4 Sitios y lugares
SITIOS Y LUGARES
He perdido la cuenta de cuántos años han pasado desde que estuve en este lugar en el que hubo un tiempo que existió un sitio para mí.
La casa de Yoli.
Pero aquí estoy. El motivo: supongo que agradecerle que haya estado por mi madre los últimos tiempos.
Andrea, sin darme demasiadas explicaciones, me ha puesto al día.
Por lo que me cuenta, tras la muerte de sus padres, Yoli se trasladó de nuevo al antiguo domicilio familiar. De eso hace ya unos cuantos años.
Ni siquiera sé si ella estará en casa, ya que no tengo su teléfono y Andrea no me lo ha querido dar.
Me ha soltado, literalmente: «Si te doy el número, le mandarás uno de esos guasaps, con los que estáis todo el tiempo.
Lo mejor es que vayas a verla y le des las gracias, o lo que quieras decirle, en persona, como se ha hecho toda la vida».
¡Qué jodida! Si es que tiene razón. Andrea es una mujer de convicciones, aunque me consta que ella también le da bastante a la aplicación de mensajería, que se la he visto manejar con una habilidad que ya quisiera yo para mí, sobre todo los mensajes de voz. ¡Que menudo arte tiene la señora!
Me da que hasta debe de haberla avisado de que yo iba a ir porque, cuando ha abierto la puerta, Yoli no me ha parecido tan sorprendida como esperaba.
—Hola —me saluda y me mira de arriba abajo. Tengo la sensación de que está calibrando, también, cuántos años han pasado desde la última vez que puse los pies en aquella casa—. ¿Quieres pasar?
—Yo… no quisiera molestar.
—Pasa, el rellano no es el mejor sitio para que hablemos.
Su tono es amable, pero no se me escapa que está incómoda.
La sigo hacia el interior de la vivienda, que tiene la misma distribución que la de mi madre, solo que ella vive en otro bloque, muy cerca.
Por supuesto, la decoración es diferente.
Es todo muy sencillo, con un mueble básico de tipo modular, un buen sofá tapado con unas fundas y unas paredes grises de un tono claro.
Está todo limpísimo y muy ordenado. Realmente es un sitio agradable y no puedo dejar de compararlo con el amplio piso que comparto con Elsa, con muebles de diseño y, como decía mi madre, de «mírame y no me toques».
—Iba a preparar café. Pedro se acaba de ir a trabajar. —La manera de decirlo me parece que es de alivio, por quedarse sola en casa.
—¿Pedro?
—Sí, mi pareja.
—Vale, no sabía si vivías con alguien. Andrea no me ha dicho nada.
—Ya. Tampoco es que sea una información importante, ¿no?
—Supongo que no.
La sigo hasta la cocina; quizá sí es una buena idea que nos tomemos ese café.
El espacio, estrecho y alargado, ha sido reformado.
En una única pared se alinean todos los armarios, la placa de cocina y el fregadero.
En un saliente está la nevera. Es la misma distribución que recordaba.
La ventana de la cocina da al lavadero y, al estar orientada al sur, a esa hora la luz entra a raudales, haciendo brillar todavía más los azulejos blancos y lisos.
—Siéntate. —Me ofrece uno de los taburetes, que extraigo de la mesa de cocina mientras rellena la pequeña cafetera italiana de agua y café.
Viste unas mallas negras por debajo de las rodillas, unas chanclas que evidencian unos pies cuidados y una camiseta holgada, de las que se usan para estar por casa.
Adivino el movimiento de sus senos bajo la prenda, a los que me niego prestarles atención.
Yoli es una mujer voluptuosa. A sus cuarenta y siete, los cumplió a principios de año, sigue siendo una mujer guapísima, pero tiene los ojos tristes, con pequeñas arrugas a su alrededor, que deduzco son fruto de las preocupaciones, y luce una expresión cansada.
Algo se remueve dentro de mí, despertando una sensación extraña, un deseo enorme de protegerla.
Una mirada como la suya solo me dice que hay un profundo dolor detrás de esos ojos, de años, y una acumulación de sinsabores de la vida.
Me acabo tragando la congoja porque también percibo un atisbo de orgullo en su manera de mirarme, de frente.
Por suerte, el ronqueo de la cafetera al subir el café detiene mi escrutinio. Yolanda apaga el fuego y, después, lo sirve en las dos tazas. Con cuidado de que no se derrame su contenido, las deja sobre la mesa, junto a las cucharillas y el azucarero.
