Palabra de Alaska (Palabras 1) 3 Ya soy mujer
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3 Ya soy mujer

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YA SOY MUJER

A mis once años

Recuerdo el día en el que Yoli me contó la novedad que, inevitablemente, toda mujer tiene que asumir. No porque se tratase de algo fuera de lo común, sino por lo que significaba.

—Ya soy mujer —me espetó Yoli a bote pronto.

Yoli y yo éramos amigas desde párvulos —la actual educación infantil—, en un colegio religioso que estaba en nuestro mismo barrio.

Como cada viernes, a la salida de clase, nos íbamos a nuestra tienda preferida de chucherías.

Con veinticinco de las antiguas pesetas, en Ca La Pepita, rellenábamos una bolsa hasta arriba de regalices rojos y negros, sidrales, chupachups y sugus. Una locura.

Habíamos ocupado nuestro banco de siempre, el que estaba entre dos bloques de pisos. En el mes de marzo los días empezaban a ser más largos, por lo que a las seis y media de la tarde aún nos acariciaba algún rayo perdido de sol.

Me había sentado en el respaldo del banco, dejando reposar mis tenis blancos, como llamábamos en mi casa a las deportivas. Yoli, a diferencia de mí, se había sentado en el lugar correcto y tenía las piernas inusualmente cruzadas. Recuerdo que pensé que estaba rara. Muy rara.

—¿Cómo que eres mujer? —Di un mordisco al regaliz rojo, mi preferido.

Yoli me obligó a bajar la cara hasta acercar mi oído a su boca.

—Que eso, que ya soy mujer —me susurró—. Me ha venido la regla.

Casi me caí del asiento en cuanto oí la palabra «regla». Algo había oído sobre el tema y no me sonaba a nada que me fuera a gustar.

—Ahhh —es lo único que se me ocurrió decirle—. ¿Pasa algo con eso?

Sé que debe de sonar a indiferencia, pero es que entonces no había tanta información como ahora, ni existía Internet. Teníamos once años, ¡por Dios! ¿Quién pensaba en la puñetera regla? Yo, desde luego, no.

—Pasa «todo». —Puso tal énfasis en aquella palabra que a punto estuve de atragantarme con mi gominola.

Yoli se alisó el vuelo de la falda. A ella le gustaba vestir ropas femeninas. No como a mí, que decían que era un marimacho. ¡Oh, sorpresa! Sobre eso solo puedo afirmar que tenían razón.

—Mi madre —me empezó a explicar— me ha dicho que ahora tengo que comportarme como una señorita decente. Sentarme bien, que no se me vean las bragas y evitar que los chicos busquen mi…

—¿El qué?

Se había sonrojado y la vi tan atribulada que me despertó la curiosidad en aquel tema que me parecía tan lejano.

—Pues eso, mi cosa. —Volvió a acercarse a mi oído para susurrarme—: Sí, el «chichi». —Se tapó la boca avergonzada—. Dice que eso es lo único que quieren ellos y que, si te dejas, ya no te quieren porque te has convertido en una cualquiera.

Volvió a alisarse la falda, muy ruborizada, y yo todavía me quedé más pasmada. Por lo que fuera, mi madre no me había puesto al día sobre esas novedades que, inevitablemente, tenían que llegar a mi vida.

Claro que yo, a esos once años, solo de pensar que alguien pudiera tocarme «ahí» me daba repelús. Aunque tengo que confesar que alguna vez me había tocado y había sentido un cosquilleo interesante. Pero de eso a que fuera otra persona quien pusiera la mano allí, había un trecho.

En la siguiente parte de la conversación, Yoli me avanzó todas las cosas que no podría hacer cuando tuviera la regla, según su madre, como practicar deporte, lavarnos el pelo o cuidar de las plantas, que ni tocarlas podíamos.

Por lo visto, en esos días, eras una mujer impura, que por algo Dios había castigado a Eva —la de Adán, no a mí— por su pecado mortal.

Tener la regla había sido una de esas consecuencias. ¡Tócate los pies!

