7 «Las tres Marías»
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«LAS TRES MARÍAS»
Por fin me he podido ver con mis Marías, necesitada de sus abrazos y de sus risas.
¿Que quiénes somos esas Marías? Sencillo, son mis amigas: María José, o Mari Jose, y Ana María, o Ana Mari, si estamos en confianza.
Íbamos juntas a todos sitios y se nos acabó conociendo como «las tres Marías»; que yo me llamara Eva María, Eva Mari para abreviar, lo puso a huevo.
Y así hasta el día de hoy. En cuanto descubrimos los grupos de WhatsApp, no tuvimos ninguna duda en cuanto al nombre.
La foto de perfil, pues nosotras de adolescentes luciendo permanentes despeinadas.
—Por favor, ¿me traes el cruasán de chocolate más grande que tengas? —Esa es Mari Jose, levantando la mano al camarero para llamar su atención. Nos mira a las dos con intención de justificarse—. Ya sabéis, es el estrés que llevo encima.
No nos da tiempo a decir nada más porque su teléfono suena con insistencia.
María José rebusca dentro de su enorme bolso y, milagrosamente, lo encuentra.
Suspira antes de contestar. No sabemos qué es lo que le preguntan, pero ella empieza a hablar de carrerilla, y mucho nos tememos que quien esté al otro lado del teléfono no va a poder meter baza.
Ana María y yo nos miramos. Ella pone los ojos en blanco y yo hago un elocuente gesto de levantar los hombros.
Es que ya estamos acostumbradas. La sala de exposiciones para la que trabaja María José no da un paso sin preguntarle a ella primero.
Por todo y por cualquier cosa. Se lo hemos intentado hacer ver muchas veces, que está absorbida por el trabajo y algún día le va a dar un jamacuco, pero es tan cabezona que nunca nos hace caso.
El camarero deja el cruasán encima de la mesa justo en el momento en el que ella finaliza la llamada.
—Qué mono es ese muchacho, ¿no? —Le mira descaradamente el culo cuando este se da la vuelta para ir en busca de nuestra comanda. Porque aquí la amiga se ha pedido su cruasán y las demás, o sea, nosotras…, ya nos apañaremos.
—A ver, Mari Jose —la reprende Ana María—, estás cosificando a ese muchacho, que por la edad que parece tener podría ser tu hijo.
Ana María es la voz de la razón y de la conciencia. Por algo es sindicalista en el hospital donde trabaja. Faena tiene, tal y como está la sanidad pública.
—¡Qué cosificando ni qué niño muerto! ¡Que el chico es guapo y tiene un culito fantástico! Ya está. Que ojos en la cara tenemos todas, ¿a que sí, Eva Mari?
Ya he pillado.
—A mí no me metas, yo no me he fijado en ese culo.
—Claro, tú solo te fijas en las tetas.
—Y en los culos también —replico, aguantándome la risa.
—¿Queréis parar? Parecéis crías. —Otra vez la voz de la razón.
—Como tú tienes el marido perfecto… —contraataca María José—. No tienes ojos nada más que para él y no te fijas en lo bonito y variado que hay alrededor. —Hasta pone cara de inocente.
—Ni que tu tercer marido —recalca Ana María— fuera un desastre. A ver cuánto te dura este.
Es, más o menos, lo mismo de siempre. Hay cosas que no cambian, afortunadamente.
—Los hombres son como los quesos —continúa María José—: deben tener el punto justo de maduración, de acidez y estar bien conservados.
—¿De verdad? Pues nada, hija, tú sigue catando hasta dar con uno que esté al punto.
—No dejo de intentarlo. —Por fin le da el primer bocado a su cruasán. ¿Hace falta que diga que María José habla mucho? Es un auténtico torbellino y tengo mi propia teoría: es hiperactiva y nadie se lo ha diagnosticado.
Me doy cuenta de la suerte que tengo de tener a mis amigas. Sé que están procurando que estemos distendidas y que nos distraigamos de nuestros problemas. Todas las burradas que largamos en nuestras conversaciones quedan siempre entre nosotras. Ya se sabe, lo que pasa en Las Vegas…
Después de la broma y el cachondeo, que nos dan la vida, le pedimos al mismo camarero que nos reponga la ronda de cafés e infusiones. A su vuelta, ya no hay rastro de irreverencia ninguna y se ha hecho el silencio.
Sé que ahora es cuando viene la conversación seria.
