2 Mujercitas
cAH
MUJERCITAS
—¿Estarás bien aquí? —pregunta mi hermano, ya dentro del salón comedor de la casa de mi madre—. Puedes quedarte con nosotros, tenemos sitio de sobra.
—Lo sé, pero no quiero molestar.
—No molestas —dice con cariño—. A Lena le parece bien y a los niños les encantará. Me da cosa que te quedes aquí, entre tantos recuerdos. La casa está tal cual…
—Tal cual la dejó ella. Lo sé. Pero necesito estar aquí. Creer que va a salir de la cocina con una jarra de su limonada.
—Cómo olvidarlo… —Se le rompe la voz—. O su ensaladilla rusa, o cómo nos repasaba las ropas de los domingos antes de ir a misa para que estuvieran perfectas, o…
La emoción nos puede a los dos y me abrazo a él, que me acoge con calidez.
Luis es tres años menor que yo, pero siempre ha sido un chico serio, maduro y el más familiar de los dos.
—Lo he hecho tan mal… —Me aferro con más fuerza a él y me da un beso en la cabeza. Él es un poco más alto.
Me acuerdo de que ni siquiera vine para la comida familiar del último cumpleaños de mi madre porque estaba de viaje. Si hubiera sabido que era el último… Ahora ya no sirve de nada lamentarse.
—Mamá ha estado bien, nos decía que sabía que tú la querías y eso era suficiente.
«Suficiente», vaya palabra inútil. Esa apreciación no me consuela nada en absoluto.
—No te preocupes por mí, dormiré aquí y mañana hablamos de lo que vamos a hacer y de todo el papeleo, ¿te parece? Y… —Dudo un momento, porque es algo que acabo de decidir—. Me voy a quedar unos días, si no te importa.
—Pues claro que no, pero… ¿Elsa?
—Elsa no creo que venga, ya sabes.
—Sí, ya sé.
No dice más, ni yo tengo muy claro nada.
—Te dejo, entonces. Lena y los niños me están esperando para ir a casa. Estamos todos agotados, nos vemos mañana.
—De acuerdo. —Le doy un beso de despedida en la mejilla y lo acompaño hasta la puerta.
Una vez que la cierro, me apoyo en ella y me quedo sola, con mi dolor y mi pena.
Mi antigua habitación se mantiene igual que siempre.
Ni un mueble de más ni un libro de menos.
Con las yemas de los dedos acaricio las baldas atestadas de la única pared que puede acoger una estantería bien surtida.
La habitación es alargada y conserva el mobiliario de mi infancia.
Un armario empotrado con las puertas correderas de espejo, las mismas que mi padre instaló en su día y que agrandan el dormitorio visualmente.
Todo sigue igual y, al mismo tiempo, es diferente. La imagen del espejo es la de Eva María adulta y no la de la niña que se refugiaba en sus lecturas para soportar sus inseguridades.
La vista se me va al primer libro que me regaló mi madre.
Mujercitas. Una edición simplificada de Joyas literarias, así se llamaban, con sus tapas marrones y una portada infantil.
Puede que me lo regalara porque creyera que era eso, una novela juvenil para niñas, o quizá alguien se la había recomendado, justo para que me llegara el mensaje que ella me inculcó durante toda su vida.
En todo caso, esa novela fue como un tesoro para mí y se convirtió en mi libro de cabecera.
Tiempo después, tomé prestada de la biblioteca una versión completa.
A mis doce años, entendí que las mujeres debían tener las mismas oportunidades que los hombres.
También, que una mujer puede ser independiente, que tenemos derecho a elegir nuestro propio camino sin que nadie nos tenga que decir ni cómo ni a qué ritmo y, por supuesto, ni con quién.
Y eso que estoy hablando de los años ochenta; el camino recorrido no está mal, pero aún falta mucho por hacer.
Lo tomo en mis manos y lo acaricio. Está impoluto; mi madre se había preocupado de mantener esta pequeña biblioteca en buen estado.
Lo abro, aspiro su olor y vuelvo a cerrar las páginas amarillentas por el paso de los años.
Lo dejo al lado de los otros: las aventuras de Puck, las de Los Hollister y, por supuesto, las de Los Cinco.
Es fácil imaginar quién era mi personaje favorito: esa Jorge a la que no le gustaba ser una chica, que llevaba el pelo corto y que era la más valiente de todos.
Jorge fue mi primer amor platónico, sin duda.
Esta habitación había sido mi mundo, con sus claros y sus oscuros. Echo un último vistazo antes de cerrar la puerta, abrumada por los recuerdos.
Al final, decido dormir en la habitación que había ocupado mi hermano y que se reconvirtió en una de invitados, con una cama de matrimonio y una decoración menos personal.
En el ambiente de la casa flota el olor y la presencia de mi madre, de manera que siento que estoy un poco más cerca de ella; si acaso, tengo más ganas de llorar, porque ya no la tengo a mi lado.
Y lo hago, empapando la almohada. Hasta que el cansancio me vence.
Cuando me despierto, por unos segundos estoy desorientada, aunque me dura poco. Con la mínima energía, me voy a la ducha a ver si consigo despejarme.
Justo termino de vestirme cuando doy un respingo tras sonar el timbre. Ni idea de quién puede ser tan temprano, pero estoy dispuesta a descubrirlo.