Si hasta ese momento lo de «convertirme en mujer» me parecía poco interesante, todo eso me llegó a angustiar.

Me propuse buscar algún libro, si es que lo había, que me orientara un poco, porque todo aquello me estaba pareciendo de ciencia ficción.

Quizá también debía hablarlo con mi madre, a ver si ella me decía lo mismo.

De aquel día me quedé con dos consignas fundamentales.

La primera, que mi amiga Yolanda y yo ya no estábamos en el mismo plano vital.

La segunda y la más importante, que ser mujer era un asco.

A la hora de irnos, ya me había comido enterita mi bolsa de chucherías. Yoli, por el contrario, tenía la suya medio llena. Debió de considerar que en su nuevo estatus de mujer también llevaba implícito el no atiborrarse de gominolas.

Estaba deseando llegar a mi casa para organizar mis deberes y trabajos escolares.

Siempre he sido una buena estudiante y me gustaba la disciplina.

En cambio, Yolanda no estaba demasiado interesada en sus estudios; decía que para llevar una casa no hacía falta saber mucho más que las cuatro reglas matemáticas para que no te engañaran en el mercado.

Más o menos, lo que todavía pensaba mucha gente de mi entorno.

Ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta de que aquella manera de pensar empezó a alejarme de ella, porque estaba en las antípodas de lo que yo quería para mí.

Por la noche, en mi habitación, volví a pensar en la conversación con mi amiga. No podía dejar de darle vueltas una y otra vez a todo lo que me había contado.

Antes de ponerme el pijama, me quedé desnuda ante el espejo de mi armario, solo con unas infantiles braguitas azules de algodón.

Por primera vez, analicé mi cuerpo y empecé a hacerme mis primeras preguntas existenciales.

El espejo me devolvía la imagen de una cría larguirucha, escuchimizada, de piernas largas y finas. Abrí un poco las braguitas para comprobar que, efectivamente, empezaba a asomar una pelusilla que, con el tiempo, se convertiría en vello púbico.

Por entonces, llevaba una melena larga y negra que estaba deseando cortar.

Mi madre no me dejaba hacerlo porque mi padre decía que yo estaba muy bonita con el cabello largo.

Amor de padre, porque yo precisamente bonita no era.

No había nada en mí que destacara; era una niña anodina, feúcha y pálida.

Mis ojos en el espejo bajaron hasta el torso liso, ni siquiera un atisbo de que allí fueran a crecer dos pechos, aunque empezaba a intuir cierta dureza que me dolía detrás de los pequeños y rosados pezones.

En ese momento, fui consciente de las señales que me habían pasado desapercibidas en mi amiga.

Hacía meses que sus camisetas o blusas eran más holgadas y había empezado a usar sujetador. Aquella misma tarde, cuando se quitó la bata rayada del colegio, vestía un jersey blanco que se ceñía a esas nuevas curvas.

Vi cómo me sonrojaba ante el espejo chivato al recordar sus formas redondeadas bajo la tela de algodón, y me di cuenta de que era una visión fascinante. Pensé que quizá ella me los dejaría ver. Solo por curiosidad.

Yolanda había cambiado. Su rostro estaba abandonando los rasgos infantiles y daba paso a una preciosa adolescente, de cabello castaño claro, ojos grandes de color miel y unos labios rosados, perfectamente dibujados.

Pasados los años, aún me engaño pensando que me fascinaba cómo Yolanda se iba convirtiendo en un precioso cisne. Pero me temo que, a mi corta edad, intuía que la feminidad de mi amiga me afectaba de una manera que no alcanzaba a comprender.

Aquella noche lloré.

Las lágrimas derramadas sobre mi almohada podrían haber sido de envidia, porque ella tenía la belleza que yo nunca tendría, o bien porque yo no quería convertirme en mujer.

O quizá lloré porque no me entendía.

Desde ese mismo día, tuve la certeza de que algo en mí no encajaba del todo, de que mi manera de mirar el mundo iba por otro camino. No sabía cuál era, ni adónde me llevaría, pero sí que no sería igual al que parecía esperarme.

Con once años, me dormí pensando que era diferente. Y así fue.