Palabra de Alaska (Palabras 1) 9 Azul turquesa
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9 Azul turquesa

AZUL TURQUESA

El color favorito de mi madre era el azul.

En mis manos tengo el espectacular vestido largo que lució para la boda de mi tío, en la que ella fue la madrina.

No puedo evitar acariciar la elegante tela de seda, tan suave y escurridiza al tacto.

Me trae multitud de recuerdos y a Andrea le ha debido de pasar lo mismo porque con sus palabras me saca de los pensamientos en los que me acabo de perder.

—No sabes lo que nos costó dar con la tela. —Aprecio en la voz de mi vecina una emoción parecida a la mía.

—Creo que lo imagino. —Sonrío, aunque mi sonrisa es más bien discreta o, quizás, nostálgica.

—No. No tienes ni idea. Menudas vueltas dimos hasta dar con el color exacto, el que ella quería. Ese día le tomé un poco de manía al azul, porque mira que hay tonalidades. Para hartarse. Te lo aseguro.

—A ver si adivino —me sale una carcajada—: tenía que ser un azul concreto y no valía cualquier otro. Si es que me parece que la estoy viendo.

—Sí, señor. Tenía que ser azul turquesa. Ni azul océano, ni azul cobalto, ni azul marino. Nada. Ni desviarse siquiera un poquito.

—¿Y sabes por qué?

—Sí, porque decía que ese color alejaba todas las energías negativas, que era para vestirlo en la boda de su hermano y les traería suerte. —Con sus manos arrugadas acaricia la seda con delicadeza.

—Para eso era un poco supersticiosa. —Mi madre creía a pies juntillas en las propiedades de las piedras preciosas y, de paso, lo reflejaba en los colores con los que vestía. No es muy difícil adivinar qué joya complementaba el vestido: un precioso colgante engarzado con una única piedra turquesa.

—¿Qué vas a hacer con él? —Andrea me lo pregunta con cautela.

—Me lo quedo. Soy incapaz de dárselo a nadie. —Todavía me aferro a la tela como si lo estuviera haciendo a mi madre. Huele a naftalina y a recuerdos.

—Este vestido es el más bonito que le he cosido nunca, o el que he cosido en toda mi vida —reconoce—. Nos llevó muchas horas y muchas discusiones; creo que hasta puso a prueba nuestra amistad. Llegamos a obsesionarnos con él, pero hay que reconocer que quedó increíble.

—Sí, lo sé. Era muy pequeña, pero me acuerdo. Correteaba por tu taller molestándoos todo lo que podía.

—Bien cierto, eras un terremoto. Lo que nos costaba que te estuvieras quieta. —Se queda pensativa—. ¿Quieres que lo arregle para que te lo puedas poner? Hasta podemos actualizarlo. ¿Qué me dices? Le podemos dar una segunda vida.

Me sorprendo, ni siquiera había pensado en esa posibilidad.

No suelo usar vestidos, a no ser que sea para una ocasión muy especial.

Estas suelen ir asociadas a algún evento al que asiste Elsa.

En esas ocasiones, es ella quien se encarga de nuestra vestimenta, de las dos.

Me vuelvo a dar cuenta de cómo ella decide la mayoría de las cosas y yo ni le rechisto.

—Soy más alta que mi madre…

—Pero dejamos suficiente dobladillo. —Gira los bajos para comprobarlo.

—Y me está ancho…

—Pues se estrecha. ¿Quieres que lo arregle o no?

—Claro que quiero.

—De acuerdo, le diré a Yolanda que me ayude.

—¿A Yoli?

—Sí. Necesito un pulso firme para cortar la tela y ella me ha estado ayudando con la costura durante mucho tiempo cuando he ido desbordada de encargos. ¡Tiene unas manos que pa qué!

—No tenía ni idea…

—Ay, Eva Mari. ¿No has hablado con ella todavía?

Me hago la remolona, buscando la excusa adecuada. Pero a estas alturas soy incapaz de mentirle a Andrea.

—No sé qué decirle. No me regañe —la veo con intención de replicarme—, pero lo haré.

En ese momento suena el timbre y doy un respingo, porque no espero ninguna visita.

