8 El chico nuevo
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EL CHICO NUEVO
A mis catorce años
Había sido en el instituto, en primero de BUP —el antiguo Bachillerato, que ahora equivaldría a un tercero de la ESO—, cuando se empezó a forjar mi amistad con María José y Ana María.
Mi existencia discurría con placidez, disfrutando de esa nueva etapa en mi vida y adentrándome en el mundo adulto a pasos agigantados.
Superado el primer año, afrontaba el nuevo curso, segundo de BUP, con ilusión. Me gustaba estudiar y sabía que ese era el camino para labrarme un futuro. Mi madre no dejaba de repetírmelo: «Hija, tú estudia y sé una mujer independiente, que nunca tengas que depender de ningún hombre. Hazme caso».
Ella nunca había dejado de lamentarse de no haber tenido oportunidad de asistir a la escuela.
Se tuvo que conformar con un maestro que iba por los pueblos enseñando lo indispensable para defenderse en esta vida.
Aunque, a esas alturas, si algo empezaba a tener muy claro, era que de un hombre no iba a depender precisamente.
Era la hora del descanso. Y allí estaba con mis dos amigas inseparables y compañeras de curso. Nos habíamos sentado en uno de los bancos del parque infantil que había detrás del instituto y nos estábamos comiendo nuestros bocadillos envueltos en su papel de aluminio.
—¿Cómo os ha ido el verano? —preguntó María José.
Ese era el primer día de clase. No nos habíamos visto demasiado durante las vacaciones estivales, inmersas en los planes de nuestras respectivas familias.
Entonces no existían ni teléfonos móviles ni ordenadores ni nada…
, así que novedades para ponernos al día teníamos muchísimas.
María José nos miró con expresión de «tengo una cosa que contaros».
Tenía, y sigue teniendo, unos ojos pequeños, bonitos y vivaces, que le dan a su rostro una gran expresividad.
Si la sabes leer, pronto te das cuenta de cuál es su estado de ánimo y de lo que le está pasando por la cabeza.
Es la más atrevida y descarada de las tres.
—Bien, no me puedo quejar, de vacaciones con la familia en el Valle —respondí, dando una pincelada básica a lo que había sido mi verano—. También he leído mucho.
Ciertamente, esa había sido mi actividad principal.
Los libros me perdían, me hacían soñar y viajar.
Y enamorarme. Lo siguen haciendo. Me había ventilado los trece libros de la serie Angélica de Anne y Serge Golon.
Me había dejado llevar por las intrépidas aventuras de la bella protagonista en la corte versallesca de Luis XIV.
Es fácil adivinar de quién estaba enamorada.
—¿Y a vosotras? ¿Cómo os ha ido? —les devolví la pregunta.
—He pasado todo agosto en Almería y he conocido a un chico, ¡más guapo…! —nos confesó con entusiasmo María José—. Se llama Juan. Ains… —Y dejó ir un suspiro.
—¡Qué rollo los tíos! —Ana María la miró escéptica con sus ojazos azules.
Era, y sigue siendo, la más guapa de las tres. Cuando salía a relucir el tema de los chicos, nunca coincidían en su tipo ideal. María José se enamoraba de todos y Ana María de ninguno. Siempre me han hecho muchísima gracia sus tira y afloja.
Y luego estaba yo. Definitivamente, no me gustaban los chicos, o por lo menos no había habido ninguno, hasta el momento, que me despertara las dichosas mariposas en el estómago, ni cosquillas, o nada que me hiciera expulsar corazones por los ojos o cualquier otro síntoma de enamoramiento.
Por supuesto, me lo callaba. Tenía miedo a que me juzgaran y se alejaran de mí.
Porque había algo que me unía a aquellas dos chicas y no quería perderlo.
A ratos, me asaltaba el recuerdo de Yoli.
No había que ser muy adivino para saber que, después del beso, nada iba a ser igual.
Estuvimos días sin vernos. Después…, fue extraño.
