Palabra de Alaska (Palabras 1) 5 El día que lo cambió todo
12%

5 El día que lo cambió todo

EL DÍA QUE LO CAMBIÓ TODO

A mis trece años

Sé cuál fue el momento exacto en el que Yoli y yo nos distanciamos. Y fue por mi culpa.

No había sido cosa de un solo día. Me centré tanto en mi obsesión por despuntar en los estudios y en desmarcarme de cualquier imagen barriobajera, la que se habían hecho de nosotros los que ya estaban allí antes de que llegáramos «los de fuera» y que se creían por encima de nosotros —algunos, no todos—, que empecé a despreciar a la que había sido mi amiga: cada vez me parecía menos lista porque no conseguía aprobar las asignaturas ni presentaba correctamente los deberes.

De hecho, estábamos casi a final del octavo curso y Yoli ya sabía que iba a repetir.

O me parecía básica, solo pensando en tener novio formal y dedicarse a su casa.

Justo todo lo opuesto a mí.

En vez de aceptarla como era, cuando me interesaba, la dejaba de lado para acercarme a otras niñas, las que yo consideraba más afines a mi particular manera de ser, puesto que me avergonzaba que nos vieran siempre juntas.

No quise reconocer la decepción en los ojos de Yoli, pero allí estaba. No lo hice bien, nada bien.

Y no solo fue eso. Ella me provocaba sentimientos encontrados. El desprecio que sentía porque ella no tenía aspiraciones para superarse se contradecía con la fascinación que me despertaba su físico, tan diferente al mío.

En los últimos años, había desarrollado definitivamente su cuerpo de mujer, de curvas suaves, senos redondeados y firmes, caderas prominentes y preciosas piernas.

La había peinado muchas veces y me gustaba hacerlo; dejar que las finas hebras de su melena se deslizaran entre mis dedos, que me provocaban un sorprendente placer en ese simple contacto.

En cambio, yo seguía lisa como una tabla de planchar, de caderas estrechas y sin apenas formas femeninas.

Mis largas y delgadas piernas solo me servían para jugar al baloncesto, donde desfogaba toda mi frustración.

Era tal mi complejo que ni siquiera me quería duchar en los vestuarios del club donde jugaba después de los partidos.

¿El motivo?

Un poco de todo. Por un lado, no soportaba que alguien me pudiera ver desnuda; solo de pensarlo me daba vértigo.

Por otro, ver a mis compañeras sin ropa me confundía.

Por ese motivo, en cuanto acababa el partido, tomaba mi bolsa de deporte y me iba para casa, donde mi madre me regañaba suavemente sin poder comprenderme, convencida de que era cosa de la edad del pavo.

Porque nadie, en verdad, podía entenderme.

Me había hecho mil preguntas y todas me llevaban al mismo sitio: que yo era diferente, que no tenía interés en los chicos, ni ningunas ganas de besarlos.

Solo sabía que, cuando por mi mente se cruzaba cualquier imagen de la persona que pudiera despertar en mí algo romántico, se me aparecía la de Yoli.

Era evidente la atracción física que mi amiga despertaba en mí y los sentimientos contradictorios que no sabía cómo manejar.

A una semana de finalizar el curso, nuestra relación de amistad se sostenía de un hilo.

Ya no quedábamos para comprar golosinas a la salida de clase los viernes; eso era demasiado infantil.

Tampoco íbamos juntas a la catequesis los sábados, ni los domingos por la mañana nos dábamos un garbeo por el campo de futbol después de misa, donde mi padre era asiduo y nos daba dinero para comprarnos un paquete de pipas.

Sin embargo, aquella lejana tarde, Yolanda vino a mí emocionada porque había conseguido el último número de la revista Super Pop antes de que se agotara en la librería del barrio y la tenía en casa.

Me invitaba a merendar y así la podíamos ojear juntas.

Mi yo adolescente se dejó llevar, apurando los últimos coletazos de la niñez.

Nos fuimos directas a su habitación. Antes, un rápido y corto saludo a la madre de Yoli, que estaba en el comedor viendo la televisión, sola, como era habitual.

Su padre, después de salir del trabajo, se iba al bar y volvía tarde.

Sus hermanos mayores ya se habían incorporado al mundo laboral y se habían independizado, hartos de la mala relación con su padre, un señor estricto, que bebía más de la cuenta y que consideraba que a las mujeres había que «corregirlas» para que no se apartaran de la senda que el destino les había marcado: estar sujetas a las necesidades del hombre.

Ahora lo sé. Debería haber prestado más atención a la situación familiar de Yoli y habría entendido más de una cosa. Pero es lo que tiene la adolescencia, que solo vemos nuestros problemas y lo que nos importa a nosotros. Y yo no era menos egoísta.

Nos habíamos descalzado y acabamos sentadas, una enfrente de la otra, sobre la cama, con la misma complicidad que habíamos tenido siempre.