Miro por la mirilla y reconozco a Andrea, la vecina que vive enfrente.
No es que tenga ganas de visitas en este momento, pero sé que la mujer se preocupa por mí y solo quiere saber si me encuentro bien.
Aún se me hace extraño haber dormido por primera vez en esta casa, después de mucho tiempo.
Lo cierto es que no he descansado demasiado y tengo la cabeza espesa.
—Buenos días —me saluda Andrea, y yo me acerco para darle dos besos.
—Pase, iba a prepararme un café, ¿quiere usted uno? —Miro la hora, son las nueve de la mañana y necesito un chute de cafeína.
—El médico me lo ha prohibido, pero ya me he tomado una infusión. Solo quería saber si necesitas algo.
La mujer es pequeña y delgada, pero con un busto prominente.
Siempre ha sido así y aún envara la espalda como si llevara un corsé.
Ahora que lo pienso, puede que lo lleve.
Suele vestir ropas de colores oscuros, aunque a veces hace excepciones, que le dan un aire elegante.
Sus manos están cubiertas de manchas de la edad, aunque no sabría decir cuántos años tiene.
Andrea enviudó joven, por lo que se las tuvo que apañar sola desde que la conozco, es decir, de siempre.
Nunca más volvió a consentir en casarse y ha ido capeando la vida con sus trabajos de modista, que no parece haberle ido mal.
—Se lo agradezco. —Le cojo las manos con afecto—. Esto está siendo más complicado de lo que pensaba.
—Lo sé, es muy difícil dejar ir a un ser querido. —Se le nublan los ojos, emocionados.
—Tengo unos días de permiso, se han acabado las clases y tengo cierta flexibilidad, me las arreglaré. La intención es quedarme unos días para ayudar a mi hermano a poner en orden toda la documentación de mi madre y… —vacilo— habrá que vaciar este piso.
—¿Qué vais a hacer con él?
—Supongo que lo pondremos a la venta.
—Ya sabes que aquí no os van a dar mucho.
—Sí, lo sé. —Asiento con la cabeza dándole la razón.
Mi madre nunca quiso abandonar este barrio humilde porque decía que aquí había criado a sus hijos, que aún estaba rodeada de buenas vecinas y de gente a la que apreciaba. Y tenía razón, aquí fuimos muy felices.
¿Cuándo empecé a despreciar todo esto? No sabría decirlo. Pero una cosa es cierta: el tiempo lo pone todo en su sitio. Presiento que está llegando el momento de ponerme en el mío.
—Puedo ayudarte con todo esto —se ofrece Andrea.
—No le digo que no y se lo agradezco. Nos gustaría donar su ropa y espero que sí que me ayude con ello. También, si hay algo que quiera tener de mi madre, no dude en pedírnoslo.
—No, hija, no quiero nada. De ella me quedo con lo más importante: el apoyo y la confianza que nos hemos dado a lo largo de los años, en los buenos y malos momentos de nuestras vidas. Y, sobre todo, con su amistad; ha sido como una hermana.
A la mujer se le rompe la voz y me doy cuenta de que el dolor no es solo mío, sino que, para Andrea, la pérdida de mi madre es tan difícil como lo es para nosotros.
—Tengo que darle las gracias, sé que usted estuvo pendiente de ella hasta el último instante.
A mi madre le habían diagnosticado una enfermedad coronaria y nos había dado unos cuantos sustos, hasta que su corazón se cansó de bombear. Nos queda el consuelo de que la muerte le sobrevino durmiendo y no sufrió.
—Hicimos lo que pudimos. Últimamente, le costaba subir las escaleras. —El piso está en una segunda planta sin ascensor—. Yolanda nos evitaba cargar con las compras y se encargaba de muchas de nuestras gestiones; de las mías lo seguirá haciendo.
—¿Yoli? —le pregunto evitando el temblor de voz.
—Sí, ella. Se ha estado ocupando de ir a comprar para nosotras, también de asegurarse de que no faltábamos a nuestras visitas médicas o de acompañarnos si hacía falta. De hecho, tu madre y yo le propusimos algo así como un contrato de cuidadora.
Estoy oyendo a Andrea y me asombro, porque no sabía nada de esto.
—Yolanda no estaba pasando por un buen momento y le ofrecimos una pequeña seguridad económica, no mucho, no te creas. La tuvimos que convencer para que aceptara.
Estoy procesando lo que me cuenta mi vecina, intentando comprender lo que me quiere decir.
—También nos hacía compañía. A nosotras nos venía bien y a ella también. Es una mujer encantadora, una pena, eso sí.
—¿Una pena?, ¿el qué? —Intento sonar natural.
—La vida que lleva, no se la merece. Fuisteis muy amigas, quizá te lo quiera explicar; ya sabes que yo no soy chismosa.
Exacto. Fuimos amigas y ahora no somos nada.
Andrea se queda un rato más conmigo, aunque ya no atiendo demasiado bien a sus palabras porque no dejo de darle vueltas a lo poco que me ha compartido sobre Yoli.
Supongo que no me queda más remedio que buscar la ocasión de hablar con ella. No estoy segura de si realmente quiero hacerlo. Sé que en el pasado no lo hice bien y me temo que no sé cómo enfrentarme a ello.