Palabra de Alaska (Palabras 1) 10 Besos y más besos
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10 Besos y más besos

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BESOS Y MÁS BESOS

A mis quince años

Sobre la vida sentimental de Yoli no sé mucho, solo lo que mi madre me había ido explicando de manera esporádica, sin darme demasiados detalles.

Intuía que era un tema que no me interesaba demasiado.

Sin embargo, sí que la había visto con su primer novio.

No lo he olvidado en todos estos años, ni la imagen que se me quedó grabada en las retinas.

Levanté la cabeza y los vi. Me dio tal impresión que casi me caigo del banco donde estaba sentada a la fresca, tomando un helado junto a mis Marías y Sebas. Él y yo hacíamos equilibrios sobre el respaldo, mientras que María José y Ana María estaban correctamente sentadas como buenas chicas.

Era Yoli. Vestida con unos vaqueros cortos que dejaban ver buena parte de sus redondeados muslos y una camiseta blanca, apretada, que mostraba el relieve de sus pechos. Iba abrazada a un chico, quien la tenía enlazada por la cintura con aire posesivo.

Él se veía bastante mayor que ella. Más alto que Yoli, vestía un pantalón vaquero muy ajustado —vamos, que si me hubieran gustado los chicos, se me habría ido la vista a un abultado paquete que se ahuecaba en la entrepierna— y una camiseta negra igual de ajustada.

El chico tenía buenos músculos y era guapo.

Peinado con un tupé a lo Danny Zuko, tenía aspecto de malote.

Se pararon en medio del parque de La Devesa.

El sucedáneo de John Travolta la apretó contra su cuerpo y le comió la boca como si estuviera pasando hambre de días.

Lo vi atrapar los labios de Yoli con deseo, esos mismos que yo también había besado.

A diferencia del mío, aquel beso no tenía nada de casto, ni de puro, ni de inocente.

Ella abría la boca y dejaba que la lengua del chico jugara con la suya.

Se amoldaban el uno al otro en un juego erótico que a mí me fascinó y asqueó a partes iguales.

Aquello era un morreo de verdad y lo demás eran tonterías.

Cuando la mano del chico se posó sobre el pecho de Yoli y empezó a magreárselo sin ningún pudor, mi corazón decidió ir por su cuenta, bombeando con fuerza ante el espectáculo.

Giré la cara para dejar de verlos, pero solo fue un instante, estaba fascinada.

Bajo los plataneros gigantes que nos cobijaban, no perdí de vista las manos del muchacho, que abandonaron aquellas tetas firmes para bajar hasta los cachetes del culo de Yoli, que apretó contra sí mismo en más que un evidente estado de excitación.

Hasta que Yoli abrió los ojos, se separó del chico y, al girarse, me vio contemplándolos.

Ninguna de las dos desvió la mirada. Hizo un breve y seco gesto con la cabeza a modo de saludo y, a continuación, fue ella quien besó al chico, con lascivia.

Ignorándome, como yo había hecho con ella.

Después de separarse, me dirigió una última mirada que fui incapaz de descifrar.

Sin más, la pareja, con las manos enlazadas por las cinturas, siguió caminando hasta perderse dentro del follaje boscoso de la inmensa dehesa.

Digerí la imagen como pude, mientras el helado que estaba tomando se me derretía entre los dedos. Hasta que no sentí la mano de Sebas cogida a la mía, apretando con fuerza, no conseguí que mi corazón empezara a estabilizarse.

—¿Estás bien? —me susurró al oído para que no lo oyeran ninguna de las Marías.

—Sí, solo que me ha sorprendido ver a esa pareja besarse, ha sido muy descarado. —No quería explicarle todos los detalles.

—Vale. Si tú lo dices…

Sebas y yo nos habíamos descubierto como almas gemelas.

Existía entre los dos una conexión especial, hasta el punto de que, sin decirnos nada, éramos capaces de adivinar qué pasaba por nuestras cabezas.

Me había visto observar a la pareja y se dio cuenta de mi afectación.