—¿Ya lo tenéis todo en orden? —pregunta Ana María.
—Más o menos —contesto, inspirando primero—. El papeleo se lo hemos dejado a una gestoría. Ahora viene lo más complicado: vaciar la casa de mi madre.
Siento que la voz se me va a romper. Todos sabemos que la muerte llega tarde o temprano y que es ley de vida que nuestros padres nos abandonen primero. Pero no puedo evitarlo. Es un trance demasiado duro.
—¿Y…? —María José, que siempre es tan arrolladora, sé que está intentando ser cuidadosa, y yo, que ya intuyo qué me quiere preguntar, se lo pongo fácil.
—¿Elsa?
—Sí. ¿Por qué no está aquí contigo?
Podría mentir y decirles que está trabajando, o cualquier otra excusa, pero con ellas ni me lo planteo. Prometimos que nunca nos mentiríamos y ellas saben de los claroscuros de mi relación con mi todavía pareja, o por lo menos eso creo, aunque no sé por cuánto tiempo.
—Le dije que me quería quedar aquí, por los asuntos de mi madre. Que si ella quería acompañarme, bien, y si no, también. —Les explico en cuatro pinceladas nuestra última discusión.
—Y te plantaste. ¡Alabado sea Dios! —María José, incluso, levanta las manos al cielo—. ¡Ya era hora!
—Más o menos —reconozco no sin pesar. Porque desde que Elsa se fue, no dejo de darle vueltas a todo. Tengo demasiado tiempo para pensar y no dejo de castigarme.
—¿Y cómo te sientes? —Esta vez es la dulce voz de Ana María la que me habla.
—Pues no lo sé. Un poco superada, decepcionada y no me abandona la sensación de que, ahora mismo, ando sin rumbo por la vida.
—Es normal. —Ana María deja la taza de su café con leche en la mesa—. Siento que sea por la muerte de tu madre. Pero es en momentos como estos cuando tomamos conciencia de quién tenemos a nuestro lado.
—No os sorprende, ¿cierto?
—Pues no. Tampoco es que la conozcamos mucho, ¿eh? Pero siempre ha ido a su puto rollo. —Es María José quien responde. Contundente. Y constato que entre ellas ya han hablado de todo esto—. ¿Qué vas a hacer?
Las miro a las dos; ya han dejado atrás las risas con las que hemos empezado el desayuno. Incluso vuelve a sonar el móvil de María José y no hace ningún intento por responder. Me están escuchando, y no solo con el oído, sino también con el corazón. A ellas se lo puedo explicar todo.
—No tengo intención de precipitarme. Quiero quedarme aquí el tiempo que necesite.
Iré y vendré en tren cuando tenga que ir al instituto.
Necesito tomar distancia de Elsa; últimamente nuestra relación ha cambiado, no estamos en nuestro mejor momento, y esto…
—Me refiero a que su ausencia cuando más la he necesitado no mejora la situación—.
Solo sé que ahora quiero estar cerca de mi gente, la de verdad: mi hermano, mis sobrinos, vosotras…
También pienso en Yoli y en Andrea. Ellas fueron quienes pasaron los últimos tiempos cerca de mi madre mientras yo me alejaba cada vez más. Eso no tiene remedio, pero debo una disculpa enorme a la que fue mi amiga. Y también cuidar de Andrea, que sé que va a acusar la falta de mi madre.
—Haces muy bien —responde María José y asiente Ana María—. Lo irás viendo por ti misma. Nosotras estaremos aquí para lo que quieras. ¿Qué os parece un día de playita, sol, cervecitas y mojitos?
—Sííí —respondo, recuperando un poco el entusiasmo. Nuestros días de playa han sido épicos; nos ha pasado de todo.
—Pues, ¡hala!, solo hay que poner fecha. ¡Hey! —María José levanta el brazo para llamar, de nuevo, la atención del camarero, que con nosotras está teniendo más paciencia que un santo—. ¡Tres cruasanes más de chocolate! Que estamos de celebración.
Ni a Ana María ni a mí se nos ocurre rechistar.
Estoy emocionada, a punto de echar una lagrimilla.
Adoro a mis Marías.
Nos hemos visto poco estos últimos años, eso es verdad. La vida nos ha ido llevando por caminos distintos, pero siempre hemos estado cerca. Aun así, cuando las miro ahora, sentadas frente a mí, riendo y discutiendo como siempre, lo entiendo todo.
Hay personas que no necesitan explicaciones.
Solo estar.