6 El lugar correcto
EL LUGAR CORRECTO
Abro los ojos y tardo unos segundos en recordar dónde me encuentro: en un hotel en Girona. Un hotel. Como si no tuviera una casa a donde ir. Hoy es uno de esos días en los que siento que estoy en el lugar equivocado.
Elsa duerme a mi lado, ajena a todo. Tiene el rostro relajado y la belleza luminosa que siempre me atrapó. La observo unos instantes antes de levantarme con cuidado para no despertarla.
Voy al baño y me miro en el espejo. Tengo mala cara. Normal. Acuso el cansancio de los últimos días. Y la seguridad de que mi vida no funciona hace el resto.
Mientras me envuelvo en la toalla después de la ducha, entiendo por fin por qué estamos aquí. Porque mi novia no quiere poner los pies en un barrio tan humilde como el mío, no vaya a ser que las suelas de sus Jimmy Choo se estropeen por pisar el asfalto desgastado del lugar donde me he criado.
Y, de repente, algo encaja mal. Muy mal.
Elsa sigue en la cama; suele tener un sueño profundo. Mi mente me transporta al pasado, cuando la conocí. Además de bella, era encantadora —y sigue siéndolo—, con mucho don de gentes y divertida.
Detengo la vista en los cabellos cobrizos desparramados por la almohada, y su rostro, libre de maquillaje, le da un aire inocente.
Debajo de las largas y rizadas pestañas, se esconden unos preciosos ojos ambarinos.
Recién cumplidos los cuarenta, está en ese gran momento de madurez femenina que a ella le sienta maravillosamente bien.
Es más joven que yo. Empiezo a tener la certeza de que los seis años de diferencia nos empiezan a pasar factura. O tal vez sea yo, que me he puesto filosófica, o, directamente, me estoy haciendo vieja.
A decir verdad, tampoco entiendo muy bien cómo una mujer sofisticada como ella se fijó en una mujer como yo, tan corriente, sin nada especial.
Nos conocimos cinco años atrás, aquí, en Girona.
Ella había hecho una escapada con amigas y coincidimos en una coctelería del Barri Vell.
Su sonrisa me atrajo nada más verla; tampoco fui muy disimulada.
El caso es que le caí en gracia y mis amigas se habían levantado de la mesa para dejarme a solas con ella, cuando Elsa se acercó a invitarme a una copa.
No es una mujer tímida, al contrario. Si algo quiere, lo pide.
Ella dice que le gustó mi expresión tan natural y sincera, que estuvo cómoda conmigo todo el tiempo y que le atraían las mujeres mayores que ella. Y me acabó de conquistar.
Hasta que un año después pedí el traslado a Barcelona y dimos el paso de irnos a vivir juntas.
El primer desencuentro vino cuando le presenté a mi familia. Aún recuerdo su cara de estupefacción cuando la adentré en el barrio. Yo no le había escondido que venía de una familia humilde, pero me temo que tanta humildad la superó.
Por supuesto, a mi familia no le pasó desapercibida su forma de reaccionar.
—¿Quieres decir que esa niña es para ti? Eva Mari, yo no lo veo… —Mi madre no tardó en darme su opinión—. Nos mira por encima del hombro.
—¡¿Qué dices, mamá?! —Me ofendí—. Eso es que vosotros no estáis acostumbrados a la gente fina.
Mi madre había dejado el trapo de cocina encima de la loseta de mármol y me miró como cuando era niña y me iba a echar un rapapolvo.
—Fina o no, esa chica no está a la altura, te lo digo yo; y tiempo al tiempo. Tienes una venda en los ojos y solo ves lo que quieres ver.
Ni mis padres ni mi hermano la rechazaron de plano.
Solo fue que ella percibió que no acababa de encajar en mi familia y no se sentía a gusto.
Las pocas veces que los visitábamos, se palpaba la incomodidad.
Al final, Elsa empezó a evitar todo lo posible poner los pies en mi casa, por lo que yo también acabé distanciándome.
Ese fue otro de los errores que sumé a mi lista.
Ahora, no me lo perdono.
Yo también conocí a la familia de Elsa y tampoco me cayeron bien. Demasiado superficiales y esnobs, pero tragué. Esa fue la diferencia.
