asegurarse de que realmente estamos solas. No me pasa desapercibido que, con disimulo, se limpia los labios con el nudillo del dedo índice después del beso de Pedro.
—¿A qué has venido?
—A disculparme.
—¿Por lo del otro día? Ya lo hiciste.
—Sí, pero hay más.
Veo sus ojos relajarse, solo un poco, y cómo rebajan la dureza con la que me ha estado mirando desde que estoy en el barrio. Percibo que está cansada de la vida y que yo solo vengo a complicársela un poquito más.
—Mira. —Saco la bolsa de chucherías de mi bolso y me hace gracia la expresión de su cara, una mezcla de sorpresa y diversión.
—¿Pero…?
—Ya lo sé, hace calor, pero creo que podremos soportarlo. —También llevo un par de latas de refresco—. ¿Por qué no vamos a nuestro banco y charlamos con calma?
—¿A las tres de la tarde?
—De niñas nos importaba una mierda la hora.
Me mira incrédula, como si yo no estuviera al cien por cien en mis cabales o me encontrara en plena regresión a la infancia. Pero ha debido de notar la sinceridad de mis intenciones y al final claudica.
—Está bien.
Minutos después, estamos las dos en el mismo banco donde nos habíamos sentado tantas veces y en la misma postura de siempre.
Abro la primera bolsa de regalices rojos y le doy uno.
Lo mordisquea, cierra los ojos y lo saborea; por ese orden.
La expresión de su cara me remueve por dentro.
Siento un hormigueo en el estómago que se intensifica cuando vuelve a abrir los ojos y me dirige la primera sonrisa sincera en años.
Por un momento, me ha recordado la niña que fue, y una sensación agradable se esparce dentro de mi pecho.
Entonces recuerdo que eso se acabó porque yo lo quise; es la señal para que empiece a hablar.
—Uno de los motivos por los que me alejé es que sentía que eras un lastre para mí. Teníamos objetivos diferentes en la vida y creía que, con tu actitud, me retrasarías para conseguirlos. —Empiezo por la primera verdad.
—Nunca quise estudiar; y bien que me arrepiento. Despreciabas mi simpleza, supongo.
Asiento callada, porque es verdad. No teníamos el mismo compromiso con los estudios. Me fui alejando, como si sus malas notas fueran contagiosas. Ya me había vuelto egoísta por aquel entonces.
—Yo solo quería ser feliz y que me quisieran —revela con un tono de voz inusualmente ronco, conteniendo una emoción que llevará años cargando en su interior por mi culpa—. Mucha gente me ha dejado por el camino.
«Entre ellas, yo». Tampoco puedo replicar a eso.
—Pero no fue lo único, ¿no? —Me da pie a que continúe con mi confesión.
—También fue por el beso. —Admito la segunda verdad.
—Por favor, si éramos unas crías…
Lo éramos, sí. Pero no es tan sencillo. Lo difícil es explicarle la contradicción de lo que me ocurría con ella. Y, al final, pasó lo que pasó.
—Sí, pero dijiste que aquello era pecado y me dolió. —Ahora soy yo la que se está emocionando porque nunca hemos hablado sobre ese beso, ni del daño que me hicieron sus palabras.
—Me tomó por sorpresa y no supe reaccionar. Yo tampoco debí decir aquello, pero es que era la educación que habíamos recibido.
—Ya. También te pido perdón por ese beso que tú no querías, ni pediste.
—No es eso, es que fue… inesperado. —Su piel cambia de color a otro más rojizo y juguetea con el trozo de gominola que aún tiene en las manos.
Me mira con los ojos muy abiertos y me quedo atrapada en ellos, intentando ver hasta dónde quiere llegar con esas palabras.
Carraspeo para reducir la intensidad del momento—. Te envidiaba y te admiraba.
—¿Cómo? —Me tengo que poner de pie, incrédula, porque esto es lo último que espero. Se queda pensativa, dudando si decir algo más. Sin embargo, empieza aclarando esas últimas palabras.
—Te envidiaba —asienta las manos en el regazo y agacha la cabeza— porque tú tenías una familia que se preocupaba de ti, no un padre borracho y una madre que lo único que me decía era que fuera decente y que no me metiera en líos si no quería llevarme una paliza.
—Una gruesa lágrima empieza a resbalar por su cara.
Me gustaría retirársela, pero no me atrevo a tocarla y cierro los dedos de las manos para controlarme.
—Yo… no sé qué decir.
—¿Qué vas a decir? No era culpa tuya. Yo te admiraba porque quería ser como tú.
Igual de lista y de decidida. Y el beso no es que no lo quisiera; ni lo vi venir.
Pero me gustó. —Yoli toma aire antes de continuar—: Aquella tarde me sentí más cerca de ti de lo que habíamos estado en mucho tiempo.
El beso fue tan bonito y dulce… Ojalá nunca hubiera renegado de él, porque…
—Porque ¿qué? —Se ha detenido y yo quiero saber que pasó de verdad por su cabeza.
—Es igual, no sé qué quieres que te diga…
—La verdad.
—Pues que yo no entendí muy bien qué me pasó, pero me confundió. —Inspira con fuerza, antes de continuar—: Solo sé que el primer pensamiento que tuve fue que aquello era pecado. Solo me faltaba eso. En mi casa me hubieran matado nada más imaginarse que me había besado contigo.
—¡Joder, Yoli! Y yo cargando con la culpa y la vergüenza.
—Intenté que todo fuera normal de nuevo —baja la cabeza—, pero tú ya no quisiste saber más de mí.
—Eso es verdad; me alejé deliberadamente.
Tú también te comportaste como si ese beso nunca hubiera sucedido.
Aunque tienes razón, yo sabía lo que quería de la vida, pero ya había decidido que tú no entrabas en ella.
—Suena demoledor, y sus ojos se humedecen.
Una inspiración fuerte me dice que está controlándose para evitar derramar ninguna lágrima.
—Hasta años después, cuando supe abiertamente de tu sexualidad, no fui consciente de la dimensión de aquel beso y de cómo debiste de sentirte. Como siempre, en eso tampoco fui demasiado avispada —replica, dominando el tono de voz.
—No fue fácil hacerlo público, pero no se puede vivir en una mentira.
—Lo sé, yo he vivido un montón de mentiras y así me ha ido en la vida. Después de que me abandonaras, nada me fue bien. Me quedé sola. Muy sola. —La mirada se le va a un punto indefinido, abstrayéndose por un segundo en ese pasado doloroso.
Cuando vuelve a mí, aún me siento peor. Tiene razón, la abandoné.
Yo era su única amiga y la perdió. Me desentendí del todo y me olvidé de ella, hasta que la vi aquel día besándose con el que después sería su marido.
Nunca he sido capaz de olvidar el impacto de aquella imagen, ni los celos que despertó en mí, unos celos que no había sentido jamás.
—Más tarde me quedé embarazada y creí que al final tendría mi propia familia. ¿Cómo me pude equivocar tanto?