Al igual que a mí, durante el último curso, tampoco me había pasado desapercibida la manera en que Sebas miraba al guapote de COU, lo que era el curso preparatorio antes de entrar en la universidad, el que llevaba de calle a todas las chicas del instituto, menos a mí, por razones más que obvias.

El reconocimiento silencioso de lo que nos estaba pasando nos había unido, como lo hacen quienes saben que comparten un secreto que solo ellos conocen, pero que aún no se atreven a exponerse.

Si lo reconocíamos en voz alta, sería una verdad a gritos y todavía no éramos lo suficientemente maduros como para enfrentarnos a ello.

Mientras, con tanta unión, hubo quien creyó que éramos algo más que amigos, despertando la envidia de todas las chicas que iban detrás de Sebas. A él, por lo que me parecía, aquello ya le iba bien. En cambio, yo no quería mentir a nadie.

—¡Hosti! La parejita esa no se ha cortado ni un pelo. —A María José no le había pasado desapercibida la escenita de Yoli—. El tío está bueno, pero es un perdonavidas; se le ve en los andares. —Y se había quedado tan ancha.

Ana María se encogió de hombros, indiferente. En su línea, no hizo ningún comentario, más concentrada en su helado de chocolate que en lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Por último, Sebas tampoco verbalizó nada, aunque sí que me quedé con la mirada que le había dirigido a la parte trasera del «amigo especial» de Yoli mientras se alejaban. Y es que el chico tenía un buen culo, hasta yo tuve que reconocerlo.

—El domingo no trabajo, ¿qué os parece ir a la playa?

—La propuesta fue de María José—. Tomamos el bus a Sant Feliu de Guíxols temprano y no volveríamos demasiado tarde.

Venga, ¡por fiiii!, que quiero ponerme morenita, ¿no veis qué piernas más blancas tengo?

—Las estiró con los pies juntos para que viéramos lo necesitada que estaba de tomar el sol.

—Sí, pero esta vez nos ponemos protector, uno de verdad, que la última vez me quemé con el asqueroso aceite de coco que trajiste —le respondió Ana María.

—Decía que era para conseguir el bronceado perfecto —se excusó María José.

—Sí, y lo que estuvimos a punto de conseguir fueron perfectas quemaduras de primer grado. No me pude poner pantalones en días —se quejó Ana María.

—Mira que te gusta quejarte, Ana Mari…

—No, ¡si encima!

Aquel verano de 1992 en el que sonaba Juego de amor de Cabaret Pop y Bed of roses de Bon Jovi, estábamos a las puertas de la edad adulta.

Mis amigas pusieron el primer pie en el mundo laboral.

En mi caso, no pude. Aún no tenía la edad mínima para trabajar, puesto que hasta finales de año no cumpliría los dieciséis.

Así que, menos Sebas, al que sus padres no se lo permitieron, y yo, mis Marías empezaron a trabajar y a cotizar para la Seguridad Social.

María José en una cafetería y Ana María en una tienda de comestibles en su barrio.

Por supuesto que les tuve envidia y no me quedó más remedio que resignarme.

Cuando podíamos, nos dábamos una vuelta por una ciudad que se había quedado medio vacía —ya fuera porque la gente se marchaba de vacaciones, a la playa o a la montaña— y nos tomábamos un helado al fresco, como estábamos haciendo aquella tarde, antes de irnos cada uno a nuestras casas a cenar.

—Vale —respondió Ana María.

—Lo tengo que preguntar en mi casa —les dije yo, porque a veces mis padres también hacían planes para ir a la playa en familia y no había discusión posible en cuanto a mi obligación de ir con ellos.

—Yo no creo. —Sebas fue el último en decir nada—. Tenemos que ir a no sé dónde, otro rollo familiar de esos de los que no me puedo escaquear; cualquiera le dice que no a mi padre.

Pasados los años, todavía hago balance de aquel verano.

La amistad con mis Marías y con Sebas se afianzó para siempre y el beso de Yoli con aquel chico me hizo ser más consciente, todavía, de mi despertar sexual.

Durante días, mi mente traicionera estuvo proyectando aquel beso en bucle. Y yo fingía que no me importaba.