Un espejismo de que las cosas seguían igual entre nosotras, engañándonos.

De fondo, la música que emitía un viejo radiocasete, que había pertenecido a uno de sus hermanos y que había visto tiempos mejores. Recuerdo que sonaba La chica de ayer.

Yoli tenía la revista en las manos. En la portada, la diva del pop, la gran Madonna, irreverente, joven y guapa. En las páginas interiores, reportajes de U2, de los protagonistas de las series de moda y de George Michael, un cantante que a mí me fascinaba.

—¡Mira! —Una exclamación ahogada de Yoli me hizo levantar la cabeza y mirarla. La tenía cerca, lo suficiente como para percatarme de sus largas pestañas y de su fina nariz, cubierta de algunas pecas preciosas.

—¿Qué?

Entonces seguí su dedo, que se paraba en un cuestionario que se desplegaba en las páginas centrales.

—¿Cuál es tu chico ideal? —leyó Yoli entusiasmada.

De un salto, bajó de la cama y se fue en busca de un lápiz para marcar las respuestas. Yo no dije nada; poca ilusión tenía yo por el dichoso cuestionario. Pero no quise estropearlo, que en eso yo era una experta, y esperé pacientemente a que Yoli ocupara de nuevo el lugar sobre la cama.

Me gustaba la expresión de su cara cuando se entusiasmaba por cualquier cosa; le brillaban los ojos y su boca se curvaba en un gesto que me hipnotizaba.

—¿Qué te pasa? —me espetó de pronto—. Te has quedado embobada.

«Jolines, ¿tanto se me nota?», pensé y me puse roja hasta las orejas.

—¿Te da vergüenza? —me preguntó—. ¡A ti te gusta alguien! ¿Quién es?

—Nadie —repliqué enfurruñada, porque me había delatado y estaba avergonzadísima.

—¿Tan secreto es?

—Déjalo, por favor. —Me estaba poniendo tan nerviosa que cerré la revista de un golpe y me bajé de la cama con intención de irme.

—¡Eva! ¿Qué he dicho? —Me tomó del brazo para impedir que me alejara y eso me superó.

—¿No ves que no quiero hablar de ello? —Presentí que estaba al borde de las lágrimas.

—Por favor, no te enfades. Sé que no soy muy lista, ni… soy como tú —ella también se puso seria—, pero es que cada día pasas más de mí, ¿qué es lo que he hecho mal?

Yoli también se levantó de la cama y, por primera vez desde que la conocía, me enfrentó, buscando respuestas a lo que nos había estado alejando durante ese último año.

—Yo… no… —Realmente no sabía qué decirle. Era complicado de entender.

—¿Qué te crees? ¿Que no me he dado cuenta de que muchas veces me evitas, que sigues pasando el tiempo conmigo por costumbre, que ya no me explicas tus cosas, que ya no somos amigas…?

—¡Déjalo! —Estaba a punto de perder los nervios.

—¡No quiero! —Se había acercado y me tocó el brazo. Un gesto sutil, pero que había despertado en mí una especie de hormigueo en el estómago. Sus ojos estaban brillantes por las lágrimas que pugnaban por salir—. Siempre hemos sido amigas, ¿qué ha pasado?

Sin que apenas me diera cuenta, Yoli me había envuelto en un abrazo que me tomó por sorpresa.

Nunca la había sentido tan cerca, y si tenía alguna duda sobre lo que me afectaba su cercanía, la acabé de disipar.

No puedo olvidarme de las ganas que tenía de tocarla.

Cerré los ojos sintiendo su cálido cuerpo junto al mío, y cuando los abrí, tenía su rostro tan cerca que contuve la respiración.

—Eva —me volvió a nombrar y sentí que me llevaba al límite de mi voluntad.

Levanté una mano para acariciarle una de las mejillas. Ella me miró con sorpresa y, despacio, volví a cerrar los ojos y acerqué mis labios a los suyos. Simplemente, los posé en ellos, lo suficiente como para sentir su suavidad y su dulzura.

Jamás había besado a nadie y no sabía cómo hacerlo. Pero ese simple contacto me llenó de emociones que nunca había conocido.

Hasta que el cuerpo de Yoli se envaró hasta retirarse. Muy seria, me miró a los ojos, comprendiendo lo que llevaba tiempo callando. Estuve esperando a que llegaran sus reproches, incluso algún insulto o grito.

Pero no. Solo vi en ella una profunda tristeza, y las palabras que salieron de su boca no fueron crueles, pero me mataron.

—Esto está mal, es pecado.

No supe qué contestarle. Intentando mantener la dignidad, me calcé rápidamente mis deportivas y salí de aquella casa sin mirar atrás.

Han tenido que pasar treinta y cuatro años para volver a poner los pies de nuevo en ella.