—¿Leche?
—No, gracias. Lo tomo así —aclaro mientras me pongo un poco de azúcar.
Siento que no debería estar aquí, que esta intimidad no me pertenece, que ya no sabemos nada la una de la otra. De pronto, solo tengo ganas de finalizar la visita y salir corriendo. Me contengo y aguanto la compostura.
—Tú dirás, supongo que habrás venido por algún motivo.
—Quería darte las gracias. Sé que has estado cuidando de mi madre estos últimos meses. —Voy al grano.
—No me tienes que agradecer nada. La quería mucho y ella siempre ha estado para mí cuando lo he necesitado.
—Eh, yo… no sabía nada.
—¿Qué ibas a saber tú? —me recrimina en voz baja y con cierta amargura.
—Ella no solía hablarme de ti, solo algún detalle muy de vez en cuando. —Me duele la forma en que me lo ha echado en cara; supongo que me lo merezco e intento disimularlo, centrándome en remover mi café.
Se encoge de hombros, sorbe el café con cuidado y deja la taza sobre la mesa.
—Supongo que debió de pensar que no te interesaría el tema. Al fin y al cabo, todo lo relacionado con este barrio, y a los que vivíamos aquí, lo dejaste atrás. Estabas deseando perdernos de vista, no digo ninguna mentira —afirma, condescendiente.
—Pero eso no quiere decir que no quisiera saber nada de nadie —replico. La voz me sale aguda. Siento que, de alguna manera, necesito justificarme. Debería haber visto venir que no iba a ser una conversación cómoda y puede que no esté tan preparada como creía.
—¿Ah, no? ¿Estás segura?
Me la quedo mirando fijamente. El tono que ha usado ha sido, como poco, cínico.
En el fondo sé que tiene razón, pero no es este el momento para hacer examen de conciencia. Así que vacío la taza, la dejo sobre la mesa y me pongo de pie con intención de zanjar la conversación y mi visita.
—Solo he venido para agradecerte que cuidaras de mi madre. Yo —titubeo— he estado ausente en los últimos tiempos.
—¿Solo en los últimos tiempos, Eva?
Me la quedo mirando y ella parece ver a través de mí. Entonces sí, veo el reproche en su mirada, ese que ha escondido durante toda mi visita y que al final ha dejado escapar.
—Tú no sabes nada —me defiendo, «¿quién es ella para juzgarme?».
—Sé lo necesario, que te avergonzábamos y que, por eso, nos diste la espalda.
—¿Y qué querías? ¿Que me quedara en este puto barrio, casándome con el primero que me follara y criando a sus hijos?
¡Dios! La acabo de pifiar. A lo grande. ¿Por qué coño no soy capaz de pensar antes de hablar? Ella se ha quedado petrificada, en silencio, mirándome a los ojos; en los suyos asoma una furia controlada.
—Eso ha sido un golpe bajo. —La réplica corta como el acero—. Acepto las gracias. Ahora, vete. Ya sabes el camino.
Ni siquiera me acompaña a la puerta.
En cuanto salgo y la cierro detrás de mí, me apoyo unos segundos para recomponer la respiración agitada. Después, bajo las escaleras al trote y huyo. Necesito que me dé el aire cuanto antes y, al paso ligero que dan de sí mis largas piernas, me meto en mi portal.
Hoy no es mi día de suerte para pasar desapercibida. En el descansillo, antes de entrar en casa, Andrea está abriendo la puerta de la suya y me descubre intentando introducir las llaves en la cerradura, con poco éxito, ya que las manos me tiemblan. Frustrada, las lanzo contra el suelo.
—Eva Mari…
La voz de Andrea, nombrándome con el diminutivo que usa mi familia en la intimidad, me tranquiliza. Esa mujer me conoce desde niña; a estas alturas, nada de lo que venga de mí puede sorprenderla.
—¿Qué ha pasado?
—Que soy una imbécil, eso ha pasado. Y que no tengo remedio.
No aguanto más la tensión y me pongo a llorar.
—Ay, señor… —Andrea me toma de la mano—. Todo tiene solución, si de verdad se quiere arreglar. Menos la muerte.
Solo faltaba que me hablaran de la muerte; esa palabra la llevo grabada a fuego y renuevo mi lloro con más desconsuelo, si cabe.
Ella me conoce. Sabe que ahora necesito pensar en lo que me ha pasado y que acabaré recapacitando.
Yo solo sé que acabo de meter la pata hasta el fondo y no sé si tiene arreglo.