Necesito un café. Menos mal que la habitación cuenta con una máquina Nespresso, que pongo en marcha mientras preparo la ropa para vestirme.
El ruido de la cafetera despierta a Elsa, que se incorpora en la cama.
—Buenos días. —Me acerco y le doy un beso breve en los labios.
Ella parece tener sus propios planes. Siento su mano caliente acariciarme la piel bajo la toalla, todavía un poco húmeda, e intensifica el beso.
—Elsa… —La paro, no me apetece—. A las nueve tengo que estar en el banco con mi hermano y no puedo entretenerme.
Me mira con sorpresa, como si hubiera vuelto a Girona por gusto y no porque se ha muerto mi madre.
—Vale, bien. Cuando acabes, nos volvemos para casa. —Se deja caer sobre la almohada con resignación.
—¿Perdona? —Mi tono la alerta y se vuelve a incorporar.
—Llevas una semana aquí; digo que ya lo tendrás todo arreglado. Tenemos que hablar de lo que vamos a hacer por vacaciones.
No me lo puedo creer. Acaba de llegar y me trata como si el motivo de estar aquí fuera una banalidad, un capricho; como si la muerta fuera una extraña.
Y, encima, pretende que salga corriendo para irme de vacaciones, cuando tengo una tristeza que me mata por dentro.
Me está entrando una mala hostia de cuidado porque no veo ni un mísero gesto de empatía.
—Elsa. A ver, que es mi madre la que se ha muerto. Lo sabes, ¿no?
—Sí, claro.
—Pues no lo parece.
Me mira y se da cuenta de mi seriedad. Me he deshecho de la toalla y me estoy poniendo las bragas y el sujetador con energía.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—¿Que qué voy a hacer? ¡Coño, Elsa! ¡Es que no me lo puedo creer! —Exploto.
—Oye, no sé qué mosca te ha picado, pero no es para que te pongas así.
—Da un manotazo a la sábana y salta de la cama.
Ha dormido solo con las braguitas; ella sí que usa buena lencería, no como yo, que me gusta la cómoda ropa interior de algodón.
Veo sus senos balancearse. Está tan alterada como yo.
Puedo asegurar que se avecina tormenta. No quiero callarme nada, ya he llegado al límite.
—Es que no es un «¿Qué vamos a hacer, cariño?» o… «¿Qué necesitas, en qué puedo ayudarte?». O un… «Nos organizamos y después ya vemos, y si no tienes ganas de grandes vacaciones, pues playita y descanso».
La veo ponerse blanca y se aparta de mi vista, buscando algo con que taparse. Intuyo que discutir con las tetas al aire tiene poco glamur y se da prisa por cubrirse con una camiseta y unos pantalones cortos.
—Yo solo quiero que vuelvas a casa, este no es tu sitio.
Esto es lo último que necesitaba para acabar de cabrearme.
—¿Y cuál se supone que es mi sitio? Es igual. —Hago un gesto con las manos finiquitando el asunto—. Te voy a decir qué es lo que voy a hacer y tú decides.
Se pasa las manos por el cabello y, con la goma que lleva en la muñeca, se hace una cola alta para despejarse la cara.
—Tú dirás. —Su respuesta me suena a desafío, y más cuando pone los brazos en jarras, que ya nos conocemos. Por primera vez, no voy a claudicar, y a eso no está acostumbrada. Porque siempre se sale con la suya.
—Por lo pronto, aquí me quedo. Aún tenemos mucho por hacer en casa de mi madre. Tienes dos opciones. —No le dejo ninguna duda de que hablo absolutamente en serio—. Quedarte conmigo o irte.
—¿En esa casa? ¿En ese… gueto?
—Va, hombre, ¡no me jodas! No es un gueto, es un barrio de gente sencilla y trabajadora.
—O sea, que sí, que te quieres quedar en esa casa.
—Por supuesto, ¿dónde quieres que me quede? Es mi casa. ¡Mi puñetera casa! —Mi voz empieza a sonar histérica.
—Pues yo «ahí» no me quedo.
—Haz lo que quieras.
La tensión se palpa en el ambiente y ya sé cuál es la respuesta. Siempre la supe.