En clase, evitaba el acercamiento y afuera, igual.
Aunque ella sí que hizo tímidos intentos de querer hablar conmigo, los ignoré.
Mi despertar emocional, más que sexual, había sido un puñetero desastre y me había embargado una sensación de impotencia e inseguridad que, dada mi juventud, no tenía ni idea de cómo manejar.
El resto lo hizo la propia vida. Ella repitió el octavo curso de la EGB, y yo empecé el BUP, centrándome por completo en mis estudios.
También dejé de ir a misa los domingos; quizá porque, al final, yo misma me consideré una pecadora de pensamientos impuros y percibía que aquel no era mi lugar.
De paso, tampoco me encontraba con Yoli.
Ella me telefoneó un par de veces a casa y la atendió mi madre, quien me dejaba el recado. Nunca le devolví las llamadas. Sé que la dañé. Ella me había considerado su mejor y única amiga, y yo ni siquiera le había dado una explicación.
Mi madre se dio cuenta e intentó sonsacarme. Sin embargo, yo no fui capaz de abrirme tanto como para confesarle lo que me pasaba.
—Y no veáis cómo besa, y con lengua.
Volví a la conversación después de haberme ido por derroteros propios para escuchar precisamente, por boca de María José, las habilidades besatorias del tal Juan.
—¡Tía, no necesito detalles! ¿Y qué vais a hacer ahora? ¿Vive muy lejos, no? —Por supuesto, fue Ana María quien puso el sentido práctico.
—Nos vamos a escribir —le respondió María José—. Nos hemos dado las direcciones; también está el teléfono.
—¿Es tu novio? —le pregunté yo. Para mí, la ecuación carta más teléfono, más beso, era lo más parecido a un noviazgo.
—¿Novio? ¡Qué va! —María José parecía muy convencida de eso, aunque yo no sabía si el tal Juan pensaba lo mismo—. Con la cantidad de chicos guapos que hay, ¿por qué quedarse solo con uno? ¿O con el primero? Vaya tontería.
Para ella era de una lógica aplastante y nos guiñó el ojo, divertida y traviesa. Yo no dije ni mu y Ana María puso los ojos en blanco en una expresión divertida.
—Eres imposible —acabó diciéndole a María José.
—Y… hablando de chicos guapos, ¿habéis visto al nuevo?
—Sí, claro —respondió Ana María—. ¿Ya lo has fichado? Es igual, no respondas.
Yo también me había fijado en él, pero no con la misma intención que había tenido María José.
Ese año apareció en nuestras vidas Sebastián, Sebas, un alumno nuevo. Había entrado en clase con discreción y se había sentado en la única mesa que estaba libre, en la primera fila. Tal y como habían apreciado mis amigas, era un chico guapísimo.
Aún lo recuerdo en aquel primer día. De cabellos castaños, intentando domar unos rizos rebeldes a base de gomina; vestido con un polo granate y unos vaqueros, todo de marca.
Nos había mirado con timidez a través de unos ojos grandes y oscuros, bordeados de espesas pestañas que daban vida a un bonito y dulce rostro.
Todas, menos yo, se enamoraron de él a primera vista.
Como si de una invocación se tratara, Sebas pasó delante de nosotras y nos saludó con amabilidad.
—Hola. —Esbozó una sonrisa tímida.
Le devolvimos el saludo y lo invitamos a acercarse a nosotras. Más bien lo invitó María José. Tremenda.
Pensábamos que iba a pasar de largo. Pero no. Se acercó y nos pidió que le recordáramos los nombres. Era nuevo en la ciudad y de ahí el cambio de instituto; todavía se estaba aclimatando. En ese primer día estaba intentando absorber toda la información que le iba llegando.
El caso es que le caímos bien y se unió a nuestro pequeño grupo.
De aquel primer día, lo que más me impactó, y creo que fui la única en notarlo, fue la tristeza que se escondía en su mirada. Entonces no supe ponerle nombre, pero nunca pude olvidarla.
Años después, entendí por qué.