—Pues ahí la tienes. Me tenía que traer algunas cosas que le he pedido y le he dicho que, si no me encontraba en mi casa, estaría aquí.

—Andrea… —La quiero regañar porque siento que quiere forzar lo que sea, pero no tengo corazón para ello.

—No me mires así, anda. Abre.

Por supuesto que abro y tengo enfrente a Yoli.

Está plantada en la puerta y no hace ningún amago por entrar y yo no me atrevo a invitarla a pasar.

Viste un pantalón fino estampado y una camiseta de tirantes de color amarillo.

El pelo lo lleva suelto sobre los hombros y no va maquillada. Está guapísima.

—¿Puedes avisar a Andrea? O, mejor, dile que ya he dejado la compra en su cocina. —En las manos lleva todavía las llaves de la casa de mi vecina; debe de tener una copia. Igual también tiene una de las de mi casa; pero no es el momento de preguntarle.

—¡Andrea! —la llamo.

—Dile que entre, que quiero enseñarle el vestido —la oigo responderme desde el dormitorio de mi madre.

Me hago para un lado para permitirle la entrada. Aun así, ella es renuente a dar un paso.

—Lo siento. —Sé que, si no lo digo o hago lo que tengo que hacer, no voy a estar bien.

—¿El qué?

—Lo que dije en tu casa. Fue desagradable y ofensivo.

—Sí que lo fue. ¿Alguna vez te paras a pensar en las consecuencias de lo que haces o dices?

Veo el reproche en sus bonitos ojos, que no es para menos. En sus palabras ha impreso la dureza correcta, pero en el fondo es una regañina condescendiente. No tengo más remedio que darle la razón.

—Sí. Cuando ya la he cagado.

—Algo es —zanja el asunto—. ¿Qué vestido quiere que vea?

—Uno de mi madre, el de la boda de mi tío, dice que puede actualizarse para mí.

Por sorpresa, me sube el color a las mejillas. No sé si es por imaginarme con el vestido o porque Yoli me vea con él. Ese pensamiento es una tontería como cualquier otra.

—¿El turquesa?

—¿Sabes cuál es?

—Sí. Anda que no me han hablado de él y me lo enseñaron; es precioso. Y a tu madre le quedaba espectacular, vi las fotos.

Una punzada de celos me azota el estómago. En los últimos tiempos, Yoli ha estado más cerca de mi madre que yo. Y me da rabia imaginarlas juntas, repasando las fotos familiares o pasando tiempo como si de una nueva familia se tratara.

Entramos las dos en el dormitorio. Andrea está examinando con mucha atención las costuras del vestido, con las gafas que usa para coser apoyadas en la punta de la nariz. Antes de entregárselo, a Yoli le suena el teléfono.

—Disculpadme.

Nosotras desde nuestro sitio no podemos evitar escuchar la conversación.

—Estoy en casa de Andrea —miente a su interlocutor.

Silencio.

—Sí, solo le he traído la compra. Ahora me iré.

Otro silencio.

—No sé cuánto voy a tardar, poco. —Se vuelve a callar para oír lo que sea que le están respondiendo al otro lado de la línea—. Está bien, ya voy.

Cuando vuelve a la habitación, la expresión de su cara es seria.

—Me tengo que ir —anuncia mientras guarda el teléfono en el bolso—. Me esperan en casa. Andrea, mañana, si puedo, vuelvo a pasar.

—Hija…

—Ya sé lo que va a decir, pero no. —Mira hacia mí. Es evidente que no quiere que diga nada en mi presencia.

Desaparece y el estómago se me revuelve porque, en su manera de irse o de mirar a Andrea, veo a una Yoli abatida y más apagada.

—No sabe escoger a los hombres. —Mi vecina lo dice en voz baja. Eso era lo último que me faltaba oír para que dentro del pecho se me forme una nube negra que se va expandiendo—. Nunca ha tenido buen ojo con ellos.

Yoli sigue igual. Tiene un radar para dar con los tipos más impresentables, y deduzco que el hombre con el que está ahora no es diferente a los anteriores.

Andrea se despide de mí con el vestido metido en su caja, envuelto en papel de seda, y me deja sola conmigo misma.

Y yo solo puedo pensar en Yoli.